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miércoles, 16 de julio de 2025

 




NO SABE DEL AMOR QUIEN VUELVE VIVO, 

Miguel Sánchez Robles


[Palabras para amar la escritura de Miguel Sánchez Robles]



Llevo más de treinta años leyendo a Miguel Sánchez Robles. En concreto, desde que nos conocimos en una antigua biblioteca de Caravaca de la Cruz cuando yo era un joven profesor de instituto con toda la vida por delante. Luego coincidimos en un acto del Premio de Poesía Bahía, que se celebró en Algeciras, organizado por la Fundación José Luis Cano. Desde entonces he sentido una gran admiración por su escritura y su persona.


Con los años me gusta más ahondar en el conocimiento de la obra de unos pocos escritores. En mi nómina de autores preferidos que integran Miguel Delibes, Luis Landero, Eloy Sánchez Rosillo, Antonio Muñoz Molina, Antonio Moreno, por citar solo unos cuantos autores, la proteica producción de Miguel Sánchez Robles me reconcilia con mi condición de lector, de profesor y de escritor aficionado. Con la obra de este autor he disfrutado mucho, y por eso me sorprende la poca amplitud de miras de algunos lectores –y críticos– con cierta atrofia del gusto, que no se deciden a darle una oportunidad. El estilo de MSR es único; en su narración se mezclan la poesía, lo místico, el desgarro existencial, cierta tristeza y una compasión hacia los personajes desamparados. Es un escritor auténtico, con un universo propio, fiel a sus ideas y a su paisaje vital, y así lo ha demostrado con novelas y libros de poemas que han recibido algunos de los más importantes premios. 


No sabe del amor quien vuelve vivo es una extraordinaria antología que recoge algunos de sus mejores cuentos. Los dieciséis reunidos mantienen una unidad temática: seres inadaptados que existen en las peripecias de la vida, amores y personajes desorientados, padres insensibles, muchachas de belleza interior que se estrellan contra la cotidianidad… Estos cuentos muestran los rasgos esenciales de su escritura, porque toda su obra, ya sea en prosa o en verso, se nutre de un mismo concepto de escritura: un producto cuyos ingredientes son la belleza, el dolor, la compasión, lo poético, cierto existencialismo, el dolor de la soledad y una visión desgarrada de la vida...


En “Absurdita” muestra una mirada compasiva hacia una muchacha bella y triste a la que le duele vivir. Es el relato que abre el libro y está narrado desde dos puntos de vista. Por un lado, con fragmentos de un diario titulado “Pensamientos que te dicen que existes”, en el que la joven Elena María Débora escribe, al tiempo que va sumando sus días de vida: “Me cuesta mucho estar viva. Cada día más. Cada vez me siento más sola y más estúpida” (p. 23). Y, por otro, usa la voz colectiva en primera persona del plural para agrupar a sus compañeros de clase: “Para nosotros era la muchacha de los calcetines lilas y de los ojos alucinados, unos preciosos ojos verdes que eran todos los ojos (…). Terminó con su vida una mañana lluviosa de domingo, encerrada en el cuarto de baño. (…) Todos supimos en ese instante (…) que hay dos clases de muerte: la muerte de los que se van y la muerte de los que nos quedamos. (…) Esta alegre amargura que experimentamos aquellos que la quisimos tanto y no supimos hacérselo saber” (p. 24). 


“La lluvia en nuestras lápidas” es un cuento doliente, que deja un regusto amargo al tratar un asunto tan duro como es el abuso sexual: “¡Odio el olor de mi padre! Cuando papá se acerca a mí por las noches, el corazón me late como si fuera un conejo atrapado en un saco…” (p. 32). 


“Paraíso vacío”, cuento con el que obtuvo el Certamen de Relato Breve Gerald Brenan, es un ejemplo que condensa las cualidades de la prosa de MSR: transgresión temática, personajes que viven al margen de lo aceptado, seres zarandeados por la reflexión y por el vértigo que en ellos ejerce la atracción del abismo, digresiones incardinadas en una narración reflexiva, e imágenes y asociaciones inusitadas: 

“Yo estaba allí, como un insecto condolido posado sobre un estuche de aspirinas, y él vino hacia mí para pedirme fuego. Sacó un único cigarrillo que llevaba en el bolsillo de su camisa azul y limpia y se lo puso en los labios con la exactitud y el temple que tienen las personas que pintan con pinceles pequeñitos y mucho cuidado. Me miró con unos pequeños ojos de color ámbar, un latido a la poesía, y me sonrió como un ángel después de haber encendido el cigarro solitario y ajado.

