domingo, 11 de noviembre de 2018



 
UN LUGAR PARA TODOS,
Julián Montesinos

[Premiado en el Certamen de Relato Corto Géminis 2013, Aspe, Alicante]




 

LA LA LAND, Lola & Hauser  


  
Un niño
inútilmente cuenta las estrellas
en el balcón vecino.
 
Dámaso Alonso
  

Una vez, siendo niño, le pregunté a mi padre
a dónde van los hombres cuando mueren.
Juan R. Barat



Allá donde estés, estas palabras llegarán a tu universo, navegarán por las constelaciones hasta depositarse suavemente en tu corazón. Estas palabras recorrerán miles de kilómetros y tú sabrás acogerlas cuando lleguen a tu regazo algo cansadas, cuando retumben como un sonido alegre en tus manos abiertas.
  Dice nuestro hijo que debemos comprar una estrella para que tú descanses y sea con el tiempo un lugar para todos. Me urge a comprarla, porque sostiene que, de no hacerlo, seguirás viajando por el espacio sin encontrar la paz. Tanto ha reflexionado sobre esta cuestión que Martín considera que sería incluso mejor crear una web para comprar y vender estrellas. Asegura que hay muchas en el cielo y que existen enamorados que están dispuestos a pagar cualquier precio por un certificado que asegure que Casiopea o Caballito son observadas con admiración desde la Tierra. Le escucho con atención porque sabe que me gusta mirar el cielo, y porque muchas veces le he dicho que las buenas personas deambulan por el universo como si fueran trocitos luminosos de un dios dormido en el espacio. Sin embargo, él se siente contrariado porque no comprende que todos los hombres sin excepción acaben siendo estrellas correteando por el universo.
  Mientras comemos hago esfuerzos para que no note mi tristeza. Lloro tu ausencia y asumo que la vida es algo así como gozar del alegre sucederse de los días ante la previsible amenaza de que todo de repente pueda quebrarse. Nuestro hijo sugiere que si comprásemos una estrella podríamos vivir en paz sabiendo que allí descansan todos nuestros seres queridos. Él propone comprar una que responde al nombre de Mesa, pues sería la adecuada para reunir a todos los que se han ido y vagan sin descanso por la oscuridad del infinito. Y estas palabras suyas me producen tanta aflicción que despiertan en mí un inusitado interés por su propuesta.
  Desde la cocina veo que ha empezado a nevar. Me acerco a la ventana y contemplo la belleza de la imagen. Salgo a dar un paseo con la intención de encontrar un lugar donde esparcir tus cenizas. Mi padre siempre me decía que los muertos viven en las estrellas que danzan perdidas por el universo. Con el tiempo he aprendido que también mueren y esta certeza, no sé por qué, me produce una inconsolable zozobra.
  Me dirijo hacia el río y fijo la mirada en los árboles pelados. Camino sin prisas y me paro junto a un semáforo. Observo al muñeco verde en movimiento y a la gente que se agrupa en torno al paso de cebra, cada uno pensando en sus cosas, mientras yo regreso a tu vida. Al fondo, entre los árboles, veo un puente sobre el río. Me quedo quieto y dejo que otros pies avancen, se integren en ese imparable movimiento de existir. Me acerco al puente, contento por haber encontrado el lugar idóneo para dar al aire tus cenizas.
  Ha parado de nevar, pero el viento frío de diciembre golpea mi frente. He estado demasiado tiempo fuera de casa y decido regresar lentamente. Nuestro hijo me espera para comprar una estrella. La urna continúa en la mesa del comedor. La miro y pienso en ti. Sé que las cenizas deben salir de mi casa, pero no de mi vida, deben volar a un espacio donde vivan eternamente.
  Te quiero tanto que no me sorprende este desbordado deseo de lanzarte al aire como si fueras una caracola que multiplica su nombre en un espacio sin límites. Y ahora pienso adónde iremos todos nosotros, por qué regresan la tristeza y la alegría juntamente, con qué permiso profanan esta casa abierta. Martín me espera en su habitación, quiere contarme los requisitos para comprar la estrella Mesa. Descartamos Casiopea porque se ilumina intermitentemente, es muy cara y demasiado grande. Oigo que me llama, necesita los números de la tarjeta de crédito para comprarla.
  Recuerdo las noches en que yo permanecía sentado en tu cama y te leía fragmentos de Señora de rojo sobre fondo gris, empeñado siempre en llegar al final del capítulo aunque supiera que tú estabas dormida, mientras yo seguía leyendo, modulando la entonación, con la esperanza de que desde algún lugar de tu sueño estuvieras escuchándome y agradecieras mi voz.  
  Acaricio la urna como si acariciara tu alma de piel, y admito que estamos en la intemperie de la vida, en esta hermosa y breve travesía. No queda otro remedio que comprar la estrella Mesa. Nos da igual que todo sea un fraude y que puedan venderla de nuevo a otras personas necesitadas de esperanza. No nos importa compartir la propiedad de un bien al que irás y no volverás.
  Antes de acostarnos, colocamos la urna dentro de una bolsa de papel y caminamos hacia el puente. Desde allí, esparcimos tus cenizas. Luego, nos apoyamos en la barandilla y descubrimos en el cielo oscuro unas chispas de luz. Permanezco quieto recordándote, mirando el agua del río, consciente de que siempre se vuelve al principio de todo, al amor más dulce que existir pueda.

