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viernes, 27 de enero de 2017








MALA LUNA, Rosa Huertas

Si alguien quiere conocer la importancia de Miguel Hernández en el panorama poético del siglo XX tiene hoy muchos modos de hacerlo, todos complementarios: leer una buena biografía (bastaría con la magnífica de José Luis Ferris, Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta), adentrarse  directamente en su obra (la mejor manera, sin duda) y leer esta obra que paso a comentarles, publicada en una editorial donde se editan libros de literatura juvenil. La buena literatura juvenil es aquella que no se limita a sus potenciales destinatarios, los jóvenes, sino la que es apta para cualquier lector. Hay que luchar contra la invisibilidad crítica que sufre la literatura juvenil, sencillamente porque existe un corpus de obras de tal calidad que permite reivindicar el valor literario y didáctico de este subgénero narrativo.
      Pero qué se cuenta en esta novela. Convaleciente de una operación, José Castillo, el abuelo de Clara, lee en un periódico que un concejal de Cultura, e hijo homónimo de un antiguo amigo suyo, Aurelio Sánchez-Macías, asegura que aún quedan algunos poemas inéditos de Miguel Hernández. La ira que muestra José Castillo sorprende a su nieta Clara, “la más inteligente, la más guapa, la más cariñosa” (p. 20), quien arranca el compromiso de su abuelo para que le cuente los detalles de los últimos días que compartió con el poeta en la prisión de Alicante. A partir de este momento, los diálogos se agrandan como consecuencia de los extensos parlamentos que José Castillo le refiere a su nieta, un casi monólogo que convendría leer en voz alta para advertir toda su emoción (pp. 25-27). El abuelo le encomienda a Clara una ardua labor investigadora: que recabe datos de Víctor, amigo de Clara y nieto de Aurelio, para descubrir si finalmente Aurelio Sánchez-Macías conserva ese cuaderno de tapas negras en el que se supone que Miguel Hernández escribió sus últimos poemas, pues José Castillo vio cómo antes de morir el poeta Aurelio lo sustrajo de entre las pocas pertenencias que poseía.
      Antes de que la historia que Aurelio escribe en el cuaderno que lee su nieto Víctor nos dé cabal información de la vida de Miguel Hernández, el abuelo José cuenta a su nieta los meses que vivió con el poeta en la cárcel. Recuerda la emoción incomparable que sentía cuando Miguel le recitaba poemas: “Esa es la maravillosa cualidad de los verdaderos poetas, que nos hacen sentir lo que ellos sienten, que parece que escriben leyendo nuestra alma (p. 50)”. También recuerda que Miguel le hablaba mucho de unos cuentos que estaba escribiendo para su hijo. Y ese comentario lleva a quien esto escribe a recordar a un antiguo profesor de la Universidad de Alicante, José Carlos Rovira, quien le regaló una edición facsímil de Dos cuentos para Manolito: (para cuando sepa leer). El abuelo reclama toda la atención de su nieta porque es mucho lo que tiene que contarle, consciente de que ella será el último eslabón de esa necesaria memoria histórica, la de del reconocimiento de la verdad. Y no olvida la bondad y el dolor del poeta cuando le decía: “Tristes guerras, José, las que nos convierten en enemigos de nuestros amigos (p. 52)”. Le cuenta también la humillante claudicación que tuvo que sufrir Miguel Hernández al casarse por la iglesia para no perjudicar a su mujer y a su hijo.
       La novela toma su título de un poema de Miguel Hernández: “Yo nací en mala luna”. No solo es un fresco fehaciente de los lugares en los que vivió el poeta (la Glorieta, la plaza Nueva, Benferri, Alicante, las pensiones de Madrid, los lugares por donde anduvo en la capital, las cárceles de Ocaña y las de Alicante…), sino también una prueba palpitante de la noble amistad de la infancia (aparecen Carlos Fenoll y su amigo del alma, Ramón Sijé, el extraño y contradictorio Aurelio Sánchez-Macías, la siempre aludida Josefina Manresa, su futura esposa, el padre severo del poeta…). Pero, es sobre todo, la plasmación de un mundo abocado al enfrentamiento ideológico, la imposibilidad de ser neutral, y la incoherencia de dejarse llevar hasta el extremo de que otros decidan por uno mismo. Este es el caso de Aurelio Sánchez-Macías, a través de cuya pluma conocemos la dimensión moral y literaria de Miguel Hernández. En el cuaderno negro leemos la novela de la vida del propio Aurelio, todas sus bajezas, su admiración y odio hacia Miguel, el dolor que le reconcome por no haberlo ayudado, por dejarse llevar para salvar su pellejo y atesorar a lo largo de su vida una gran fortuna. Aurelio es también un personaje atribulado: conforme avanzamos en la lectura de su novela autobiográfica más miserable se nos antoja y más crece la figura del poeta, aunque al final también se aprecia un intento de redimirlo: “Consuelo Álvarez [la esposa de Aurelio] lo amaba y Raimundo Gómez se consideró su amigo toda la vida. Algo debió de hacer para merecerlos. Algo hizo para merecer el cariño de su nieto (p. 219)”.
     Estilísticamente, la novela presenta dos planos diferencias: una novela escrita en tercera persona, donde un narrador omnisciente nos cuenta la vida de Clara y Víctor, dos jóvenes que se sirven de sus abuelos respectivos, José Castillo y Aurelio Sánchez-Macías, para conocer la relación que ambos mantuvieron con Miguel Hernández; y, por otro lado, la narración en primera persona de Aurelio, que se inserta en medio, y que nos permite conocer las razones por las que actuó de ese modo. Este rememora al final de su vida ese tiempo, y al contarnos el modo miserable en que trató al poeta también quiere resarcirse de su culpa, pedir un perdón más que imposible: “…elegí salvar la vida (p. 135)”. La escritura de Aurelio es siempre emotiva, es la prosa de quien admira mucho a un amigo, la de quien ha sufrido el desencuentro, la de quien reconoce también su altivez sin sentido. A través de su escrito conocemos la biografía de Miguel, su natural bonhomía, su inquebrantable conciencia del deber, la desesperación ante la muerte de su amigo Ramón Sijé el 26 de diciembre de 1935, su fidelidad a la idea de que solo a través de la cultura y la libertad se acabará con las injusticias. Frente a este personaje inconmensurable, resulta abyecto el modo de actuar de los falangistas Diego Ibáñez o Cayetana. Al final, la sensación de verdad que trasmiten las palabras de los amigos de Miguel Hernández son tan vívidas y la fluidez narrativa tan lograda que proporcionan a la experiencia lectora una gran satisfacción.
      Acabada la lectura de esta novela, pienso que debiera ser leída por muchos motivos: para descubrir al hombre y al poeta Miguel Hernández, precisamente ahora que se conmemora el 75 aniversario de su muerte; para no olvidar las consecuencias nefastas de esa lucha fratricida que fue la Guerra Civil; y para descubrir el talento narrativo de una autora, a quien a partir de este momento le hago un hueco entre mis elegidas. Sé que este libro debiera de ir de la mano de la lectura de los versos del poeta, pero esta novela es un gran homenaje a la vida y a la obra del poeta oriolano. Rosa Huertas escribe: “Las palabras que marcan nuestra vida se nos quedan grabadas con un eco de campanas (p. 208)”. Cambiemos “palabras” por “libro” para volver con gozo a esta magnífica novela.


