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viernes, 26 de septiembre de 2025

 




EL VERANO DE CERVANTES, Antonio Muñoz Molina



I. Este puede ser mi particular año cervantino. Sin yo buscarlo, todo ha ido confluyendo en torno a ese dechado de entusiasmo permanente, de bondad, de ilusiones, de despropósitos, de sabiduría, que supone para mí la figura de don Quijote. Podría afirmar lo mismo del padre de esta maravillosa criatura de ficción, Miguel de Cervantes, pero a este, con tanta “reinterpretación”, no lo conozco tan bien como sospechaba y quisiera, carencia que podría subsanar si tuviera el tiempo necesario para leer los magníficos libros de Santiago Muñoz Machado, José Manuel Lucía Megías, Jean Canavaggio, Andrés Trapiello o Jordi Gracia, por citar solo a unos pocos eximios cervantistas.


Aunque me propuse a principios de año leer la obra cumbre del autor, a fecha de hoy solo he leído algunos capítulos elegidos casi al azar; he concluido el “ensayo libérrimo” de Antonio Muñoz Molina, El verano de Cervantes, un libro al que, al final de este comentario, dedicaré unas palabras; he corregido, una vez más, mi novela Tejoqui y Chavalicu, que es algo así como mi particular guiño juvenil al Quijote, con una acción que se sitúa en Elche, la ciudad de las palmeras; y, por último, espero ver próximamente El cautivo, de Alejandro Amenábar, una película en la que, a tenor de lo leído, el director plantea la condición homosexual que pudo experimentar Cervantes como consecuencia del período de cautiverio que sufrió/gozó en Argel. Esto se llama sinécdoque, que para quienes gustan de la retórica viene ser algo así como atribuir a una parte –si es que existiere– el valor del todo.


Esta perspectiva del cineasta, así como las muchísimas interpretaciones de todo tipo que a través de los siglos ha suscitado la lectura del Quijote, no añade ni resta valor a esta inconmensurable obra, cuyas páginas inmarcesibles sostienen el honor de haber creado el canon del género narrativo.

II. Y al El verano de Cervantes de Antonio Muñoz Molina –uno de mis escritores preferidos–, podría dedicarle páginas y páginas, pero quiero centrarme en los tres aspectos que, a mi juicio, sobresalen. Por un lado, una buena parte de los capítulos rememoran, con el tono de una escritura memorialista, su descubrimiento del Quijote y del poder transformador que la lectura tuvo durante su infancia en Úbeda, en un lugar que a la sazón no difería mucho del mundo rural que se plasma en el Quijote. Y quizá sea esta rememoración el enfoque que más me convence y gusta. Por otro lado, hay capítulos que son la expresión del presente del autor, quien a modo de diario (p. 229, p. 343, p. 441), analiza sus reiterados encuentros con la magna obra y comenta cualquier aspecto que surja al hilo de su razonamiento; en este sentido, resulta interesante conocer su opinión sobre los libros y autores que lo fueron haciendo lector y escritor (pp. 96-97). Y hay también una tercera perspectiva, centrada en la importancia de la obra como origen de un género, lo que permite conocer cierta condición “profesoral” de A. Muñoz Molina; así, conocemos las diversas interpretaciones que a lo largo de la historia se han producido, la influencia que la obra cervantina tuvo en otros grandes escritores (Proust, Mann, Menville, etc.) y algunos comentarios sobre cuestiones estilísticas y de contenidos (el sentido de la Cueva de Montesinos, p.429) que, a juicio del autor, son meritorias.


Pero si hay algo que sigue gustándome de la producción de Antonio Muñoz Molina es esa fluidez que posee su prosa de largas subordinadas, que brota como si lo hiciera de manantial sereno, aunque  en contadas ocasiones se percibe –en esta obra que nos ocupa– al escritor sabio que puede, sin querer, quedar preso de su estilo (p. 246).


Es imposible resumir y comentar con acierto la totalidad de esta gran obra a la que, a mi juicio, le habría venido bien un cedazo para cribar párrafos que se alargan y cuya supresión habría hecho más corta la obra y tal vez más grata su lectura. En cualquier caso, agradezco que A. Muñoz Molina entregue, como quien comparte un regalo, un libro en el que no solo demuestra que es un gran escritor y conocedor del mundo cervantino, sino en el que queda patente que el Quijote es una obra en la que ha trabajado de manera intermitente durante mucho tiempo.


III. Y ya que estamos en este año tan cervantino no puedo evitar un apunte autobiográfico y compartir mi descubrimiento del Quijote. Como suelen afirmar casi todos los que se dedican a esto de la “literatura”, en mi casa tampoco había muchos libros, y menos mal que para paliar esta carencia existían la mini biblioteca del colegio y algunos libro de Enid Blyton, que me regaló mi abuelo el día de mi primera comunión. En casa solo había una magna Biblia, un libro titulado Un joven de porvenir, del que solía hablarme mi padre, y un Quijote de tapas rojas y letra muy pequeña, apenas legible en algunas zonas por una defectuosa impresión, con ilustraciones de Gustavo Doré. Pero ese no fue mi primer Quijote. La primera vez que lo leí fue en mi instituto de León y en su magnífica biblioteca. La verdad es que no era obligatorio leerlo entero. Contábamos con la aprobación del profesor para saltarnos aquellos capítulos que nos resultaran un poco incomprensibles. Lejos de imponernos el Quijote, el profesor señalaba los capítulos de obligada lectura, pero nos invitaba a leer la obra en su totalidad. Yo no tuve más remedio que acogerme a la lectura parcial, pues el 3º de BUP de entonces era un curso muy exigente.


