Mostrando entradas con la etiqueta TEXTOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta TEXTOS. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de enero de 2018





CAZADOR DE CLARIDADES

La poesía excede los estrechos límites de un poema y se muestra en muchas otras formas de expresión: en la música, en la publicidad, en un paisaje, en un rostro bello, en el color de un lienzo, en un abeto con nieve… Por eso, el poeta ha de estar atento y ser algo así como un cazador de claridades, de sentimientos, de metáforas capaces de expresar con la palabra esa brizna de belleza y verdad que nos hace la vida más hermosa y humana.

Julián Montesinos

domingo, 18 de diciembre de 2016




UN SIMPLE CONTENDOR DE BASURAS,
Julián Montesinos Ruiz

A veces un simple contenedor de basuras sirve para explicar la vida.
     Los dos amigos caminan desde el centro de la ciudad hasta la rotonda donde comienza la carretera de Dolores. Hablan de sus cosas, sus vidas se empapan no solo del frescor de la tarde otoñal, sino de la conversación que fluye y de los silencios necesarios para escucharse mutuamente. Hay quien sostiene que una de las mejores maneras de pensar es abandonarse a la tarea de caminar sin un rumbo fijo. No es esta una cuestión baladí. Existen algunos libros maravillosos que así lo atestiguan (Frederic Gros, Andar, una filosofía; Henry David Thoreau, Un paseo invernal). Estos libros esperan su momento, pero el tiempo de la caminata es mucho más enriquecedor que esta reflexión personal, sencillamente porque los dos amigos danzan sin rumbo ante el asombro de las cosas y de la imprevista conversación que surge. Solo saben que van hacia el sur, tal vez hacia la Alcudia o sus alrededores.
     De repente, entre la oscuridad que parece cernirse sobre las cosas, atisban a una persona hurgando en un contendor. Uno de ellos piensa que tal vez sea un hombre mayor, alguien excluido del sistema del bienestar, un ejemplo evidente de no que hay ni habrá trabajo para todos, un posible destinatario de eso que se habla ahora con cierto escepticismo, la renta básica. Pero no. Es un niño que proyecta la débil luz de su linterna hacia el interior del contenedor. No es más que una luz en la oscuridad, sin atisbo de esperanza en el futuro. Se diría que busca un tesoro, pero tan solo remueve la basura. Parece que ha encontrado algo de valor porque ha sacado una bolsa grande que contiene ropa, zapatos y otras cosas que no pueden verse bien.
     Los amigos siguen su camino. El silencio es ahora más acusado. Uno de ellos quisiera comentar el hecho, pero el otro, de común más parlanchín, ocupa el lugar del silencio con un asunto que parece preocuparle. Le pone ímpetu a la conversación. Al fin hablan de lo que ven, comentan que la sociedad sigue siendo algo parecido a una pirámide, en cuya base se acomodan como pueden los despojados, los desprotegidos, los desahuciados, los pobres, mientras que en la cima apenas hay unos pocos que atesoran casi todo. Uno de ellos comenta que cuando era niño un profesor en el instituto le contó un cuento de "El Conde Lucanor" que hablaba precisamente de este asunto: "Lo que sucedió a un hombre que por pobreza y falta de otra cosa comía altramuces". E incluso es capaz de recitar de memoria un fragmento de "La vida es sueño" que aprendió de joven: “Cuentan de un sabio, que un día / tan pobre y mísero estaba, / que sólo se sustentaba / de unas yerbas que cogía. / ¿Habrá otro, entre sí decía, / más pobre y triste que yo? / Y cuando el rostro volvió, / halló la respuesta, viendo / que iba otro sabio cogiendo / las hojas que él arrojó”.