–Me gusta pedir fuego a las mujeres interesantes como tú. A mujeres casadas que son hermosas y se sienten solas y visitan los parques y los zoos buscando razones para olvidar lo que se extingue en su vida.

No supe qué decir ni qué cara poner” (pp. 37-38).


“Libélulas que tiemblan” es un originalísimo relato que plantea el sinsentido de la existencia, al tiempo que muestra la progresiva muerte de los diversos yoes que existen en todo ser humano. Una mujer contempla su lento deterioro y lo cuenta con la belleza y  precisión de un ser traspasado de poesía: “Fue así como descubrí una relación biyectiva entre las arrugas del cuerpo, las arrugas del alma y la antroponimia que cada uno llevamos dentro” (p. 46).


En “Besos con lengua” un joven que se siente perdido declara ante un juez cómo era la mujer de su vida: “Y entonces sonreía y me besaba con lengua. Me amaba, señor juez. Yo no tenía culpa de que me amase tanto”. Y confiesa que escribe para llenar también ese insoportable vacío existencial que lo paraliza: “Me dedico a pensar y a tratar de poner nota a todo. Esa es mi obsesión, lo que me tiene vivo, mi filosofía existencial y tal vez mi tragedia: ponerle nota al mundo. No sé vivir sin hacerlo” (p. 52).


“Cuento para querer a una muchacha” es un ejemplo, en pocas páginas, de esa singularidad de la escritura de MSR a la que ya nos hemos referido: una sutil nostalgia de las cosas hermosas de la vida, un pulso narrativo firme, unas sorprendentes imágenes poéticas ceñidas a la realidad cotidiana, referencias al cine y también a esa literatura “auténtica”, un relato que conmueve por su honda emoción. 


“Habitación sin llave” es un cuento singular, trufado de citas que interpelan la conciencia del lector, un relato que plasma esa nadería pseudofilosófica de quienes teniéndolo todo flotan en la más absoluta superficialidad. Un matrimonio sin hijos, que viven instalados en el bienestar capitalista, se intercambian frases hechas en un distinguido restaurante. Parece que transmitan ínfulas de ser cuando en realidad no son nada. Así lo expresa el narrador: “Ella sonríe sin ganas y comprende que, desde ese instante, no serán más que dos peces en una burbuja de paz, una más de esas pobres parejas tristes que dan pena en los restaurantes de moda. Su sonrisa es ahora patética y postiza. El veneno del tedio ha empezado a torcerles los labios” (p. 84).


En “Angelicos míos” leemos la triste historia de Benita la Náufraga, una vida incomprendida y sometida al vil desprecio de los otros. 


Disfruté mucho, hace ya un tiempo, cuando leí “Padre defectuoso”, distinguido con el Premio Gabriel Miró. Percibo ahora matices nuevos y valoro la acertada narración en primera persona que realiza un hijo sobre su padre, un ser deplorable que, en verdad, es defectuoso, entre otras cosas porque no entiende a su hijo ni se esfuerza por comprender una escala de valores más humana. Lo relevante de este cuento es el ajuste de cuentas que lleva a cabo el protagonista-narrador, un discurso de ritmo fluido, salpicado de hondo sentimiento: “No he aprobado todavía ni una sola asignatura de primero de Económicas, pero sé mucho de los mendigos y de la lluvia. La lluvia, con su poderosa sensación de afasia. La lluvia mojándolo todo con precisión quirúrgica. (…) Me encantaban los mendigos. Todos tienen los hombros raros y llevan en el rostro la tristeza de la belleza que se marchita deforma definitiva y prematura. (…) Sigue lloviendo mucho, las gotas rebotan en los cristales.No sé si ya lo he dicho: han pasado diecisiete minutos del dos de noviembre. Mi madre murió hace una semana exacta, de un cáncer de útero que la pudrió poco a poco durante tres años y medio. Yo vivo con mi abuelo. Yo nunca apruebo nada. Y mi padre, si leyera esto, me diría que escribo como un alíen, que siento como un alíen, que vivo como un alíen.