Después lo leí de un tirón y con toda la atención de la que fui capaz el verano previo a iniciar los estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Alicante. Y desde entonces, lo he releído en su totalidad tres veces; he vuelto a leer muchos capítulos como consecuencia de mi labor docente; y he creado un personaje quijotes al que he bautizado con el nombre de Tejoqui (que es Quijote al revés, además de un cartero amante de la lectura que mientras reparte cartas lee los nombres de las calles y se traslada a otras épocas para contar la historia de Elche). Quiero decir que la obra cervantina es también uno de los pilares de mi condición de lector y de escritor aficionado, una obra por la que siento una grandísima admiración.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

 








NO TE VERÉ MORIR, Antonio Muñoz Molina



¿QUÉ ME GUSTA DE ESTE LIBRO? 

Quienes tenemos la suerte de pertenecer a la Cofradía de Admiradores de AMM, advertimos en su última novela algunas de las características narrativas que lo han convertido en uno de los escritores actuales más significativos: las oraciones rítmicas de período largo; las recurrencias temáticas del mundo musical y pictórico; una prosa que bucea en el recuerdo; la sagacidad y la sutileza para abordar temas sentimentales; una originalidad cada vez mayor en la contención de la palabra; y la reducción de la anécdota en favor del estilo, entre otras.

Una vez que los lectores acepten el engaño y la verosimilitud del argumento que AMM propone en su novela, podrán disfrutar del análisis de los sentimientos amorosos (como el amor imposible entre Adriana Zuber y Gabriel Aristu); agradecerán una prosa que recrea la grisura del franquismo inicial; reconocerán el marco ambiental de esa parte de América que tan bien conoce su autor; valorarán el juego de voces narrativas que cambian en cada capítulo; gozarán de la presencia y del sentido que se le concede a la música, siempre Bach, Pau Casals, Albéniz…

AMM ofrece una obra reconocible, contenida, que gustará a sus fieles y que tal vez convenza a quienes todavía son reticentes a zambullirse en su maravillosa prosa.



FRAGMENTO


Exactamente eso mismo que le decía ahora, con las mismas palabras, se lo había dicho otras veces en los sueños. Por eso el sonido de su propia voz le daba una sensación tan inquietante de irrealidad, no ya de estar en el interior de un sueño sino de otro mundo, no imaginario pero sí ajeno al mundo real y a su propia vida, la de todos estos años, la vida de América, ahora disipada, o dejada en suspenso, el trabajo febril de administrar dinero en cantidades colosales, su matrimonio, sus hijos, los nietos ahora, la malla tan tupida de sus relaciones y sus influencias, el apartamento en un edificio con librea en lo más restringido del Upper East Side, la casa sobre el Hudson, en la que ahora mismo estaría su violoncello dentro de su estuche, apoyado en una pared, cerca del atril donde había quedado abierta la partitura de la Suite n.º 1 de Bach con las minúsculas anotaciones a lápiz de Pau Casals: nada de todo eso, que le había importado tanto, que veía como congelado en espera de su regreso, nada sentía como suyo ahora mismo, porque nada de eso tenía ninguna conexión con Adriana Zuber ni con este momento en el que estaba frente a ella, en el que examinaba con amor incondicional, y con la misma atención codiciosa, los signos del tiempo y de la enfermedad y los de la perduración de la mujer joven de la que había estado enamorado, y a la que ahora tenía la oportunidad sagrada y el coraje de decirle lo que nunca le había dicho tan claramente en la realidad, pero sí con frecuencia en los sueños favorables en los que Adriana lo miraba sin recelo y lo escuchaba no solo con los oídos sino también con los ojos, como quien se fija mucho en los labios para descifrar las palabras que no puede oír.

(...)

Lejos de ella había dejado de ser quien era; había abolido la vida que le correspondía, la identidad suya que solo cristalizaba por contacto con ella, en virtud de su influencia apasionada y lúcida. No había fingido ser otro, con histrionismo americano, por tener una vida completa lejos de ella, en otro país y en otro idioma; desligado de ella, simplemente había sido otra persona, sin necesidad de disimulo, con toda convicción, intoxicado por los alicientes de la vanidad y del dinero, de la sensación de poderío, la embriaguez del ascenso social. Veía la vida de Adriana Zuber paralela a la suya, borrada abruptamente cuando dejaron de verse, restituida primero en la conversación de varias horas que había tenido en Nueva York con su hija, completada ahora, en la indudable realidad del encuentro, que sin embargo seguía teniendo una luz parecida a la de los sueños, como un punto de gasa en el aire.








jueves, 17 de febrero de 2022

 

 



          VOLVER A DÓNDE, Antonio Muñoz Molina


Da igual que el texto que leamos no sea una novela. Basta con deslizarse por el tobogán de la prosa perfecta de Antonio Muñoz Molina para disfrutar de una grata experiencia lectora. Sin embargo, es cierto que uno añora el embrujo narrativo que el escritor jienense exhibió en El jinete polaco, La noche de los tiempos o Tus pasos en la escalera, pues la literatura de A. Muñoz Molina se ha centrado últimamente en lo autobiográfico, los diarios y algún libro de raigambre ensayística, como Todo lo que era sólido. En esta línea se inserta Volver a dónde, un diario proustiano, en el que desde el presente inhóspito de la pandemia el autor regresa una y otra vez a la infancia, en un intento de rememorar y comprender la existencia rural de sus padres, una realidad y un tiempo que A. Muñoz Molina homenajea por ser uno de los últimos testigos que pueden contarlo. Y son muchas las maneras con las que el autor regresa a ese pasado no sólo para explicarlo, sino para explicarse a sí mismo y para hacer, también, un ajuste de cuentas. Una maceta con una minúscula tomatera que no prospera y los árboles del Jardín Botánico de Madrid coadyuvan a que el autor se traslade a su infancia en Úbeda.

