viernes, 24 de septiembre de 2021

 

                         DE LA NATURALEZA, Lucrecio

 


 

 

Resulta cuanto menos curioso que en una época como la actual tan proclive al ensimismamiento que procura la tecnología sigan vigentes algunos de los postulados de la filosofía epicúrea. La selección de textos que publicó Aguaclara (1992) a cargo del profesor Ángel Luis Prieto de Paula pone de manifiesto que la sociedad contemporánea es permeable al ideario que el griego Epicúreo de Samos (341-270 a. C.) creó no sin pocos sinsabores personales.

         No es descabellado afirmar que algunas de las siguientes ideas expuestas por Lucrecio podrían ser aceptadas por lectores reflexivos, hasta el punto de asumirlas como propias: la aceptación imperturbable ante el paso del tiempo, la necesaria desaparición del terror ante la muerte, el vaciamiento del discurso determinista y arbitrario de los dioses y de las religiones, la proclamación no sin reservas de la esclavitud que el amor procura, y la contemplación de la naturaleza como espejo para vivir con sabiduría.

         Paso a copiar algunos poemas de Lucrecio, dispuestos en perfectos endecasílabos por la sabia traducción del profesor Ángel L. Prieto de Paula, que aborda en su introducción algunos de los temas anteriormente citados.

 

[LA CONTEMPLACIÓN REFLEXIVA DE LA NATURALEZA ES LA SOLUCIÓN CONTRA EL TERROR DEL ESPÍRITU]

 

Es preciso, así pues, que a las tinieblas

y al temor del espíritu los venzan

no los rayos del sol, no los lucientes

dardos diurnos, sino la reflexiva

contemplación de la Naturaleza.

 

 

[SERENIDAD Y DICHA DEL SABIO]

 

(…)

¡Oh desdichadas mentes de los hombres,

oh corazones ciegos! ¡En qué graves

tinieblas y peligros se consume

la carrera tan breve de la vida!

¿Cómo no ver que la Naturaleza

nada reclama sino que el dolor

esté ausente del cuerpo, y el espíritu

goce de un sentimiento placentero,

libre de miedo y de preocupaciones?


jueves, 16 de septiembre de 2021

 

                        UN AMOR, Sara Mesa

 

 


Cuando leí la anterior novela de Sara Mesa, Cicatriz, valoré no sólo su precisión estilística, sino un argumento original. En la que ahora me ocupa, se mantiene esa misma sencillez expresiva, basada en la eficacia narrativa y en un sabio despojamientos léxico, si bien las peripecias argumentales me resultan inverosímiles y se reducen a un progresivo e inexplicable descenso a los infiernos de Nat (Natacha), una joven que se ha refugiado en un entorno rural huyendo de una situación personal insostenible.

         La autora ubica la acción de la novela en el mismo espacio de su novela anterior, en las cercanías de Cárdenas, en concreto, en La Escapa. Queda patente que el campo no es un lugar idílico donde las relaciones personajes fluyan sin asperezas, sino que se convierte en una opresiva “comunidad” donde no existe la confianza.

         Nat va degradándose –carece de las agallas suficientes para enfrentarse a determinadas situaciones vejatorias– en una espiral reflexiva que la inutiliza para tomar decisiones.  A ello contribuye su convivencia con personajes retorcidos y extraños: el casero es un hombro tosco que la intimida; Roberta es una maestra que enloqueció; Andreas, apodado el “alemán, es un hombre hermético con quien comparte Nat el veneno del sexo; y Píter es el único personaje que se salva, un dechado de generosidad que ayuda a Nat en su búsqueda de una sencilla felicidad.

         El detonante argumental es la sorpresa que experimenta Nat al oír en boca de Andreas que él podría ayudarla a reparar las goteras. El “alemán” le ofrece un trueque en el que ella le pagaría con un favor sexual, porque Andreas le pide sin rodeos “que me dejes entrar en ti”. Estas palabras son el anzuelo que Nat muerde para iniciar su degradación personal, pues su vida va limitándose a “esperar a un hombre al que apenas conoce como una perra en celo, bañar a una vieja medio loca, dormir sola, con la única compañía de un perro al que todavía tiene que atar por las noches”.

