experimento
la sensación de sentirme acogido, de gozar de la serenidad que surge al
adentrarme en un mundo en el que brillan los valores más nobles: la compasión,
la denuncia de la injusticia, el amor a la naturaleza, una primigenia actitud
ecologista, cierta tendencia al pesimismo vital que el autor vence con
determinación y fe en el hombre,unos personajes
auténticos, y un dominio de la lengua y la narración admirables. Por eso,
siempre vuelvo a Miguel Delibes, cuyas ideas siguen siendo, después de tantos
años, actuales.
Consideremos solamente dos aspectos de su
pensamiento humanista: la “entronización de las cosas”, es decir, ese
consumismo compulsivo que en el mundo impera y al que aludió en su discurso de
ingreso en la Real Academia Española el 25 de mayo de 1975; y la alabanza del
campo y la naturaleza frente al poder uniformador de la ciudad, un aspecto que puede
apreciarse en muchos personajes de sus novelas.
Para recordar que el pasado 17 de
octubre de 2020 se celebró cien años de su nacimiento, comparto un texto que Delibes
dedicó a los jóvenes:
En una ocasión me preguntaron por qué había
tantos niños protagonistas en mis novelas. Mi respuesta fue sencilla. Para mí,
el niño –dije– es un ser que encierra toda la gracia del mundo y tiene abiertas
todas las posibilidades, es decir, puede serlo todo, mientras el hombre es un
niño que ha perdido la gracia y ha reducido a una –el oficio que desempeña- sus
posibilidades.
Con
esta respuesta quería dar a entender que para mí, el niño, precisamente por la
carga de misterio que arrastra, tiene mayor interés humano que el adulto, incluso
para ser protagonista de una novela o de una película.
También
se deduce de mi respuesta la importancia que yo doy a la elección de oficio,
sea éste el de ebanista o arquitecto, escritor o marino, maestro o labrador.
Seguramente es la elección de oficio la cuestión más importante con que vais a
enfrentaros. Tan importante, que acertar con el oficio es acertar con la vida.
La felicidad no consiste en ganar mucho dinero sino en que la tarea que se hace
se haga con gusto. El día que cada niño, al llegar a hombre, pueda ser aquello
que desea y para lo que está dotado habremos conseguido un mundo feliz. El niño
no perderá su alegría al transformarse en hombre si ante el haz de
oportunidades que se le ofrecen, acierta a elegir la buena, esto es, la adecuada
a su manera de ser.
Claro
es que para poder acertar debéis informaros antes de lo que es una cosa y de lo
que es otra. Formar niños debe ser un sucesivo despertar de curiosidades que
luego, a lo largo de la vida, se irán saciando con la lectura y la experiencia.
Por
mi parte, en este libro que hoy os ofrezco, no he tratado de escribir nada
especial para vosotros, sino que he escogido, de entre lo escrito para adultos,
aquello que más pudiera interesaros: aventuras de niños, historias de animales
o impresiones curiosas de mis viajes por el mundo. Con esto aspiro, al mismo
tiempo que distraeros, a despertar en vosotros la curiosidad: curiosidad por el
tema agrario de Castilla o por la vida y costumbre de los animales; curiosidad
por conocer otros países del globo o por las plantas; curiosidad por la
literatura en sí o por el triste problema de la infancia abandonada. Es decir,
mi objetivo es entreteneros y también inquietaros por los problemas comunes;
avivar vuestros deseos de saber y conocer.Entiendo que de esta manera os preparáis para resistir a la sociedad de
consumo que nos amenaza (en la que se quiere reducir al hombre a un autómata
productor de objetos y consumidor de objetos) y para ocuparos en tareas nobles
y creadoras. Es decir, para justificar vuestra condición de seres humanos
Fragmento
extraído de Medina-Bocos Amparo y Ortega Esperanza (coordinadoras), Delibes
Miguel, Mi mundo y el mundo, Edilesa,
1999, pp- 7-
sábado, 2 de mayo de 2020
LUNA DE AVELLANEDA,
Ángel Illarramendi
EL HEREJE, Miguel Delibes
El protagonista principal de esta
novela, Cipriano Salcedo, se siente orgulloso de que el Doctor Cazalla, el
mentor del conventículo de Valladolid para la difusión de las ideas luteranas
durante la segunda mitad del siglo XVI, le haya encargado una importante
misión: acudir a Alemania para entrevistarse con Felipe Melanchton, una
autoridad espiritual del momento y comprar los libros esenciales de esta
corriente religiosa contraria a ciertos dogmas de la Iglesia Romana. La
encomienda es ardua, porque era común las piras de libros y de seres humanos a
manos de la Inquisición. Estos datos son desvelados en el transcurso de una
interesante conversación que mantiene Cipriano Salcedo junto al capitán de la
galeaza, Heinrich Berger, y un sevillano misterioso, Isidoro Tellería, durante
el viaje de regreso a España, sin que las disquisiciones religiosas resten un
ápice de interés novelesco.
