El último libro de Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948) contiene todos los aciertos y singularidades que han hecho de él uno de los mejores y más admirados poetas actuales, pero quizá se vislumbre una menor variedad temática, en favor de un discurso más reflexivo. Venir desde tan lejos contiene el decir pausado y claro, la pureza de un pensamiento transparente, la serenidad y el equilibrio clásicos, los aciertos en la métrica y el ritmo, y muchas otras cualidades que advierto en el hermoso poema que comparto:
CUANTO HE OLVIDADO
MÁS de una vez, sentado yo a la sombra
de aquella acacia de mis años buenos,
mientras leía un libro o intentaba
los primeros poemas,
vi caer a mi lado desde el árbol,
dando en el aire giros, casi ingrávida,
la pluma de un gorrión.
No sé por qué me acuerdo de esto ahora,
cuando tanto he olvidado.
Pero el último libro de Eloy Sánchez Rosillo –cuya obra contiene, en su coherente evolución, las mejores muestras de lo que ha ser una poesía elegíaca y también celebratoria– añade ahora la honda emoción de quien siente que, después de todo, el ser humano habrá de enfrentarse a la finitud: “La muerte no se va con el que muere: / alienta entre los vivos y los daña” (p. 30). Y apunta también la posibilidad de que el canto de la poesía pueda un día enmudecer:
“NADA puede afirmarse con certeza absoluta.
Y sin embargo intuyo que el libro que ahora escribo
habrá de ser el último que yo alcancé a decir. […]
Mi vida ha sido larga, pero que corta ha sido.
Titubea la luz que antes ardía
con llamar a hermosa en mi pecho y en mis manos.
Y en el tiempo apagado que tal vez aún me quede,
qué será de quien soy si no me asiste al canto”. (p. 105).
Al compartir esta nota privada de mis lecturas, siento hoy la misma emoción que sentí hace treinta años cuando comencé a leer los poemas de Maneras de estar solo, Elegías y Páginas de un diario, unos libros que el autor me regaló cuando mi mundo, por aquel entonces, era una hermosa aventura apenas iniciada. Ahora anoto algunos poemas que me han gustado mucho –“Venir desde tan lejos”, “Bajo el arce”, “Confiado y conforme”, “Formas de los lejano”, “Mucho”, “Vislumbres y retazos de un todo”–,porque sé que algún día volveré a ellos para encontrarme y para agradecer a Eloy Sánchez Rosillo que los haya escrito y que yo haya podido vivir acompañado por esta poesía tan alta, tan humana, tan bella.
martes, 27 de junio de 2023
QUELLO CHE CONTA, Chiara Civello
EL SUEÑO CUMPLIDO, Eloy Sánchez Rosillo
Mi relación con la poesía de Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948) tiene las virtudes de una buena amistad: fluye sin exigencias ni imposturas, al tiempo que crece con los años mi admiración por ella. Y esto es así porque es una obra viva, transparente, conmovedora.
En 1991 leí por primera vez un libro de este escritor murciano. Fue Autorretratos y creo que en mi formación lectora marcó un antes y un después. En él había una porción de vida verdadera y una escritura clara, propuestas no muy comunes en aquella época. Desde entonces lo he leído y releído. Ahora escojo al azar un libro suyo y me reconforta leer de nuevo el poema “La playa”. De inmediato me traslado a Santa Pola, mi espacio frente al mar, y pienso en mis hijos… Ese trasvase de emociones solo se logra con la buena poesía, y la de Sánchez Rosillo lo es.
Después de haber leído Autorretratos, tuve el atrevimiento de llamarle. En una cafetería de Murcia, le comuniqué mi intención de iniciar un estudio de su obra. Mi objetivo era culminar una tesis que, por avatares de la vida, nunca redacté. De aquel encuentro, guardo el recuerdo de un hombre cordial y generoso. Conservo también los libros que me obsequió y dedicó ese día, el 6 de julio de 1993: Maneras de estar solo (1978) Páginas de un diario (1981) y Elegías (1984)
Este apunte biográfico excede los cauces estrechos de cualquier reseña, pero es obvio que este espacio de escritura es mucho más: es el diario de algunas lecturas que van jalonando mi vida.