Mala luna, Rosa Huertas,
1ª ed., 7ª reimpr.,
Edelvives, Zaragoza, 2009, 2016



martes, 10 de enero de 2017




ESTAR NO ESTANDO (UN VIAJE EXTREMEÑO),
Antonio Moreno

Si hay una afición en la que se reconozca desde siempre el autor de este libro es la de caminar: “En lo sucesivo al profesor le llamaremos el caminante, ya que él básicamente se ve como un hombre que camina (p.17)”. Caminar en el sentido más literal del término para mirarlo todo y contemplarlo todo, no únicamente para extraer y nutrirse del paisaje, sino para vaciarse en él, para ensimismarse, para retroalimentarse con el silencio. Las citas de César Simón y Cees Nooteboom que preceden a este magnífico libro (digámoslo ya, sin ambages) sugieren cierta connivencia con el espíritu andarín del caminante de “alados pasos” que es Antonio Moreno.
      El caminante mira y piensa y el lector ocasional que soy yo –y espero que usted– camina también con el autor y comparte con él algunas de sus reflexiones. Así que basta abrir Estar no estando para trasladarse a esas tierras extremeñas que tan sabiamente nos describe Antonio Moreno. Desde el principio anuncia que camina no para escribir su viaje sino para alejarse de sus quehaceres, para buscarse en el silencio y en la soledad de los campos de una región a la que se refiere como “el lugar de los silencios (p. 27)”. Hasta llegar al origen del viaje (Mérida), el autor cuenta de manera ordenada su camino: desde la sequedad hermosa de las montañas y cerros de Alicante, “donde un simple junco se cimbrea con la misma intensidad que todas las hojas de los bosques (p. 23)”, pasando por la Mancha donde “el nuevo sol estrena el día dorando los sotillos de pinos y las encinas de las arcillosas planicies de Albacete (p. 24)”, hasta llegar a Atocha, “un hervidero a cualquier hora (p. 25)”. El viaje transcurre por la conocida ruta de la Plata, hecho que le permite al autor rememorar pormenores de la cultura clásica, para concluir que todo viaje no es más que la “anábasis”, es decir, “la propia “expedición hacia el interior” de uno mismo. La contemplación del paisaje, observaciones puntuales sobre los pasajeros y algunas referencias a hechos históricos y literarios confieren amenidad a un estilo siempre elegante y preciso. El pensamiento del caminante enhebra el paisaje que describe, los hombres con los que se cruza, las situaciones que surgen, y todas sus reflexiones abarcan los asuntos más variados: son acertadas sus palabras cuando habla del lastre administrativo que atenaza a la educación, la difícil defensa de la singularidad del individuo ante la hegemonía de lo grupal y colectivo; es certera su afirmación de que hay más escritores que lectores cuando (p. 67) ve cómo algunos caminantes hacen anotaciones en sus cuadernos;  alude a la alta espiritualidad que hay en el gótico sencillo de un templo; se sorprende de la labor museística de Casiano Larios; se acuerda de don Quijote y piensa que “héroe es todo aquel que se entrega apasionadamente al camino y sus azares (p. 85); habla de la “invención” del tiempo (p. 109); frente a la tiranía del divertimento y la forzada alegría que exige la mentalidad de hoy, el caminante no reniega de la buena melancolía, esa que nace del centro de la dicha y anhela vivir en el sosiego (p. 123); valora los libros y el estilo de Josep Pla (p. 148); el carácter agrio de una hostelera le permite hacer un juicio puntual sobre la falta de afecto en el mundo (p. 196); opina sobre la poesía que llega cuando menos se la espera, y acerca de la inutilidad de su búsqueda (p. 199); alude a una caja de fotos que le entrega su madre para que con palabras adecuadas el escritor sea capaz de vencer al olvido (p. 222); no puede dejar de referirse a Juan Acevedo, un facundo personaje, torrencial, terrateniente y profesor universitario que le enseña sus fincas y cortijos (p. 247)… Las últimas páginas de este viaje que compartimos los lectores con el caminante-autor se cierran con una imagen que lo resume todo: igual que una simple alubia en un vaso crece y hunde sus raíces a un tiempo, así el caminante avanza y regresa a la raíz de su vida, a ciertos rasgos de su biografía compartida.