Con
cada página leída, mayor es el gozo de avanzar y sumergirse en la Valladolid descrita
por Miguel Delibes (pp. 50-55). Su fluida escritura nos guía por una ciudad de
apenas veintiocho mil habitantes, se detiene en sus calles, elogia los blancos
de Rueda y Cigales, sus talleres artesanos, la concurrencia de la gente ante la
visita del rey Carlos. Un hervidero de vitalidad, que Bernardo Salcedo no vive
porque en esos momentos está expectante ante el nacimiento de su hijo Cipriano.
En unas pocas páginas, se perfila la maldad del padre hacia el hijo (“taimado
parricida”, lo llama), pues lo
consideraba el causante de la muerte de su mujer, a quien “tuvo siempre
sometida a una dura disciplina marital” (p. 76). Minervina, la joven nodriza
que amamantó a Cipriano, será el refugio de afecto de ese niño algo enclenque,
sometido al continuo desprecio de un despótico padre.
El
afán de saber salvará a Cipriano de una vida mediocre en una época donde leer y
pensar eran actividades intelectuales peligrosas, eran quehaceres perseguidos
por la Inquisición: “La afición a la lectura ha llegado a ser tan sospechosa
que el analfabetismo se hace deseable y honroso. Siendo analfabeto es fácil
demostrar que uno está incontaminado y pertenece a la envidiable casta de los
cristianos viejos” (p. 43).
La
desorientada vida de Bernardo tras la muerte de su esposa adquiere gran
importancia en la primera parte de la novela. A este personaje fingidor lo
corroe la apremiante necesidad de tener un encuentro sexual, pero se pregunta
“¿cómo tener hoy una relación carnal con una mujer sin arriesgar nuestra salud
en el empeño?” (p. 118), pues entonces la peste tenía atemorizada a la
población. Bernardo acude a María de las Casa, una alcahueta de las
inmediaciones de Valladolid,para que le
consiga una mujer joven, en concreto, a Petra Garrido, con quien consumará una
relación humillante. Sin duda, el maestro Delibes va creando una novela en la que
cada nuevo personaje es una onda expansiva que permite que la obra gane en
profundidad: la evolución de Bernardo, las sorpresas lascivas con las que Petra
le sorprende y el posterior descubrimiento de su doble vida; la delicadeza de
Minervina, que pasa de ser la niñera a instructora inicial de Cipriano; y la
figura fugaz del preceptor del muchacho, Álvaro Cabeza de Vaca, quien reconoce
que Cipriano, siendo como es inteligente, desatiende sus explicaciones, porque
está en otra cosa. Bernardo decide internarlo en un colegio para niños pobres –los
expósitos–, gestionado por la Cofradía. El colegio será un microcosmos donde
Delibes otorga a muchos de los niños un apodo definitorio afín con su
personalidad y aspecto. Y allí crecerá lejos de su padre cruel y vivirá
experiencias que a nosotros, sus lectores, nos recuerdan algunas peripecias de Mi idolatrado hijo Sisí, lo que nos
lleva a pensar que en esta novela histórica confluyen muchos aspectos del mundo
narrativo de Miguel Delibes. Aparecen otros personajes que enriquecen ese
listado de hombres y mujeres memorables trazados por la pluma de Delibes (en el
discurso de recepción del Premio Cervantes mostró su gratitud hacia esas
criaturas novelescas) . Y entre ellos está el austero don Segundo Centeno,
hombre sabio y guardoso, que mantiene una productiva explotación de ovejas, y también
su hija, Teodomira, conocida como la Reina
del Páramo por su pericia insuperable en pelar ovejas. Y Cipriano siente
deseos de conocerla: “Cuando hablaba Teodomira sentía una gran paz interior.
