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sábado, 14 de febrero de 2026

 








VENTANA ABIERTA, Antonio Moreno



Aúna el último libro de Antonio Moreno (Premio Vitrubio de poesía 2025) la captación del instante y la hondura de un pensamiento emocionado. O dicho de otro modo, el apunte que muestra la belleza de lo minúsculo y las ideas esenciales que pudieran servir como manual de vida: “Ante todo, si acaso quieres ver, no enturbies tu alma. No la emponzoñes con vanas quejas. No existe un mal mayor que tus lamentos, hechos todos de humo e inexistencia. (…) Atiende bien y mira: ver y amar desde siempre fue lo mismo”.


Destacar estos dos enfoques son, no obstante, una simplificación en la medida en que no alcanzan a explicar la propuesta global de Ventana abierta, una obra en la que cada poema es un espacio que da acceso tanto al mundo interior del poeta como al mundo de la luz y de todas las criaturas amadas (mirlos, gorriones, “el más amigo de los hombres”), que embellecen la existencia de quien vive lleno de gratitud. Sirva el poema “Apunte al mediodía” como un ejemplo de “bodegón pictórico”, en el que ensalza el valor de lo “pequeño”:


APUNTE AL MEDIODÍA


Este contraste envuelto en la extrañeza: el sol que se detiene inesperadamente en un tablero con tres vasos vacíos, algunas servilletas de arrugado papel, el amarillo de unos altramuces. Ese secreto de una luz sin límites, distinta en la madera. Y el ruido intempestivo –tal vez vulgar– de unas voces, de rudas carcajadas rápidas, disolventes, distraídas. El sol tan quieto, al otro lado de esas risas.


Prevalece un discurso poético que plasma la conciencia de la finitud: “Increíble parece ahora todo: que hayamos sido, que este mundo sea, que hayamos de pasar igual que sombras, que de ninguno de nosotros deba quedar nada, absolutamente nada. Ni tan siquiera un rastro de palabras” (p. 16). Pero también se reafirma la inquebrantable fe en la vida, a pesar de que seamos –afirma el poeta– “vanos seres tan invisibles como tú en tu nada” (p. 49).  Además existe una sed de transcendencia, que se intuyó en anteriores libros del poeta: “Tal vez seamos ya lo que seremos: invisibles, como antes de haber sido. No espera uno absolutamente nada. Pero cuánto daría por volver a ver allí vuestros amados rostros” (p. 45). En cualquier caso, también se advierte un recuento de la vida, en el que el pasado se ciñe a momentos familiares llenos de emoción, tal y como sucede en “El paseo”. Y, en otras ocasiones, esa mirada a otro tiempo vivido supone un intento de comprenderse, de aceptarse, como se advierte en “Por qué?”.


Hay, a mi juicio, una mirada “nueva” –diría que “social”–, que atiende al presente, que abandona la intimidad del autor y su pasado, y que matiza, al mismo tiempo, la constante presencia de la naturaleza en toda la obra de Antonio Moreno. Ahora esta mirada se centra en los otros, en un deseo de comprender. Bastaría con leer los poemas “Camino del trabajo” y, sobre todo, el extraordinario “31-12-2023”. Igual sucede cuando el poeta, tras ver una casa durante un paseo, se pregunta: “¿Será feliz quien viva en esa casa?”.


En Ventana abierta Antonio Moreno explora el poema en prosa, siguiendo la fértil y diversa tradición que iniciaran Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda, entre otros. No es una prosa poética basada en la acumulación de recursos literarios –nada más lejos de la sobriedad estilística del autor–, pero sí sobresalen una intención y un ritmo logrados. Es un tipo de prosa poética personalísima, despojada de los brillos a los que otros acostumbran. Al mismo tiempo, creo que lo poético está mucho más presente en esta Ventana abierta que en anteriores libros (Alrededores, entre otros), en los que predominaba más lo narrativo. En esta nueva obra, un lector atento podría adivinar heptasílabos y endecasílabos ensartados en un discurso fluido y rítmico.