         Confieso que los elogios de algunos críticos que consideraron Un amor como la mejor novela del 2020 crearon en mí unas expectativas que no se han visto cumplidas.

 

        

 

Editorial: Anagrama

Título: Un amor

Autora: Sara Mesa

Primera edición: 2020

 


lunes, 23 de agosto de 2021

 

 

                            JAQUE AL EMPERADOR, J. R. Barat

 

 


 

Sería prolijo y arduo sintetizar en este espacio algunos detalles del argumento sin desvelar aspectos esenciales. Me limitaré a señalar los rasgos más sobresalientes desde mi perspectiva de lector. Cuando empecé a leer esta novela no me importaron las dimensiones del volumen, pues considero a J. R. Barat un escritor tocado con la gracia de la amenidad, rasgo que poseen contados escritores y que, para quien esto escribe, es una de las mayores cualidades de Jaque al Emperador, pues me ha proporcionado dosis de felicidad lectora similares a las que experimenté leyendo de joven Los miserables (1862) de Víctor Hugo, cuyo personaje Jean Valjean, me fascinó precisamente por ser un dechado de humanidad. Del personaje central de la novela que nos atañe, José Romeu y Matas, hablaremos más adelante para explicar la pluralidad de rasgos que lo convierten en un héroe.

         Tampoco sería necesario acumular en esta reseña mucha información sobre el quehacer literario de J. R. Barat (Valencia, 1959), un escritor prolífico, que ha abordado todos los géneros siempre con altas cotas de calidad literaria y que ha sido reconocido con importantes premios; un narrador que ha recibido el fervor de los lectores por sus libros de literatura juvenil (Deja en paz a los muertos y Clara en la oscuridad, por poner solo dos ejemplos); un profundo y clásico poeta (Como todos ustedes, Breve discurso sobre la infelicidad, Si preguntan por mí, entre otros); un brillante novelista para adultos (Infierno de neón); y un admirado autor de textos teatrales, de poesía infantil y de varias novelas históricas (entre las que sobresale 1707).

Jaque al emperador se inserta en el subgénero de novela histórica, una de cuyas principales características es la reproducción de un fresco histórico verosímil. Para lograrlo, el autor ha debido de consultar una abundante bibliografía que pasa inadvertida en la realidad novelesca que ha creado. En este caso, la acción de la novela nos traslada a la Guerra de la Independencia (1808-1814), una época en la que los lectores serán abducidos por la maestría con la que el autor  combina aspectos literarios que paso a comentar.

Los datos históricos que sostienen las coordenadas espacio-temporales son reales y se apoyan en las fuentes que ha manejado el autor: la constitución de Bayona (1808) es una trampa de Napoleón para entronizar a su hermano José Bonaparte; la Constitución de Cádiz, La Pepa (1812), alienta la esperanza de los guerrilleros contra la ambición irracional de Napoleón, quien “sueña con levantar un nuevo imperio Carolingio” (p. 40). Aun siendo un fresco creíble, esta novela no homenajea la labor megalómana de los reyes y los emperadores, sino más bien el quehacer de los hombres y las mujeres que conforman la intrahistoria, con sus vidas verdaderas y humildes.

La selección de los elementos descriptivos contribuye a una perfecta ambientación, pues el autor se detiene en los objetos decorativos de las casas y las ciudades, así como en el paisaje rural, reproducido en muchas ocasiones como una paraíso natural de labriegos que viven en la huerta valenciana y disfrutan de todas las maravillas del Levante por el que deambula el personaje principal, José Romeu.

