JAQUE AL EMPERADOR, J. R. Barat
Sería prolijo y arduo sintetizar en
este espacio algunos detalles del argumento sin desvelar aspectos esenciales.
Me limitaré a señalar los rasgos más sobresalientes desde mi perspectiva de
lector. Cuando empecé a leer esta novela no me importaron las dimensiones del
volumen, pues considero a J. R. Barat un escritor tocado con la gracia de la
amenidad, rasgo que poseen contados escritores y que, para quien esto escribe,
es una de las mayores cualidades de Jaque
al Emperador, pues me ha proporcionado dosis de felicidad lectora similares
a las que experimenté leyendo de joven Los
miserables (1862) de Víctor Hugo, cuyo personaje Jean Valjean, me fascinó
precisamente por ser un dechado de humanidad. Del personaje central de la
novela que nos atañe, José Romeu y Matas, hablaremos más adelante para explicar
la pluralidad de rasgos que lo convierten en un héroe.
Tampoco
sería necesario acumular en esta reseña mucha información sobre el quehacer
literario de J. R. Barat (Valencia, 1959), un escritor prolífico, que ha
abordado todos los géneros siempre con altas cotas de calidad literaria y que
ha sido reconocido con importantes premios; un narrador que ha recibido el
fervor de los lectores por sus libros de literatura juvenil (Deja en paz a los muertos y Clara en la oscuridad,
por poner solo dos ejemplos); un profundo y clásico poeta (Como todos ustedes, Breve
discurso sobre la infelicidad, Si
preguntan por mí, entre otros); un brillante novelista para adultos (Infierno de neón); y un admirado autor
de textos teatrales, de poesía infantil y de varias novelas históricas (entre
las que sobresale 1707).
Jaque al emperador se inserta en el subgénero de novela histórica, una de cuyas
principales características es la reproducción de un fresco histórico verosímil.
Para lograrlo, el autor ha debido de consultar una abundante bibliografía que
pasa inadvertida en la realidad novelesca que ha creado. En este caso, la
acción de la novela nos traslada a la Guerra de la Independencia (1808-1814),
una época en la que los lectores serán abducidos por la maestría con la que el
autor combina aspectos literarios que
paso a comentar.
Los datos históricos que
sostienen las coordenadas espacio-temporales son reales y se apoyan en las
fuentes que ha manejado el autor: la constitución de Bayona (1808) es una
trampa de Napoleón para entronizar a su hermano José Bonaparte; la Constitución
de Cádiz, La Pepa (1812), alienta la
esperanza de los guerrilleros contra la ambición irracional de Napoleón, quien
“sueña con levantar un nuevo imperio Carolingio” (p. 40). Aun siendo un fresco creíble,
esta novela no homenajea la labor megalómana de los reyes y los emperadores,
sino más bien el quehacer de los hombres y las mujeres que conforman la
intrahistoria, con sus vidas verdaderas y humildes.
La selección de los
elementos descriptivos contribuye a una perfecta ambientación, pues el autor se
detiene en los objetos decorativos de las casas y las ciudades, así como en el
paisaje rural, reproducido en muchas ocasiones como una paraíso natural de
labriegos que viven en la huerta valenciana y disfrutan de todas las maravillas
del Levante por el que deambula el personaje principal, José Romeu.
Las disputas políticas
–habituales son las tertulias para analizar la situación de España tras la
invasión napoleónica–, las posturas ideológicas –abundan las reflexiones sobre
el sinsentido de la guerra y los postulados ilustrados que encarnan María
Correa, la esposa de Romeu, y otros personajes– y la presencia del hecho religioso
–destaca la generosidad y el desprendimiento del franciscano Juan Rico– son
tres aspectos que coadyuvan a profundizar en el conocimiento de una época
convulsa, en el que las ideas ilustradas que sostienen muchos personajes y la
defensa de la “españolidad” que representaba Fernando VII chocaban con el
ideario imperialista de Napoleón.
A su vez, el uso de
algunos vocablos de la época contribuye a hacer más creíble la historia.