     Cuando los dos amigos llegan a las primeras rotondas de la carretera de Dolores, deciden regresar porque ya es noche cerrada. Ven las luces de una gasolinera y en frente las de una cadena de supermercados. Los dos siguen pensando en el niño de tez oscura que escarbaba en la basura, pero guardan silencio. Se acercan al centro de la ciudad y cuando se despiden uno de ellos está convencido de que va a ser verdad que la imagen de un niño buscando en la basura de un simple contenedor sirve para explicar la vida y la literatura.

domingo, 2 de octubre de 2016






UNOS DÍAS DE INVIERNO, Antonio Moreno

Cuando camino con Antonio Moreno, vuelvo a casa enriquecido: el afecto calmo que desprende se adhiere al caminante que va a su lado. Unas veces son las palabras que como polen empapan el alma; otras son los silencios que se pliegan hasta hacerse necesarios.
      Hablamos de todo un poco, la mayoría de las ocasiones de cosas nimias; escucho su juicio ponderado; noto que se alegra de lo que le cuento tanto como yo me alegro de sus asuntos.
     Me gusta que el encuentro surja de manera imprevista, que no existan fechas señaladas, que la vida ponga la cita cuando quiera. Suelo, así se lo digo, leer algo suyo antes de verle. Entonces, entro en mi despacho y escojo al azar un libro. Esta vez releí un texto (“El baño”, de Partes de un todo), que Antonio publicó en 1999 y del que hace años escribí una reseña que pronto mostraré en esta bitácora. Me gustó leerlo de nuevo porque mi amiga Carolina me habló de él con entusiasmo mientras compartíamos un breve paseo por la playa en Santa Pola.
      Me despido de Antonio con un abrazo. De vuelta a casa voy leyendo el libro que me ha regalado, Unos días de invierno. Son haikús, tres versos que iluminan la vida con una imagen, un pensamiento, qué sé yo. Son hermosos, frágiles, luz en la penumbra que a veces nos rodea. En su dedicatoria, me alegra mucho que siempre repita tres palabras: Reme, Julián y amistad. Y antes de llegar a los poemitas, leo también con alegría el nombre de Bárbara. La vida se sucede como siempre, como nuestra vieja amistad de siempre.

TODO el sol tiembla
en la cresta del gallo
que pisa el huerto.

*

RIEGO la planta
que tú me diste un día.
Pero no estás.

*

TABARCA flota
quieta en el horizonte.
Mi tiempo pasa.

*

¡SON tantos cielos
los que contempla un charco
mientras se seca…!

*

CASI te piso,
caracol del camino,
rey de lo frágil.

*

¿A qué jugaba
en su niñez quien hurga
en la basura?

*

UN bien, mi tiempo,
esto que ahora mismo
está ocurriendo.




miércoles, 7 de septiembre de 2016




DE LA DEFICIENTE EDUCACIÓN LECTORA
EN EL ÁMBITO EDUCATIVO

Julián Montesinos Ruiz

    Los continuos análisis sobre la calidad del sistema educativo en España ponen de manifiesto, entre otras carencias, nuestra deficiente educación lectora. Desde hace demasiados años, la Educación se balancea en las procelosas aguas de la ideología de los políticos de turno, la abundante burocracia y las teorías educativas empecinadas en cuestiones de convivencia y en abstrusos conceptos sobre rendimientos académicos, como si fuera un barco derrelicto que anhela arribar a la orilla, mientras los alumnos y profesores esperan orientaciones claras y algo de ilusión. Y así estamos ahora, inmersos en los nuevos cambios de una recién nacida LOMCE. A mi juicio, las razones que a continuación exponemos (pudieran ser muchas más) son tanto un análisis de las carencias detectadas como una invitación para buscar soluciones.

         1. No existen en los Centros de Primaria ni en los de Secundaria la figura de el Coordinador de Lectura (tal y como se proponía en el anexo III de la extinta LOCE), una maestro o profesor encargado de enriquecer la formación del profesorado, mejorar la dotación de las bibliotecas, coordinar las lecturas de los diversos departamentos, construir la biografía lectora individual de los alumnos en su tránsito por un IES, inculcar el gusto por la lectura, así como favorecer cuantas actividades vayan encaminadas a convertir la lectura en una práctica habitual, en una actividad equiparable a cualquier otra y, por tanto, debidamente temporalizada y evaluada.