Las disputas políticas –habituales son las tertulias para analizar la situación de España tras la invasión napoleónica–, las posturas ideológicas –abundan las reflexiones sobre el sinsentido de la guerra y los postulados ilustrados que encarnan María Correa, la esposa de Romeu, y otros personajes– y la presencia del hecho religioso –destaca la generosidad y el desprendimiento del franciscano Juan Rico– son tres aspectos que coadyuvan a profundizar en el conocimiento de una época convulsa, en el que las ideas ilustradas que sostienen muchos personajes y la defensa de la “españolidad” que representaba Fernando VII chocaban con el ideario imperialista de Napoleón.

A su vez, el uso de algunos vocablos de la época contribuye a hacer más creíble la historia. Palabras como “faetón” (carruaje descubierto), “azuela” (herramienta de carpintero que sirve para desbastar), “abacería” (tienda donde se vende al por mayor aceite y legumbres), “aguaitar” (observar por un balcón), “majar” (golpear el trigo para separar el grano de la paja), “dogal” (cuerda para ahorcar a un reo) no pretenden dar una pátina arcaica al estilo, sino reproducir fehacientemente un tiempo histórico concreto. Que hoy sean palabras moribundas en el diccionario no impide reconocer su pertinencia en la novela.

Directamente vinculado con el uso del léxico, el autor sabe insertar bellas descripciones que no ralentizan la acción de los hechos, pues están dispuestas con sabiduría en los momentos adecuados: “Las huertas de Murviedro brillaban teñidas de rojo. Las hojas de los viñedos parecían haberse oxidado y ofrecían las mil tonalidades del otoño” (p. 39). El estilo de la novela es elegante y fluido, y se agradecen los detalles poéticos que iluminan de emoción contenida muchos momentos. Para participar el suicidio de Amalia tras el asesinato de su novio, el narrador escribe: “Las brumas de la tarde se cernieron sobre ella y poco a poco la envolvieron como un lienzo de ceniza, hasta que la opacidad la ciñó por completo” (p. 400).

Con el propósito de conseguir esa verosimilitud histórica, social e ideológica a la que ya me he referido, el autor no renuncia ni a la crudeza descriptiva de algunas acciones de guerra (la destrucción de pueblos y ciudades convertidos en un infierno, los cuerpos quemados, decapitados, traspasados con bayonetas, las ejecuciones arbitrarias, las violaciones de las mujeres por parte de los soldados franceses, la lenta y dolorosa agonía a la que sometieron los franceses a Bonmatí, entre otras vejaciones), ni tampoco rehúye de la explicitud sexual en algún encuentro lúbrico (como el que mantuvo Rita con Villaba y Denia).

Paralelamente, el autor es capaz de emocionarnos con los delicados momentos afectivos que comparten José Romeu y su esposa: “María reía nerviosa mientras él la besaba en la boca, en el cuello, en las orejas, en los senos. Acabó de desvestirse y se tendió en el lecho, completamente desnuda. Su cuerpo era blanco y sinuoso (…). Romeu la observó embelesado (…). Se tendió a su lado y la acarició con delicadeza (…).  Se amaron mientras el mundo parecía detener su gran reloj de arena y fuego y destrucción” (p. 258). Es especialmente emotivo el texto con el que se resume la vida de José Romeu poco antes del desenlace final (p. 498-499).

Aparte de los valores literarios referidos, quizá sea la creación de la figura del héroe uno de los mayores aciertos. Desde el principio conocemos la opinión de Romeu en una conversación con María, su esposa: “Un hombre sin dignidad no es nada. ¿De qué nos sirven los bienes materiales si nos roban el alma” (p. 112). Y pronto sabemos que el rey Carlos IV concedió a José Romeu y Matas “dignidad ciudadana de hidalgo”. Como un campeador decimonónico, Romeu va creciendo desde el momento en que, estando en Madrid para cobrar los suministros que desde Murviedro enviaba a la capital, se vio inmerso en la invasión de las tropas napoleónicas. Tras prestar su apoyo a un joven soldado herido de muerte, José Romeu huye a Chinchón y a Uclés, donde comprueba la cruel represión de los franceses. Con cada vejación que contempla, más se reafirma en la necesidad de defender la libertad del pueblo y reclamar justicia. Pero es consciente de que de su regreso de Madrid lo peor que trajo era “la desolación que traía impresa en el alma” (p. 177).