VENTANA ABIERTA / 5


Un hombre religioso, sin creencias. Sin dogmas ni doctrina ni evangelio. Sin templo con paredes y columnas donde cumplir con ritos o liturgias. Quien se limita a estar de pie y contempla como el que sale de una casa y mira confiándose al aire de la tarde, y se alegra con cosas no esperadas.


Alguien que se limita a estar callado, sin palabras que salgan de su boca. Quien nada más se para a ver lo visto, lo que creyó que ya tenía visto y de repente cobra vida nueva.


Un hombre cuya fe es una ventana con su cristal tan claro y transparente, de par en par abierta al universo.




Título: Ventana abierta

Autor: Antonio Moreno

Editorial: Vitruvio

Páginas: 73

Año: 2026







domingo, 23 de noviembre de 2025





 EN TORNO AL SOL, Antonio Moreno



Quizá sea este libro, junto con otro titulado El laberinto y el sueño (Renacimiento, 2009), el que más se acerque a esa idea de ensayo híbrido en el que Antonio Moreno (Alicante, 1964) demuestra sus indudables dotes de escritor. En torno al sol sigue esa senda, pero a mi juicio amplía la profundidad del discurso hasta convertirlo en una obra que gira alrededor de ese astro que, para el autor, simboliza la alegría de vivir. Apuntalado con abundantes referencias que proceden de ámbitos como la literatura (se cita a Walt Whitman y su fusión poética con el mundo, Vicente Aleixandre, César Simón y Eloy Sánchez Rosillo, entre otros), la astronomía (Newton y Herschel, de quien realiza un brillante análisis), la pintura (Joaquín Agrasot y Mariano Fortuny, cuyo cuadro Viejo desnudo al sol ilustra la portada), y algún texto periodístico, Antonio Moreno es capaz de construir una obra coherente, sin atisbo alguno de esa habitual suma de partes que acaban siendo un todo deslavazado, sino, más bien al contrario, elabora un discurso armónico con una prosa de altísima calidad, en cuyo eje se encuentra el Sol, palabra que ilumina este ensayo con una fuerza centrífuga de gran significación.  

El libro se estructura en dos partes que contienen pequeños capítulos hilvanados por el bagaje cultural de su autor. Y es encomiable el esfuerzo de documentación que lleva a cabo para explicar con claridad algunos conceptos astronómicos, sin desviarse del mensaje nuclear que desea transmitir: “El gusto de vivir ante todo consiste, pues, en ver la luz del sol. Ahí se sitúa nuestro primer motivo de alegría: en el hecho tan simple de hallar la luz” (p. 51). 

Tiene sentido que En torno al sol forme parte de una colección de ensayo titulada Écfrasis, esencialmente porque se trata de un libro en el que –como ya se ha dicho– coinciden sin estridencias materiales diversos, que se muestran además con varias tipologías textuales: ciertos pasajes biográficos, pinceladas de tono memorialista con matices de prosa poética, fragmentos eruditos sobre el universo, y comentarios sobre la pintura y su relación con la luz, entre otras. Y de esta pluralidad, prefiero los textos más cercanos a la vida del autor, como son los comentarios sobre la presencia del sol en su infancia, los baños de sol en la terraza de su casa, y esa luz regalada que acompaña sus paseos y que tan bien describe en el último capítulo (“Las miríadas”), un texto hermosísimo  que recrea, no solo la vida luminosa que transcurre en la plaza del Gallo, en el Raval de Elche, sino que muestra la capacidad del escritor para captar la caricia del sol en todas las cosas creadas. El impulso poético de este capítulo me ha hecho recordar algunas prosas que Antonio Moreno recogió en su libro Alrededores (Pre-Textos, 1995).

Valga como ejemplo de écfrasis (descripción precisa y detallada de un objeto artístico) el texto con el que Antonio Moreno describe el rostro de ese Viejo desnudo al sol: “El personaje no es un ‘personaje’ (con la carga social que esta palabra connota); en ese instante es alguien desplazado, que no interpreta ni encarna nada. Sus manos no se usan, no trabajan ni mendigan; se apoyan detrás, sobre un muro. El cuerpo a su vez descansa en esa pared, y, sobre el airoso cuello, la cabeza se alza e inclina a la izquierda, con un ojo cerrado y el otro apenas entreabierto, como un Diógenes cuyo deseo únicamente se limita a que nos apartemos para que no le tapemos el sol con nuestra sombra. El cuerpo habla y lo que dice –con una pizca de altivez– es que todo sobra porque la luz nos basta (p. 90)”.