        2. No existe una programación sistematizada y razonable de la lectura en los centros escolares. En los IES no se desarrolla, por lo general, la práctica de la lectura ni de la escritura, sencillamente porque exige mucho trabajo y el tiempo no da más de sí, salvo que se programe la asignatura de manera más procedimental y creativa. En la retroalimentación de las destrezas de la lectura y la escritura incide José María Merino: “Sería más fructífero, desde la perspectiva de la edad del alumnado y de su formación en materia de literatura, que un centro educativo sea, sobre todo, un taller de lectura. Pues solamente leyendo se aprende a escribir”. Digámoslo claramente: la única manera de conseguir que un alumno posea el hábito lector es mediante planes razonados de lecturas razonables, pues solo a través de la frecuentación en el aula y fuera de ella se consigue fortalecer el hábito  lector (Teresa Colomer y Kepa Osoro, entre otros, abundan en esta idea). Las palabras, antiguas en el tiempo, de Pedro Salinas tienen hoy más vigencia y verdad que nunca: “No hay tratamiento más serio y radical que la restauración del aprendizaje del buen leer en la escuela. El cual se logra no por misteriosas ni complicadas reglas técnicas sino poniendo al escolar en contacto con los mejores profesores de lectura: los buenos libros (...) Se aprende a leer leyendo buenas lecturas”. Y de la misma manera, solo escribiendo se puede llegar a dominar las técnicas de las escritura. Pero sucede que en la escuela y en los IES hay que dar cuenta de los excesivos contenidos conceptuales que lastran cualquier intento favorecedor de la lectura y la escritura, hecho que dificulta atender “a lo fundamental” para un futuro individuo: la capacidad de leer y expresarse correctamente, logros que neciamente se dan por adquiridos.

         3. Y esto es así porque prevalece una visión más gramaticalista e historicista que procedimental. En esta misma línea argumentativa, el eminente lingüista y académico E. Alarcos Llorac expuso algunos sabios consejos actualmente desoídos: “La enseñanza gramatical es inútil antes de los 14 años. A los niños hay que darles ciertas píldoras gramaticales –que puedan distinguir más o  menos un sustantivo, un adjetivo y un verbo---, pero no abrumarles con más complicaciones y análisis, porque no los entienden. Hasta los 14 años, nadie reflexiona sobre la lengua que habla, y enseñar teoría gramatical es inútil...”.

         4. Y al mismo tiempo, no existen planes lectores organizados por cursos y nveles de comprensión.  Coincidimos con G. García Márquez en que “un curso de literatura no debería ser mucho más que una buena guía de lecturas”. Actualmente se deja al criterio y voluntad del profesor qué libros han de leer sus alumnos. Sin embargo, la práctica de la lectura requiere de una acción consensuada y de planes lectores sistemáticamente organizados y aplicados en Primaria y Secundaria puede fortalecerse el músculo lector. La lectura no sólo es una técnica que se aprende en los primeros años, sino una actitud, un comportamiento para superar el neoalfabetismo de quienes están atrapados por la pereza lectora que instaura –también– la tiranía de lo audiovisual. Nacemos ágrafos y no lectores, y necesitamos por ello de la frecuentación para adquirir el hábito. Y este hábito solo se logra, en el ámbito educativo, por medio de la creación de planes lectores. 

         5. No se lee también porque el corpus lector es inadecuado. Un plan lector debe estar basado, esencialmente, en libros asequibles para un alumnado con heterogéneos niveles de comprensión lectora (NCL), así como diferentes intereses temáticos. Y en este panorama, un plan lector para Secundaria, para jóvenes de entre 12 y 17 años, debe estar basado, fundamentalmente, en libros de Literatura Infantil y Juvenil (LIJ). La LIJ es un nuevo género de reciente creación. Como diría Jaime García Padrino, la LIJ es una “literatura de transición” para el marco educativo de la adolescencia, y no una “literatura sustitutiva” de la clásica. A muchos libros de esta Literatura Juvenil (a este tipo de lectura próxima a los alumnos) Daniel Cassany los considera “libros anzuelo”, porque su objetivo inicial es “pescar lectores”, para conseguir progresivamente “lectores formados y críticos”.