jueves, 1 de noviembre de 2018






ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS, Lewis Carroll
¿Qué es un clásico? ¿En qué consiste el placer de leer –o releer, en este caso– un libro que se ha mantenido vivo durante tanto tiempo? ¿Puede formar parte esta novela de un corpus de lecturas apto para jóvenes? El espacio mágico, subterráneo, el descenso al mundo de la imaginación, las imágenes mil y una veces admiradas en álbumes ilustrados, las versiones en cuentos infantiles, todo ese bagaje previo no reduce, sin embargo, la fascinación por las situaciones y los diálogos disparatados, genuinos del nonsense inglés, que tanta influencia posterior ha ejercido en muchos escritores –recuerdo ahora  Rayuela, de Cortázar–. La interpretaciones y las posibilidades didácticas y multidisciplinares de la novela son muchas, pero el placer de leer este clásico queda, tras mi nueva lectura, en entredicho, a tenor de los libros que actualmente leen los jóvenes.
      El viaje de Alicia, tras quedarse dormida, es un sueño, una historia fascinante que todos conocemos al mismo tiempo en que ella vive momentos de alegría y desesperación. Despierta confusa, después de haber oído la sentencia de una reina de naipe: “¡Que le corten la cabeza! –chilló a pleno pulmón la Reina. Nadie se movió…” (p. 117).
      El sueño es un manido recurso para cerrar historias. Pero qué joven está dispuesto hoy a soñar al abrir las páginas de Alicia en el País de las Maravillas y dejarse seducir por una historia de imposibles, por una fábula donde los animales cobran vida y actúan de manera ilógica, con diálogos a veces surrealistas. En esta excesiva oferta de títulos que tenemos hay mucho donde elegir. Mi duda es, por ahora, la única certeza.

martes, 30 de octubre de 2018





PAUSA, Izal



COPACABANA, Izal

 


lunes, 22 de octubre de 2018










LA TIERRA EN SOMBRA, Alejandro López Andrada

Una grata sorpresa me ha supuesto la lectura de este libro. Cada una de las cuatro partes en las que se estructura este poemario presenta leves modificaciones temáticas, y digo leves porque en todo el libro prevalece una misma mirada de asombro hacia la naturaleza, una contemplación siempre admirativa, donde el poeta inserta su vivir: “La escarcha teje un lienzo de armonía / sobre la línea parda / de los campos. (…) ¿A dónde voy / si dentro de esta luz sólo hay cansancio?”. 

      Leo este poemario al azar y en cada página me sorprende una imagen o un tema tratado delicadamente. Mi primer acercamiento al libro es aleatorio a la esperar de encontrar el momento de leerlo de manera ordenada, tal y como lo dispuso su autor. Y por eso me alegra encontrarme el siguiente poema y admirar cuánta delicadeza hay en él:

RESPLANDOR

Se abría un sendero blanco.
Los jazmines
volaban como láminas de nata.
Las niñas, con sus lánguidos diábolos,
saltaban sobre el tiempo.
Olía a esperanza.
Sentado,
como un hortelano gris,
en la ladera, el pueblo descansaba.
Había un dolor
de arcilla en los tejados,
un resplandor de nieve en las campanas.