Él no lo sabe, pero siempre será un padre defectuoso” (p. 97-98).


“La vida ciegas”, premiado en el Certamen de Cuentos Villa de Mazarrón, es una síntesis del universo temático y estilístico de MSR. Un personaje extraño, que solo puede salvarse si es capaz de recordar las cosas bellas que ha vivido, teme que su memoria “deje de amar lo que recuerda” (p. 114).


Es imposible elegir un cuento entre tantos extraordinarios como hay en esta antología, pero sí puedo confesar que he sentido una emoción inusitada mientras leía, sentado en la biblioteca de Santa Pola, el relato “Todos mis nietos, rubios como el trigo”, premiado en el Concurso de Narrativa Ciudad de Elda. Y he agradecido que este cuento me llegue ahora, después de que haya pasado un tiempo desde la pérdida de quien me dio la vida. Miguel Sánchez Robles cuenta con delicadeza la despedida definitiva de un mujer que necesita el afecto sincero de sus seres queridos.


Los tres últimos cuentos que cierran este magnífico libro ya los conocía, pero no por ello dejo de recomendarlos.


Acabada la lectura, siento gratitud, admiración y cierta zozobra, porque los cuentos de MSR me conmueven, pero sé también que no son para todo tipo de lectores. Hay que estar dispuestos a dejarse llevar al país de las lágrimas, dejarse arrastrar por la belleza y la compasión. Solo así puede apreciarse que su prosa poética es un artefacto salvaje que desborda el cauce de lo previsible, al tiempo que alerta de las injusticias que sufren muchos seres indefensos e inadaptados. La prosa de MSR nace de la mirada asombrada y generosa hacia un mundo en el que ser auténtico no se premia y conlleva, además, el autoexilio y la incomprensión. Estos cuentos reclaman una amplitud de miras del lector, porque la belleza duele y la indiferencia mata, porque vivir sin dignidad es morir lentamente; porque estos cuentos te ponen los pelos de punta hacia adentro, siempre hacia dentro, y te arañan el corazón.


Aunque sé que esto de la Literatura es algo así como un inmenso panal ingobernable, el azar puede hacer que alguien descubra de repente a Miguel Sánchez Robles, un autor que interpreta la vida desde su rincón en el mundo, Caravaca de la Cruz. Frente a quienes rondan con más o menos méritos ese panal productivo que es el mundo editorial, Miguel Sánchez Robles me parece un escritor libre, un obrero díscolo y original en los márgenes de esa inmensa colmena literaria.


  No pierdan el tiempo y léanlo ya. Se sorprenderán. 



lunes, 5 de agosto de 2024

 


“INSTRUCCIONES PARA SEGUIR VIVIENDO”, 

Miguel Sánchez Robles 



Siempre quiero despertar mañana.

Plantaría un árbol aunque el mundo se acabara hoy.

Ray Bradbury




Adoro despertarme cada día,

este grato sabor de amarte tanto,

la limpia claridad, el suave espanto

de ver la luz del sol

y esa alegría

que hace de la existencia idolatría.

El mar, la gratitud,

el dulce encanto,

el bello despertar para mirarte.

Venero este vivir,

sentir que existo,

amarte en el dicterio y en la muerte,

soñarte en el pasar mis noches tristes.

Acabo de cumplir setenta años

y así te invoco, Vida, dulce engaño.

Te quiero para siempre agradecido,

que lata el corazón,

que siga vivo.





