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miércoles, 25 de marzo de 2026

 



CONCERTO FOR PIANO AND STRING ORCHESTRA "DAIMON"/I. THE DEPARTURE, Olivia Belli






EL HUERTO DE EMERSON, Luis Landero







Tengo un cuaderno nuevo y no sé en qué gastarlo. Es invierno, ya ha oscurecido, hace mucho frío y afuera resuena el temporal. Yo me he arrimado a este cuaderno como el mendigo al calorcillo de la lumbre. Por el momento no sé qué escribir, es cierto, pero eso importa poco. Cuando uno no sabe qué escribir, cuando la imaginación flaquea, cuando el alma se apaga y se embrutecen los sentidos, y cuando aun así uno siente la necesidad de escribir, siempre queda la posibilidad de abandonarse a los recuerdos. En nuestro pasado está todo cuanto necesitamos para encender el fuego de la inspiración. Hasta la fantasía tiene su casa en la memoria. No escribas lo que sientes, escribe lo que recuerdas y dirás la verdad, como decía no recuerdo quién. Así que no hay más que salir a pasear por el bosque del tiempo ya vivido, sin otro rumbo que el azar. 


    Así comienza esta “autobiografía novelada”, o “novela autobiográfica”, que continúa con el universo personal y formativo que el autor inició en El balcón de invierno (2014). Vuelvo a Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948) con la sabia rutina de quien va a su abrevadero, guiado por un gratificante mecanicismo. Miro las estantería de mi despacho, donde se acumulan los libros no leídos, y cojo El huerto de Emerson (2021). El Coloquio de invierno (2026), la última novela que acabo de comprar, tendrá que esperar un tiempo. En ese momento, recuerdo haber leído y “reseñado” otros libros del autor extremeño (https://dontejoquidelapanza.blogspot.com/search/label/Landero%20Luis), lo que me lleva a reparar en la ligazón que existe entre el que me ocupa y El balcón de invierno.  Ambos indagan en la infancia, en la adolescencia, y sobre todo en eso que podría llamarse un memorialismo autobiográfico que explica al mismo tiempo su vida y su proceso de formación como lector, profesor, escritor. Y escribe: 


En todo caso, lo mejor que he podido transmitir a mis alumnos es mi entusiasmado amor a las palabras y a los libros. (…) Dice Emerson que cada cual ha de aceptarse a sí mismo tal como es, y aceptarse además con orgullo y contento. Que a todos nos ha tocado en suerte un terrenito en el que laborar. Que es seguro que habrá alrededor terrenos más grandes y fértiles, donde crecen lechugas mejores que las nuestras, pero que nosotros tenemos que cultivar lo nuestro, el huerto que nos tocó en suerte, sin envidiar lo ajeno, conformes y alegres con nuestras lechugas, por pequeñas y pálidas que sean. “Tenemos pues que afanarnos en nuestro mundo”, les decía a mis alumnos, “es decir, en nuestro huerto y en nuestras lechugas”, y a continuación volvía a hacer una alabanza de lo concreto. (…) Yo solo quiero que la escritura os sirva para entrenaros en la lentitud, en la soledad y en la concentración, que es tanto como entrenarse en el asombro, y que de ese modo podáis descubrir la cantidad de cosas nuevas y extraordinarias que hay en vosotros mismos y a vuestro alrededor, y que quizá no sabíais siquiera que existían.


En El huerto de Emerson van entrelazándose capítulos en los que Luis Landero recrea el mundo rural que conoció de niño antes de trasladarse con su familia a Madrid, con otros en los que muestra sus opiniones sobre la importancia de la lectura y sobre otros aspectos relacionados con la escritura: Recordé (…) los buenos consejos que me doy a mí mismo en esos casos de abatimiento y apatía. “Confía en ti”, me dije. “No codicies los frutos ajenos. Acuérdate de Emerson y labora en tu huerto sin angustia ni prisas. Sobre todo sin prisas. Estás enfermo de impaciencia, ya te lo decían en la infancia. No te disperses, concéntrate, embrida el pensamiento, no saltes de una cosa a otra, dejando todo a medio pensar”.