Nos cuenta sus lecturas (son reiterados los elogios a Galdós), sus rutinas, sus trajines afectivos y familiares, su admiración por las sonatas de Beethoven, sus paseos en bici por un Madrid casi desierto… Desliza con claridad sus filias y sus fobias ante la actitud que los ciudadanos y los políticos muestran en plena pandemia, y no duda en expresar con claridad su posición política ni en defender una necesaria conciencia cívica.

Podríamos abundar en muchos aspectos ya conocidos sobre la excelencia literaria de la escritura de este autor (originales son algunas adjetivaciones referidas a la “quietud arcádica” de las horas primeras, o a esa “amplitud soviética” de las avenidas vacías, o la “calma pastoral” de los días…), pero los lectores deben saber que la voz narrativa que, a modo de diario, recorre todo el libro, en ocasiones puede resultar excesiva y reiterativa.

Cuando pase el tiempo y alguien quiera saber cómo fue el confinamiento ocasionado por la COVID-19, encontrará en este libro un documento fehaciente y útil.

Sirva a modo de ejemplo la entrada 114.


“Ha amanecido un día atlántico, con un cielo de pizarra y una lluvia muy suave, tenue, inaudible, una lluvia que deja lunares de gotas sobre el polvo de los caminos del Retiro y desata todo el olor de la tierra mojándola apenas. Dentro del dormitorio estaba acumulado el calor de la noche, y el de los últimos días. Al abrir el balcón ha entrado de golpe una brisa fresca que despeja la casa y hasta la conciencia. Viene cargada de olores que estremecen la memoria, con la inmediatez y la pureza de un órgano sensorial que se alimenta en exclusiva de reacciones químicas. Está el olor del ozono en el aire, y el de ese polvo mojado pero no empapado que pisaré después cuando esté corriendo por los senderos del Retiro. El Retiro, esta mañana, es un parque de un país más al norte, de un país sosegado y lluvioso en el que la hierba crece con facilidad, los árboles alcanzan envergaduras como de catedrales botánicas y la política no es cainita ni corrupta, y los gobernantes no dicen «preveer» ni «preveyendo» en sus intervenciones públicas. He tenido que vencer la pereza de quedarme en la cama, y también el miedo a que arrecie la lluvia y me deje empapado en medio del parque. Pero he salido a la calle y los pulmones se ensanchaban para recibir bien hondo el aire limpio, y las piernas se movían con más ligereza, saltando sin esfuerzo sobre las suelas elásticas de las zapatillas, sobre la tierra de los senderos y de las avenidas flanqueadas de árboles, todo más desierto esta mañana, este lunes de agosto, en el que mucha gente que habría venido a pasear o correr se ha quedado en casa por miedo a la lluvia.

El polvo mojado y el olor de la tierra actúan como reactivos sobre la memoria. El polvo mojado es el del camino que yo bajaba cada mañana de verano hacia la huerta de mi padre. El olor a una materia vegetal muy seca que acaba de ser mojada es el de los barbechos de las hazas de trigo que fueron segadas en los primeros días del verano, en los que quedaban tallos secos y restos de espigas y de paja sobre la tierra; es el olor de los rastrojos el que viene hacia mí no desde un lugar cercano sino desde una lejanía de medio siglo mientras corro por el Retiro, el olor y la palabra misma, rastrojos, áspera como la realidad que nombra, los tallos secos que quedaban después de que se segaran con hoces los campos de cebada o de trigo”.

  


 

 

 

 