          6. Padecemos los efectos de una deficiente legislación en materia de educación lectora. Para conocer la génesis del problema habría que atender a la escasa  preocupación que la diversa legislación educativa ha prestado a la lectura, pues siempre se ha incidido en el fomento de la lectura instrumental (una destreza entendida como una herramienta para adquirir información) y se ha arrinconado esa otra lectura literaria  (entendida como un fin en sí misma), que tantos beneficios de toda índole reportan a los alumnos. Veámoslo sucintamente. En la Ley General de Educación (LGE) de 1970 no hay menciones concretas al desarrollo de la lectura. En la LOGSE de 3 de octubre se recogen, entre los diez objetivos generales, dos fundamentales: “Beneficiarse y disfrutar autónomamente de la lectura y de la escritura como formas de comunicación y como fuentes de enriquecimiento cultural y de placer personal”; y “utilizar la lectura como instrumento para la adquisición de nuevos aprendizajes, para la comprensión y análisis de la realidad, la fijación y el desarrollo del pensamiento y la regulación de la propia actividad”. No cabe duda de que estamos ante objetivos educativos referidos a la lectura nunca antes propuestos de manera tan clara y ambiciosa, si bien el desarrollo de las diferentes programaciones de aula de los docentes ha convertido la lectura en una actividad colateral, escasamente temporalizada y evaluada. En el artículo 24 del capítulo V, referido a la Educación Secundaria, de la LOCE se afirmaba: “Las Administraciones educativas promoverán las medidas necesarias para que en las distintas asignaturas se desarrollen actividades que estimulen el interés y el hábito de la lectura y la capacidad de expresarse correctamente en público”.  Por su parte, la LOMCE insiste en que la práctica de la lectura se debe realizar en toda las materias y áreas del currículo, desvinculada de forma exclusiva de la asignatura de lengua y literatura. Además, ha supuesto una innovación metodológica al plantear que se debe llegar a los contenidos curriculares a través de la lectura de diferentes tipos de textos que usen distintos códigos y en formatos y soportes diversos.

        7. Salvo excepciones dignas de elogio, las bibliotecas escolares están ínfimamente dotadas e infrautilizadas. Además, habría que cambiar el enfoque, pasar de una bibliotecas suministradoras de información a espacios de formación lectora (Blanca Calvo y Mercé Escardó, entre otros estudios, insisten en esta idea). En este ámbito, soy consciente de que hay mucho por hacer, tal y como ya expresara hace tiempo el colectivo Bescolar en su Manifiesto por las bibliotecas escolares.

          8. Para promover la lectura en el ámbito educativo el profesor ha de ser el principal mediador. Y siempre ha de saber que el descubrimiento de la lectura es azaroso, circunstancial, y depende de encontrar el libro adecuado en el momento justo. Una de las labores del profesor será mostrarles variadas obras al alumnado: la libertad de elección es el camino para atender a la rica diversidad del aula. No habrá que desilusionarse si los resultados no se corresponden con los objetivos perseguidos: el entusiasmo es el camino para el aprendizaje del hábito lector.

            Llegados a este punto, nos asalta una pregunta ahora que tanto se habla de la conmemoración del IV Centenario de la muerte de Cervantes: ¿quién se atreverá a cambiar el triste panorama de la educación lectora en este país? Quizá lo que falta es criterio para destinar el dinero público a lo fundamental, esto es, al fomento de la lectura y a la dotación de las bibliotecas escolares. Ante este panorama, la creación de la figura de Coordinador de Lecturas se nos antoja algo mucho más fácil y rentable, tanto desde el punto de vista económico como educativo. En definitiva, y parafraseando una viñeta de Forges, se trata de que los jóvenes lean algo más que un simple código de barras.

lunes, 20 de junio de 2016




LAS PALABRAS, ESOS DIMINUTOS SERES VIVOS
Julián Montesinos Ruiz

    Ante la pobreza léxica y los habituales errores lingüísticos que muestran algunos políticos en campaña (la cansina repetición de  sorpasso, las muletillas de ‘por activa y por pasiva’, etc.) se hace necesario reflexionar sobre la conveniencia de enseñar de manera más rigurosa la adquisición del léxico y, de paso, reivindicar la importancia de una correcta expresión.
           Si tenemos en cuenta que un hablante culto maneja en torno a unas 5.000 palabras (dejando aparte el léxico específico de su especialidad profesional) y que un hablante común no supera las 2.000 palabras, no estaría de más insistir, desde el ámbito educativo, en la idoneidad de volver a exigir el aprendizaje de las palabras. No sin cierta ironía, el lingüista Humberto López Morales, parafraseando al lingüista David Crystal, afirmaba que la mayoría de las personas, que antes de comprar un nuevo coche examinarían hasta sus más minúsculas características, ignoran la potencia que se esconde bajo el capó de un diccionario.