      Caminar, mirarlo todo, pensar, vaciarse en la escritura, este es el ciclo del viajero que no puede desligarse de su condición de escritor, de hombre que fija por escrito su experiencia de vivir. Los referentes culturales también indican un camino: Antonio Moreno ha buceado en los libros sapienciales, en el acervo insondable de la traición grecolatina y en los clásicos hispánicos. Cita a Séneca, Quevedo, Lucrecio (De rerum natura), “el vive oculto” de Epicúreo, el Génesis, el Eclesiastés, “el todo fluye” de Heráclito, el Hesíodo de Los trabajos y los días, Lorca, textos del Gilgamesh y del Mahabharata…: “En su niñez al caminante le impresionaron las recias historias de la Biblia. (…) Aquellas palabras (…) tenían tanta realidad como el sol. Traían el peso del destino. Escritas con sangre porque, en definitiva, proceden de la misma sangre (p. 52)”. La dimensión religiosa cobra presencia: el caminante gusta de visitar las iglesias y lugares sagrados, incluso pertenecería, de existir, a la Hermandad de los Templos Vacíos. El respeto guía sus pensamientos: “Acostumbrado como está a asistir nada más que a oficios de difuntos, al caminante le ha resultado [la misa] bien humorada y aun placentera. Discípulo de Lucrecio y de Horacio, corren por sus venas algunas gotas de sangre epicúrea, de modo que pertenece a la comunidad de lo que él mismo podría llamar los idiotas, es decir, el círculo de aquellos que no se ocupan de los asuntos públicos, sino de los personales. Porque eso es, ni más ni menos, lo que etimológicamente significa la palabra ‘idiota’, alguien demasiado ensimismado, sumido en la propia intimidad, al margen de las cuestiones del ágora (p. 98)”. Hay también alguna alusión a Un pueblecito: Riofrío de Ávila, de Azorín, con quien comulga el autor en ocasiones, y de quien toma para su libro el siguiente texto: “Hay un momento en la vida en que descubrimos que la imagen de la realidad es mejor que la realidad misma (p. 209)”.
      El libro ha de leerse desde el inicio, sencillamente porque el autor cuenta su viaje como fue. Viaje y autobiografía se suceden, como si al compás que camina, el autor regresara también a su pasado y a sí mismo: “Ha pensado que su viaje extremeño con frecuencia se ha convertido en un viaje tiempo atrás, a la infancia (p. 135)”; y más adelante afirma: “Y esta mañana de agua y barro siente el caminante que es hacia él a donde verdad camina (p. 155)”. No estamos ante uno de sus maravillosos libros de prosas poéticas (Alrededores o Partes de un todo), en los que se puede catar a nuestro antojo aquí y allá, sino ante un libro de viaje con ordenada sucesión cronológica. Asistimos a la llegada a Mérida, y el caminante, cansado de trenes, busca un lugar donde dormir. Hay momentos vacíos en los que duda de su presencia en un lugar y se pregunta “y ahora, ¿qué?”. Y entonces echa de menos a su mujer: “¿Qué mayor regalo, se dice a sí mismo, que estar a su lado cada día?”. El caminante recorre los lugares, repara en cuanto ve y rememora momentos de su pasado. Acaparan su atención los nombres de los pueblos, embalses, calles, los bares, los albergues, todo los lugares que hollan los pies del caminante. Desde Mérida se dirige a Aljucén; llega al embalse de Proserpina; va describiendo Alcuéscar conforme se aproxima, y nos revela algunas convicciones en el convento donde se aloja; se encamina a Valdesalor y luego, tras un breve trayecto en autobús, a Casar de Cáceres; hacia el embalse de Alcántara reivindica el sentido de caminar; en Grimaldo se detiene en la descripción del mundo antes de la amanecida; de camino a Carcaboso ha de regresar a recoger su bastón olvidado, un objeto imprescindible porque le marca el ritmo; y más tarde llega a Cáparra, siguiendo las indicaciones de Elena, una mujer que es capaz de dibujar detallados planos sin haber recorrido ningún camino, tan solo escuchando a los caminantes (p. 258); llega a Baños de Montemayor y el viaje extremeño está a punto de acabar. Es un momento clave, porque el caminante piensa que quizá todas las notas que ha ido tomando en su cuaderno azul puedan servir para un futuro libro, un libro que no imaginó –nos dice– cuando emprendió su viaje (p. 275-288).