NUEVO MUNDO,
Hermanos Gutiérrez 


 




SONIDO CÓSMICO, Hermanos Gutiérrez 




miércoles, 1 de marzo de 2023

 

 

             SOLO VEMOS LA LUZ, Miguel Sánchez Robles


 




Creo que este poemario (XL Premio de Poesía Ciudad de Badajoz, 2022) contiene algunos de los rasgos más reconocibles de “la escritura de MSR”, que pueden sintetizarse en el siguiente decálogo:

 

1. Cabalga, una vez más, a lomos de un ritmo emocional que empapa el corazón de los lectores.

 

2. Regala en este poemario, y como sucede siempre, imágenes novedosas: “La vida es un puñado de ceniza encendida, / algo que se deshace como un grumo de sal / o una mariposa que se abrasa los ojos” (p. 15);  o cuando se refiere a unos muchachos que  “parecen duendecillos / que duermen en el bosque de la serenidad” (p. 23).

 

3. Va creando un texto único que se retroalimenta, cada vez más enriquecido, hasta el punto de que incluye en sus poemas títulos y personajes de sus obras anteriores, en una suerte de intertextualidad propia: “Ser mayor es muy triste / porque puedes morirte cualquier tarde, / vomitar para siempre la sucia piel del mundo” (p. 16); “igual que esa muchacha a quien llaman Tristeza” (p. 49).

 

4. Denuncia del sinsentido del mundo y proclama su inconmensurable  belleza:

 

Tengo un auténtico resentimiento profundo

hacia el mundo actual y sus instituciones.

Me dedico a contar

las ventanas iluminadas de los rascacielos

y a imaginar qué hay dentro.

[…]

Pero cuando quiero ponerme contento,

miro un poco las ramas de los árboles

o me fijo en la luz

y en las palomas que vuelan,

las sigo

hasta que se me pierden detrás de los pinares.

Una vez vi a una paloma volar,

me pareció magia

y quise mucho ser ella.

Irme de aquí con ella.

¡Dios, qué bien volaba!

Jamás lo olvidaré.

 

5. Encomia el poder transformador que posee la mujer, esa creación a la que ha dedicado versos tan hermosos como conmovedores:

 

                     A veces no soporto lo mucho que las amo.

Sobre todo a esas mujeres con pantalones de peto

que cuando te paseas con ellas por el monte,

te besan con dulzura

o te cuentan su vida

a la velocidad con la que late

el corazón de una libélula.

[…]

Sobre todo a esas mujeres

que se salvan rompiéndose

para renacer.

 

6. Se enfrenta al absurdo del mundo con un pensamiento descreído, que reconoce la complejidad de existir:  “Pero saber estar bien en el mundo / es cada vez más difícil” (p. 51).

 

7. Su estilo es siempre fiel a sí mismo, independientemente el género que aborde. Bastaría con leer sus cuentos, sus poemas y sus novelas para reconocer los rasgos de su escritura.

 

8. Ha alcanzado ya la cima de la singularidad sustentada en una forma estilística única, del mismo modo que Francisco Umbral tenía su prosa lírica o de igual manera que la narración de Antonio Muñoz Molina es fácilmente reconocible.

 

9. Exige que algún informático poético halle el algoritmo que arrojé algo de luz para comprender por qué, aun habiendo obtenido los mejores premios concedidos por ínclitos jurados, es todavía un escritor outsider.

 

10. Su obra permanecerá en el tiempo porque la escritura de MSR es singularísima; su estilo es la respuesta de un hombre nostálgico y compasivo que se enfrenta a su tiempo. Para bien o para bien, nadie escribe así.

 

                        Me acerco al mar para ver lo que hace.

                  El mar a veces es así de blanco,

tiene la luz de un quirófano

y esqueletos de pera en sus suburbios.

Es un sarcoma nervioso.

Su corazón es como un trapo teñido de azul.

Y en sus ojos te muestra

lo que habita en los sesos de los niños delgados.

 

Hay hombres que se sientan

debajo de un almendro

y miran mucho al mar,

dulces como cangrejos de agua dulce.

 

 

Título: Solo vemos la luz.

Autor: Miguel Sánchez Robles.

Editorial: Reino de Cordelia.

Año de publicación: 2022.