Su concepción cristiana le lleva a enterrar a los vencidos de uno y otro bando, acción que muchos de sus subordinados no entienden en una guerra tan cruenta. Él los arenga y los convencen y al cabo todos creen en la heroicidad y magnanimidad de un hombre que solo quiso vivir en paz en sus viñedos de Murviedro, un hombre que solo imaginó una vida feliz junto a María y sus tres hijos, un hombre que nunca quiso ser un héroe, pero que lo fue porque no tuvo otra opción que ser consecuente con sus íntimas y nobles convicciones. No se arredra ante el mariscal Jacomet (p. 376); defiende siempre a sus soldados, por quienes se desvive a la hora de encontrar una solución digna (p. 471); tampoco acepta los ultimátum del mariscal Suchet, a quien consigue irritar: “Lo que ustedes me proponen no lo puede firmar José Romeu, porque sería traicionar a mi familia, a mi mujer y a mis hijos, a todos los españoles, a los que han caído a mi lado. Sería traicionar a mi rey, a mi patria. A mí mismo. Prefiero morir antes que seguir viviendo como una rata” (p. 482). Pero es en el turno de palabra del que gozó José Romeu durante el juicio sumarísimo al que fue sometido al final de su vida cuando admiramos sus nobles convicciones (pp. 488-489).

Los personajes secundarios cumplen con la misión de sostener el armazón argumental de la novela. Merece especial atención María Correa, la esposa de José Romeu, quien así la describe: “Sus ojos son azules, como dos pedazos de cielo en primavera, y el cabello rubio y largo, igual que un haz de trigo maduro. Le gusta leer y tocar el piano. Si usted la conociera, padre (…). Es la mujer más maravillosa que pueda existir (…). Tiene un corazón noble y bondadoso, y eso es lo que más adoro en ella. Cuando la conocí éramos dos adolescentes” (p. 495). María acostumbra a contarles cuentos a sus hijos; y su afición por la música y las canciones populares instala en la casa de Murviedro una renovada felicidad. Al mismo tiempo, encarna el ideal de mujer ilustrada: “Era aficionada a la lectura, aunque en la biblioteca familiar escaseaban los libros. Sus escritores favoritos eran Feijoo y Cadalso. Los autores franceses como Voltaire y Rousseau, tan de moda en Europa, le habían sido vetados por su tío” (p. 35). La formación de María le permite escribir a su marido una carta conmovedora en la que le insta a que regrese para conocer a su nueva hija (p. 216).

 Los personajes secundarios desempeñan un papel fundamental: unos pertenecen a la corte y otros al mundo rural y al de la soldadesca, ambientes en los que José Romeu sabía desenvolverse con absoluta naturalidad, sencillamente porque consideraba a sus semejantes seres humanos respetables. Tenemos que referirnos a la integridad del Tudesco; a la fidelidad de sus soldados cercanos –Villalba y Denia, entre otros–; al enigma y a la belleza de Rosario;  a la bondad del reflexivo Lino –un joven que odiaba el absurdo de la guerra–; a Társila, la abnegada cuidadora de la familia, que es un dechado de entrega y bondad; a la generosidad de los hombres y mujeres que formaban parte del servicio doméstico, en especial a Blas, ese joven que conocía como nadie los sentimientos de los caballos; al afable tío de María, Gumersindo Palmero, que es comandante de intendencia en el puerto de Algeciras; a su cuñado, el arquitecto Francisco Civera; al abogado Luis de Peñaranda; al cruel y codicioso Porfirio Lesmes, quien se atreve a denunciar al novio de su hija Amalia; y a tantos personajes que harían farragoso este escrito.