Sus opiniones acaban siendo una guía, una luz entre las muchas que brillan en esta obra. Y esa dualidad supone al mismo tiempo que algo chirríe, y que, acabada la lectura, sintamos que la recreación del pasado (de su Extremadura rural, del Madrid que descubrió cuando a los nueve años ingresó en un colegio interno de curas) ya la habíamos leído en anteriores libros, pero que las agudas reflexiones –también esbozadas de alguna manera en Entre líneas: el cuento o la vida (2001)– tengan, para quien esto escribe, una importancia esencial. También se reflexiona sobre su condición de escritor sedentario, lo que no está reñido con su afición a los libros de viajes. A veces nos conmueven las dudas del autor sobre las dificultades de escribir, y sobre todo su preocupación por la ausencia de ese hondo sentir, lo que le obliga a tachar continuamente. Y cuando el libro avanza hacia su final, nos sorprende esa hermosa “plegaria”, que el lector de estas líneas podrá escuchar en boca del autor, una conferencia que Luis Landero tituló Lector, escritor, profesor, y cuyo enlace incluyo aquí: https://www.youtube.com/watch?v=MkFaGId9vD8. Téngase en cuenta que el contenido de dicha conferencia pronunciada en el Instituto Cervantes procede de capítulos extraídos de El huerto de Emerson.






PLEGARIA, capítulo 9


¡Oh, señor!, a ti me encomiendo, socórreme en estos momentos de aflicción en que al tomar la pluma no sé si empuño el látigo o el cetro, lléname la cabeza de fantasías y concédeme la gracia de encontrar el nombre exacto de las cosas, de hacer poderosas las palabras humildes, interesante lo vulgar, nuevo lo viejo, de modo que pueda imaginar lo que nadie ha imaginado antes, y decirlo como nadie lo ha dicho nunca. Líbrame, señor, del sueño de la perfección, pero a la vez recuérdame que no merece la pena escribir si no se aspira a la perfección, para que así yo pueda conseguir el misterioso encanto de lo que, siendo imperfecto, sugiere un vago presagio de perfección. Haz por mí ese milagro y yo te amaré siempre sobre todas las cosas. 

Ayúdame a abandonarme descuidadamente a la inspiración, y a escapar de las garras de una excesiva responsabilidad y del miedo al fracaso, pero a la vez no me conviertas en un irresponsable que escribe a lo que sale, juguete de las musas, porque eso sería también una desgracia, haz de mí algo intermedio, concédeme el don de escribir a la vez como un sabio y un niño, o como ambas cosas a la vez, payaso y erudito, loco y cartesiano, dómine y funámbulo, hormiga y cigarra, enamorado, astrónomo, insomne, soñador. Y si me otorgas el poder de ser ignorante de nuevo y entrar en la región encantada de la inocencia, no te olvides de proveerme de unas alas, frágiles membranas, con las que pueda fugarme de esa región cuando me sienta prisionero de ella. Y hablando de esto, señor, no te canses de recordarme que he de amar los detalles, que con un hilo se entra en el laberinto, con un poco de cera se sale de él, por una manzana se pierde un paraíso, por un clavo un reino, y no consientas que me pierda en abstracciones sino que aprenda a descubrir el valor de lo pequeño y lo particular, que en su mínimo seno esconde la semilla de todo lo grande y esencial. 

Pero si me extravías en la ignorancia y la inocencia y a la vez me das alas para huir de ella, cuida de que el peso de la prosa no vaya a impedirme elevar el vuelo. Hazme leve, pero hazme también denso, y transparente y opaco a la vez. Y, hablando de volar, y ya puestos a pedir pequeñas cosas, líbrame de pensar y planear demasiado para que la imaginación vuele mejor y pueda así abandonarme a la fluidez de la escritura y a los apremios del corazón. Y ya de paso, señor, líbrame del ingenio y de la galanura de la prosa, y recuérdame a cada instante que he de libar en la flor y no en la miel. O mejor: no me libres del ingenio, que ya me encargaré yo de no sucumbir a sus encantos. 

