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lunes, 17 de septiembre de 2018






LA SANGRE DE LOS LIBROS, Santiago Posteguillo

Los seguidores de este magnífico escritor de novelas históricas (“La trilogía de Escipión” y “La trilogía de Trajano” ) harían bien en leer esta treintena de pequeños artículos que recrean momentos intensos y curiosos de los autores y los libros esenciales de la literatura universal. La sangre de los libros sigue la senda de otro libro anterior que ya fue reseñado en este blog, La noche en que Frankenstein leyó el Quijote, pero hallamos en él más anécdotas y libertad creadora, en la medida en que tienen cabida ágiles diálogos y perfectas ambientaciones, rasgos, entre otros, que revelan que estamos ante un escritor dotado del don de contar historias. Y eso no es nada fácil.
      Santiago Posteguillo propone un recorrido a través de la literatura viva, la que ha leído, recomienda y quiere compartir. Ensalza la labor de Petrarca no sólo como poeta sino como “salvador” de documentos básicos de la antigüedad grecorromana; se refiere a la cruenta muerte de Séneca (“como filósofo digo ahora verdades, mientras que antes, como político, mentía muchas veces”); recrea la búsqueda por parte de los hijos de Dante de los cantos finales de la Divina Comedia; se divierte –y se nota– con las peripecias amorosas del osado Lope de Vega–, para quien “la poesía es pintura de los oídos, como la pintura poesía de los ojos”­–; se refiere  también al atrevido Quevedo, quien es capaz, a través de un calambur, de inmortalizar un insulto a la reina consorte Mariana de Austria: “Entre el clavel y la rosa, su Majestad escoja”; vincula las muertes de A. Punskin en un duelo con el suicidio de E. Salgari; narra la muerte de Bécquer y la peculiaridad poética de Emily Dickinson; elogia la labor de Fernando Pessoa y lo sitúa al nivel de Shakespeare al reconocer que los sonetos del portugués no son inferiores a los del autor inglés; y revela curiosidades sobre Robert Graves, Dionisio Ridruejo y Blasco Ibáñez, este último contratado por el Presidente de la República francesa para la creación de una novela –Los cuatro jinetes del Apocalipsis– con la que pretende implicar a los EE.UU. en la primera guerra mundial a favor de Francia.
      Convencido estoy de que queda mucho por hacer para que el libro y la lectura –avasallados por la tiranía de lo audiovisual– alcancen el lugar que requieren en la formación integral de los hombres. Ya decía Pedro Salinas que la mejor forma de contagiar la lectura es poner en contacto a los lectores –a los jóvenes lectores– con los buenos libros. No cabe duda de que el paso del tiempo ha seleccionado unos títulos esenciales, y de que pocos como Santiago Posteguillo sienten vivamente cómo la literatura corre por sus venas.

lunes, 7 de noviembre de 2016




LA NOCHE EN QUE FRANKENSTEIN
LEYÓ EL QUIJOTE,
Santiago Posteguillo

Llega a este inventario de lecturas en que va convirtiéndose mi blog un libro que me ha suscitado verdadero interés. Sabía de la enorme aceptación que este autor tiene, pero no había tenido ocasión de leer nada suyo a pesar de mi gusto por esa historiografía romana en la que suele situar la acción de sus  novelas.
Publicados en el diario Las Provincias, Santiago Posteguillo nos ofrece una colección de veinticuatro microensayos con una temática común: la historia secreta de los libros y de los azares hasta que fueron publicados, amén de otras curiosidades sobre sus autores. Exhibe Posteguillo (no en vano en profesor titular de lengua y literatura inglesas en la Universidad Jaume I de Castelló) una elegante sabiduría que en ningún momento interfiere su principal objetivo: contar de la manera más didáctica y atractiva. ¿Y qué nos cuenta? Nos explica que el origen del mundo ordenado alfabéticamente del que ahora gozamos fue obra de un tal Zenodoto allá por el siglo III a. C.; se recrea en Dublín como capital literaria por excelencia, debido a sus muchos escritores y al valor y respeto que en la capital irlandesa se siente por la literatura; mediante una trama novelesca elucubra sobre la posibilidad de que Diego Hurtado de Mendoza pudiera ser el autor del Lazarillo, aunque se decanta por su anonimia; cuestiona la autoría de muchas de las obras que se atribuyen a Shakespeare y propone, tras una interesante peripecia que incluye un asesinato fingido, la posibilidad de que Hamlet y otros importante dramas pudieran haer sido escritos por C. Marlowe; recrea la cárcel sevillana donde inicio Cervantes la publicación del Quijote; nos habla del verano que Byron y el matrimonio Shelley disfrutaron en Suiza, estancia que permitió a los asistentes conocer el Quijote, mientras Mary Shelley componía su conocido Frankenstein, obra que mantiene no pocas concomitancias con la de Cervantes (véase la historia del cautivo); reivindica el papel del “negro”, ese escritor fantasma que colabora en la oscuridad con un autor, y lo hace para reivindicar la importancia de Auguste Maquet en las obras principales de Alejandro Duma; revela el origen humilde de Rosalía de Castro y el atrevimiento de José Zorrilla para escribir en verso su discurso de ingreso en la Academia; homenaje a Dickens (quien llenaba teatros con las lecturas públicas de sus obras) a Holmes, a Tolkien, a Solzhenitsyn, a Rowling…

Y por no seguir con esta retahíla, concluiré: Posteguillo exhibe una maestría narrativa que permite una lectura fluida sin que en ningún momento decaiga el interés por las historias. Estos artículos me llevarán, sin duda, a sus grandes novelas.