Jaque al Emperador tiene todos los ingredientes para cautivar a los lectores: con las varias acciones que se desarrollan en cada capítulo se garantiza la amenidad argumental; se ve la evolución de José Romeu hasta convertirse en un inconmensurable héroe; la delicada humanidad de María Correa fascina al lector; se despliega un convincente trasfondo histórico, político y social; y el tratamiento estilístico es encomiable, con una escritura al servicio de una historia cautivadora. En fin, Jaque al Emperador es la conmovedora historia de un héroe que puso en jaque al mismísimo Emperador; una novela que emocionará no solo a los habituales lectores de novela histórica, sino a todos los que disfruten de las aventuras de esta novela total, que reflexiona sobre la crueldad del pasado para iluminar el presente.

Quienes se asomen a sus páginas no podrán evitar un escalofrío de emoción y gratitud.

 

 

 

 

Editorial: Algaida

Título: Jaque al Emperador

Autor: J. R. Barat

Primera edición: 2021

 


sábado, 19 de junio de 2021

 

 

 

LA PIEDRA OSCURA, Alberto Conejero

 


 


“El poeta pide a su amor que le escriba”,

de Federico García Lorca, en la voz de José Luis Rico

 


 

 

Fue en 1957, a partir de un reportaje de Cipriano Rivas Cherif, cuando se difunde la íntima amistad de Federico García Lorca con el madrileño Rafael Rodríguez Rapún, un joven estudiante de Ingeniería de Minas, con quien el poeta mantuvo una apasionada relación los años previos a la guerra civil. El dato es relevante porque fue Rafael R. Rapún quien inspiró gran parte de los Sonetos del amor oscuro, una obra compuesta entre 1935 y 1936, que permaneció inédita en castellano hasta que en 1983 ABC Cultural los publicó.

         ¿Qué cuenta La piedra oscura? En intensos diálogos, esta obra de teatro recoge la última noche de vida de Rafael R. Rapún, acompañado por Sebastián, un joven que ignora la magnitud del conflicto bélico y que debe vigilarlo en una cárcel situada cerca de Santander. Aunque Rafael R. Rapún murió desangrado a los veinticinco años, el 18 de agosto de 1937, tras ser herido en el frente de la ciudad cántabra, el texto dramático plantea la tormentosa necesidad que el personaje principal siente ­–la noche previa a su ficcional fusilamiento– de pedirle un favor a su joven carcelero: que localice en Madrid a Modesto Higueras y le diga que en un piso de la calle Alcalá están los manuscritos de La piedra oscura (una inédita obra de teatro de García Lorca) y unos poemas que el poeta granadino escribió desesperado y roto de amor por la ausencia de Rafael. Este se siente en parte responsable del asesinato de su amigo, una muerte que le acechaba y que quizá podrían haberla evitado si hubieran emprendido juntos la planeada huida. Y este temor también lo proclama Una Voz ­–un personaje ausente que es el trasunto de Lorca–, cuya confesión llenará de emoción el vacío escenario: “Estoy espantado, Rafaelillo, y quisiera que estuvieras aquí para tranquilizarme. Pero ya no puedo esperarte más en Madrid. No me sirven los amigos de aquí. Me voy a Granada y que sea lo que Dios quiera” (p. 40).

          La obra adquiere una progresiva intensidad dramática, que refleja el remordimiento que Rafael R. Rapún sintió tras caer subyugado ante el torrente de vitalidad de Lorca. También le pide a Sebastián que le diga unas palabras a su familia, ahora que la muerte inaplazable ronda cerca: “Diles que he sido feliz. Que no desperdicié las vida. Que fui y me dejé llevar. Que sentí la alegría de conocer cosas que están reservadas para muy pocos” (p.93).

         La piedra oscura es una breve obra que nos recuerda un tiempo infausto de nuestra historia; en suma, un texto valiente, de gran dramatismo y emoción, que ha recibido los más importantes premios de la crítica especializada.