Después de haber leído toda su obra poética, he disfrutado de El sueño cumplido (2023), que es, aparte de otras cuestiones que luego señalaré, un ejemplo –infrecuente en el panorama actual– de vocación y de fe en la poesía.
Ocupa la primera parte del libro una extensa y atinada reflexión sobre su quehacer como poeta. Titulada “Garabatos de poética”, es la versión definitiva de un texto que Sánchez Rosillo publicó en los cuadernos Poética y Poesía (Fundación Juan March, 2005), y que para el autor bien pudiera ser la introducción a su obra completa.
Sabido es que su obra es esencialmente poética y que no se desparrama en producciones de otros géneros; que desconfía de los textos que, a modo de poética, pretenden explicar la claves y el misterio de unos versos; y que siempre ha sido partidario de ofrecer poemas en vez de análisis teóricos.
Para Sánchez Rosillo la poesía fue “una fiebre maravillosa” que alumbró su juventud creadora en una época condicionada por la prematura pérdida del padre, por el descubrimiento del amor, por la voracidad lectora en detrimento de los estudios, y por la llamada de la poesía, una experiencia casi religiosa que guio su destino. Lo expresa así: “Desde entonces hasta hoy mi vocación ha sido el centro de mi vida (…). Se trata desde luego de un don del cielo, porque te otorga sin previo aviso no una mera ocupación, sino un destino (…), gracias al cual la vida cobra un sentido nuevo y merece la pena vivirse” (p. 23).
En “Garabatos de poética”, ESR divide su creación en dos partes, sin que reconozca –ni exista– ningún cambio abrupto en su clara expresión ni en su modo de enfrentarse al poema. La primera abarca los cinco libros que van desde Maneras de estar solo hasta La vida (1996), y en ellos sobresale un tono elegíaco común. La segunda parte, desde La certeza (2005) hasta La rama verde (2020), su último libro publicado, muestra una suerte de poesía hímnica, fruto deuna evolución –y de un concepto del tiempo no entendido como pérdida sino como oportunidad de vivir con gratitud lo que disponga la vida–, que el poeta ha explicado convincentemente en varias ocasiones: “En esta visión del mundo no existe pérdida: el tiempo no te quita; sino que te da” (p. 192). En cualquier caso, esta es una singularidad poética que se ha ido urdiendo sin premeditación, al albur caprichoso de la poesía. Para entender mejor en qué consiste esa poesía hímnica –mejor llamarla celebrativa, por el tono esperanzado y luminoso que ofrece– bastaría con leer el siguiente poema recogido en La rama verde:
VERDECILLO
SALIR a la terraza bien temprano
y oírte cantar, tan vivo, en la luz nueva
–que aún está a medio hacer–,
da mucha confianza en este día,
amigo verdecillo,
y ganas de vivir (y de ser bueno).
En El sueño cumplido se hace referencia a que la obra de ESR es claramente reconocible, entre otras cosas porque posee unas cualidades singulares: los poemas surgen al compás de la vida y son el reflejo de su biografía; la emoción es parte esencial, pues sin ella los poemas serían fríos e intransitivos; y, por último, la claridad, que no es engañosa sencillez, sino un rasgo que siempre ha facilitado la comunicación entre el poeta y el lector.
Sobre estos rasgos de su poesía tiene el autor su propia opinión. De la autenticidad escribe: “La poesía vivida con autenticidad (por el poeta y también por el buen lector) proporciona a la existencia una intensidad excepcional y la aligera de banalidades. (…) La poesía nos acerca a la vida en sentido profundo, depara al hombre conciencia del mundo, de su persona y del tiempo completo de su vivir” (p. 27).