Muéstrame el mundo como si estuviera recién hecho y lo viese de nuevas. Hazme sentir que cuando escribo estoy diciendo más de lo que digo, y que las palabras que salen de mí valen siempre mucho más que yo. Infinitamente más. Y ya de paso dame fuerzas para escarbar en la evidencia, hasta socavarla, para ver qué cosas, qué maravillas, qué secreto y cómico absurdo se esconde en su interior. Y hablando de evidencias, inspírame a cada instante para decir con ambigüedad lo que es evidente, y con precisión lo que es sutil. Pero, entre el sentido común y el absurdo, concédeme un buen lugar donde vivir y laborar. Y un buen lugar también entre lo sentimental, para no caer nunca en la cursilería, y lo trágico, para no precipitarme en lo patético. No me extravíes en jardines psicológicos o doctrinales, y, si lo haces, no permitas que se formen grumos teóricos o edificantes, sino que todo sea soluble y no enturbie las corrientes aguas puras, cristalinas, de la narración. 

Conviérteme en el artesano que, en la soledad de su taller, resuelve problemas con maña y con ciencia, pero que a la vez, ya no artesano sino artífice, rehúsa los caminos llanos que le ofrece la lógica y afronta el riesgo de los rumbos quebrados e imprevistos, que acaso lleven a maravillosos parajes insólitos, es cierto, pero acaso también a negros abismos por los que despeñarse. Así, eso es, hazme temerario y repentino pero provéeme a la vez de buenas herramientas para mi trabajo, un catalejo con que otear el sendero narrativo por el que camino, una lupa para explorar los entresijos de la historia, un caleidoscopio con que pueda relacionar y entrelazar unas cosas con otras y crear así figuras nuevas e imprevistas. 

Hazme valiente, señor, para aventurarme en lo desconocido. Y ayúdame a liberar la palabra del concepto, y a pensar con imágenes, porque solo así podré encontrar vetas nuevas en la realidad y nuevas formas de llamar a las cosas. Concédeme vigor mental y alma de comediante para confundirme con el mundo, para transmutarme en ese pordiosero que se rasca los tobillos al sol, para sentir lo mismo que siente un barco en plena tempestad, para verme a mí mismo en mi primera noche de muerto bajo el túmulo de las estrellas, para ser el asesino que afila el cuchillo y espera a su víctima en la oscuridad y ser también la víctima, y el cuchillo, y las chispas del cuchillo brincando en la oscuridad, y que nada en el mundo sea ajeno a la fuerza desatada de la imaginación. 

Contra la pereza, señor, y contra la rutina, líbrame. Ilumíname con imágenes, te lo pido otra vez, con que romper la dura cáscara de los clichés, de la lógica, de la propia razón. Y a la hora de contar una historia, dame oídos para oírla, y que ella me diga cómo quiere ser contada, y hazme mínimo y humilde para dejarme arrebatar por ella y por su ritmo. El ritmo, el ritmo, siempre el ritmo, porque en él está todo. Ayúdame a pensar con un golpe de intuición lo que quiero decir y a decirlo sin más. Recuérdame que la belleza de una frase o de una página no es nada comparada con la de una escena o un capítulo. No permitas que me enrede en cada frase, en cada palabra, sino por el contrario lánzame sin piedad al río voraginoso de la sintaxis. Y hablando de ríos, dame fuerza y talento para que, al escribir, el pensamiento y la imaginación vayan un paso delante de la pluma, abriendo brecha, la mente viva y tensa, puesto el instinto de cazador y la certera puntería en las frases venideras, explorando siempre las márgenes y el horizonte del río narrativo y sintáctico por el que navego. Concédeme la perspicacia de ver los procesos que discurren bajo las cosas, los ríos de tiempo por los que también ellas navegan. 

Mira mi mano, poderoso señor, mira mi pluma cerniéndose sobre el papel: hazme ver y sentir el dinamismo y la tensión que hay en cada frase, su pequeño y secreto argumento, para que yo pueda llevarla en volandas y colmar así el ansia que toda frase tiene por llegar al final, y de paso revélame la herencia que cada frase o cada párrafo lega a los venideros. Así, eso es, recuérdame a cada paso que la sintaxis es una fuente inagotable de invención, que basta cambiar el sujeto o el verbo o los complementos de una frase para encontrar un nuevo punto de vista y dar un giro de caleidoscopio a la realidad. No apartes de mi memoria la certeza de que no hay nada definitivo, de que todo cuanto se afirma está amenazado siempre, a cada momento, por una oración adversativa.

