Mostrando entradas con la etiqueta Colinas Antonio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Colinas Antonio. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de mayo de 2021

 

 

 

ART GALLEY, Michael Danna, Rob Simonsen

 

 



 

FE DE VIDA, Antonio Colinas

 

 


 

Tecleo este poema que pertenece a uno de sus libros esenciales, Libro de la mansedumbre (1997), y reconozco que con el transcurrir de mi vida he ido admirando cada vez más a este poeta leonés. Son muchos los poemas suyos que forman parte de mi Antología Personal en marcha, esas piezas que releo con deleite y que para mí son esenciales.

         Recuerdo también las palabras que mantuvimos a raíz de la entrega de los premios de poesía de Peñaranda de Bracamonte en 2018. A su juicio, mis poemas premiados en ese certamen tenían una unidad temática y una sencillez formal que los hacían merecedores de un galardón que han obtenido importantes poetas. Aún escucho sus pausadas palabras, como de hombre bueno que no necesita alzar la voz para llegue a quien quiera oírla.

En fin, seguimos en el camino y conservamos aún la fe en la vida y la poesía.

 

 

FE DE VIDA

 

Esperar junto a este mar (en el que nacieron las ideas)

sin ninguna idea. (Y así tenerlas todas).

Ser sólo la brisa en la copa del pino grande,

el aroma del azahar, la noche de orquídeas

en las calas olvidadas.

 

Sólo permanecer viendo el ave que pasa

y no regresa; quedar

esperando a que el cielo amarillo

arda y se limpie de relámpagos

que llegarán saltando de una isla a otra isla.

O contemplar la nube blanca

que, no siendo nada, parece ser feliz.

Quedar flotando y transcurriendo de aquí para allá,

sobre las olas que pasan,

como un remo perdido.

O seguir, como los delfines,

la dirección de un tiempo sentenciado.

 

Ser como la hora de las barcas en las noches de enero,

que se adormecen entre narcisos y faros.

Dejadme, no con la luz del conocimiento

(que nació y se alzó de este mar),

sino simplemente con la luz de este mar.

O con sus muchas luces:

las de oro encendido y las de frío verdor.

o con la luz de todos los azules.

 

Pero, sobre todo, dejadme con la luz blanca,

que es la que abrasa y derrota a los hombres heridos,

a los días tensos, a las ideas como cuchillos.

Ser como olivo o estanque.

Que alguien me tenga en su mano como a un puñado de sal.

O de luz.

 

Cerrar los ojos en el silencio del aroma

para que el corazón –al fin– pueda ver.

Cerrar los ojos para que el amor crezca en mí.

Dejadme compartiendo el silencio

y la soledad de los porches,

la hospitalidad de las puertas abiertas; dejadme

con el plenilunio de los ruiseñores de junio,

que guardan el temblor del agua en las últimas fuentes.

Dejadme con la libertad que se pierde

en los labios de una mujer.

 

(De Libro de la mansedumbre, 1997)

 

miércoles, 20 de enero de 2016





LA LLAMA,  Antonio Colinas

Hoy comienzo a escribir como quien llora.
No de rabia, o dolor, o pasión.
Comienzo a escribir como quien llora
de plenitud saciado,
como quien lleva un mar dentro del pecho,
como si el ojo contuviera toda
esa inmensa colmena que es el firmamento
en su breve pupila.

Me enciendo por pasadas plenitudes
y por estas presentes enmudezco.
Lloro por tener cerca una mujer,
por el agua de un monte
que suena entre cipreses en un lugar de Grecia;
lloro porque en los ojos de mi perro
hallo la humanidad, por la arrebatadora
música que quizá no merecemos,
por dormir tantas noches en sosiego profundo
bajo el icono y en su  luz de oro,
y por la mansedumbre de la vela,
que solo es eso, llama.

Comienzo a escribir, y también la escritura
llora, porque respira y quema, porque pasa.
Qué gran gozo sentirme
yo mismo esa palabra que va ardiendo.
(Porque yo también ardo y también paso.)

Contemplo una llama muy quieta en la penumbra
de suaves jardines,
a la orilla de un mar calmo y antiguo,
y me voy encendiendo con la dicha
de saber que no existe otra verdad
que no sea esa llama, es decir,
la del amor que es don y que es condena.

Son llamas las palabras y son llamas los ojos,
que lloran sin llorar por el ser que yo fui
(aquel fuego cansado que temblaba
junto a otros jardines de otro mar)
y por el ser que ahora está mirando
fijamente una llama,
y que es, en soledad, la llama más gozosa.


(De Libro de la mansedumbre, 1997)