 

Ediciones Antígona

Título: La piedra oscura

Autor: Alberto Conejero

Prólogo: Ian Gibson

Primera edición: 2013

Octava edición: 2019

sábado, 15 de mayo de 2021

 

 

 

ART GALLEY, Michael Danna, Rob Simonsen

 

 



 

FE DE VIDA, Antonio Colinas

 

 


 

Tecleo este poema que pertenece a uno de sus libros esenciales, Libro de la mansedumbre (1997), y reconozco que con el transcurrir de mi vida he ido admirando cada vez más a este poeta leonés. Son muchos los poemas suyos que forman parte de mi Antología Personal en marcha, esas piezas que releo con deleite y que para mí son esenciales.

         Recuerdo también las palabras que mantuvimos a raíz de la entrega de los premios de poesía de Peñaranda de Bracamonte en 2018. A su juicio, mis poemas premiados en ese certamen tenían una unidad temática y una sencillez formal que los hacían merecedores de un galardón que han obtenido importantes poetas. Aún escucho sus pausadas palabras, como de hombre bueno que no necesita alzar la voz para llegue a quien quiera oírla.

En fin, seguimos en el camino y conservamos aún la fe en la vida y la poesía.

 

 

FE DE VIDA

 

Esperar junto a este mar (en el que nacieron las ideas)

sin ninguna idea. (Y así tenerlas todas).

Ser sólo la brisa en la copa del pino grande,

el aroma del azahar, la noche de orquídeas

en las calas olvidadas.

 

Sólo permanecer viendo el ave que pasa

y no regresa; quedar

esperando a que el cielo amarillo

arda y se limpie de relámpagos

que llegarán saltando de una isla a otra isla.

O contemplar la nube blanca

que, no siendo nada, parece ser feliz.

Quedar flotando y transcurriendo de aquí para allá,

sobre las olas que pasan,

como un remo perdido.

O seguir, como los delfines,

la dirección de un tiempo sentenciado.

 

Ser como la hora de las barcas en las noches de enero,

que se adormecen entre narcisos y faros.

Dejadme, no con la luz del conocimiento

(que nació y se alzó de este mar),

sino simplemente con la luz de este mar.

O con sus muchas luces:

las de oro encendido y las de frío verdor.

o con la luz de todos los azules.

 

Pero, sobre todo, dejadme con la luz blanca,

que es la que abrasa y derrota a los hombres heridos,

a los días tensos, a las ideas como cuchillos.

Ser como olivo o estanque.

Que alguien me tenga en su mano como a un puñado de sal.

O de luz.

 

Cerrar los ojos en el silencio del aroma

para que el corazón –al fin– pueda ver.

Cerrar los ojos para que el amor crezca en mí.

Dejadme compartiendo el silencio

y la soledad de los porches,

la hospitalidad de las puertas abiertas; dejadme

con el plenilunio de los ruiseñores de junio,

que guardan el temblor del agua en las últimas fuentes.

Dejadme con la libertad que se pierde

en los labios de una mujer.

 

(De Libro de la mansedumbre, 1997)

 

jueves, 6 de mayo de 2021

 


 

 

GAVIERAS, Aurora Luque

 

 



 

Decía Philip Larkin que un poema era algo así como un artefacto verbal para cuya existencia se necesita de un creador y de un receptor activos, conscientes. Pero ese poema ha de estar anclado en unas coordenadas semánticas transitivas, es decir, que su significado –extrañado obligatoriamente por los recursos de la literatura y la intertextualidad– no se oculte con capas superfluas (¿?) de artificio formal y cultural. Viene a cuenta esta digresión inicial por la extraña sensación que ha dejado en mí el último libro de Aurora Luque, de quien guardo en mi antología personal de poemas queridos “Eau de parfum”, de Problemas de doblaje, por poner un ejemplo más allá de su conocido libro Carpe noctem

    En este mundo difícil en el que la ponderación en el juicio es poco menos que un fracaso anunciado, son muchos quienes denostan eso que se ha llamado “poesía a corazón abierto” (predominio de los sentimientos), mientras otros se empecinan todavía en defender el gastado “brillo de la forma”. La poesía, esa imprevisible luz que traza el vuelo errante de una mariposa en la noche oscura del poeta, se nutre por igual de ambos principios.