Título: En torno al sol

Autor: Antonio Moreno

Editorial: NewCastle Ediciones, colección Écfrasis

Páginas: 173

Año: 2025

miércoles, 23 de abril de 2025

 






            EL VIAJE DE LAS BIBLIOTECAS, Antonio Moreno



Esta nueva entrega de Antonio Moreno (Alicante, 1964) podría considerarse, fundamentalmente, un libro de viajes que contiene hermosas descripciones, algunas referencias literarias y sugerentes reflexiones sobre la vida y sobre el sentido de las bibliotecas en la actualidad.


Cada libro de A. Moreno está vinculado a un momento concreto de su vivir. El autor comparte su fértil mundo menor y su conocimiento de los alrededores que visita. Y el resultado es El viaje de las bibliotecas, unas páginas donde coinciden, por un lado, la realidad exterior visitada y vivida (esto es, unas cuantas localidades próximas a Elche, su epicentro vital) y, por otro, la realidad personal (su sencilla visión del mundo y algunas conversaciones con Bárbara, su compañera de vida). Queda claro que estamos ante un libro que se ha escrito de manera premeditada, es decir, el autor ha convertido en alta literatura sus “viajes de proximidad”, narrados con atención y asombro serenos: “Pero ahora mismo estás convirtiendo estos viajes nuestros en un libro” (p. 178).


El autor nos entrega su visión personal de lo cercano. En cada uno de los doce capítulos del libro, contempla la realidad y reflexiona sobre cuestiones esenciales de la vida. Son tan amenas sus páginas (no por la erudición, sino por la sabiduría) que el lector tiene la impresión de estar ante una sucinta miscelánea, pues, de algún modo, dan cuenta de la pasión de Antonio Moreno por la vida, la literatura, la lectura y el sentido actual de las bibliotecas, entre otros asuntos. Pero aun siendo verdad esta afirmación, no deja de ser parcial, porque este libro de memorias o cuaderno de viajes –lo definiré así, a sabiendas de que es incompleta mi apreciación– es un gran libro, que, por su amenidad narrativa, habría que vincularlo con el extraordinario Estar no estando (un viaje por Extremadura). Unas breves palabras del autor sintetizan su idea de viaje: “Pero viajar no depende tanto de las distancias como de la mirada y el asombro” (p. 75). Por eso creo que a la prosa de este autor le sienta bien la vida al aire libre, ese deambular que, como dijeran Miguel Delibes y tantos otros, coadyuva a que surja un discurso pleno de pensamiento claro y de anecdotario ameno. Destaco los capítulos dedicados a Aspe y Alcoy, donde el lector queda atrapado tanto por las acertadas descripciones –recorremos de la mano del autor los mismos lugares que él visitó– como por la ágil narración.

Antonio Moreno va recogiendo y dejando en cada libro las miguitas de pan de su biografía, un itinerario del que, como lectores, da gusto participar. En este sentido, El viaje de las bibliotecas también puede ser considerado como un libro de memorias, al modo de Azorín y de Juan Gil-Albert, pues el autor reflexiona sobre el dolor de la pérdida (pp. 74-75) y el mutismo de Dios ante ese modo de “oración callada” de los hombres (pp. 38-39); crea bellísimas descripciones de las silenciosas calles de Aspe (quizá uno de los capítulos más agradables, pp.77-94); recrea la biblioteca Gabriel Miró (pp. 14-15), un espacio muy especial en su vida; y comparte, entre otras cuestiones, sus opiniones sobre la poesía y el inevitable olvido que seremos (pp. 66-67).