lunes, 8 de abril de 2019






A ROSE IN SPANISH HARLEM,
Nicholas Britell









TUS PASOS EN LA ESCALERA,
Antonio Muñoz Molina

Nunca he surfeado una ola ni he sentido el vértigo de descender en esquí. Lo que ignoro me produce vértigo, así que riesgos, los justos. Pero creo que ese dejarse llevar por los diferentes estados del agua se parece mucho al suave deslizarse de mis ojos por las letras con las que Antonio Muñoz Molina construye su mundo novelesco. Hace ya tiempo que muchos críticos coinciden en que hubo un momento en que el autor jienense embridó su estilo literario –dejaremos a un lado la prolija novela La noche de los tiempos– y dotó a su obra de mayor concisión. Sin embargo, este lector siempre ha valorado el personalísimo estilo de AMM como un ejemplo único en las letras hispánicas, pues la acertada rememoración del pasado hace de su producción un todo apetecible. El jinete polaco, Ardor guerrero, Ventanas de Manhattan y Tus pasos en la escalera son solo algunos ejemplos de novelas que siempre recomendaría. Es cierto que últimamente se esperaba el retorno de AMM a la más pura ficción, sobre todo tras el ejercicio estilístico de Un andar solitario entre la gente. Pero creo que no es así. AMM muestra una vez más una mezcla única de lo autobiográfico y lo ficcional,  aunque una cita de Montaigne sirva de pórtico de entrada a la novela: “Il faut cacher sa vie” (tienes que esconder tu vida).
       ¿Qué cuenta esta novela? O mejor dicho: ¿cómo lo cuenta? Un hombre anhela en un apartamento de Lisboa la llegada de Cecilia, su amada, y espera también la llegada del fin del mundo. Para el narrador, son muchos los micromundos que mueren cada día sin que los humanos sean conscientes de semejante cataclismo –de ahí las abundantes digresiones sobre la ciencia, el cerebro y diversas cuestiones medioambientales (p. 76). Diría que la escritura memorialística de sus anteriores libros ha cedido el paso a una escritura más concisa y casi periodística, un diario de su vida, una novela que desmenuza su proximidad.
       El protagonista narrativo –Bruno– es un hombre que cuenta el proceso de instalación en su casa de Lisboa después de abandonar Nueva York tras los atentados del 11S. Este narrador rememora con cierto desafecto su vida en Nueva York (“Me desconcertaba la mezcla de amabilidad efusiva y crudeza inflexible”, pp. 173-174) y desgrana pormenores cargados de esperanza en medio de su absoluta soledad, pues a través de sus ojos vemos el lienzo de la vida cercana (Lisboa) o rememorada: “Estoy allí y estoy aquí al mismo tiempo. Ahora es entonces y también es ahora mismo” (p. 75). El presente es el tiempo de la narración que avanza con pequeños saltos al pasado: “Había niños, me he acordado de pronto,…” (p. 69).  El tratamiento del tiempo –y del espacio– es quizá uno de los aciertos de la novela. El hombre que espera es capaz de dar sentido a su ubicación distópica: está en Lisboa físicamente y su recuerdo, en Nueva York, o viceversa. Al final de la novela, son muchos los momentos en que espera apoyado en su casa de Lisboa la llegada de Cecilia y de repente la ve aparecer “en la esquina de Broadway” (p. 267). Y de regreso a casa una noche en la que ha asistido en un palacio a una experiencia esperpéntica de venta de productos y búnkers ante la llegada inevitable del apocalíptico fin del mundo, el protagonista afirma: “El puente que distingo al final de la perspectiva sombría de los almacenes no es el de Manhattan ni el George Washington sino el 25 de Abril” (p. 256).
       Este protagonista narrador es un hombre ocioso, orgulloso de haber descubierto el valor de su “inutilidad”, tras muchos años de dedicación a trabajos para los que no tenía el empuje ni la determinación necesarias: “No pienso trabajar nunca más. La mayor parte de las cosas que podía comprar con el dinero que ganaba ya no las necesito, y mucho menos las deseo” (p. 150).
       Insiste en que dispone de bastantes libros para esperar el desenlace de los acontecimientos. También son constantes las alusiones a “he leído” para iniciar una digresión sobre cualquier asunto que acapare su curiosidad: “Me sumerjo en un libro y durante dos o tres días no leo nada más y no lo dejo hasta que no lo he terminado. Soy consciente de estar dándome a mí mismo una educación. Leo dos libros al mismo tiempo, incluso tres, y entonces voy pasando o saltando de un mundo a otro, y encuentro a veces conexiones inusitadas” (p. 139).
       Hay otros personajes. Aparte de Alexis, joven mañoso que resuelve con eficacia todas la labores de instalación del escritor-narrador, hay dos personajes siempre aludidos, que interactúan con el protagonista: Luria, la perra querida, que lo acompaña; y Cecilia, una investigadora centrada en el estudio del cerebro y “la memoria del miedo: el modo en que el trauma queda inscrito en conexiones neuronales que perpetúan la angustia, inmunes al olvido” (p.143).
       Ana Paula, una mujer solitaria y hermosa que le recuerda a Cecilia, es intimidad de una noche, un afecto que se desvanece. El narrador ve en ella una hermosa verdad tras salir del la “fiesta” del palacio. Caminan por las cercanías del Tajo, contemplan la noche, él ve en sus ojos “un brillo húmedo” (p. 248), se besan y se olvidan.
       El narrador se detienen en digresiones sobre el proceso investigador de Cecilia, mientras cuenta los días para que ella regrese de Nueva York y se establezca con él en Lisboa. En otros momentos, cuando relata ciertos pormenores científicos (pp. 169-170), fruto de una loable curiosidad intelectual, la novela parece alejarse del núcleo de la historia. Por el contrario, gana en intensidad en los momentos en que el personaje recuerda y proyecta su vida inmediata –las vidas de Bruno y Cecilia–, y escribe con una nueva perspectiva narrativa, que solo usa una vez en toda la novela: “Te contaré cosas que no sabes. Te llevaré a sitios en los que no has estado nunca. Te enseñaré miradores altos y plazas escondidas protegidas por la sombra extensa de una sola acacia o…” (p. 160).
       No quisiera acabar esta reseña sin copiar un texto con el que AMM se refiere a la importancia que la lectura tiene en su vida:

La lectura es compatible con la espera. Leer es una vagancia sin monotonía. Solo cuando dejé de trabajar descubrí con asombro el reino espacioso de libertad de las mañanas de diario. Si me da la gana puedo sentarme a leer en cuanto he terminado de fregar las cosas del desayuno y he vuelto del paseo con Luria. Cuando salgo a la calle llevo un libro conmigo. Leo mientras espero la comida, las pocas veces que voy a un restaurante, y mientras tomo el café después de comer o apuro mi copa de vino. (…) Encuentro una plazoleta silenciosa con un banco y una de esa acacias gigantes y protectoras de Lisboa y me siento un rato a leer a la sombra. La lectura abrevia y distrae el tiempo de la espera. Eso es algo muy valioso en esta ciudad en la que las cosas pueden suceder a un ritmo muy lento. Mientras estoy leyendo el tiempo queda en suspenso. Paso de una lectura a otra sin ningún orden. Leo dos o tres libros a la vez, según las horas, en distintos lugares (pp. 57-58).