Páginas: 97

 

 

 

 

martes, 21 de junio de 2022

 

 

 

 



                  TE LLAMARÉ TRISTEZA,  

                  Miguel Sánchez Robles

 

 

DIARIO DE LECTURAS /435

 

Este escrito no es ni quiere ser una reseña. Te llamaré Tristeza es una novela extraordinaria, dura, triste, poética, luminosa y con una original estructura. Así elogio un tipo de escritura que entronca con los ejemplos mayores de lo que la tradición filológica considera “novela lírica”, un marchamo que hace ya muchos años acuñó el ínclito Ricardo Gullón (La novela lírica, 1984) para hablar de las cualidades estilísticas de Azorín, Miró, Pérez de Ayala y Jarnés (aunque en esta nómina habría que incluir a Francisco Umbral, un autor a quien Miguel Sánchez Robles cita en reiteradas ocasiones por considerarlo también un creador de novelas impactantes, bellas y conmovedoras). Con esta referencia quiero destacar que el acierto mayor de Te llamaré Tristeza radica en la peculiar escritura de MSR, un escritor minoritario y de culto, que con cada premio está publicando su singular obra. La que nos ocupa ha recibido el XXIV Premio Tiflos de Novela, una distinción que le concedieron personalidades tan relevantes como Luis Mateo Díez, Manuel Longares, Ángel Basanta y Pilar Adón, entre otros. Con anterioridad, los miembros de prestigiosos certámenes también premiaron Nunca la vida es nuestra (Premio a la Creación Literaria de la Junta de Castilla y León, 2014), Donde empieza la nada (VI Premio de Novela Corta Diputación de Córdoba, 2007) y Algo pasa en el mundo (XXXI Premio Torrente Ballester 2019).

Por lo dicho, mi comentario se asemeja bastante a un panegírico con el que rindo homenaje a un autor que escribe como pocos lo hacen; un escritor que se sitúa en las antípodas de otros muchos que repiten fórmulas narrativas para entretener a los lectores con palabras, planteamientos, nudos y desenlaces. La obra de MSR (sus cuentos y poemas, mayormente) es el resultado de entender la literatura como un instrumento necesario para entender la vida (la suya y la de sus personajes), como un artilugio terapéutico que salva de no vivir en vano.

Leo Te llamaré Tristeza y siento el ansia de la joven protagonista (Tristeza) que busca sentido a una vida de arrabales y desamparo. Leo esta obra, organizada como una serie de textos intercambiables, y compruebo una vez más que es un ejemplo de novela construida con hermosas taraceas novelescas, tronquitos textuales en los que Tristeza habla de sí misma, de Nemo (su único amor, su esposo prematuramente muerto), de su querida abuela, de su padre (un funcionario heroinómano que destroza muchas vidas, incluida la propia), de su madre (esa mujer abnegada que es consciente del riesgo en que vive su hija), de Terko (un compañero de clase a quien todo le importa nada) y de un sinfín de desalmados que abusan y maltratan a Tristeza en el prostíbulo donde acaba y del que consigue salir. Hasta tal punto duele la sordidez y la dureza de esa experiencia vital de Tristeza que quizá no sea apta esta lectura para todo tipo de lectores: “Una prostituta es una flor pisada que lucha por sobrevivir” (p. 208). Pero en esa verdad reside la verosimilitud de la novela, es decir, en nombrar con crudeza una parte de un todo extraordinario.

Está claro que lo reflexivo predomina en una novela que desarrolla una trama nimia: Tristeza es una joven que vive en los suburbios físicos y vitales, su padre muere por sobredosis, convive con una madre que idolatra la “normalidad”, se siente perdida y acaba en un prostíbulo, donde conoce a Nemo, un joven profesor universitario que la salva y la abandona al morir muy joven. Y aunque el tono ensayístico y poético coincidan, no se trata de una obra de ideas, sino de imágenes y reflexiones recogidas en un discurso lúcido y poético con el que Tristeza interpreta las cosas sencillas de la vida una vez que las escribe en su cuaderno azul: “Me gustan esas personas que no van solo a su vida y se detienen un poco en la tuya y te regalan momentos. Hay un anciano con el pelo muy gris que se sienta en una silla plegable en la entrada del parque y te regala momentos” (p. 67).