Como en libros anteriores, el autor sigue fiel a su estilo detallista para insistir en que todo lo minúsculo está pleno de sentido. Y así sucede con esa flor que se obstina en vivir entre dos escalones (p. 47), o cuando concluye algunos capítulos con brevísimos párrafos que dan cuenta de la hermosura del mundo: “Tras el cristal, todo ese orbe asoma como una realidad de luz vivificante, silenciosa” (p. 93). Entonces, la visión propia de la realidad y el estilo personal se retroalimentan en la prosa de Antonio Moreno, lo que podría vincular al autor con esos “primores de lo vulgar” que Ortega y Gasset advirtió en Azorín, con quien comparte nuestro autor no pocos aspectos, algunos de ellos relacionados con la temporalidad y la preponderancia de lo descriptivo. No en vano, Antonio Moreno reflexiona sobre el hecho de que el escritor de Monóvar no congenie con los gustos actuales, debido a que ya no existen la pausa, ni el silencio ni la serena contemplación del mundo, y concluye que, con el tiempo, tal vez vayan reduciéndose sus lectores. Estas reflexiones sobre Azorín también le llevan a compartir la opinión de este escritor sobre los libros: “No más libros, ni más hojas impresas, muertas hojas, desoladoras hojas. Seamos libres, espontáneos, sinceros. Vivamos” (p. 114). Y, a continuación, Antonio Moreno aclara el sentido que tienen los libros en su vida: “Los libros añaden mundo al mundo. Pueden seducir, pero en verdad no sustituyen al mundo. No obstante, a esta edad mía –ni poco ni mucho–, nada de todo eso importa. Sencillamente, los libros están a nuestro lado, dentro de cada día. Sin ellos nuestra vida hubiera sido más pobre, sin duda distinta” (p. 115).


Ese don de mirar que posee el autor para seleccionar elementos de la realidad es una cualidad que ya estaba en sus libros narrativos. Y el resultado estilístico de esa actitud de observación no es una prosa poética (que actúa por acumulación verbal y otros recursos), sino más bien todo lo contrario, la sabia contención de quien embrida su estilo hasta alcanzar un ritmo narrativo elegante y preciso. Sospecho que quien así escribe bebe –literariamente– del manantial sereno de algunos escritores esenciales.


Comparado con otros anteriores, advierto en este libro mayor presencia de un tono bien humorado, aunque existe también una crítica puntual ante ciertos comportamientos o valores que distan mucho del mundo sereno –silencioso– que defiende el escritor.


Esta obra es algo más que un elogio de las bibliotecas, esos espacios que, en su opinión de Antonio Moreno, deben considerarse como una conquista irrenunciable de la sociedad: “Pero en estos días bárbaros y digitales, donde las humanidades y las letras cada vez importan menos, una biblioteca también se parece más a un anacronismo, como los poemas. Por eso es un logro social y un lujo de los pueblos” (p. 52). Es, además, un ejemplo de literatura de calidad, de esa literatura del yo que interpela a todos los lectores, porque habla de nosotros, de nuestros afanes, de nuestra pertenencia a un espacio mediterráneo, de todo lo que nos vincula con la vida verdadera y sencilla. El viaje de las bibliotecas es también un homenaje al valor de la lectura, pero es, sobre todo, un maravilloso viaje.


jueves, 3 de octubre de 2024

 


            SILENTIUM,  Arvo Pärt

                (Los interesados pueden escuchar la pieza 

                MY HEART'S IN THE HIGHLANDS 

                en el siguiente enlace: 

                   https://www.youtube.com/watch?v=YJ5nPemkBQw&t=377s)




                

                





             MY HEART’S IN THE HIGHLANDS, Antonio Moreno



  (Arvo Pärt)



            Mi corazón está en las tierras altas.

            Les pertenece en todo por entero.


            Mi corazón jamás ha sido mío.

            Marcha al amanecer, vacío y pleno.


            Camina hacia la noche con la luz

            roja del sol que va detrás del cerro.


            Me ría o llore, está en las tierras altas,

            viene como un caudal que mana adentro.


            Mi corazón a un tiempo es mundo y nada.

            Mi corazón abraza en mí el silencio.