      Todo tiende a la pureza, concretada en un campo semántico de blancura: “jazmines, nata, blanco, nieve”. Y con estas palabras cargadas de esperanza, pareciera que los jazmines y las niñas vuelan sobre el tiempo. Personificaciones y una bella comparación invitan a una demorada relectura.

      En otros poemas, los instantes son captados con palabras sutiles y fotográficas:

Estar en casa y contemplar la luz
como una aguja de oro
hilando el tiempo,
sentir la bruma dulce
de una voz
dictándome el rumor de la inocencia.

      Y en otro momento, afirma:

La niebla baja ya por la cañada
como una gasa tenue.

      Hay todo un recital retórico concretado en bellas metáforas y recurrentes personificaciones.  Métricamente, los versos tienden al clasicismo que se logra con los heptasílabos y los endecasílabos, siempre rítmicos, aunque también hay versos libres. Sorprende cierta recurrencia de algunos encabalgamientos, decididos sin duda por la búsqueda de un ritmo personal siempre conseguido, como sucede en el poema que cierra este magnífico libro:

LAS SOMBRAS

Sólo nos queda el llanto de la tierra
mordida por las sombras
y un sendero
para volver a casa. Nada más
que un vértigo de nubes
y el misterio
de contemplar la infancia detenida,
dormida bajo el báculo del tiempo.

sábado, 13 de octubre de 2018







LA SUCIA PIEL DEL MUNDO, Miguel Sánchez Robles

Me gusta la poesía de Miguel Sánchez Robles porque es una síntesis original de muchas fuentes: su fuerza emocional y metafórica es fruto –tal vez– de una personalísima suma de poesía rehumanizadora (Hierro y Rosales), de algunos poetas del 50 que atienden al aquí y al ahora, y de otros que desde la generación del 27 hasta el presente no desprecian el valor de la imagen. Para MSR toda la realidad es canto y dolor al mismo tiempo, y toda la realidad es materia que puede convertirse en poema. Diría que la de MSR es una poesía total que poetiza sobre todo. Solo así puede entenderse que sus cuentos, novelas y ensayos respondan a una concepción poemática del acto de escribir.
      Con este libro, el escritor caravaqueño Miguel Sánchez Robles ha obtenido el VI Premio Internacional de Poesía José Zorrilla. Cada nuevo libro de MSR despierta en mí un inmediato deseo de adquirirlo. Enjaulado entre mis manos, noto que el libro se siente feliz mientras deslizo el lápiz debajo de cada verso, sabedor de su valor sensitivo y sapiencial. Sirva esta anécdota para afirmar que después de tanto leer la poesía Miguel Sánchez Robles –toda su obra, diría–, creo que uno de los aspectos más relevante es su acierto  al plasmar con un estilo pleno de belleza literaria el deseo de vivir más intensamente la vida, consciente de que esta hermosa travesía resulta demasiado breve:

“La vida es casi siempre
como un copo de nieve
que se deshace triste
o un extraño viaje
en que tus pies caminan
desnudos sobre el frío” (p. 31).

      Me gusta la poesía de MSR porque expresa magistralmente en una imagen un mundo lleno de emociones:

“Si no fuera tan cierto
este cariño triste de verme en el espejo
como mirando un barco perdiéndose en la niebla,
yo nunca lloraría,
a solas,
por la tarde,
igual que a veces tiemblan los sismógrafos” (p. 35).

      Me gusta la poesía de MSR porque entre la conciencia de la pérdida el poeta encuentra la salvación precisamente en la poesía:

“La poesía es mi iglú de la vigilia
y también compasión
(…)
La poesía te salva.
La poesía te dice:
“Soy tu propio dolor.
Déjame amarte” (p. 13).

      Me gusta la poesía de MSR porque la escritura puede llegar a ser un instrumento terapéutico que aporta sentido a la existencia:

“Escribo para que me quieran
y quererme a mí mismo yo también,
porque es como enviar mensajes en una botella
o estar tocando un oboe en medio del desierto.
(…)
Escribo para saber cómo funciona el ser humano
y porque la vida sin escribir me parece un desperdicio
y porque la vida en general
se parece mucho a paseos en línea recta
que no llegan a ninguna parte.
(…)
Escribo para ser” (p. 44).

      Los dos últimos versos del libro expresan el sentido que concede al acto de escribir poesía: “Y es por ello tal vez / que escribir un poema se parece a salvarnos” (p. 79).