Gavieras es un libro tan interesante y extraño que es difícil decir algo sin errar. ¿Me ha gustado? No lo sé. Premio Loewe 2020, viene con un persistente perfume poético atrapado en hojas de seca poesía. Diría que está escrito con el corazón de la cultura, que es ejemplo de una tendencia que actualiza la tradición clásica, que reivindica los ejemplos femeninos de la cultura, que explora nuevas formas compositivas (prosa poética en “Decálogo de la flâneuse”), que reafirma la intertextualidad (“Tuneando al pirata cojo de Joaquin Sabina”) y que demuestra un dominio exquisito en el uso de la métrica y en las  acertadas figuras retóricas. Y, sin embargo, me deja frío. Valga el siguiente poema en prosa como ejemplo.

 

 

DECÁLOGO DE LA FLÂNEUSE

 

 

Ver construirse el tiempo.

 

Chantal Maillard

 

Flâneuses… su papel en cuatro observadoras, poetas y, sobre todo, ensayistas de la ciudad (…) reivindicar la flâneuse puede ser la manera de denunciar las falacias que hacen del espacio urbano la más férrea plasmación del orden social, cultural, político y económico.

 

Anna Maria Iglesia

 

 

Juramento inicial. Por mis antepasadas, no aceptaré más límites, cancelas en umbrales ni candados. Haré mi ciudad mía, mi laberinto al sol, mi casa grande. Los dedos de los pies sonríen al bajar de la acera. primero de flâneuse: salir sin móvil. Curar la nomofobia.

 

Descubrir el placer de no comprar. Tres excepciones: zapatos de andariega con su nube interior. un libro de flâneuse para leer en bancos, terrazas, céspedes o pretiles. Santificarás al sol sobre las páginas bendecidas y abiertas. Y la moneda para el músico y la música que embellecen las calles. ¿Son los nuevos altares? ¿Oyes cómo esa flauta te facilita claves de vuelo figurado sobre las palmeras?

 

Salvar tus librerías y amar a tus libreros y libreras. Es tu pagana misa semanal: pecado es muy mortal no entrar en ellas. Recordar: el Antihéroe de la nueva flâneuse es aquel Magistral de La Regenta, que mira posesivo la ciudad desde una torre alta, avariciosa, inmóvil.

 

Deambularás. Harás las calles. Preguntarás el nombre de los árboles o los bautizarás si se hallan huérfanos. Preguntarás los sueños a los viejos artistas rotulados en lápidas. Y los saludarás: ¿tu compañera?

 

Amarás una lentitud nueva cada día. Te detendrás a leer la irrepetible escritura de esa frase fucsia de la buganvilla. Te dejo andar, olfato, a ver qué encuentras. Volad, oídos míos, traed ruidos y músicas. Coleccionarás olores diferentes del mar y de las plazas. Los irás bautizando. Oh, lexicografía nueva de la flâneuse.

 

Métodos de paseo: probar los autobuses hacia ninguna parte. Las últimas paradas de las líneas, allí donde se vuelca del plato la miseria. Periferias: bodegas, lecherías, colmenas. Comer fruta llegada de esos huertos cercanos.

 

Hablarás con una anciana los días impares. hablarás con un anciano en los días no impares. Que fluyan sus memorias. Hallarás, como gemas, palabras para tu colección, palabras que jamás estrenaste en tu boca. Qué sabrosas las palabras rodadoras, rodantes, confitadas en tiempo. Será como pescar en plena calle peces secretos, caracolas envueltas en algas, restos de buques, escamas de sirenas.