            Lo inesperado, Renacimiento, 2022 

domingo, 21 de abril de 2024

 






                           CUATRO RETRATOS INCOMPLETOS, 

                           Antonio Moreno




Con este nuevo libro Antonio Moreno cierra –de momento– su proyecto de rescatar su pasado familiar, que inició con El sueño de los vencejos (2019) –unas memorias de infancia y primera juventud– y continuó con Visita de año nuevo (2020) –un sentido homenaje a su madre–.

 

Independientemente del atractivo que pueda tener para un lector actual el conocimiento de las peripecias vitales de los abuelos paternos y maternos del autor, no cabe duda de que por encima de esa materia literaria prevalece una alta exigencia artística que se concreta en un estilo preciso, propio de quien domina sobradamente la narrativa de los libros autobiográficos. El autor reconoce, casi al final de la obra, la singularidad de su propósito de escritura: “Lo chocante es que alguno mire a los de atrás y, como un historiador fantasioso, se siente a la mesa durante algún que otro rato ocioso para escribir sobre ellos, como yo hago ahora” (p. 103).


Negar la evidente conexión que existe entre los tres libros mencionados supondría ignorar que pertenecen a un todo homogéneo, con el que el autor consigue trazar una visión muy completa de sus ascendientes. Durante cuatro capítulos, cuenta las vidas de sus abuelos y abuelas –Ramón Moreno, Soledad Doggio, José Guerrero y Vicenta Fuster–, existencias desiguales e incompletas como las de muchas mujeres y muchos hombres atrapados en la posguerra, personajes a los que no me atrevería a calificar con un solo adjetivo, porque sería un empeño fallido. El texto que leemos es el resultado de pasar por el tamiz del escritor varias fuentes de información: los testimonios escuchados, los recuerdos del autor y el acertado análisis de las fotografías familiares que se incluyen al final del libro.


En Cuatro retratos incompletos ofrece Antonio Moreno ajustadas semblanzas de sus abuelos y abuelas. El libro es, esencialmente, una reflexión necesaria y precisa para comprender las imperfecciones y virtudes que se dan en el seno de cualquier familia. En ocasiones su visión es acerada y crítica: sostiene que los vínculos sanguíneos no garantizan los afectos sinceros, pues son, muchas veces, cadenas que limitan y condicionan a sus miembros. No ahorra alusiones a las injustas preferencias afectivas de algunos familiares, ni a las relaciones tiránicas y chantajistas, ni a ciertas manías y comportamientos que han condicionado muchas vidas. Solo en el epílogo, escrito a partir de una imagen de los progenitores del autor, se advierte un aliento de esperanza que contrarresta cierta grisura precedente. 


Al final del libro el autor se centra en su bisabuelo, Antonio Fuster, un hombre feliz, “una autoridad bienhechora” para la familia, de quien se cuenta su plácida vida en la pedanía de Churra (Murcia). Y también alude a sus padres, quienes posan en una fotografía icónica que para el autor simboliza la alegría de la independencia, esa que da el amor y la esperanza de un futuro compartido. Lo expresa así: “Lo más extraño de todo, no obstante, era que ellos, mi padre, mi madre, también fueran… hijos, descendencia de esas cuatro personas de las que he venido hablando. Aquella berroqueña soledad que los dos eligieron fue su más sólido baluarte. Y es en esta última fotografía donde reconozco con más certeza esa orgullosa independencia, esa feliz emancipación de los vínculos familiares, que desde entonces quedaron rebajados, empequeñecidos en la distancia que el mar y Alicante no tardaron en traer a sus vidas” (112-113).


Por último, Antonio Moreno se refiere a la cualidad liberadora de la poesía, un quehacer que es y ha sido su verdadera vocación, y que le ha servido siempre para intentar comprender el misterio de la vida. 


Estos cuatro retratos están enmarcados con un aclaratorio prólogo (“Como la del ciprés, la sombra de los ancestros es alargada”) y en un luminoso epílogo dedicado a una fotografía clave que “imprime su huella a lo largo de una extenso camino grabado en esa alma denominada memoria”, textos necesarios para comprender mejor cuanto en el libro se narra. Acabada la lectura, tiene uno la impresión de que en Cuatro retratos incompletos el autor ha proyectado sobre su pasado una mirada comprensiva y necesaria.