Aquella muchacha, sobrada de peso, era la encarnación de la serenidad. (…) Pero
lo que le sorprendió más a Cipriano fue el descubrimiento de Teodomira como
hembra, el hecho de que la muchacha, al tiempo que sosiego, le produjera una
viva excitación sexual” (p. 240). Teo acabó siendo una esposa perfecta, de
níveo cuerpo, firme en sus convicciones, consciente de que su origen humilde no
era un impedimento para desenvolverse, tras su matrimonio con Cipriano, en el
entorno urbano. Pero con el transcurrir del tiempo su maternidad insatisfecha
fue minando la convivencia matrimonial, hasta llevarla a la locura y posterior
muerte. Viudo, Cipriano va encontrando cada vez mayor interés en las tesis
erasmistas que Pedro Cazalla y Carlos de Seso le inculcan: “No se quede sentado
en una silla. Muévase. Abra su espíritu, no se resista a la gracia” (310).
Alcanzado
el ecuador de la novela, el argumento da un giro. Cipriano, hombre maduro y al
frente delos negocios heredados tras la
muerte de su padre, se convierte en un entusiasta de las tesis erasmistas.
Piensa que Erasmo es “un teólogo, un escritor, que piensa que la Iglesia debe
ser reformada” (p. 186). El debate transciende los muros eclesiásticos y se
traslada a las plazas y casas de Valladolid. Se instala el temor ante las
delaciones, porque al principio “daba la impresión, sin embargo, que la
controversia se iba inclinando del lado de Erasmo y en contra de Lutero y el
resultado parecía satisfacer al Papa y al Emperador” (p. 186). La llegada del
Doctor Cazalla, hijo de una familia importante de Valladolid con ascendientes
judíos, remueve la conciencia de Cipriano e instala en su ánimo un deseo
constante de perfección moral, no solo en lo espiritual, sino también en su
anhelo de dignificar la justicia social (de ahí su empeño de mejorar los
salarios de sus trabajadores). Los vaivenes de la fe turban a Cipriano hasta
tal punto que fue dejándose aleccionar en esta materia por el hermano del
Doctor, Pedro Cazalla, quien le entregó un libro, El beneficio deCristo, cuya
lectura le reportó un sosiego inmediato y abrió en él una mueva dimensión
religiosa. Finalmente, Cipriano acude una noche a su primer conciliábulo en
casa del Doctor, donde coincide con prohombres de la ciudad y se siente
sorprendido por la elegancia y belleza de Ana Enríquez, hija de los marqueses
de Alcañices. Las ideas erasmistas –inexistencia del purgatorio y
reivindicación de los Apóstoles frente al boato de la Iglesia Romana, entre
otras– van calando en su ánimo atormentado, en su anhelo de búsqueda del bien y
de cierta plenitud espiritual: “Nunca había sentido aversión por descargar sus
pecados en un confesionario pero hacerlo ahora directamente ante Nuestro Señor
le dejaba más tranquilo y satisfecho. Llegó a parecerle un acto más completo y
emotivo que la confesión auricular” (p. 318). Las delaciones se produjeron
escalonadamente y todos los proluteranos fueron detenido e interrogados por el
Santo Oficio. El 21 de mayo de 1559 muchos de ellos fueron condenados a la
hoguera. De camino a los cadalsos, Cipriano tuvo su último consuelo al ver a
Minervina, “la única persona que le quiso en vida, la única que él había
querido, cumpliendo el mandato divino de amaos los unos a los otros” (p.487).
El uso de la lengua
requiere una mención aparte. Como la acción inicial de la novela transcurre en
la galeaza, con Cipriano de regreso a España, aparecen muchos vocablos
marineros (“coy”, “amura”, “cofa”, etc.); abundan los términos específicos para
nombrar herramientas y objetos de la época (“armella”, etc.) y otros propios de
la actividad del mundo rural (la caza de conejos con hurones, y la de la perdiz
con reclamo exige una precisa utilización de palabras habituales en sus anteriores
libros); hay una profusión de vocabulario afín a la vestimenta (“coleto corto”,
“carmeñola”, “mangas folladas”, “presea pinjante”, etc.), así como palabras que
pertenecen al campo léxico de la teología, lo que demuestra la ingente labor de
documentación llevada a cabo por el autor; en muchas ocasiones hay aciertos
expresivos (su figura “se había ahilado” para referirse a ganar en esbeltez), así
como nuevas acepciones de vocablos comunes, como en “ordinario” (arriero que
trasladaba gentes de un pueblo a otro) o en “rolla” (niñera).