Palabras como “faetón” (carruaje descubierto), “azuela” (herramienta de
carpintero que sirve para desbastar), “abacería” (tienda donde se vende al por
mayor aceite y legumbres), “aguaitar” (observar por un balcón), “majar”
(golpear el trigo para separar el grano de la paja), “dogal” (cuerda para
ahorcar a un reo) no pretenden dar una pátina arcaica al estilo, sino
reproducir fehacientemente un tiempo histórico concreto. Que hoy sean palabras
moribundas en el diccionario no impide reconocer su pertinencia en la novela.
Directamente vinculado
con el uso del léxico, el autor sabe insertar bellas descripciones que no
ralentizan la acción de los hechos, pues están dispuestas con sabiduría en los
momentos adecuados: “Las huertas de Murviedro brillaban teñidas de rojo. Las
hojas de los viñedos parecían haberse oxidado y ofrecían las mil tonalidades
del otoño” (p. 39). El estilo de la novela es elegante y fluido, y se agradecen
los detalles poéticos que iluminan de emoción contenida muchos momentos. Para participar
el suicidio de Amalia tras el asesinato de su novio, el narrador escribe: “Las
brumas de la tarde se cernieron sobre ella y poco a poco la envolvieron como un
lienzo de ceniza, hasta que la opacidad la ciñó por completo” (p. 400).
Con el propósito de
conseguir esa verosimilitud histórica, social e ideológica a la que ya me he
referido, el autor no renuncia ni a la crudeza descriptiva de algunas acciones
de guerra (la destrucción de pueblos y ciudades convertidos en un infierno, los
cuerpos quemados, decapitados, traspasados con bayonetas, las ejecuciones
arbitrarias, las violaciones de las mujeres por parte de los soldados franceses,
la lenta y dolorosa agonía a la que sometieron los franceses a Bonmatí, entre
otras vejaciones), ni tampoco rehúye de la explicitud sexual en algún encuentro
lúbrico (como el que mantuvo Rita con Villaba y Denia).
Paralelamente, el autor
es capaz de emocionarnos con los delicados momentos afectivos que comparten
José Romeu y su esposa: “María reía nerviosa mientras él la besaba en la boca,
en el cuello, en las orejas, en los senos. Acabó de desvestirse y se tendió en
el lecho, completamente desnuda. Su cuerpo era blanco y sinuoso (…). Romeu la
observó embelesado (…). Se tendió a su lado y la acarició con delicadeza
(…). Se amaron mientras el mundo parecía
detener su gran reloj de arena y fuego y destrucción” (p. 258). Es
especialmente emotivo el texto con el que se resume la vida de José Romeu poco
antes del desenlace final (p. 498-499).
Aparte de los valores
literarios referidos, quizá sea la creación de la figura del héroe uno de los
mayores aciertos. Desde el principio conocemos la opinión de Romeu en una
conversación con María, su esposa: “Un hombre sin dignidad no es nada. ¿De qué
nos sirven los bienes materiales si nos roban el alma” (p. 112). Y pronto
sabemos que el rey Carlos IV concedió a José Romeu y Matas “dignidad ciudadana
de hidalgo”. Como un campeador decimonónico, Romeu va creciendo desde el
momento en que, estando en Madrid para cobrar los suministros que desde
Murviedro enviaba a la capital, se vio inmerso en la invasión de las tropas
napoleónicas. Tras prestar su apoyo a un joven soldado herido de muerte, José
Romeu huye a Chinchón y a Uclés, donde comprueba la cruel represión de los
franceses. Con cada vejación que contempla, más se reafirma en la necesidad de defender
la libertad del pueblo y reclamar justicia. Pero es consciente de que de su
regreso de Madrid lo peor que trajo era “la desolación que traía impresa en el
alma” (p. 177).