Editorial: Newcastle Ediciones

Título: Cuatro retratos incompletos

Autor: Antonio Moreno

Año de edición: 2024

jueves, 1 de junio de 2023

 

 



               AL DIOS SIN NOMBRE, Antonio Moreno

 

 

Con este último libro de poesía, publicado en la colección Cálamo de la editorial Menoscuarto, cierra Antonio Moreno (Alicante, 1964) un proyecto poético coherente, iniciado hace muchos años con la publicación de sus primeros libros: Los nombres y el tiempo (1989), que obtuvo el Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández; y Libro del yermo (1993), que logró el Premio Joaquín Benito de Lucas. Desde entonces hasta hoy, el escritor alicantino ha nombrado su mundo y ha tejido una obra coherente de altísima calidad, presidida siempre por una urdimbre temática y formal que lo han convertido en un escritor de referencia. Hago esta categórica afirmación a sabiendas de que el autor quizá considere hiperbólicas mis palabras, pero convencido de que muchos de sus lectores las darán por válidas.  

Al final de esta reseña, ofrezco una relación de las obras que Antonio Moreno ha publicado hasta hoy, pero ahora quiero citar algunas por las que siento predilección: entre sus libros de poesía, destaco La tierra alta, Nombres del árbol, El caudal, Lo inesperado y Al Dios sin nombre; escojo su libro de prosa poética Alrededores; reivindico algunos de memorias (Mundo menor y El sueño de los vencejos, entre otros); y comparto mi fascinación por el extraordinario libro de viajes Estar no estando.

         Hecha esta somera selección de algunos de sus títulos, quiero insistir en que desde su primer libro hasta el último el poeta ha ido enriqueciendo su mundo poético, a la vez que manteniendo unas cualidades propias que hacen que su obra sea reconocible. Bastaría con leer los poemas del libro que reseñamos, “La gota de agua” o “La tormenta”, para confirmar algunos de los rasgos esenciales que definen su poesía. 

 

LA GOTA DE AGUA

 

La gota de agua ignora que es un prisma

donde el sol se deshace hermosamente.

Ni la luz ni la gota buscan nada, 

y sin embargo se recrean yendo

desde el añil y el verde al amarillo,

como pulsando el ser de los colores.

El esplendor del mediodía cruza 

a través de la gota

                           sobre el pétalo,

sobre el grana encendido de la rosa.

Y todo ese fulgor dura en el ojo 

antes de ser vapor disuelto en aire.

 

 

LA TORMENTA

 

Esta emoción perpleja,

mirar pasar las nubes –blancas, grises, oscuras–

fraguando la tormenta,

el fulgor del relámpago y el estruendo del cielo,

una mujer que corre,

un paraguas mojado tras ser recién abierto,

unos cuántos gorriones nerviosos y fugaces

en medio de las ráfagas, volando, huyendo, ¿adónde?,

sin ninguna certeza.

Todo tan silencioso aquí, tras el cristal,

distante, melancólico

porque el mundo suceda –ayer y ahora y siempre–

al margen de nosotros.

 

       Las características a las que me quiero referir son: primero, un pensamiento esencial, que no ahoga el sentimiento del poema, pues se trata de un diálogo metafísico con el mundo, del que extrae una enseñanza de vida; segundo, la presencia de una belleza poética que no pasa inadvertida, y que es el fruto literario de alguien que es capaz de ver la esencia de la poesía en lo minúsculo (cantos de playa, vainas, animalillos, amapolas…), porque el poeta es un ser que está conscientemente en el mundo y es, asimismo, una más de sus criaturas; tercero, una precisión estilística cada vez más acendrada, que confiere a sus versos un decir exacto y claro; cuarto, una excelencia métrica que hace de su poesía canto y ritmo, pues bastaría con analizar la segunda parte de Al Dios sin nombre para admirar los dieciséis poemas dispuestos en perfectos endecasílabos.

Antonio Moreno ha creado un libro hondo, una obra de raigambre clásica y coherente con su tiempo. Si admitimos la noción de unidad temática de toda su poesía, podemos concluir que su último libro es un eslabón más de esa gran obra que se asienta cómodamente en lo reflexivo, lo contemplativo y lo sensitivo. Estructurado en dos partes, con 19 poemas y 16 (si bien la segunda parte sería un único poema), el autor redondea una obra en la que insiste en algunos de sus temas recurrentes.