     En lo que atañe a las cuestiones estilísticas, asistimos, como suele ser habitual en los libros de Antonio Moreno, a una perfecta conjunción de elegancia y precisión. El autor narrador, como ya se ha dicho, está atento a reflexionar a partir de cualquier objeto o situación, pero también es capaz de observar la maravilla de los detalles (esos “primores de los vulgar” azorinianos) y del prodigio de la naturaleza: “Cómo resplandece en esta hora del mundo, qué mansedumbre –siempre– en estos rincones anodinos tocados por la luz del mediodía (p. 62)”.  Convendría, no obstante, matizar lo dicho: el caminante no ofrece su visión detallista y aséptica del paisaje, sino más bien una visión humanizada, una mirada emocionada ante el asombro de cuanto ve e incluso juzga: “Por la ventana abierta se ven los goterones de un nuevo chubasco. El viento, que ha arreciado, empuja el agua, tejiéndola en oblicuas ringleras, como en esos cuadros de aquel pintor japonés, Hiroshige, que representan a unos cuantos hombres cruzando un puente bajo la lluvia. (…) Es muy hermoso (p. 94)”.  No en vano el entorno natural y el silencio de Extremadura subyugan al caminante: “Ya querría yo que los paisajes donde vivo estuviesen la mitad de bien conservados que éstos (p. 137)”. En ocasiones, aparece un humor sutil: véase la escena en la que el caminante declina compartir un melocotón con una frutera algo caballuna; o cuando se refiere al hombre que fuma Camel y aprieta en su mano una cajetilla, como si fuera un hombre del desierto que retiene la ilustración clásica con los dos dromedarios ante unas pirámides. Hay que dejar constancia de un cuidado vocabulario acorde con la realidad en la que el caminante se haya inmerso, ya pertenezcan al ámbito rural, botánico, arquitectónico o filosófico (albardín, tajamar, naumaquia, repullo, álabes, acedía, cazcarrias, valgan de ejemplo).
     Mientras voy acabando este comentario, pienso que su ideal del viajero quizá esté resumido en los tres versos de un poema de Nerval que el caminante comparte con su esposa: “Y me tiendo en la hierba y me escucho vivir, / y me dejo embriagar por el heno oloroso, / y me niego a pensar contemplando los cielos…”. Pienso también que he leído gran parte de este libro caminando a paso lento, y con la misma lentitud me he trasladado a mi infancia y primera juventud en Cabeza del Buey, Almorchón y el Monasterio de Belén, lugares próximos al embalse de Villanueva de la Serena, donde todo era puro, rural y salvaje, una parte de ese todo que es la hermosa Extremadura a la que nos lleva Antonio Moreno. Y de su mano el lector puede recorrer su propio camino y buscarse en lo leído, enriquecerse con su experiencia lectora y con la experiencia del viajero solitario: “La sensación de que no es más que un soplo de aire junto a la luz de los hechos cotidianos, un espíritu que deambula para dar testimonio de las cosas (p. 31)”.
     Acabado el libro, me reitero en lo que siempre he creído: que la literatura es algo así como un archivo sentimental y sapiencial de la humanidad. Este libro de Antonio Moreno es un ejemplo de emoción y sabiduría; es un libro de viaje y un libro de la memoria, un viaje por el mundo exterior y un viaje hacia el mundo interior;  es un libro donde cabe todo lo que el autor quiere que quepa una vez pasado por el tamiz de su mirada, sus sentimientos y sus reflexiones, una escritura siempre presidida por el alto compromiso moral de su autor. 