 

¿tertulias, foros, clubs, ágoras vivas, ateneos? ¿Micromuseos vacíos, amigos de la música, patios frescos, talleres de escultoras, tabladillos, verbenas diminutas, títeres y minúsculos teatros? Con una condición: no aparezcan en las sumisas guías.

 

Los cementerios narran el temperamento arcano de la polis. No desdeñes sus voces. Poemas semiescritos en las tumbas que tú completarás. Plagia a Banksy, deja en aquellas tapias tu grafiti.

 

Y si te invade el ansia de la fotografía, hazla con tus palabras: regresa con un haiku y cuélgalo en el vaho del espejo. Ciudad, aforo libre. Espigarla a lo Varda. Buscar lo infraordinario de Perec. Reavivar los fuegos a lo Woolf. Olvidar los decálogos.

 

 

De Gavieras (2020)

jueves, 29 de abril de 2021

 

 

            TODOS LOS POEMAS (1975-2012),  

            Joan Margarit

 



 

 

 

Releída la obra poética de Joan Margarit (Sanahuja, Lérida, 11 de mayo de 1938-Sant Just Desvern, 16 de febrero de 20211), constato que la emoción que sentí hace años al leer su autobiográfico Joana permanece como una experiencia lectora insuperable. Es cierto que ahora he disfrutado de poemas hermosísimos, que valoro la transparencia expresiva, que agradezco el hilo narrativo que urde en algunas composiciones, pero también creo que son en los instantes confesionales donde su obra alza el vuelo con mayor intensidad. En esencia, los versos de Joan Margarit transmiten emoción, belleza y verdad. En ellos tienen cabida su amor a la familia y especialmente a la hija enferma, la visión luminosa de la naturaleza, la música, el transcurrir del tiempo, la evocación de la infancia durante la posguerra, y las recurrentes alusiones a personajes históricos o a seres que han formado parte de su vida.

 

He aquí algunos poemas que he seleccionado.

 

 

LA MUCHACHA DEL SEMÁFORO

 

Tienes la misma edad que yo tenía

cuando empezaba a soñar en encontrarte.

No sabía aún, igual que tú

no lo has aprendido aún, que algún día

el amor es esta arma cargada

de soledad y de melancolía

que ahora te está apuntando desde mis ojos.

Tú eres la muchacha que yo estuve buscando

durante tanto tiempo cuando aún no existías.

Y yo soy aquel hombre hacia el cual

querrás un día dirigir tus pasos.

Pero estaré entonces tan lejos de ti

como ahora tú de mí en este semáforo.

 

 

NO TIRES LAS CARTAS DE AMOR

 

Ellas no te abandonarán.

El tiempo pasará, se borrará el deseo

–esta flecha de sombra–

y los sensuales rostros, bellos e inteligentes,

se ocultarán en ti, al fondo de un espejo.

Caerán las años. Te cansarán los libros.

Descenderás aún más

e, incluso, perderás la poesía.

El ruido de ciudad en los cristales

acabará por ser tu única música,

y las cartas de amor que habrás guardado

serán tu última literatura.

 

CANCIÓN DE CUNA

 

Duerme, Joana.

Y que este Loverman oscuro y trágico

del saxo de tu hermano en Montjuïc

te pueda acompañar

toda la eternidad por los caminos

que son bien conocidos por la música.

Duerme, Joana, duerme.

Y a poder ser no olvides

tus años en el nido

que dentro de nosotros has dejado.

Mientras envejecemos,

conservaremos todos los colores

que han brillado en tus ojos.

Duerme, Joana. Esta es nuestra casa,

y todo lo ilumina tu sonrisa.

Un tranquilo silencio: aquí esperamos

redondear estas piedras del dolor

para que cuanto fuiste sea música,

la música que llene nuestro invierno.

 

 

Invito a los lectores interesados a visitar la página electrónica del autor: https://www.joanmargarit.com/