Tristeza escribe su desdichado presente y ofrece imágenes de las personas que integran su mundo. De su madre dice: “Ella no quiere que yo lea. Quiere que busque un novio o me divierta jugando al baloncesto” (p. 32); “Mamá es dulce y asustadiza. Viene cargada de bolsas de supermercado. Está como muy delgada, como yo, y le han comenzado a salir en el rostro muchísimas arrugas de sufrir, de esas que surcan la cara a las esposas de los drogadictos. Mamá se esfuerza por hacer las mismas cosas que hace todo el mundo” (p. 28). Tristeza también se define a sí misma: “Esta muchacha pálida y callada que se mira al espejo y le escupe diciendo que a los locos nos gusta ser carcoma” (p. 46); “¡Actúen, envíen cartas por correo, escriban a una persona inventada, rompan cabinas telefónicas, tengan nitroglicevida, por favor! (p. 241). De Nemo alaba su cultura, su belleza, su saber estar, y llora su prematura ausencia que la condena de nuevo al desamor que siempre tuvo: “Tengo veinticinco años, ya estoy viuda y no tengo a nadie a quien poder abrazarme a su cuello llorando… Salgo a la calle y el cielo tiene un azul gastado” (p. 204); “Ahora estamos en su casa. Pone música preciosa que no he escuchado nunca. A veces hablamos y las palabras son como una luz que atraviesa a la misma vez nuestros dos cerebros. Dice que me besaría el pensamiento. Jura que ama ‘cada átomo de mi existencia’. Me da pudor y me pongo muy roja. No sabía que alguien pudiera ser así” (p. 202).

Tristeza comparte su desencanto de vivir con un tono poético que no ralentiza el ritmo narrativo: “Un pájaro es un milagro hecho con un pequeño trocito de carne y felicidad… Los veo volar como algo que arde y existe por sí mismo y me asombro de que estén ahí cada día. Los veo volar y siento como si Dios hubiese echado un puñado de colonia francesa al aire”(p. 31). También evoca a su amado marido: “Querido Nemo, si estuvieras aquí, si vivieras de nuevo, si te viera en otra vida, te llamaría Paul Eluard” (p. 257). Y como contrapunto, en contadas ocasiones inserta textos de un humor sarcástico que el lector agradece: “Me parece un rollo todo eso de ‘Eucalipto’ y Melibea. Lo he puesto así en un examen, ‘Eucalipto’ y Melibea. Lo he puesto por eso mismo, porque me parece un rollo brutal, inane y aburrido (…). Lo he puesto así y el profesor en clase lo lee en voz alta para que se partan todos de risa conmigo (…). Cree que me he equivocado y que todos se van a reír de mí. Pero nadie se parte de risa como él esperaba. El único que se parte de risa es él. Él solico, con una risa falsa muy cutre, muy tontita. Él, que ni siquiera ha sabido comprender que lo he puesto así porque me importa una mierda”  (p. 38).

Esta novela fragmentaria acaba convirtiéndose en un ejercicio terapéutico para radiografiar la vacía condición humana que ya analizara Cioran, un filósofo a quien Tristeza lee con devoción: “Casi nadie, en una ciudad entera, en países enteros, tiene la más remota idea de quién es Emile Cioran y eso me fascina. Cioran es como si no existiera para la multitud. Es solo para espíritus melancólicos” (p. 60). No menos importantes son las continuas referencias literarias, que contribuyen a perfilar la personalidad nihilista de la joven, así como su anhelo de encontrar palabras verdaderas en un mundo dominado por las apariencias y la inautenticidad. Tristeza, que reproduce mutatis mutandis el universo cultural del autor, cita a Bolaño, Sylvia Plath, Cortázar, Umbral, Kafka, Anna Harendt, Houellebecq… Es un personaje vive al límite, siente el poder de la palabra y reconoce el valor que esconden los libros: “Los libros consiguen que mi alma esté más tranquila y más llena, y las palabras que subrayo en ellos son las miguitas de pan que sirven para no perderme en el mundo” (p. 72). Especial relevancia adquieren al final las dos cartas que Tristeza se intercambia con un “Querido ángel secreto de mi vida” (p. 235), pues contribuyen a comprender su peculiar personalidad.