jueves, 29 de diciembre de 2016






MUJERES, Andrea Camilleri

Andrea Camilleri se aleja en este libro de relatos de Montalbano, el personaje habitual de sus novelas policíacas, para recrear la impronta que algunos personajes femeninos han dejado en su vida. No solo aparecen las mujeres con las que ha convivido físicamente sino aquellas que a través de la literatura y de la cultura en general han dejado en su formación una huella indeleble.
    Los cuentos que más sorprenden son aquellos en los que prevalece lo autobiográfico. Pierden interés los relatos que van precedidos de mucha información histórica, aunque sean datos necesarios para ambientar el relato y comprender el desenlace. Baste un ejemplo: con el propósito de elogiar las cualidades femeninas de Bice,  Camilleri se remonta a la Beatriz de Dante y alude también a la inverosimilitud de la archiconocida Laura de Petrarca. Y este es un aspecto que lastra el desarrollo de algunos relatos. En ocasiones, resultan en exceso digresivas las alusiones a ciertos personajes históricos, novelescos o mitológicos con el fin de establecer ciertas concomitancias con las protagonistas de sus cuentos. Por el contario, cuando las historias se refieren a las mujeres que se relacionan con la biografía del autor los cuentos ganan en intensidad.
     Hay relatos que dejan una grata impresión en el lector: la historia de Sofía refleja una concepción cósmica del amor y el sexo; la valentía de Inés para dejarlo todo y encontrarse con Enrique en Londres invita a reflexionar sobre la fuerza del verdadero amor; la añoranza que siente un capitán noruego de su amada Kerstin sirve de pretexto para incidir en el valor de la espera; mientras que Desideria es una mujer que tiene muchos y distintos deseos, pero lo que más anhela es tener un hijo.
     A pesar de ser un libro desigual, posee una escritura ágil y cautivadora.


jueves, 8 de diciembre de 2016








STONER, John Williams

Esta novela es un recorrido por la vida de un hombre sencillo, el itinerario vital de un joven que abandona los estudios de Agricultura (sus padres tenían una granja cerca de Missouri) para dedicarse a la lengua y literatura inglesas.  Stoner quedó prendado de la Literatura cuando el profesor Archer Sloane le descubrió el sentido del soneto setenta y tres de Shakespeare: “Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte, amar bien aquello que debes abandonar pronto”. Asistimos a un recorrido más o menos cronológico que permite al lector conocer el descubrimiento desbordado del amor que siente Stoner hacia la joven Edith, su inmediato desengaño ante las rarezas y arbitrariedades de su esposa, el nacimiento de su hija Grace (delicada y trastornada por su madre, hasta que decide huir de una manera un tanto humillante), la implicación que siente Stoner hacia la docencia, las disputas departamentales de la Universidad en la que trabaja, su nuevo enamoramiento de Katherine Driscoll…
         Una novela escrita con sencillez, con puntuales descripciones de cierto lirismo y una profundidad transparente para descubrir los sentimientos más recónditos de unos personajes ciertamente antiheroicos.