Y no permitas, señor, que olvide el lenguaje oral que oía de niño, recuérdame que esa y no otra es mi mejor escuela literaria, que allí mejor que en ningún libro está la música de la lengua, sus inagotables melodías, sus múltiples ritmos y registros, su verdadero genio. Y, según vaya escribiendo, permíteme intuir, solo entrever muy vagamente, la sombra simbólica de lo que escribo, su margen esencial, para sentir así mejor el delicioso y sobrecogedor poder de las palabras y de las historias.

No permitas, mi señor, que confíe más en el argumento que en la escritura, pero regálame buenos argumentos, y haz que mis invenciones sean tan vívidas como mis recuerdos más reales, y que la imaginación muerda en el tema de un modo tan feroz y profundo que no pueda ya soltar su presa. 

Y no te olvides de hacerme compasivo y misericordioso para poder abandonar así el territorio sombrío de lo individual y ocuparme del mundo, de la gente, de los personajes, y ver y comprobar que cada cual tiene sus razones, porque indagando en sus razones se me revelarán también sus más hondas miserias, y entonces mi alma se iluminará, y el cascabel del humor y de la ironía repicará de nuevo, y el mundo y sus gentes aparecerán ante mí más verdaderos e insondables que nunca. 

Oye mi plegaria, señor, y apiádate de mí, en esta mi hora funesta de escritor.

Y así va uno trampeando, sobrellevando sus miserias de escritor y contador de historias. Hasta que luego un día, porque sí, porque tu plegaria ha sido atendida y se ha obrado el milagro, se escucha un rumor a lo lejos: son las palabras que regresan de nuevo, entre risas y músicas de fiesta. Son ellas. Entonces, un vago relieve se recorta entre la bruma, y aparecen aquí y allá una imagen, el eco de una voz, la silueta de un personaje, una idea, una expectativa, el lejano rumor de un conflicto. Débilmente, misteriosamente, uno vuelve a sentir la divina espina dorada punzando el corazón, y nota que las frases, el relato entero, comienza otra vez a latir. Uno entonces respira hondo y una vez más descubre que, en efecto, los milagros existen.


Título: El huerto de Emerson

Autor: Luis Landero

Editorial: Tusquets

Páginas: 240

Año: 2021


















sábado, 9 de abril de 2022

 

 

               UNA HISTORIA RIDÍCULA, Luis Landero

 

 



 

Me apetecía leer esta novela tan aclamada por la crítica. Las experiencias lectoras que he tenido con la obra de Luis Landero siempre han sido satisfactorias. Por diversas razones, he disfrutado con todos sus libros: desde Juegos de la edad tardía (1989), pasando por El balcón de invierno (2014) y Entre líneas: el cuento o la vida (2000), un título que es un hermoso homenaje a la literatura, y en el que se abordan, entre otras cuestiones, la importancia de la lectura y la escritura.

Una historia ridícula es una novela singular –cervantina y casi picaresca– en la trayectoria de Luis Landero, y lo es fundamentalmente porque todo gira en torno al valor del lenguaje y del discurso que lleva a cabo Marcial, un empleado de una empresa de despiece de carnes. Como buen matarife, maneja como pocos el corte. Acostumbra a llegar consigo una navajilla con la que a menudo juguetea entre sus dedos, un objeto cuyo sentido simbólico se desvelará al final. Pero aparte de ese utensilio que exhibe con tanta destreza, el protagonista posee otra incuestionable cualidad: el arte de hablar, un don que lleva consigo también su penitencia, sobre todo cuando el protagonista se extiende más de lo prudente, pues como se dice en algún pasaje (y pone al doctor Gómez como uno de los principales destinatarios de su declaración) es mejor ser rey del propio silencio que esclavo de la propias palabras.

Marcial es en realidad un antihéroe, una especie de Lazarillo contemporáneo con ínfulas de ser alguien y con conciencia de sus limitaciones, pero también de sus muchas y turbias aspiraciones. Y en este ser y querer ser radica la brillantez de una novela, que se regodea en el exceso verbal de un personaje redicho en bastantes partes de su discurso.