miércoles, 11 de octubre de 2017











NADA DEL OTRO MUNDO, Antonio Muñoz Molina

No suelo releer los libros que por una u otra razón han dejado una huella indeleble en mi memoria de lector, pero sí me gusta referirme a ellos porque de este modo me reafirmo en un canon lector muy necesario para mí. Recuerdo que leí este conjunto de cuentos que les recomiendo cuando estaba atareado en la redacción del que sería mi primer libro de poemas. Frisaba yo los treinta años, y adquirí en 1993 la primera edición del libro de Antonio Muñoz Molina, un escritor que desde entonces tiene en mi altar de preferencias un lugar destacado. Más tarde, en 2011, en la nueva edición que preparó la editorial Seix Barral, se añadieron dos cuentos nuevos, “El miedo de los niños” (que mantiene no pocas concomitancias con el mundo de su novela Plenilunio) y el cuento “Apuntes para un informe sobre la brigada de la realidad”. En cualquier caso, catorce cuentos que son pocos para una trayectoria jalonada con magníficas novelas.

     Todos los rasgos estilísticos que han convertido a AMM en un escritor de referencia están ya esbozados en estos relatos: la ironía común a muchos de ellos, el confensionalismo que a modo de digresiones se enreda, por ejemplo, en el cuento “Nada del otro mundo”, el apego a la realidad, la sabia descripción con matices líricos, la plasticidad de su prosa, el fraseo de período largo, el predominio de lo narrativo sobre lo dialogado, en fin, cualidades que el autor fue explorando en estos cuentos mientras se dedicaba con ahínco a la redacción de sus obras mayores. Y, sin embargo, con qué alegría se leen estos relatos. 

     En el vertiginoso mundo de ediciones por doquier, de títulos y autores en que vivimos y que tantas veces nos defraudan, leer los cuentos de AMM proporcionan un placer garantizado. Al mismo tiempo, vienen ahora a mi memoria esas palabras antiguas y verdaderas de Quevedo sobre la conveniencia de entretenerse “con pocos, pero doctos libros juntos”, la misma idea que también expresó Pedro Salinas en El Defensor: “Conformidad con esa realidad que se nos impone de no leer en ese trecho temporal más libros que los que en él se pueda leer honda, fecunda y delicadamente. ¿Qué no pueden ser muchos? Pues que sean buenos. De Séneca en adelante abundan los testimonios de varones ilustres que se pronuncian a favor de los pocos libros bien leídos, y en contra de los muchos leídos malamente”.

    Más que referirme a un u otro cuento, quisiera insistir en las recurrentes alusiones al ejercicio de escribir y leer: “Para que escribir deje de ser un sueño adolescente llega un momento en que uno debe convertir el sueño en un oficio, y en los oficios no hay gloria comparable a la terminación” (p.34); “Era verdad lo que me había dicho mi padre: escribiendo a máquina uno siempre se abre paso en el mundo” (p.36); “Como Franz Kafka, como Cavafis, como Fernando Pessoa, yo trabajaba modestamente en una oficina mientras mi obra maduraba con segura lentitud en la oscuridad” (p. 41); “No conozco ninguna novela que me apasione más que la lectura de un diccionario” (p.87).

     Leen este libro que aquí les sugiero, aunque quizá sea más fácil encontrar la edición actualizada de Seix Barral.

viernes, 24 de febrero de 2017




                                            

EL JINETE POLACO, Antonio Muñoz Molina

A pocos autores contemporáneos he seguido con tanto interés como a Antonio Muñoz Molina; acaso a Miguel Delibes, al poeta Eloy Sánchez Rosillo, y a unos pocos más que han sido objeto de mi admiración incondicional, pues en todos ellos he visto siempre una acertada plasmación del alto honor que supone ser escritor. He ido comprando sus libros, he recortado y guardado algunas de sus colaboraciones periodísticas, he tenido en cuenta sus opiniones sobre diversos asuntos de la actualidad, he respetado la incontestable conciencia moral que regían sus quehaceres literarios, etc. AMM ocupa por méritos propios un lugar entre mis escritores predilectos, aunque no tenga de todos sus libros la misma opinión. Sé que antes de entrar en materia, convendría explicar en breves palabras la evolución que el autor ha experimentado, pero no es este el momento ni el lugar, ni quizá sea yo la persona más documentada para hacerlo. Sí, he vuelto a releer y a hojear esta obra que tanto me gustó.
      El jinete polaco es una novela estructurada en tres partes: “El reino de las voces”, “Jinete en la tormenta” y “El jinete polaco”. El manido artificio de la contemplación de unas fotografías en un baúl es el recurso que utiliza el narrador para volver una y otra vez al espacio mágico de Mágina, pues, no en vano, los ejercicios sobre la utilización de la memoria que ya utilizara Antonio Muñoz Molina en  Beatus ille alcanzan su pleno desarrollo en El jinete polaco, verdadero despliegue prodigioso de la capacidad de AMM para recuperar todo su complejísimo mundo que forma, en definitiva, la base del nuestro.
      La novela refleja el poder de la memoria, es el deseo de regresar a un tiempo y a un espacio concretos. Por otra parte, y en clave de humor, se nos presenta lo dramático que le resulta al comisario Florencio Pérez su escasa memoria, cuando ya jubilado se le acaba en unos pocos días el recuerdo de más de 70 años, pues pretende escribir sus memorias. Por eso continúa contando “sus recuerdos del día siguiente”, ya que es “más real lo imaginado que lo vivido”. Lo realmente interesante es que el protagonista-narrador, en un caótico monólogo que le permite recuperar toda su infancia, tome conciencia de que es él mismo el destinatario de su voz, un ajuste de cuentas con su propio pasado, que Nadia ha permitido. Partimos del poder evocador de unas fotografías para rememorar el tiempo de la infancia, un tiempo ya vivido, lejano y archivado en la memoria. Por eso, esta primera parte se titula “El reino de las voces”, porque también aflora en el discurso el estado de plenitud y de exaltación amorosa del protagonista, cuya voz en no pocos momentos se confunde con la del propio autor.
      Si las fotos han provocado una memoria relativamente voluntaria en la primera parte, “Jinete en la tormenta” nos llama la atención por la importancia de la “memoria involuntaria”, como sucede en Proust, pues a los recuerdos hay que concederles un valor relativo al no ser siempre fieles a la realidad. Y así se utiliza la memoria del comandante Galaz, ya muerto, porque éste se la transmitió a su hija. Y en ese complejo entramado de recuerdos y olvidos se plantea “cuántas vidas puede vivir un hombre”.
     Al final aparece ese emblemático “jinete polaco” que ha obsesionado al narrador-protagonista desde que lo contemplara en un museo de Nueva York. El vacío de la memoria del protagonista, que no logra recordar un episodio clave de su vida, lo lleva a la idea de que “es mentira la certidumbre del recuerdo reciente”. En la tercera parte, “El jinete polaco”, se atan diversos cabos argumentales, y el cuadro de Rembrandt se convierte en un auténtico instrumento para recordar.
     Esta novela, releída con los años, demuestra que envejece con la dignidad literaria de los clásicos. Su ritmo narrativo modelado con  oraciones de período largo y un elegante fraseo siguen siendo señas de identidad de la obra de AMM, quien con los años ha ido despojándose de palabras y metáforas, y ha dirigido su catalejo temático a la descripción, cada vez más despojada, de la realidad.