Reconoce la importancia de la emoción poética: “La piedra de toque de un poema auténtico es la emoción. (…) Si lo escrito no logra estremecer y producirnos un daño hermoso no es para mí un verdadero poema, no tiene mucho que ver con la poesía mejor. Existe el poema sin emoción (frío, retorcido o alambicado, ingenioso, o incluso chistoso), pero será siempre de muy segundo orden. Un buen poema (tan infrecuente, claro) es aquel que cuando lo leemos nos zarandea” (pp. 32-33).
Acerca de la vinculación entre obra y vida, sostiene: “Toda la poesía que he escrito tiene, según se ha dicho a veces y yo mismo admito, un marcado carácter autobiográfico, y estimo que en Las cosas como fueron podría verse con propiedad una especie de autobiografía poética (el mismo título del conjunto apunta ya en esa dirección)” (pp. 34-35).
Y en cuanto a la importancia de la claridad, Sánchez Rosillo reconoce el constante “proceso de despojamiento que a mi juicio se ha ido produciendo en mi poesía, y de la tendencia cada vez mayor hacia la claridad que lo ha acompañado. (…) Es importante saber, sin embargo, que en la principalísima tarea de ir desechando lo innecesario ha de haber unos límites y que es preciso acertar a detenerse en el momento justo. La poesía no debe adelgazar hasta caer en la anorexia y quedarse en los meros huesos, como en la época de la poesía pura…” (pp.42-43).
El segundo bloque de El sueño cumplido es una amplia antología de poemas en los que la poesía –su valor y su origen– es el tema esencial. Para Sánchez Rosillo, “la poesía precede al poema y al poeta, existe antes que ellos, impregna el mundo” (p. 50). Y como la poesía es un don, su advenimiento y su temática son imprevisibles. De ahí que sea el mismo poeta – tan descreído de lo “metapoético”– el primer sorprendido por el hecho de asumir con naturalidad que en todos sus libros haya poemas en los que se aborde el sentido y el misterio de la poesía.
De manera reiterada, deja claro que el poema no puede buscarse, ni forzarse su escritura, pues solo sirve esperar serenamente su llegada, como quien ve crecer en su interior la vida de un ser que pide paso y se le ayuda a nacer. El poeta se convierte así en un servidor fiel y paciente de la poesía: “Mis poemas han ido surgiendo por sí mismos, no sé cómo, aunque puedo decir que una vez que han comenzado a brotar de su propia semilla he estado a su lado, acompañándolos con el alma en vilo para que llegaran a lograrse por entero” (P. 57).
Entre los muchos poemas que abordan cuestiones relacionadas con la poesía, escojo “Apunte de una tarde” (Autorretratos, 1989), “Haciendo el equipaje” (Sueño del origen, 2011) y “El amor” (La rama verde):
APUNTE DE UNA TARDE
Que otros canten las armas y a los héroes,
los abismos del ser
o la complejidad del universo.
Dejadme a mí que diga la gracia irrepetible
de esta tarde de abril, la efímera hermosura
de la luz, que es mi amiga y que plácidamente
acaricia el papel en el que escribo.
HACIENDO EL EQUIPAJE
HOY vuelvo a la ciudad,
con algunos poemas que aquí he escrito,
bajo el cielo propicio de estos días.
Son tal vez poca cosa, y son, no obstante,
más de lo que soñó la fe que tuve
de que quizá vinieran.
Los meto en la maleta con cuidado.
No pesan nada, ocupan poco sitio.
Pongo también al lado mi alegría,
que en realidad es lo que más abulta
(pero que pesa aún menos).
EL AMOR
PON tus ojos, tu oído, en lo que importa
y atiéndelo despacio,
con rendición dichosa,
hasta que su secreto brote en ti.
¿No ves? Avanza marzo
y florece la rosa en el jardín.
Sin saberlo, es la vida;
mírala
cómo se abre a la luz, con cuánta entrega.
Haz tú otro tanto: unas palabras limpias
–las necesarias sólo–; escúchalas.