lunes, 21 de noviembre de 2016




CANTÓ UN PÁJARO |Antología esencial,
Vicente Gallego

Lo primero que llama la atención de este libro es su belleza formal: la delicada ilustración creada por José Saborit, la calidad del papel, las guardas naranjas… Iniciada la lectura de Cantó un pájaro, el lector siente que se halla en una casa acogedora en la que habitamos solamente la estancia más confortable, la de la poesía, al tiempo que se nos veda –como no puede ser de otro modo– el acceso a esas otras piezas donde reside una novedosa concepción filosófica y artística del hecho poético, información que sutil y sabiamente Antonio Moreno desgrana en el prólogo.
     Leído este libro con la atención que se merece, el lector concluye que el poeta es algo así como un médium que recibe el canto de la poesía y la ofrece a los demás pura y en un presente siempre renovado. Aquí la poesía se adentra en la intensidad que le concede su génesis espiritual, o tal vez lucreciana o panteísta del mundo, lo que no ha de entenderse exclusivamente desde una dimensión religiosa. Aunque se deja muy claro en el prólogo cuáles son los referentes de Vicente Gallego (Brines, Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, César Simón, poetas del Renacimiento, la lírica popular, místicos y otros), en el poeta valenciano parece coincidir una concepción de la poesía con tres vértices: el diálogo de un hombre con su presente (a partir de detalles reveladores de una honda visión), el conocimiento (ese adentrarse en la conciencia filosófica del mundo) y una génesis intuitiva –algo de duende, quizá– que no escatima la emoción (cierta tendencia del poeta a diluirse para que su poesía sea un canto ofrecido). Se diría que el poeta recibe la voz auténtica de la poesía y la comparte. Esta idea es la que a juicio del antólogo, Antonio Moreno, guía el quehacer poético de Vicente Gallego. Y este bello poema sería un ejemplo de lo que intento expresar:

EL ASUNTO
A Agustín Araque
Una esquirla del sol
ha encendido la mesa.

La cuchara está viva,
tintinea en la taza.

Cuando no hay nada más,
cómo huele el poleo,
qué blancura el mantel.


    Como se aclara en el prólogo, la poesía de Vicente Gallego ha experimentado una evolución como consecuencia del crecimiento personal del autor, hecho que provoca que solo se muestren los libros publicados a partir de Santa deriva (2002), y se silencien los anteriores, insertos en lo que laxamente se reconoce como poesía de la experiencia. Esto es así, según Antonio Moreno, porque "la poesía ha sido para Vicente Gallego un camino decisivo en su transformación espiritual, para convertirse al cabo en la luminosa conciencia de un alma fascinada que se reconoce en el infinito espejo del universo. Y en este margen no hay más propósito final ni más sociedad que el vivo presente de la poesía, cuyo nombre al fin coincide con palabras como Dios, realidad o naturaleza...". Dicho lo cual, el prologuista justifica la idea de evolución, desde La luz, de otra manera (1998) hasta su último poemario, Ser el canto (2016), basándose en la actitud del poeta, en esa dicha de saberse en el mundo: "aquí, ahora, yo".
     Selecciono un poema para leérselo a mi hijo, cuyos intereses distan mucho de lo que se entiende literario (siendo como es un ser en esencia poético), y le leo uno dedicado a José Saborit:

DELICUESCENCIA

Reventado clavel blanco y distante,
formas breves de un sueño sois vosotras,
altas nubes de junio.

¿Qué sonora alegría le regala
vuestra espuma inocente a la mañana nuestra?
¿Y de dónde nos llega esa emoción
que produce observaros en el día del hombre?

Como nosotros mismos sois vosotras,
y por eso miraros nos conmueve,
altas nubes de junio:
humo limpio de un tiempo en que juntos ardemos.