      Me gusta la poesía de MSR porque ofrece una hermosa síntesis de elegía y celebración, como si los versos brotaran de la tristeza y la alegría juntamente (“Adoro esta elegía de vida sin porqué”):

“Es algo que sucede muchas veces:
Una zona de ti se vuelve pena.
(…)
Una parte de ti quiere llorarte.
Una parte de ti te besaría.
Es un ángel de sed,
parece lluvia
o un  eclipse parcial del corazón” (p. 36).

      Me gusta la poesía de MSR y en especial La sucia piel del mundo porque es un libro atrevido, necesario, diferente, contemporáneo, con el que su autor manifiesta el desencanto (“desistimiento”) con el mundo, expresa con emoción cómo viven los desheredados (en magníficos poemas como “Para que el mundo duerna”, “Oblación de la carne” o “Martini”) o cómo vivimos todos nosotros muriendo un poco cada día, viviendo algo cada día…
      Me gusta la poesía de MSR porque es un faro que señala la tristeza que existe en el mundo, una conciencia moral ante las injusticias, un “compromiso social” y poético que no renuncia jamás a la belleza literaria:

“Dios te salve, criatura,
cuyos ojos me miran
como azules palomas espantadas.
(…)
Yo lloro por la nada
de tu carne tan blanca,
ninfa de carretera,
muchacha a quien escribo
estas breves palabras
como un beso en la frente,
muchacha que respiras
como a un animal triste
que no redimirá la humanidad” (p. 41).

      También dirige la mirada a una mujer africana: “Tienes la piel muy negra / y las piernas delgadas. / Vendes cosas baratas / arrastrando tu alma por la arena” (p. 46).
      Me gusta la poesía de MSR porque elabora versiones coetáneas de los tópicos literarios. El “vanitas vanitatis” se expresa impecablemente en el poema que contienen estos versos: “Nada ocurre en la vida / que no esté destinado al fuego de los fósforos”. El “tempus fugit” se cifra en versos así: “Las semanas, los días / son como burbujas / de un refresco carbónico”. Y el amor, cómo no, también asoma: “Y yo pienso en tu boca / como un mapa de luz / sobre la niebla”.
      Lean estos versos de belleza impura, de compasivo humanismo. Y léanlo a sabiendas de que nadie escribe como Miguel Sánchez Robles, porque tiene una voz y un mundo propios, una voz poética hermosa y emotiva, una voz necesaria.

lunes, 1 de octubre de 2018






CLARA EN LA OSCURIDAD, Juan Ramón Barat
[Una novela excepcional]

¿Cómo reseñar una novela excepcional sin añadir simples migajas a una mesa llena de exquiteces? Convencido de que eso es imposible y requeriría seguramente un comentario extenso, opto por algo que pudiera parecer digresivo: contarles la labor lectora que durante más de treinta años he realizado con el propósito de conformar un corpus de obras aptas para jóvenes lectores. Y lo hago porque sé que esta obra que les invito a leer debería ocupar un lugar entre las elegidas.
     Hace años, cuando explicaba el Cantar de Mio Cid a mis alumnos de 3º ESO, tomé una drástica decisión: a partir de ese momento leeríamos fragmentos, poemas, cuentos representativos de la historia de la literatura, pero ofrecería a mis alumnos un conjunto de “obras cercanas a su sensibilidad” para que ellos eligieran aquellas que les apetecía leer. La lectura se convertía así en una experiencia personal y no en un pretexto para explicar literatura. Y esto es así porque leer requiere atender a dos aspectos esenciales: reconocer los gustos temáticos propios de cada alumno y respetar sin elitismos sus gusto temáticos. A partir de ese instante creé un Plan Individual de Lectura en un Punto de Información Lectora, es decir, en la Biblioteca. Y lo denominé “Lecturas al PIL PIL”. ¿Por qué les cuento este introito que aparentemente me aleja de la novela de Juan Ramón Barat? Sencillamente porque quiero que usted, padre o madre, o usted, docente interesado en promover la lectura, incluya Clara en la oscuridad entre los libros recomendables. A partir de ahora cuando un padre nos diga que a su hijo o hija no le gusta leer, le diremos que no tarde mucho en regalarle el libro del que hablo.
      He leído la poesía de Juan Ramón Barat y también algunas de sus novelas que han sido reseñadas en este blog , y creo que puedo afirmar –y no es un elogio gratuito ni exagerado– que esta es la que más me ha gustado. He sentido la desorientación de su personaje principal –Sergio Mora–; he admirado su determinación para seguir investigando; me ha cautivado la belleza y la personalidad de Clara, y he llorado su final –perdón por la anticipación o prolepsis–; he admirado sus descripciones precisas y hermosas; me he enrabietado con el trato a los inmigrantes; he disfrutado con el desarrollo de la acción y con las dosis de misterio y terror; he reconocido la perfecta disposición de las coordenadas espacio-temporales; he valorado cómo en el primer capítulo el autor da la información precisa para que cualquier lector se enganche a su historia –así se aprende también a escribir–; me he reconocido en la opinión del narrador sobre el valor transcendente de la música (p. 174); me ha emocionado el descubrimiento del amor entre Clara y Sergio (p.196); he sentido como propias las palabras de Carlos Buendía referidas a la inmortalidad de las obras de arte frente a la efímera existencia del hombre (p. 111); he sentido un escalofrío de tristeza al cerrar el libro; y he admirado, una vez más, a su autor… En fin, he disfrutado con una obra maestra de la literatura juvenil en castellano, o mejor, con una obra apta para cualquier lector.
      Y antes de cerrar el libro leo satisfecho:
“Me asomo al vacío. (…) Hay nubes blancas que pasan empujadas por las manos transparentes del viento. A veces cruzan pájaros por el espacio. El sol, a lo lejos, parece una naranja de oro desangrándose lentamente… Sonrío. Estoy seguro de que Clara está viéndome desde algún lugar muy lejano…”.