La lectura de esta
grandísima novela (entre las mejores de Miguel Delibes, me atrevería a decir)
requiere que un lector avezado tenga que consultar el significado de algunas
palabras. Esto nos hace pensar si no ha llegado el momento de que algunas ediciones
de sus libros deban tener notas aclaratorias a pie de página. No en vano,
sabedores sus estudiosos de que la alta calidad estilística pudiera disuadir a
lectores no iniciados de leer la obra del escritor vallisoletano, en la Cátedra
Miguel Delibes, puede consultarse, en un
completo glosario digital, el léxico que aparece en sus novelas
(http://www.catedramdelibes.com/glosario.php).
Por la sabiduría
constructiva de la narración; por los diálogos enjundiosos sobre las más
diversa materias; por la capacidad para describir con dos trazos ambientes, caracteres
y paisajes; por la ingente documentación histórica y teológica; y por el uso pulcro
y rítmico del castellano, podemos considerar esta novela de Miguel Delibes como
una las más logradas de su abundante producción, una obra que desgraciadamente desconocerán
quienes no se atrevan a leerla, ya sea por su extensión o porque aborde
cuestiones más o menos alejadas de la actualidad.
jueves, 22 de junio de 2017
SEÑORA DE ROJO SOBRE FONDO GRIS, Miguel
Delibes
No sé por qué cogí este libro
al azar de mi estantería. Aunque lo leí hace mucho tiempo, todavía guardo en mi
recuerdo una bruma de encanto y tristeza, una sensación que he vuelto a sentir
al leerlo. Esta novela intimista relata los últimos días de la esposa de Miguel
Delibes. El autor vallisoletano escribe una larga carta que constituye al cabo
una brevísima y emotiva novela, cuyo tema sigue estando vigente. ¿Quién no ha
sentido el dolor de una pérdida prematura? Miguel Delibes escribe un homenaje a
su esposa, una mujer –nos dice– cuya sola presencia aligeraba la pesadumbre de
vivir (p. 9), una mujer de concordia que sabía compartir con los demás; una
mujer que comulgaba con un sencillo sentimiento religioso alejado de todo boato
y ostentación (“era la suya una fe simple, ceñida a lo humano”, p. 12); una
mujer que disfrutaba con la decoración y la autenticidad de las cosas; una
mujer alegre de quien aprendió mucho.
La novela es, como casi todas las de Delibes, una novela corta que
se lee en un soplo. Pero esta obra es mucho más que una carta que Miguel
Delibes le escribe a su hija, que se encuentra en la cárcel por desavenencias
políticas los años previos a la muerte de Franco. Esta carta emocionada es un
ajuste del autor con la vida (“habíamos soñado con envejecer juntos”, p. 111),
donde brilla como siempre el estilo preciso, elegante y rítmico del mejor
Delibes. No rezuma aquí el sabor añejo de esa lengua castellana rural que
aparece en tantas de sus novelas. En esta sobresale, como siempre, la
dimensión moral de un hombre bueno que fue coherente consigo mismo: sin hacer
gala de su ideología, ni de sus creencias religiosas, ni de sus convicciones
ecologistas (Un mundo que agoniza),
esta novela constituye, en esencia, una elegía serena dedicada a su mujer.
Cuando pienso en la obra de Miguel Delibes
recuerdo sus obras leídas, incluso los lugares (sobre todo León) donde las leí,
la precisión de su prosa, y permanecen aún sus personajes emblemáticos, sus
hermosas y creíbles criaturas en las que el propio autor se vació. Estos
personajes viven en los lectores y en el propio autor, tal y como expresó en el
discurso de recepción del Premio Cervantes en 1993: “Yo no he sido tanto yo como los personajes que representé en
este carnaval literario. Ellos son, pues, en buena parte mi biografía”. Hay que
volver a Delibes, los jóvenes debieran leer, entre otras, El camino, Mi idolatrado hijo Sisí, La
hoja roja, El hereje… En fin,
Miguel Delibes es una parte esencial de nuestras señas de identidad.