      Luego, acabo con “En la casa de nadie”, y nos quedamos enganchados hablando sobre estos dos versos: ¿Es posible que muera / lo que amamos? Y concluimos que no, que nada querido muere jamás. Y ahí está a mi parecer toda la esencia de la poesía, en salvar lo que amamos. La muerte adquiere, pues, una especial relevancia en este poemario que reivindica y abraza el presente: Es preciso morir / es preciso callar para que hable / el agua de la fuente.
       Estilísticamente, bastaría con añadir que estamos ante una poesía con una gran cantidad de recursos poéticos (metáforas, personificaciones y antítesis para tensar el contenido) sin que se oscurezca su transparencia: Una voz de mujer / se abrasaba en el canto, masticaba / una rosa de fuego. No obstante, fruto de esa esencialidad, esta poesía reclama una lectura atenta por su alta condensación. Léase cualquier poema, y de inmediato se advierte ese principio juanramoniano de que el arte es ir quitando lo que sobra hasta encontrar la poesía. Pero, a veces, esta poesía se convierte, por mor del acendramiento, en demasiado pura, al menos formalmente.
Compruébese en este poema:

CON EL HUESO
A Ada Salas
¿Se puede dar el hueso del poema
pelado del decir, servido en blanco?

Apaga mi hervidero,
descárname, palabra, y abre mundo.

Y leamos este otro hermoso y breve:

BAJO EL SOL DE FEBRERO

Quién hay que no se alegre
al tomar del almendro,
entre las yemas,
el pergamino rosa
que es su flor,
donde nada hay escrito.
Cotejemos ahora dos poemas para ver ese proceso depuración:
Versión publicada por Visor en 2002 del poema:

ESCUCHANDO LA MÚSICA SACRA DE VIVALDI

A Carlos Marzal y Felipe Benítez

Como agua bendita,
como santo rocío tras la noche de fiebre
lava el alma esta música con su perdón sincero,
fluyente arquitectura que en el aire vertebra
la ilusión de otra vida
salvada ya para gozar la gloria
de un magnánimo dios.

De lo terrestre naces,
del metal y la cuerda, de la madera noble,
de la humana garganta
que estremecida firma la hora suya en el mundo;
y sin embargo vuelas, gratitud hecha música,
evanescente espíritu
que en el viento construyes tu perdurable reino.

Si algún eco de ti sonara en nuestra muerte...

En mitad  de la noche suenas hoy,
cadencioso milagro, pura ofrenda de fe
en honor de ese dios que no escucha tu ruego
o  que escucha escondido, tras su silencio oscuro,
la demanda de luz con que el hombre lo abruma.

Y si no existe un dios,
¿quién inspira en tu canto tan cumplido consuelo,
extraña melodía de blasfema belleza
que a los hombres sugieres su condición divina,
para qué sordo oído
–cuando sea ya el nuestro desmemoria en el polvo–,
en mitad de la muerte, orgullosa plegaria emocionada,
celebras esa frágil plenitud
de no sé qué verano o qué huérfana espuma
feliz
de aquella ola
que en la mañana fuimos?

Veamos ahora, la versión de 2016:

ESCUCHANDO LA MÚSICA SACRA DE VIVALDI

Como agua bendita,
como santo rocío tras la noche de fiebre
lava el alma esta música con su perdón sincero.

De lo terrestre naces,
del metal y la cuerda,
de la madera noble,
de la humana garganta
que estremecida firma la hora suya en el mundo,
y sin embargo vuelas
para que encuentre el aire esta alegría.

Si algún eco de ti sonara en nuestra muerte...

¿Para qué sordo oído
–cuando sea ya el nuestro desmemoria en el polvo–,
en mitad de la muerte,
celebras hoy la plenitud
de no sé qué verano,  
qué ola, qué canción
que en la mañana fuimos?

     Desde la más profunda admiración, hay algo en este libro hermoso e intenso que pica mi curiosidad: aunque son atinadas las palabras del antólogo (¡con qué bello heptasílabo titula su prólogo-exégesis, Danzar en el asombro!) y aunque la selección de los poemas demuestra que estamos ante una poesía transparente, un ejercicio de gratitud ante la belleza de la vida, hay para quien esto escribe tal grado de desnudez expresiva y de ahondamiento espiritual que en ocasiones lastra el disfrute de la experiencia poética. Hay poemas hermosísimos junto a otros que son algo así como algodón de feria, levedad o profundidad intransitiva. De ahí que la emoción que busco en toda experiencia poética no la sienta, como no puede ser de otro modo, en algunos poemas de esta magnífica antología. Y ello quizá se deba a cierta incapacidad mía para disfrutar de ese turbión espiritual que solo Vicente Gallego ("la obra no se busca, la obra se recibe") sabe convertir en poesía y en canto, nunca en doctrina.
     Avanzada la lectura, sorprende un bello poema con claros referentes autobiográficos:

CANTO XLV
Para César Gallego Oliva
Recostado en la cama con mi hijo,
velando su descanso,
reposando en el colmo de quererlo
–pues la noche se acalla y nos lo otorga–
en este amor de Dios,
¿qué puede aquí el olvido malograr?