Su concepción cristiana
le lleva a enterrar a los vencidos de uno y otro bando, acción que muchos de
sus subordinados no entienden en una guerra tan cruenta. Él los arenga y los
convencen y al cabo todos creen en la heroicidad y magnanimidad de un hombre
que solo quiso vivir en paz en sus viñedos de Murviedro, un hombre que solo
imaginó una vida feliz junto a María y sus tres hijos, un hombre que nunca quiso
ser un héroe, pero que lo fue porque no tuvo otra opción que ser consecuente
con sus íntimas y nobles convicciones. No se arredra ante el mariscal Jacomet
(p. 376); defiende siempre a sus soldados, por quienes se desvive a la hora de
encontrar una solución digna (p. 471); tampoco acepta los ultimátum del
mariscal Suchet, a quien consigue irritar: “Lo que ustedes me proponen no lo
puede firmar José Romeu, porque sería traicionar a mi familia, a mi mujer y a
mis hijos, a todos los españoles, a los que han caído a mi lado. Sería
traicionar a mi rey, a mi patria. A mí mismo. Prefiero morir antes que seguir
viviendo como una rata” (p. 482). Pero es en el turno de palabra del que gozó
José Romeu durante el juicio sumarísimo al que fue sometido al final de su vida
cuando admiramos sus nobles convicciones (pp. 488-489).
Los personajes
secundarios cumplen con la misión de sostener el armazón argumental de la
novela. Merece especial atención María Correa, la esposa de José Romeu, quien
así la describe: “Sus ojos son azules, como dos pedazos de cielo en primavera,
y el cabello rubio y largo, igual que un haz de trigo maduro. Le gusta leer y
tocar el piano. Si usted la conociera, padre (…). Es la mujer más maravillosa
que pueda existir (…). Tiene un corazón noble y bondadoso, y eso es lo que más
adoro en ella. Cuando la conocí éramos dos adolescentes” (p. 495). María
acostumbra a contarles cuentos a sus hijos; y su afición por la música y las
canciones populares instala en la casa de Murviedro una renovada felicidad. Al
mismo tiempo, encarna el ideal de mujer ilustrada: “Era aficionada a la
lectura, aunque en la biblioteca familiar escaseaban los libros. Sus escritores
favoritos eran Feijoo y Cadalso. Los autores franceses como Voltaire y
Rousseau, tan de moda en Europa, le habían sido vetados por su tío” (p. 35). La
formación de María le permite escribir a su marido una carta conmovedora en la
que le insta a que regrese para conocer a su nueva hija (p. 216).
Los personajes secundarios desempeñan un papel
fundamental: unos pertenecen a la corte y otros al mundo rural y al de la
soldadesca, ambientes en los que José Romeu sabía desenvolverse con absoluta
naturalidad, sencillamente porque consideraba a sus semejantes seres humanos
respetables. Tenemos que referirnos a la integridad del Tudesco; a la fidelidad
de sus soldados cercanos –Villalba y Denia, entre otros–; al enigma y a la
belleza de Rosario; a la bondad del
reflexivo Lino –un joven que odiaba el absurdo de la guerra–; a Társila, la
abnegada cuidadora de la familia, que es un dechado de entrega y bondad; a la
generosidad de los hombres y mujeres que formaban parte del servicio doméstico,
en especial a Blas, ese joven que conocía como nadie los sentimientos de los
caballos; al afable tío de María, Gumersindo Palmero, que es comandante de
intendencia en el puerto de Algeciras; a su cuñado, el arquitecto Francisco
Civera; al abogado Luis de Peñaranda; al cruel y codicioso Porfirio Lesmes,
quien se atreve a denunciar al novio de su hija Amalia; y a tantos personajes que
harían farragoso este escrito.
Jaque al Emperador tiene todos los ingredientes para cautivar a los lectores:
con las varias acciones que se desarrollan en cada capítulo se garantiza la
amenidad argumental; se ve la evolución de José Romeu hasta convertirse en un
inconmensurable héroe; la delicada humanidad de María Correa fascina al lector;
se despliega un convincente trasfondo histórico, político y social; y el
tratamiento estilístico es encomiable, con una escritura al servicio de una
historia cautivadora. En fin, Jaque al
Emperador es la conmovedora historia de un héroe que puso en jaque al
mismísimo Emperador; una novela que emocionará no solo a los habituales
lectores de novela histórica, sino a todos los que disfruten de las aventuras
de esta novela total, que reflexiona sobre la crueldad del pasado para iluminar
el presente.
Quienes se asomen a sus
páginas no podrán evitar un escalofrío de emoción y gratitud.
Editorial: Algaida
Título: Jaque al Emperador
Autor: J. R. Barat
Primera edición: 2021