Y que se abra el poema.
Constituye la tercera parte una selección de algunas de las entrevistas que le han hecho al autor. En ellas responde, con diversa extensión y profundidad, a cuestiones que ya han sido tratadas en la primera parte, pero que nos permiten conocer mejor algunas claves de su poesía. Conocemos la opinión de Sánchez Rosillo sobre algunos de sus referentes poéticos, esos autores que le han acompañado desde siempre. Cita en primer lugar a Homero: “No es posible prescindir de Homero, tal vez el poeta que más me emociona. Lo que se ha hecho después de él estaba ya de algún modo en su obra, y con una fuerza, una limpieza y una verdad mayores que en casi todos sus descendientes” (p. 108). También ensalza el decir claro y humano de G. Leopardi, a quien ha traducido: “Es el primero en hablar de lo fundamental como hablamos nosotros hoy. Garcilaso, por ejemplo, no hablaba igual que nosotros, aunque lo admiremos muchísimo. El que habla de la intimidad con nuestras palabras es Leopardi” (p. 126). Asimismo, cita a Jorge Manrique, Garcilaso, San Juan de la Cruz, la Epístola moral de A. Fernández de Andrada, Bécquer, Antonio Machado, Emily Dickinson, John Keats, Lorca y Cernuda.
Diferencia entre la tristeza y la melancolía, y reconoce que esta última puede ser un estado que haya facilitado, en alguna ocasión, la llegada del poema (p. 130). La define así: “La melancolía no es tristeza, es una lenta meditación de la alegría, una intimidad” (p. 252). Y también alude a una idea propia de felicidad: “la sensación que tengo de la vida que he vivido es luminosa, una sensación de hermosura y felicidad” (p. 146).
Reconoce que en su obra hay bastantes poemas narrativos –como los hubo en Cernuda y algunos poetas ingleses–, pues gusta de contar los hechos conforme a un planteamiento, nudo y desenlace, al tiempo que procura facilitar al lector unas coordenadas de espacio y tiempo concretas (p. 158).
Insiste en que es imprescindible que el poema tenga su armónica musicalidad, y admite también que su poesía se nutre del poder emocional de la música. Sobre la influencia que la pintura –una sutil plasticidad, más bien– ha tenido en su obra, agradece la amistad y al magisterio de Ramón Gaya: “Es el ser humano más hondo que he conocido. (…) Lo conocí en un momento clave: tenía yo una edad en la que aún es posible echar por un camino o por otro. Su ejemplo ha sido y es fundamental para mí, y su amistad larga una de las cosas más hermosas que me han ocurrido en la vida” (pp. 204-205). Y, por último, a la pregunta sobre el sentido de la poesía y la misión de los poetas, responde: “Para ensalzar la vida y acrecentarla e intensificarla con más vida, y para dar testimonio del misterio del mundo”.
Quienes lean este libro agradecerán que exista en el panorama actual un poeta como Eloy Sánchez Rosillo, alguien que ha sido capaz de entregar su vida a la creación de una obra llamada a perdurar, entre otras cosas porque –como ya se ha dicho– se sustenta en la verdad, la autenticidad, la emoción, la belleza y la claridad.
¡Qué gozo poder leer una obra que nos reconcilia con la poesía y con la vida!
Para quienes quieran conocer el universo poético de este autor, comparto los siguientes enlaces:
He leído con mucho gozo este libro
–uno más en la larga y coherente trayectoria de Eloy Sánchez Rosillo– y
confieso que me resulta difícil comentar sus versos sin caer en un discurso
encomiástico. Además, ¿tiene sentido que mis palabras digan algo de un poemario
tan claro, delicado y bello, que se explica por sí mismo? Las siguientes anotaciones
no pretenden otra cosa que dar noticia de una lectura que me reconforta como
pocas.