El protagonista disfruta con la digresión, con las divagaciones filosóficas y con el análisis de algunos personajes. A pesar de ser  un autodidacta, el afán de Marcial es demostrar sus conocimientos y capacidades (no en vano asegura en reiteradas ocasiones que posee poderes sobrenaturales). Al final será consciente de que ha cometido el error de enamorarse de Pepita, una hermosa muchacha que posee riqueza, mundo y un estatus que hace que Marcial pierda su equilibrio interior.

Lo más relevante de esta novela sin apenas trama ni argumento es la voz narrativa en primera persona que exhibe el protagonista narrador. Él es el artífice de un discurso narrativo casi cervantino: diserta sobre el amor, sobre el sentido de las digresiones y la utilidad de las anécdotas, y realiza precisos análisis sociológicos de los personajes que conoce en casa de Pepita, lugar donde transcurren las tertulias y donde Marcial teme no estar a la altura de las circunstancias la noche del inesperado final. Todo ello aderezado con un magnífico humor satírico que hace al lector esbozar más de una sonrisa. Es cierto que Luis Landero, a estas alturas de su vida, sigue escribiendo como pocos.  Sirva como botón de muestra un fragmento del capítulo 47:

 

“¿Oyes, Pepita?”, dije yo. “Dicen que estoy borracho y es verdad. llevo borracho desde aquel día de enero en que te vi a lo lejos, entreverada entre gente extraña, el resplandor (…) y tu discreta belleza perdurable… Ay, Pepita, mi adorada Pepita, escucha cómo el amor y la ira hablan por mi boca. Mira adónde me han traído mis malos pasos. Mírame aquí en este como trono de obispo que parece más hecho para la tortura que para la elocuencia. Yo te quería, Pepita. Desde el primer momento te reconocí entre la multitud. Yo vivía ebrio de prodigios, porque tú enaltecías las cosas con tu mirada, con tus manos, con tu sola presencia. Todo resplandecía a tu alrededor. Y yo, por agradarte, por estar a la altura, aparentaba más de lo que era. Traía temas preparados de casa. Hacía un ramillete de frases diversas y te las entregaba a modo de ofrenda. Tú despertaste en mí el ansia de ser. Estudié a pintores famosos, aprendí palabras eruditas, me compré unos zapatos (…), fingí ser escritor y filósofo y tener mala letra, y un alama de bohemio. Ay, Pepita, cuando uno no es sincero, pero tampoco miente o finge, ¿cómo se llama a eso? ¡Tonto de mí! Si no era necesario, si no hacen falta nombres. Ahora lo sé, no lo era porque tú con tu sola presencia también a mí me enaltecías, me transformabas en artista, en bohemio, en filósofo. Pide y se te concederá. Así es el amor. Y tú me escuchabas con arrobo y me ponías boquitas Marie-Claire. (…) y al llegar aquí, algo se rompió en lo más hondo de mi espíritu, y cesó el flujo de la inspiración y regresé a la realidad, y entonces me eché a llorar, por segunda vez en mi vida adulta el rostro se me llenó de lágrimas y lloré ante todos como un niño, sacudiendo los hombros, haciendo pucheros, desatándome en ayes y gemidos, un llanto sonoro y ridículo que desató toda la ira y el rencor y la rabia y el afán de venganza que yo guardaba en mis entrañas, y que juntó en una todas las ofensas que había recibido en la vida. Y entonces entré en trance. Entonces tuvo lugar la ofensiva final en mi asalto a la casa de la mujer amada.