La novela comienza así:

“Sin que se dieran cuenta se les hizo de noche en la habitación de donde no habían salido en muchas horas, donde habían estado abrazándose y conversando en una voz cada vez más baja, como si la penumbra y luego la oscuridad que no notaban hubieran ido apaciguando el tono de sus voces pero no la avidez mutua de palabras, igual que se había apaciguado el modo al principio perentorio en que satisfacían y simultáneamente alimentaban su deseo, cuando regresaban caminando bajo la nieve y el frío de la taberna irlandesa donde habían almorzado, el pie descalzo de ella buscándolo con desvergüenza y sigilo bajo el amparo insuficiente del mantel, la casi persecución en el ascensor, ante la puerta, en el pasillo, en el cuarto de baño, la ropa arrancada con una delicada furia de impaciencia y las bocas mordiéndose mientras su doble respiración crecía en el calor de la habitación a media tarde, en la luz listada de las persianas que dejaban entrever  al otro lado de la calle una hilera de árboles con las ramas peladas cuyo nombre ella no supo decirle y una fila de casas de ladrillo rojo con dinteles de piedra, con llamadores dorados y puertas pintadas de un negro brillante que a él le daban la tranquilizadora sensación de estar en Londres o en cualquier otra ciudad anglosajona y silenciosa, a pesar del ruido del tráfico que llegada desde las avenidas, de las sirenas de los coches de la policía y de los camiones de bomberos, un pesado rumor que envolvía el núcleo de silencio en que los dos respiraban igual que la ciudad ilimitada y temible envolvía el espacio breve del apartamento, la cámara segura como un submarino en la que si se paraban a pensarlo era casi imposible que se hubieran encontrado, entre tantos millones de hombres y mujeres, de caras, de nombres, de gritos, de idiomas, de conversaciones telefónicas…”.




sábado, 13 de febrero de 2016



LEER, AMAR, VIVIR…


Conforme voy entrando en años, busco cada vez más, a través de los escritos con que apaciento mi espíritu, todo lo que haya de bondad en las almas de quienes escribieron.
Miguel de Unamuno


El oficio de lector sin duda es más placentero y confortable que el de escritor, dado que escribir tiene mucho de trabajo, mientras que la lectura es una culminación de la pereza. A mí, Cervantes y los tebeos del Capitán Trueno me hicieron lector, pero seguramente no escribiría libros si no fuera por Julio Verne.
Antonio Muñoz Molina


Leer es para mí, lo que para Samuel Johnson: ‘Todo lo que nos hace olvidar el aquí y el ahora, todo lo que nos aleja de nuestra circunstancia personal, todo lo que nos ennoblece, todo lo que nos mejora’. Y el placer privado de poseer un libro. Yo he dedicado una parte de mi vida a las letras, y creo que una forma de felicidad es la lectura.
Jorge Luis Borges


Leer es una manera de pasar el tiempo sin que se pierda en el torbellino de ese ocio compulsivo y prefabricado. Hay que ser muy valiente hoy día para enfrentar el tiempo solos, con un libro entre las manos y arropados por el silencio. Leer no para esquivar la vida o para eludirla, sino para saber de qué está hecho el tiempo.
Victoria Fernández


“Vivir ensimismada. Leer. A través de la lectura, dialogar, en silencio con hombres y mujeres contemporáneos y con hombres y mujeres que hace años, quizá siglos, dejaron su mensaje en un libro para que yo lo leyera y lo encontrara en una búsqueda de respuestas a mis preguntas. Y el descubrimiento fascinante de afinidades, respuestas, sugerencias. Leer y leer, clásicos y modernos; libros en español, en otros idiomas…”
Josefina Aldecoa