He leído toda la obra
poética de este escritor murciano, a quien conocí hace ya muchos años cuando
pretendía escribir sobre su poesía algo parecido a una tesina, propósito que se
desvaneció por razones que no vienen al caso. Desde siempre he admirado muchos
aspectos de la obra de Eloy Sánchez Rosillo: principalmente, su mundo poético y
su discurso sencillo y preciso; la omnipresencia de la naturaleza contemplada
con detalle por un poeta asombrado (el brotar de unas hojas en “A unas
moreras”, la luna, las acacias, el jilguero, esos minúsculos animalillos con
los que interactúa, como sucede en el poema “Un petirrojo”, entre otros); la
captación de un instante, en “Entre dos luces”, sería un ejemplo de
poema-lienzo, en el que plasma el rocío que cubre un trébol, hecho que podría
tener su correlato pictórico –salvando las distancias– en la luz detenida en el
cristal de un vaso pintado por Ramón Gaya; la presencia de la madre (en “Date
prisa”), que de modo omnipresente recorre este y otros libros; la esencialidad que se advierte en poemas que casi parecen un
ideario vital (“Plegaria de cumpleaños”); la plasmación de un instante de
lectura –ya sea de versos de E. Dickinson o de Homero–,interrumpido por la contemplación de la luna
o cualquier detalle minúsculo que acapare la atención sensitiva del poeta; ese hábil
desdoblamiento, con el que el autor se interroga en “Apunte de Bogotá”, un recurso
que ya apareció anteriormente en otros magníficos poemas; y la irreductible
afirmación de la vida que revolotea por toda su obra y que se sintetiza en los
dos versos que cierran “Café Iruña”: “Lo importante es vivir, aunque el vivir
nos duela, /estar vivos del todo mientras dure la vida”.
Acabado el libro, reconozco
con gozo haber vivido como un pájaro lector en la rama verde del árbol poético
de Eloy Sánchez Rosillo, y haberme sentido uno más entre esos jilgueros que
cantan felices al regresar a la acacia de siempre. ¡Qué lectura más gustosa!
Con finalidad
divulgativa, copio dos poemas:
UN AMOR
PON tus ojos, tu oído, en lo que
importa
y atiéndelo despacio,
con rendición dichosa,
hasta que su secreto brote en ti.
¿No ves? Avanza marzo
y florece la rosa en el jardín.
Sin saberlo, es la vida;
mírala
cómo se abre a la luz, con cuánta
entrega.
Haz tú otro tanto: unas palabras limpias
–las necesarias sólo–; escúchalas.
Y que se abra el poema.
LA RAMA VERDE
AY, árbol del vivir,
árbol de la ilusión y de los
desengaños,
de las revelaciones.
Cuando te agita el viento de la edad,
las hojas secas caen.
Pero en la rama aún verde de la
infancia
–la que está más arriba, la que en la
luz se mueve–
canta el jilguero.
lunes, 17 de febrero de 2020
“Como el
viento en la noche”, Antes del nombre,
Eloy Sánchez Rosillo
SIENDO
tan sólo lo que soy, un hombre,
y no el
viento nocturno,
y
estando aquí, tan para siempre lejos,
acudo
–no sé cómo– ciertas noches de luna,
igual
que el viento, buen hermano suyo,
hasta
donde se alza la vieja acacia aquella,
es
decir, a mi infancia. Y allí sigue,
esbelta,
misteriosa y solitaria,
en
abandono triste, irremediable,
perdida
en el inmenso silencio de los campos
junto al
deshabitado caserón.
Me
acerco a ella en la noche como si fuera el viento,
la miro
desde arriba y me enredo en sus ramas,
la hago
sonar,
divago
por su copa, y luego me remanso
al lado
de los pájaros que duermen.
Puedo
ver cómo fluye entre sus hojas
la
delicada luz que desde el cielo cae:
agua de
luna pura,
agua de
estrellas de madrugada.