 

 

Editorial: Tusquets

Título: Una historia ridícula

Autor: Luis Landero

Primera edición: 2022

 


jueves, 4 de mayo de 2017





 

EL BALCÓN DE INVIERNO, Luis Landero

La Literatura, como otras Artes, está sometida al devenir del gusto imperante, es susceptible de ser orientada en uno u otro sentido estético por razones no siempre lógicas. Y ahora que se pone en tela de juicio el sentido mismo del arte de novelar, hay una reivindicación de la autoficción (ese buceo autobiográfico y verosímil del autor convertido poco menos que en un personaje) y también de la autobiografía considerada en sí misma como una novela. A esta última concepción de la novela entendida como un cajón donde todo cabe puede adscribirse la obra de Luis Landero que ahora comentamos, pues no hay que olvidar que el autor declara sentirse “reñido con la literatura, saturado de ficción”.
      El balcón de invierno es una novela que plantea el regreso al pasado desde un presente observado con la incertidumbre propia de quien siente que la vida va concluyendo. El balcón parece convertirse en una atalaya metafórica desde donde avizorar y comprender el paso del tiempo. El balcón desde que el escritor observa la vida se convierte en un espacio inhabitado, en un interregno vital entre dos realidades, la vida exterior con todas sus posibilidades, y la vida interior con sus rutinas asumidas. Pero plantea asimismo las dudas de no saber qué hacer ni hacia dónde ir. En este dubitativo presente vital el escritor también nos muestra sus dudas literarias, es decir, qué debe hacer con una obra de la que no está satisfecho. Y nos muestra el proceso de construcción de su novela, confiesa sus titubeos sobre el valor literario de un capítulo que ha escrito, y decide abandonarla y regresar a su mundo, a su autobiografía. Lo que a partir de ese momento leeremos no es más que la fabulación verosímil y fiel de su propia vida, la de su padre muerto prematuramente, la de su madre abnegada, y las vidas de sus tres hermanas, la huida de Extremadura a Madrid, y otros pormenores.  En este itinerario que Luis Landero comparte con sus lectores son muchos los que podrán identificarse con ese tránsito de la infancia a la madurez, y con esa asunción de una vida llena de estrecheces y de posibilidades de futuro. Es un viaje de ida y vuelta, del presente al pasado, del pueblo a la ciudad y viceversa, un viaje en el que el recuerdo reconstruye con fidelidad esa esencia de lo rural que ya ha desaparecido.
      Luis Landero recrea también su aprendizaje vital no exento de dudas y carencias; se detiene en el análisis de los años predemocráticos, en sus ínfimos trabajos iniciales; comparte su descubrimiento de la literatura y recuerda los primeros libros que compró (Las mil mejores poesías de la lengua castellana y El criterio, de Balmes); recuerda asimismo con gratitud a su profesor de la academia nocturna que le recomendó la lectura obligada de un canon formado por libros esenciales para su formación. Esta novela transmite tanta verdad (así lo confiesa el propio autor) que pensamos por un momento que leemos una autobiografía. La vida de sus hermanas, de su madre, de las tías del pueblo, de sus primos, la muerte del padre que provoca en el autor una honda reflexión acerca de la conveniencia de ser alguien en la vida son pormenores que mantienen un correlato fidedigno con la biografía del propio autor.
      Y por encima de este mundo que contagia el entusiasmo del lector, porque es muy fácil identificarse con los avatares de las vidas que se cuentan, sobresale la maestría de Luis Landero para escribir con una elegancia y un ritmo narrativos incomparables. Hay páginas donde la fluidez, la precisión en el detalle y hasta el humor se convierten en anzuelos que el lector no rehúye, de tan feliz que se siente atrapado en las redes del libro.
      Especialmente interesantes resultan sus referencias a los libros que ha leído con tal aprovechamiento que han conformado su biografía lectora, el gusto por la anotaciones en los márgenes de los libros, su deslumbramiento por Madame Bovary y tantos otros, la nostalgia que le produce pensar que en los libros encontró el sosiego necesario para leer. Para Luis Landero la literatura es un refugio fértil, pero no niega la vida. Y esta certeza me hace recordar ahora un libro del mismo autor que leí hace tiempo (Entre líneas: el cuento o la vida), donde Landero se refería a esa dualidad complementaria de vida y/o escritura: “La literatura y la vida. Bueno, un día de éstos escribirá, pero hoy no, hoy le da pereza, y mira a la calle y vuelve a sentir la invitación de esta mañana soleada y gentil que, como tantas otras cosas, no ofrecerá una segunda oportunidad de ser vivida”. Un descubrimiento en los límites de la novela.