Prevalece una mirada atenta a la naturaleza, donde el poeta es uno más entre el paisaje. ¡Cuántos vencejos, gorriones, gatos, perros y nubes aparecen en las páginas de sus libros! La admiración por la naturaleza es máxima para quien busca en ella el sentido y el misterio de la vida. Así, en poemas como “Gorriones”, llega a mencionarlos con un apóstrofe e ironiza cuando afirma que cualquier caminante junto a ellos sería poco más que un espantapájaros. Y en el último verso de “Las metamorfosis”, concluye que toda existencia al cabo se reduce a “un trozo de madera que arde y sueña”. Pero todo esto sucede así porque el poeta es un caminante que escucha cuanto ve y siente, como si su ser más hondo estuviera siempre conectado a la vida que late en la naturaleza.

En segundo lugar, se ahonda con aceptación en la conciencia del paso del tiempo (tal y como sucede en el poema “Preguntas”, en el que el autor se cuestiona: “¿Qué clase de hombre /has sido en esta vida?”), hecho que le lleva a aceptar que vivir es algo así como ir desgastándose hasta llegar a un sabio desprendimiento. Asimismo, en el elocuente poema “No”, lo expresa de este modo: “No tengo nada. Nada, / al menos, / que verdaderamente sea mío. / (…) Cada día que nace / me siento menos dueño de las cosas”. Y, como consecuencia del paso del tiempo, comparte su certeza: ha llegado el momento de cuidar de lo esencial, es decir, del alma. Así sucede en el poema “Nuevamente”, mientras el poeta se entretiene contemplando unas nubes.

Otro tema recurrente sería la soledad necesaria para ser y aprender, no la propia de los huraños eremitas. En “Nadie” muestra el callado existir de quien contempla la vida al otro lado de una ventana abierta al mundo y a los otros (p. 18). En esta soledad apetecida son muchas las veces que el poeta se interpela con ese “tú” que es pregunta y es respuesta a un tiempo, afirmación y duda compartidas: “Aprende a estar / tendido, como el gato, en este cénit” (escribe en “Nuevamente”). 

Otro tema importante es el sentimiento de transcendencia, que ya fue tratado en libros anteriores y ahora lo condensa en los versos finales del poema “Lo invisible”: “El silencio del Dios que hubo al principio, / antes de nada. / El que oirás después”. Son varios los poemas donde está ese Dios que es imposible asir, pero sí sentir, porque no tiene nombre y está en todo (léase el titulado “El poema”: “Habla de Dios y a un tiempo lo refuta. / Habla con Dios / pero la vez lo niega.” (…). /Lo halla / en un perro, en el árbol o en la tierra, en sí mismo, en la calle”. En este sentido, pudiera decirse que para Antonio Moreno la realidad es también un elemento transcendente.

Asimismo, quiero insistir en la dimensión religiosa de este poemario. Creo que en ningún libro anterior de este autor tiene lo religioso tanta preponderancia como en el que comentamos. Pero si entendemos, como lo hacía Dámaso Alonso, que todo poema es una búsqueda de lo absoluto, creo que muchas de las creaciones de Antonio Moreno se integrarían dentro de ese acercamiento al hecho religioso, entendido como experiencia imprescindible para entender el misterio de la vida.

Aunque ya estaba presente en otros libros anteriores (recuerdo ahora “Exequias”, de Polvareda, o ese verso que repite “No lo entiendo… La fe que me sostiene”, de Tabla rasa), la presencia de Dios adquiere en este poemario un valor omnipresente. La visión de Dios que alumbra el poeta entronca, tal vez, con el Dios de Spinoza. Para el filósofo neerlandés de origen luso, Dios es y está en la propia realidad y se expresa a través de la naturaleza. Por eso, en la poesía de Antonio Moreno, Dios late en las cosas y en las criaturas que nos rodean. Diría que esta idea maestra es la respuesta del poeta para mostrar su amor a la vida, para celebrar el regalo de existir diaria y calladamente, precisamente ahora que se vislumbra la inexorable llegada de la muerte: “Cada día converso con mi muerte. / Aunque tampoco sepa qué es mi muerte” (poema 8, pág. 49). Y se refiere también a la razón o sinrazón de la fe: “No tiene ya ningún sentido hablar / de la fe que me deja ver tu rostro, / porque tú estás en todo lo presente / igual que en todo lo que nunca veo, / estás hecho de ausencia y de presencia, /de cuanto está ocurriendo y se diluye / en brumas, en vapor con luz, en nubes / que son principio y fin siempre de paso” (poema 11, pág. 52). 