          Las palabras nacen pobres, dudando de su posible existencia, sin más abrigo que unos caracteres de unión aleatoria y arbitraria. Vienen al mundo como células caídas de orígenes diversos. La mayoría, según aseguran los sabios de la RAE, son anglicismos, vocablos que designan objetos y conceptos que inicialmente son nombrados en inglés y que acaban, por extrañas combinaciones, siendo castellanizadas. En el último Diccionario de la Lengua Española se incorporan nuevos anglicismos (“backstage”, aunque sería mejor decir “entre bastidores” o atreverse con “plafondo”) y otras palabras amplían su significado (“tableta”). Pero quizá la novedad más sobresaliente sea que de las 93.111 entradas,  19.000 americanismos brillan con luz propia. Este crecimiento no es baladí si se entiende que el número de usuarios del idioma crece con más fuerza allende el Atlántico, de donde llegan propuestas léxicas tan acertadas como las siguientes: “basurita” (esa suciedad que se mete en el ojo), “bicicletería” (establecimiento donde se venden o reparan bicicletas) o “amigovio” (persona que mantiene con otra una relación de menor compromiso formal que un noviazgo).
           A tenor de lo leído, la vida nueva de muchas palabras será azarosa, y su existencia estará marcada por muchos factores que las pondrán en circulación o las recluirán en las celdas del olvido, quietas para siempre en un renglón del diccionario. Como seres vivos que son, cuando las palabras se desarrollan por el uso de los ciudadanos, su futuro depende de contingencias que ni ellas mismas pueden prever. Es lícito que aspiren a una vida útil, pero lo peor que les puede suceder a las palabras es tener una vida agitada, ese andar en boca de todos (y en esto se parecen mucho a los humanos). Porque es cierto que hay palabras comodines que sirven para cualquier situación (“cosa”, “hacer”, “pillar”, “echar”) y otras que van emparejadas y se convierten en frases hechas que todo el mundo usa hasta el hartazgo. Por eso, es conveniente no utilizar las expresiones que tanto se repiten, pues se corre el riesgo de hablar mal y abundar en lo consabido. ¿Por qué hay que decir reiteradamente “poner en valor” en vez de “valorar”? ¿Por qué hay que oír hasta la saciedad que “yo (no) soy mucho de” en vez de “prefiero o no me gusta”? ¿Por qué hay que escuchar hasta el cansancio el socorrido “para nada” o “pilla un curso” (dixit la UMH) o “si eres de App, descárgatela” (dixit el Banco Santander)? ¿Por qué hay que utilizar solo un verbo para afirmar “echo la tarde, echo en el coche, echo la basura”? ¿No hay otros? Conviene no olvidar que las palabras son como esas prendas guardadas en el armario que a veces nos salvan cuando las rescatamos, porque añaden frescura y novedad. Si consideramos que el arte de hablar y escribir bien consiste en la variedad de sonidos, vocablos y estructuras sintácticas, coincidiremos en que nada hay más zafio en el uso del idioma que la repetición de manera gregaria de determinadas palabras y expresiones.
        Y las palabras, como sus usuarios, también envejecen y es seguro que ninguno de los dos saldrá vivo de este circo. Algo de grima da reconocer que en el reciente Diccionario de la Lengua Española, son muchas las palabras (1.350 “fantasmas lexicográficos”) que han dejado de existir. Sin embargo, hay vocablos que se resisten a desaparecer aun siendo conscientes de que los hablantes apenas las liberan de las celdas del diccionario. Son esas “palabras moribundas”, a las que con tanta sabiduría se han referido Álex Grijelmo y Pilar García Mouton, con el propósito de sacarlas de la UCI léxica y darles una segunda oportunidad. Con cuánta alegría leí que el restaurante de El Corte Inglés se denomina “Las trébedes”; qué satisfacción cuando escuché a un locutor de radio decir que “el extremo sacó del cornijal” para referirse a un córner; qué sabor agridulce cuando oí que algunos políticos “cazcalean” porque no paran de moverse y simulan que trabajan pero en realidad poco resuelven; o que en Murcia se ha celebrado un “alboroque” tras finalizar una tarea o para agradecer la asistencia a un sepelio.
         A veces sospecho que tengo pensamientos porque tengo palabras. ¿O será al revés? Y para dar una respuesta coherente a esta pregunta hay que reconocer que es necesario aprender más palabras, porque solo aumentando el caudal léxico, los hablantes podrán nombrar con precisión la realidad exterior y el mundo interior, esto es, los conceptos, los sentimientos, los objetos y las cosas. En este sentido, siguen siendo válidas las palabras del profesor Miguel Caso, quien decía: “Es en el aprendizaje del lenguaje en el que deben centrarse las clases, y no en el conocimiento científico de un sistema de lengua… Manejar lo mejor posible ese maravilloso instrumento de expresar nuestras ideas y nuestros sentimientos y de comunicarnos con los demás, eso es lo que se debe enseñar”. En este sentido, tengo claro que aprender palabras debiera ser una prioridad del sistema educativo, precisamente ahora que se dan por sabidas tantas cosas y que se sabe tan mal lo esencial. De lo contrario, quizá regresemos a ese momento primigenio que describe Gabriel García Márquez al inicio de su novela más famosa: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