lunes, 17 de septiembre de 2018






LA SANGRE DE LOS LIBROS, Santiago Posteguillo

Los seguidores de este magnífico escritor de novelas históricas (“La trilogía de Escipión” y “La trilogía de Trajano” ) harían bien en leer esta treintena de pequeños artículos que recrean momentos intensos y curiosos de los autores y los libros esenciales de la literatura universal. La sangre de los libros sigue la senda de otro libro anterior que ya fue reseñado en este blog, La noche en que Frankenstein leyó el Quijote, pero hallamos en él más anécdotas y libertad creadora, en la medida en que tienen cabida ágiles diálogos y perfectas ambientaciones, rasgos, entre otros, que revelan que estamos ante un escritor dotado del don de contar historias. Y eso no es nada fácil.
      Santiago Posteguillo propone un recorrido a través de la literatura viva, la que ha leído, recomienda y quiere compartir. Ensalza la labor de Petrarca no sólo como poeta sino como “salvador” de documentos básicos de la antigüedad grecorromana; se refiere a la cruenta muerte de Séneca (“como filósofo digo ahora verdades, mientras que antes, como político, mentía muchas veces”); recrea la búsqueda por parte de los hijos de Dante de los cantos finales de la Divina Comedia; se divierte –y se nota– con las peripecias amorosas del osado Lope de Vega–, para quien “la poesía es pintura de los oídos, como la pintura poesía de los ojos”­–; se refiere  también al atrevido Quevedo, quien es capaz, a través de un calambur, de inmortalizar un insulto a la reina consorte Mariana de Austria: “Entre el clavel y la rosa, su Majestad escoja”; vincula las muertes de A. Punskin en un duelo con el suicidio de E. Salgari; narra la muerte de Bécquer y la peculiaridad poética de Emily Dickinson; elogia la labor de Fernando Pessoa y lo sitúa al nivel de Shakespeare al reconocer que los sonetos del portugués no son inferiores a los del autor inglés; y revela curiosidades sobre Robert Graves, Dionisio Ridruejo y Blasco Ibáñez, este último contratado por el Presidente de la República francesa para la creación de una novela –Los cuatro jinetes del Apocalipsis– con la que pretende implicar a los EE.UU. en la primera guerra mundial a favor de Francia.
      Convencido estoy de que queda mucho por hacer para que el libro y la lectura –avasallados por la tiranía de lo audiovisual– alcancen el lugar que requieren en la formación integral de los hombres. Ya decía Pedro Salinas que la mejor forma de contagiar la lectura es poner en contacto a los lectores –a los jóvenes lectores– con los buenos libros. No cabe duda de que el paso del tiempo ha seleccionado unos títulos esenciales, y de que pocos como Santiago Posteguillo sienten vivamente cómo la literatura corre por sus venas.