Para comprender este nuevo matiz temático en la poesía de Antonio Moreno, bastaría con leer el poema 13, en el que muestra una suerte de mística contemporánea, como si Dios estuviera presente en la gracia infinita de todo lo que existe.

 

Es todo paradójico, que seas,

en tu vacío, el criador de formas,

el que agosta y derrama, el hacedor

de este caleidoscopio inagotable

donde el mundo se forja y se disgrega.

Uno dice que nace, piensa, vive,

en medio de esa nada que es tu centro,

y no es sino vapor entre las nubes.

Es paradójico que tu silencio

pueda en cambio decir todos los nombres

agrupando el principio y el final;

tú, que jamás has sido nadie, nada,

tan sólo este temblor en nuestro pecho,

la misteriosa forma del amor.

 

Llegados a este punto, creo pertinente reproducir unas palabras que escribió Vicente Gallego en la introducción de la antología, publicada en Renacimiento, con el título El viaje de la luz: “Estos poemas nos hablan chorreando claridades: las del eterno mediodía en los campos del alma…, las de un amoroso sentir que nunca engaña”. 

Quiero insistir en que Al Dios sin nombre es un libro hondo y coherente, que demuestra la acertada labor de un escritor que merece admiración y reconocimiento. Este poemario es la última pieza –por el momento– de un puzle poético que da sentido a una vida dedicada a la creación. Por todo lo expuesto, para mí Antonio Moreno será siempre un grandísimo escritor, un caminante atento que siente el paisaje y escucha el latido de la vida.

 

 

 

____________

 

 

Para los lectores interesados en la obra de Antonio Moreno, ofrezco el listado de sus libros publicados hasta la fecha:

 

Obra en verso

Libro del yermo, Col. Melibea, Talavera de la Reina, 1993.

Solar antiguo, Pre-Textos, Valencia, 1996.

Visión del humo, Pre-Textos, Valencia, 1998

Partes de un todo, Huerga y Fierro, Madrid, 1999

Metafísicas, Pre-Textos, Valencia, 2000

Polvareda, Pre-Textos, Valencia, 2003

La tierra alta, Col. La Veleta, Comares, Granada, 2006

Tabla rasa, Centro Cultural Generación del 27, Málaga, 2007

Intervalo (Poesía reunida), Col. La Veleta, Comares, Granada, 2007

Nombres del árbol, Tusquets, Barcelona, 2010

El caudal, Col. Adonáis, Ediciones Rialp, Madrid, 2014

El viaje de la luz (Antología), Renacimiento, Sevilla, 2014

Cuaderno de Kurtná Hora, Libros Canto y Cuento, Jerez de la Frontera, 2015

Unos días de invierno, Renacimiento, Sevilla, 2016

Más de mil vidas, Renacimiento, Sevilla, 2018

Lo inesperado, Renacimiento, Sevilla, 2022

 

Obra en prosa

Alrededores, Pre-Textos, Valencia, 1995

Mundo menor, Denes, Valencia, 2004

Los espejos del domingo, Renacimiento, Sevilla, 2004

El laberinto y el sueño, Renacimiento, Sevilla, 2009

En otra casa, Isla de Siltolá, Sevilla, 2012

No lejos, Fundación Newcastle, Murcia, 2016

Estar no estando (Un viaje extremeño), Pre-Textos, Valencia, 2016

El sueño de los vencejos, Newcastle, Murcia, 2019

Visita de año nuevo, Newcastle, Murcia, 2020