Lo que en nosotros muere, no era cierto.

Este instante no sabe
de un antes y un después.

Ahora te estoy besando –no lo olvides,
no crezcas vanamente, mi pequeño–
con los labios sin muerte de la luz.


      Leamos este otro poema, en el que el amor es el rey de la casa y, por tanto, se abandona esa insistente referencia al mundo natural:

CANTO XLIX

Es todo tan sencillo, es lo de siempre:
entra el amor en uno y siente uno
que lo hace como Pedro por su casa,
que no hay ya más que hablar,
que no es posible
confusión ya ninguna.

Triunfa el amor y creen
algunos que es locura, y este loco
no puede sino darles la razón,
porque la tienen más de lo que piensan.

Cómo iba yo a pensar –¡qué disparate!–
que llegaría a amar,
que sería el amor, que llegaría
a estar vivo en el fin y en el principio.

Ah locura de amor, no me avergüences.


      Antes de concluir quisiera recalcar que la singularidad de esta poesía se basa en gran parte en la omnipresencia de la naturaleza y en un estilo cada vez más depurado al servicio de la esencialidad. No podemos dejar de insistir en el valor poético que tienen los animales, las plantas y todos los elementos de la naturaleza. Bastaría con releer detenidamente sus últimos libros para reconocer la concepción panteísta y espiritual que el poeta tiene de la naturaleza. Como conclusión, debo decir que Vicente Gallego construye un singular mundo poético de armoniosa acogida, sobre todo para esos lectores que se sientan “espíritus afines” y que conciban la poesía del mismo modo.

martes, 15 de noviembre de 2016




LA ÚLTIMA NOCHE, James Salter

Llego a este libro tras leer la opinión elogiosa de Antonio Muñoz Molina, quien a su vez tuvo en cuenta la del escritor y periodista cultural Marcos Ordóñez. Los libros a fin de cuentas se hilvana con las recomendaciones de quienes nos inspiran confianza. Que James Salter sea un escritor minoritario (también ocupó un espacio de reconocimiento con su acertada novela Años luz), no le quita ni aporta un ápice de valor. Son solo unos pocos cuentos –acaso tres o cuatro– de este volumen que comentamos los que justifican nuestro comentario.
Con un estilo eminentemente dialogado y con mínimas y acertadas descripciones, Salter narra en “Cuánta diversión” la vida de tres mujeres jóvenes (Kathrin, Leslie y Jane). Hablan del pasan del tiempo, de las incertidumbres por casi todo, de la importancia de los hombres en sus vidas, de los amores rotos y sus secuelas, hasta que al final descubrimos que el cáncer avanza en una de ellas tan rápido como el taxis que la lleva de regreso a casa. En “Platino” plantea las nefastas consecuencias de confesar que existe un amor extraconyugal, lo inútil de compartir hasta el último secreto con la persona amada; en definitiva, ahonda en la infelicidad que provocan los celos y la infidelidad. En “Palm Court” plasma la incapacidad de Arthur para decirle a Noreen todo lo que siempre ha sentido por ella, hasta que al final la pierde: “No supo qué lo embargaba, pero en medio de la calle se echó a llorar”. Y en el cuento que cierra el libro y le da título, James Salter elabora el declive de un matrimonio cuyos miembros esperan el momento en que una inyección letal los libere del sufrimiento y de la muerte inminente. Con un desenlace inesperado, este magnífico cuento nos recuerda la película de Alejandro Amenábar, Mar adentro.
En todos los cuentos de James Salter, aparte de su preocupación por tratar los temas constantes del amor, la soledad, el paso del tiempo, las relaciones rotas, hay una concisión y una belleza estilística elogiables. No sé por qué me gustó este detalle descriptivo: “La sombra fina de un olmo alto que había al lado parecía dibujada a lápiz en su fachada”.