Se escribe y se lee poesía, no porque sea bonita, sino porque es parte de la humanidad. Se escribe y se lee poesía porque los seres humanos son seres con pasiones. La medicina, el derecho, el comercio son nobles actividades necesarias para mantenernos con vida. Pero la poesía, el amor, la belleza, ésa es nuestra razón de ser.
N. H. Kleinbaum




martes, 7 de abril de 2015






COMO LA SOMBRA QUE SE VA, 
Antonio Muñoz Molina

Si consideramos desde una perspectiva laxa que una novela es un cajón donde cabe todo, entonces sí podemos aceptar que las páginas que Antonio Muñoz Molina nos presenta bajo el título Como la sombra que se va se trata efectivamente de una novela. Pero si, por el contrario, nos atenemos a una consideración más canónica de lo que debe ser una novela, esta última entrega del escritor jienense es otra cosa. Quizá sea un reportaje sobre las últimas horas de vida de Martin Luther King, acaso una investigación exhaustiva sobre su asesino, James Earl Ray, y, sobre todo, una muestra perfecta de lo que se considera memorialismo, un ajuste de cuentas del propio Antonio Muñoz Molina consigo mismo, esto es, una explicación de cómo ha llegado hasta aquí como hombre y como escritor, narrada con una sutiliza que nos desvela todo el proceso creativo utilizado en la redacción de esta novela.
Son muchos los núcleos temáticos que se desarrollan. En primer lugar, desde el presente el personaje narrador que no es otro que el propio Muñoz Molina, regresa a Lisboa para ver los escenarios en los que el asesino de Martin Luther King anduvo diez días a la espera infructuosa de conseguir un pasaporte para Angola. En segundo lugar, este escritor adulto recuerda también los días en que, siendo joven, huyó de Granada y de su mundo familiar para concluir su primer éxito literario, El invierno en Lisboa. Estos dos momentos permiten conocer la verdad del hombre y del escritor, una confesión escrita con una fluidez y calidad literarias encomiables: “no quiero que se me olvide el regalo excepcional de estar vivo”. Y, por último, hay un ahondamiento en el mundo del asesino, en sus manías y en su complejo de inferioridad, en su absurdo odio a los negros, en las sospechas no confirmadas de que la muerte de Luther King fuera obra de un complot, más que una ejecución maquinada por un lobo solitario. Y al mismo tiempo, el autor profundiza en la figura del candidato, se remonta a sus orígenes en Atlanta, a su capacidad intelectual desarrollada junto a su padre y sobre todo en la Boston University, a su conocimiento de la Biblia (son constantes las alusiones a este libro inagotable), a la humildad, a la carga que para él suponía haber sido elegido para acabar con tantas desigualdades, a sus debilidades de hombre que se hace acompañar también por la amante las horas previas a su asesinato en Memphis…
Y por encima de todo sobresalen como marca de la casa los hallazgos expresivos (“medusas muertas como criaturas extraterrestres naufragadas”). Por eso puede decirse que para Muñoz Molina escribir se parece mucho a escuchar el ritmo de esos músicos de jazz que siempre le han acompañado, escribir es deslizar los dedos y agradecer también que a estas alturas de la vida, en paz consigo mismo y con los que más quiere, esté acompañado por su mujer, Elvira, (ese tú recurrente en la novela). Nos recuerda Antonio Muñoz Molina que “amar una cara es amar un alma” (Thomas Mann) .

Sé que siento devoción por la obra de este autor y sé que soy parcial (me alegro de los muchos aciertos y minimizo los posibles deslices o excesos), y por ello no renuncio a invitarles a que lean toda su obra, aunque no sé si este libro que comentamos sea la mejor manera de adentrarse sin reservas en el festín literario que siempre supone cada una de sus páginas.