Este escrito, como dije al inicio, no pretende ser una reseña al uso, sino una invitación para aquellos que, hartos de leer libros siameses, se atrevan con una novela que araña el corazón y lo sana al mismo tiempo; y es, sobre todo, una reivindicación de un autor y de su peculiarísima escritura que salva tanto a quien la escribe como a quien la lee. Ojalá Te llamaré Tristeza tenga los lectores exigentes que merece.

 

 

 

 


lunes, 4 de enero de 2021

 

 

ALGO PASA EN EL MUNDO, Miguel Sánchez Robles 

 


 

Cuando alguien me pide que le recomiende un libro (algo inusual), suelo hablarle de libros que encajan en lo comúnmente aceptado como novela, es decir, libros que mantienen un argumento organizado con un planteamiento, un nudo y un desenlace. Pero, en ocasiones, si mi interlocutor es un avezado lector que está dispuesto a asumir retos, le sugiero que hinque el diente a cualquier obra de Miguel Sánchez Robles, ya sean sus poemarios La sucia piel del mundo y La vida que esperábamos, algunas de sus novelas como Nunca la vida es nuestra y Salvación, o algunos de sus magníficos cuentos, que serán publicados próximamente con el título de No sabe del amor quien vuelve vivo. En cualquier caso, absténganse de abrir sus páginas lectores remolones y pazguatos.

La obra comienza con la declaración de Manu, el narrador protagonista que describe, con un discurso torrencial y aparentemente deslavazado, su condición de marginado social, una extensa declaración llena de lucidez: “Casi nadie sabe la verdad de nada, señoría” (p. 24).

En la segunda parte, se recogen los textos que Manu escribe para un taller de escritura: “En la cárcel todos hacemos lo que sea para no oír el ruido de nuestros corazones lisiados. Algunos llegan a los mil abdominales al día. Otros leemos, lloramos, escribimos, pensamos…Y todo se parece a una lluvia triste y serena y a las migas de pan que los suicidas echan a los peces unos minutos antes de cortarse las venas. Los días se vuelven lentos como el deslizamiento de los continentes o el crecimiento de las uñas. Algunos nos acordamos cómo de niños nos gustaba esa quietud de cuando nevaba en Navidad, esa quietud que era como una promesa de algo muy parecido a la felicidad” (p. 43). ¿Quién es ese personaje que mira con ojos asombrados y disecciona la realidad y la explica poéticamente, hasta insistir una y otra vez que aquí en La Tierra vivimos rodeados de La Trampa, algo que contamina todas los estamentos sociales y todas las acciones de los hombres? La Trampa  –nos dice el autor– es algo así como la impostura de existir, lo inauténtico, todas las miserias de todos los miserables de esta miserable Sociedad. Pero en este contexto, ¿qué nos salva? Para Manu es muy difícil la salvación, aunque quizá esté en la ternura, la autenticidad, la quietud, la inocencia, el anhelo de ser...

En su discurso se retoman ideas que cohesionan la novela, como esa recurrencia de las tarjetas black y la La Trampa, lo que no deja de ser un acierto porque concreta con los artículos conceptos abstractos. Y existe también La Piara, que es “todo ese montón de afanes y seres pequeñitos que suele ser la vida en las ciudades” (p. 97). Mientras tanto, Manu se refugia en escribir un diario a su madre, en cuidar de Marta –esa joven con sida y con vida, a la que acompaña hasta el final–, y en acudir al Bar Báltico, donde encuentra personajes pobres, auténticos, marginales.

La tercera parte recoge el diario del narrador protagonista tras salir de la cárcel con un permiso de cuatro meses: “Escribir para ti, querida madre muerta. No tengo a nadie más a quien poder dirigirme” (p. 121). Pronto descubrimos el sentido de la “liviandad” del argumento de esta novela, que en esencia es un artefacto de belleza estilística y de ácidas reflexiones dirigidas a una sociedad adormecida, cuyos ciudadanos son dominados por CATARSIS, un partido que defiende el  pensamiento único. Avanza la obra con breves párrafos que se suman como taraceas plenas de belleza y sentido hasta conformar una novela de excelsa calidad literaria.