lunes, 7 de marzo de 2016




    A VUELTAS CON EL ALMA

   



I.          ALMA, Mariza







II.         MUERTE DE UN APICULTOR, 
               Lars  Gustafsson


Pienso que el alma tiene forma de esfera (si es que tiene alguna forma), una esfera con una luz débil que penetra un poco hasta situarse bajo el relucir de la superficie, semejante a un arcoiris, donde las percepciones y los actos conscientes, como burbujas de jabón, se agitan en remolinos y cambian ininterrumpidamente de color, pero solamente un poco.
Más abajo solo hay huellas débiles de luz, como en las grandes profundidades marinas, y luego ya nada más que obscuridad. Obscuridad, obscuridad. Pero no es una obscuridad amenazadora. Es una obscuridad maternal.

martes, 16 de febrero de 2016






LA HUELLA DE ELSA AGUIAR

Ayer estuve buscando su correo infructuosamente. Abrí cajones para localizar alguna tarjeta suya, pero no tuve éxito. Decidí entrar en Google y escribir su nombre. Siento que el buscador empieza a ser un obituario virtual, un espacio que nos informa de la muerte de las personas que en algún momento empezamos a echar de menos. Al poco, leí incrédulo: “Homenaje a Elsa Aguiar”. La funesta sospecha se confirmó enseguida: Elsa Aguiar se marchó definitivamente en mayo del pasado año.
La conocí en 2004. Fui a verla a Madrid porque ella me llamó y me propuso colaborar con la editorial SM en la elaboración de un plan lector que acabó llamándose "Leer para crecer". ¿Cómo se había enterado ella de que en el sureste vivía un hombre como yo que acababa de leer una tesis sobre literatura juvenil? Recibí su llamada con una inmensa alegría y al momento concertamos una cita. Elsa me recibió en la sede que la editorial SM tiene en Boadilla del Monte (Madrid). Recuerdo ahora el momento: una mujer joven, sobre los treinta y pocos, alegre, de una amabilidad exquisita, con una forma de tratar tan elegante que me hizo sentir especialmente bien. Me enseñó algunos departamentos de la editorial, me presentó al director de entonces, Javier Cortés, y a algunos compañeros y compañeros (recuerdo ahora a la escritora Marinella Terzi). Luego regresé a Elche, mi ciudad, dispuesto a poner lo mejor de mí en ese trabajo. Hablé con ella muchas veces por teléfono y nos cruzamos muchos correos, pues era mucho nuestro empeño en hacer bien el trabajo.
Y ahora, mientras redacto esta nota, después de contarle a mi hijo quién fue Elsa Aguiar, admito que esa mujer contribuyó también a que se consolidara mi reivindicación de la necesidad de la lectura y de la literatura juvenil en el ámbito educativo.
Sé que hay huellas que no se pueden borrar y sé también que mi agradecimiento a su persona no puede ser tardío.
Os dejo el enlace para que descarguéis legalmente el libro homenaje editado por SM, en el que se recogen sus opiniones sobre el mundo de la edición y otros muchos asuntos:
http://www.grupo-sm.com/noticias-sm/noticia/sm-publica-editar-en-voz-alta-un-homenaje-editora-elsa-aguiar