lunes, 26 de enero de 2015





LAS APARIENCIAS,  Antonio Muñoz Molina

Se ha oído hasta la saciedad que una gran parte de la mejor literatura tiene su origen en los periódicos. Como todas las generalizaciones tiene algo, solo algo, de verdad. En cualquier caso, son muchos los textos excelsos que he disfrutado de F. Umbral,  M. Alcántara, Pedro G. Cuartango, M. Vicent, del recientemente fallecido Alvite y de tantos otros. Cada sábado inicio el día con la lectura de la colaboración de Antonio Muñoz Molina en el diario EL PAÍS, recorto los que me gustan y los archivo, también practico el copipega y los dejo dormir en un archivo de mi ordenador para releerlos no sé cuándo ni en qué tiempo futuro. Pero nada me despista de ese disfrute matinal.
Ahora releo algunos que fueron reunidos en libro Las apariencias (Alfaguara, 1995), un libro que leí hace años y que reseñé en las páginas de Artes y Letras en INFORMACIÓN. Estamos ante una colección de artículos periodísticos que su autor escribió en ABC y EL PAÍS, y en los que Antonio Muñoz Molina insiste en su pretensión de compaginar el artículo con la novela y el cuento.
En el primero de los artículos, “La manera de mirar”, hay una declaración de intenciones, algo así como una teoría de la contemplación que tan bien cuajó en su delicioso libro Ventana de Manhattan (2004). Supone una declaración del papel del escritor en el mundo, de cierta defensa de la primacía de la realidad sobre el arte, que de alguna manera ha servido de guía para el escritor: “Basta de espejos y de sombras, de melancolía y de literatura, de canciones escuchadas para sufrir más dulcemente. Procurará mirar ahora las cosas con los ojos tan apasionadamente abiertos como un pintor de la verdad. Intentará vivir para contarlo” (p. 29).
Quien haya seguido la evolución narrativa de AMM (y quien esto escribe ha empeñado tiempo y disfrute en hacerlo, hasta pensar que será testigo del momento en que este autor sea distinguido con el Nobel) advertirá que se ha ido produciendo un proceso de desliteraturización y cierta renuncia a modelos narrativos, al tiempo que una afirmación cada vez más constante del valor de la memoria, del recuerdo y de la contemplación de la realidad más inmediata como asuntos novelables. A esta conclusión puede llegarse si se ha leído todas sus obras (no solo novelas), desde la primera, El Robinson urbano (1984), hasta la última, Como la sombra que se va (2014), y se llega a la conclusión que en tres décadas AMM ha conseguido elaborar el mayor festín literario de las letras hispanas.
En la obra que ahora reseñamos, Las apariencias, el autor jienense cautiva una vez más por su capacidad para describir ambientes, paisajes y rasgos psicológicos de personajes, por transmitirnos con una manera nueva de mirar todo cuanto ve. En este sentido, cabe resaltar la actitud que el escritor adopta ante el origen de su materia temática: “Quien escribió tantos artículos rabiosamente intelectuales, hermosamente intoxicados de literatura, quien creó personajes completamente novelescos, argumentos de género…, reniega ahora de su posible enfermedad literaria y abre las ventanas de la calle y del recuerdo personal” (Elvira Lindo, prólogo a Las apariencias p. 17).
Estamos ante un libro de temática miscelánea, pero en el que advertimos cierta recurrencia en los motivos: las alusiones al mundo de la pintura y la presencia constante de la literatura como forma de vida que procura intensidad y verdad son temas desarrollados en varios artículos, pues como dice Muñoz Molina: “Fatalmente la voluntad de saber lo condena a uno a la literatura, que es una simulación del conocimiento y no un método para averiguar la verdad”. Destaca una mirada atenta hacia los desposeídos y el perfil humano de las situaciones. En “Desconocidos”, quizá el más intenso, plasma el abandono de una mujer sin nombre que yace en coma en un hospital de Madrid y que “pertenece a la soledad y la amnesia”. El tono literario se ve reforzado por citas explícitas de Lorca  y un uso constante de la intertextualidad que nos recuerda al poema “Mujer con alcuza”, de Dámaso Alonso. En “Soldados” reflexiona sobre la vida cuartelaria, bucea en la experiencia personal y crea, de este modo, el embrión de su futura novela “Ardor guerrero”.
Frente a esta evolución temática que amplía la óptica de sus intereses, parece Antonio Muñoz Molina reafirmarse en sus rasgos estilísticos, aciertos que ya fueron elogiados por Pere Gimferrer cuando dijo que AMM poseía “unas condiciones expresivas del todo inhabituales, una rotunda capacidad de invención y una enérgica voluntad de estilo” (prólogo a El Robinson urbano, 1993, pág. 6). No hay duda de que el autor prefiere las oraciones de período largo con cierto abuso de la polisíndeton para el engarce del discurso, en la captación poética de la realidad, y en la sorpresa de la adjetivación innovadora, pero al mismo tiempo ha renunciado, solo en parte, al uso de referencias literarias común en sus primeros artículos, pero todavía presentes sutilmente en este libro que reseñamos. Podríamos servirnos de las palabras de Jorge Luis Borges que recoge Andrés Soria en la introducción al libro de cuentos de AMM “Nada del otro mundo” para comprender la evolución que ha experimentado el estilo del autor jienense: “Es curiosa la suerte del escritor. Al principio es barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son favorables los astros, no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad”.
Es quizá el estilo de Muñoz Molina su cualidad literaria más personal y sobresaliente. Plasma en largas oraciones matices llenos de plasticidad, nos sorprende con una adjetivación innovadora y poética (“los paisajes polares de los aeropuertos”) y capta con la misma morosidad las manos de un ciego, la concentración de un hombre mientras lee y la luz detenida en un balcón. De ahí que en “El color de los sueños” se aluda a las tonalidades azules de Vermeer, Van Gogh, Edward Hopper, Joan Miró y Magritte.
AMM no abjura de sus modelos, los cita, abusa de la intertextualidad y rememora sus lecturas hasta convertir la literatura en un quehacer intrínseco a su vida: “Desde Cervantes a Faulkner tengo ochocientos padres”, pero son algunos los escritores en los que suele reconocerse: Borges, Graham Greene, Onetti, Bioy Casares, Carver, Rulfo, Cervantes, Flaubert, Proust, Chesterton, Umbral, Conrad, Navokov…
Al margen de sus referentes estético y literarios, no es AMM un escritor indiferente a la realidad que le rodea, sino que además se sirve del periodismo para plasmar sus inquietudes, para expresar su visión de la realidad, sin temer a la disputa que su opinión pueda suscitar. AMM mira la realidad con ojos comprometidos, pero sin renunciar nunca a la principal exigencia que debe tener un escritor, esto es, el cuidado del estilo. La imbricación entre periodismo y literatura tiene en Muñoz Molina a uno de los mejores escritores: “Estoy convencido de que el escritor lo es en la medida en que al crecer ha seguido guardando consigo el fuego sagrado de la imaginación, el impulso antiguo y nunca desfallecido para interpretar el mundo no mediante el análisis sino mediante la fábula, y de suspender de vez en cuando las leyes inflexibles de lo evidente para mirar al otro lado y descubrir lo que las apariencias aceptadas ocultan”.
Julián Montesinos Ruiz