Al iniciar la lectura de la cuarta parte, todo se precipita hacia un final amargo, un lugar que es una aproximación a la Muerte, entre la no vida terrenal del personaje y la ausencia del Dios eterno: “Y yo me vuelvo a sentir perdido en la vida como cuando era más joven y aún no me habían recetado mis pastillas para que me interesase seguir estando vivo” (p. 295).

El estilo de MSR se caracteriza por una prosa fluida, salpicada de aciertos expresivos y poéticos. Quizá no sea descabellado afirmar que en esta novela se encuentran todos los perfiles del escritor, pues se sintetizan muchos temas, ideas y facetas estilísticas del autor, quien incluso incorpora en algunos párrafos títulos de sus libros de poesía (“la sucia piel del mundo”) y cuentos (“la tristeza de Onán”), versos de sus poetas preferidos y poemas propios como “Europa después de haber llovido”. Esta novela no solo rezuma pensamiento y poesía, sino que además el personaje principal es un ejemplo de hombre pensante, unamuniano y poético, alguien consciente de que amar mucho el mundo y no comprenderlo lo convierte en un francotirador, lo condena a estar fuera de juego y sufrir por ello: “Se ha adueñado de mí una tibia pereza de existir. Doy vueltas a un planeta que sólo soy yo mismo” (p. 276). Es necesario asumir que MSR ha creado un estilo que se apoya en la original simbiosis de ensayo y poesía. Con el uso de la primera persona, su prosa acoge al lector por la fluidez y el deslumbramiento poético, y por un confensionalismo que nada tiene que ver con esa autoficción tan en boga.

Llegados a este punto, confieso que no tenía intención de comentar de manera extensa más libros en mi blog; simplemente deseaba disfrutar de la lectura de Algo pasa en el mundo, dar cuenta de la felicidad lectora que me produce cada nueva obra de este autor, y copiar, si acaso, algún fragmento para decir “así de bien escribe este escritor de Caravaca de la Cruz”. Sin embargo, comencé a leerlo y a tomar notas en las últimas páginas del libro. Durante dos días la lectura se convirtió en una experiencia tan grata que iba sembrando en mí sencillamente admiración. Si alguien piensa que mis palabras son un panegírico, una común alabanza, sencillamente se equivoca. Invito a leer esta novela para comprender por qué MSR es un escritor diferente. Por estas razones es de justicia reconocer que la obra de este escritor caravaqueño forma parte de ese conjunto de autores de indiscutible calidad, que aún necesitan ser reconocidos por ese oficialismo excluyente que auspician las principales editoriales del país.

Copio a continuación un texto como muestra de lo que digo, si bien me resulta difícil escoger solo uno. Había seleccionado fragmentos de las páginas 35, 43, 162, 179, 182-183, 271 y 286, pero como prefiero aquellos en los que la poesía lo unta todo de belleza y sosiego, dejo a un lado esos otros en los que describe la vida dura de los marginados, los pobres y las prostitutas, en cuyas vidas, con la mirada de MSR, encontramos también la verdad.

 

“Me gusta mucho estar sentado tranquilamente al sol y mirar la luz en mis manos. Me asombran mis manos, cómo me las llena de luz el sol y la claridad del día. Eso me produce una felicidad profunda y mística, un sentimiento de reconciliación con la alegría de vivir. Ese día, el día que hado algo así, soy más feliz, estoy más tranquilo y me fijo más en las cosas que son sencillas, tristes, minúsculas. En cómo luchan por unas migas de pan unos palomas en el suelo, por ejemplo. Ese día soy capaz de llorar por lo que sea, por estar en la calle o por cumplir un año. Entonces me siento un príncipe de la melancolía o de la gratitud. Le doy un euro a un mendigo o le compro pañuelos a un negro que los vende en un semáforo y le sonrío y casi lloro por el solo hecho de estar vivo y ahí. Y digo al aire: “¡Borges, soy muy feliz!”. “¡Cioran, soy muy feliz!”. Y me siento en un banco de nuevo y vuelvo a mirarme muy despacio las manos llenas de sol. Y me acuerdo de esos versos eternos de Claudio Rodríguez: “Siempre la claridad viene del cielo. / Es un don, / no se halla en las cosas, / sino muy por encima y las ocupa” (p. 162).