Aquí me
tienes, vieja amiga, no es
el
viento el que ha venido,
soy yo,
Eloy, aquel de entonces,
que
ahora vuelve, ya con el pelo blanco,
a darte
compañía;
alrededor
de ti giro muy lentamente,
y
seguiré contigo, para que no estés sola,
hasta
que empiece a despuntar el alba.
lunes, 28 de octubre de 2019
HERO,
Family of the year
AVISO DE
CAMINANTES,Eloy
Sánchez Rosillo
En
la suma de días indistintos
que
la vida da al hombre, acaso hay uno
en
que el destino, trágico y hermoso,
pasa
por nuestro lado y el azar manifiesta
una
insólita luz, un desusado
fulgor
inconfundible.
Pero
no has de dudar. Ten el coraje,
cuando
llegue el momento,
de
abandonar las cosas con que siempre
te
engañó la costumbre, y sube pronto
a
ese carro de fuego.
Poco dura
el
milagro.
Después, si te negaras
a
partir, sólo noche
merecerás.
Y nunca, aunque quisieras,
podrás
comprar la luz que despreciaste.
viernes, 13 de abril de 2018
LAS
COSAS COMO FUERON. Poesía completa, 1974-2017,
Eloy Sánchez Rosillo
Acudí al Gran Teatro de Elche convencido de que, durante la lectura que
Eloy Sánchez Rosillo iba a realizar de sus poemas, asistiría a algo único y mágico.
Y fue así, no porque la inmensa mayoría de los asistentes fueran buenos
lectores de la poesía de Eloy, sino porque estábamos allí reunidos compartiendo
un tiempo con un poeta verdadero, el autor de una poesía llamada a perdurar. Su
singularidad y su fidelidad a una manera de entender la poesía como una expresión
clara, honda, elegante y emotiva es un dignísimo ejemplo de quehacer poético.
No pretendo analizar ni las
claves temáticas ni hacer un recorrido sobre su producción al hilo de la
reciente publicación de su obra reunida. Eso me sobrepasa. Quiero dar fe de la publicación de este libro e invitar a
comprarlo, a leerlo, a regalarlo, porque es la suya una poesía rica en matices y
no dejará indiferente a ningún lector. Sólo quiero dejar constancia de que en
el Gran Teatro escuché por vez primera, y en voz del propio autor, un conjunto
de poemas que conozco desde antes del 6 de julio de 1993, fecha
en que me dedicó su primer libro, Maneras
de estar solo.
Sánchez Rosillo intercaló en su
lectura algunos comentarios. Habló de la importancia de la luz en su obra; de
la necesidad de vivir el presente; de gozar de la alegría cuando esta llegue
porque dos veces no se produce ese milagro; aclaró su evolución de la poesía
elegíaca a la poesía hímnica y celebratoria, si bien se mostró reacio a las
clasificaciones reduccionistas; ensalzó el valor de la naturaleza, de los árboles
y los pájaros (“Para escuchar el canto del jilguero/vine yo al mundo”);
reivindicó la visión del paisaje como punto de partida para la reflexión y el
pensamiento emocionado; desdeñó la tristeza porque es intransitiva y
destructora y no se aviene con la esencia de la poesía, que es la creación; no
renunció a esa melancolía puntual, porque su presencia en el poema supone el
reconocimiento de una dicha que se perdió.
En fin, habló de la vida, con
la certeza de que, quién lo diría, siempre soñó ser poeta desde su origen y
cantar las cosas como fueron, para su gloria y la nuestra, sus acólitos
lectores. Gracias.
COMO EL VIENTO EN LA NOCHE
SIENDO tan sólo lo que soy, un hombre,
y no el viento nocturno,
y estando aquí, tan para siempre lejos,
acudo –no sé cómo– ciertas noches de luna,
igual que el viento, buen hermano suyo,
hasta donde se alza la vieja acacia aquella,
es decir, a mi infancia. Y allí sigue,
esbelta, misteriosa y solitaria,
en abandono triste, irremediable,
perdida en el inmenso silencio de los campos
junto al deshabitado caserón.
Me acerco a ella en la noche como si fuera el viento,