Extraigo del libro el siguiente texto:

Aquel 27 de febrero, Santiago de Chile brillaba bajo el sol
de su verano y nosotros, en el CILELIJ, vivíamos nuestra
segunda jornada de actividades llenos de euforia y buen
rollo. Algo mágico flotaba en el ambiente.
Fue a mediodía, al salir del salón donde celebrábamos
las intervenciones, cuando Elsa y yo echamos a caminar
juntos y, sin más, me cogió de la mano. Como dos críos.
O dos adolescentes.
Tanta inocencia...
Lejos de España, lo mismo que en Madrid o en Barcelona,
el autor y su editora eran mucho más que eso. Eran amigos.
Caminamos un buen rato, en silencio. O hablando, ya no
lo recuerdo. Dos personas cogidas de la mano pueden
transmitirse un sinfín de emociones. Compartimos el
momento y nos dejamos llevar por calles abiertas al sol,
como deberían ser todas las calles de todas las ciudades
del mundo.
Elsa era así. Espontánea, libre, siempre abierta a soltarte
un directo lleno de ternura o reír. Sobre todo, reír.
Aquel paseo fue inolvidable precisamente porque a las
pocas horas pudimos haber muerto en el terremoto escala
8,8 que sacudió Santiago. Hubiera sido el último
recuerdo feliz.
Sobrevivimos y celebramos la vida.
De haber muerto, igual hubiéramos subido al cielo cogidos
de la mano. O me habría rescatado con la suya, en el
caso de haberme ido directo al infierno.
Sí, Elsa era así.


Jordi Sierra i Fabra (escritor)

sábado, 13 de febrero de 2016



LEER, AMAR, VIVIR…


Conforme voy entrando en años, busco cada vez más, a través de los escritos con que apaciento mi espíritu, todo lo que haya de bondad en las almas de quienes escribieron.
Miguel de Unamuno


El oficio de lector sin duda es más placentero y confortable que el de escritor, dado que escribir tiene mucho de trabajo, mientras que la lectura es una culminación de la pereza. A mí, Cervantes y los tebeos del Capitán Trueno me hicieron lector, pero seguramente no escribiría libros si no fuera por Julio Verne.
Antonio Muñoz Molina


Leer es para mí, lo que para Samuel Johnson: ‘Todo lo que nos hace olvidar el aquí y el ahora, todo lo que nos aleja de nuestra circunstancia personal, todo lo que nos ennoblece, todo lo que nos mejora’. Y el placer privado de poseer un libro. Yo he dedicado una parte de mi vida a las letras, y creo que una forma de felicidad es la lectura.
Jorge Luis Borges


Leer es una manera de pasar el tiempo sin que se pierda en el torbellino de ese ocio compulsivo y prefabricado. Hay que ser muy valiente hoy día para enfrentar el tiempo solos, con un libro entre las manos y arropados por el silencio. Leer no para esquivar la vida o para eludirla, sino para saber de qué está hecho el tiempo.
Victoria Fernández


“Vivir ensimismada. Leer. A través de la lectura, dialogar, en silencio con hombres y mujeres contemporáneos y con hombres y mujeres que hace años, quizá siglos, dejaron su mensaje en un libro para que yo lo leyera y lo encontrara en una búsqueda de respuestas a mis preguntas. Y el descubrimiento fascinante de afinidades, respuestas, sugerencias. Leer y leer, clásicos y modernos; libros en español, en otros idiomas…”
Josefina Aldecoa


Se escribe y se lee poesía, no porque sea bonita, sino porque es parte de la humanidad. Se escribe y se lee poesía porque los seres humanos son seres con pasiones. La medicina, el derecho, el comercio son nobles actividades necesarias para mantenernos con vida. Pero la poesía, el amor, la belleza, ésa es nuestra razón de ser.
N. H. Kleinbaum