“Madera viva”, de LA VIDA EN ÁMBAR, Julián Montesinos
Vuelvo a un antiguo libro de poemas con la intención de “retocar” algunos versos. El resultado es el que muestro a continuación. Cada vez me parece más legítimo la posibilidad de modificar, aceptar o renegar de lo escrito. Coincido con Juan Ramón Jiménez en su idea de que el escritor tiene la potestad de hacer lo que considere con su pequeña obra, aunque también es cierto que hay un momento en que conviene no tocar ya más, “que así es la rosa”.
Hace tiempo que puse
un cartel en la casa de mis padres:
“Se vende en barrio obrero hermosa casa
con luminosas vistas a un futuro soñado”.
Más tarde la vendí a un hombre que solía
contemplar los gorriones
en los cables combados de la luz.
Me prometió cuidar los viejos muebles
y colgar algún cuadro de motivos florales.
Ayer volví a esa casa y me detuve
ante una puerta vieja
que ya no me conoce,
que ignora el entusiasmo de aquel niño que fui.
Entonces mi recuerdo atravesó
esa puerta cerrada:
escuché a mis amigos corriendo por las calles,
contemplé aquel mundo jubiloso,
vi de nuevo los árboles que trepé tantas veces,
y en el aire sentí la misma libertad
del niño que jugaba en la calle sin pensar
en los tiempos verbales del futuro.
Frente a una cerradura oxidada,
todo cobró sentido.
Bastó con ese gesto para desmadejar
lo vivido y cruzar con la mágica llave
esa madera viva que me lleva al pasado
y me trae recuerdos
de trigo verde y luz de primavera.
Me cuesta describir la imagen de mi infancia
cuando el recuerdo arde.
Es cierto que esa casa ya no es mía,
porque hace tiempo puse un cartel
para poder venderla:
vivienda con dos plantas grandes y luminosas
y un pequeño jardín con vistas al futuro.
Aún recuerdo el cartel
con esas siete letras de “Se vende”.
Levemente inclinado,
soportaba en silencio el peso de mi vida.
Ahora esa casa ya no me pertenece,
pero nada me impide que me acerque
y toque su madera, que acaricie la llave
que guardo en el bolsillo
para abrir lentamente con mi imaginación
esa puerta dormida y recordar
a quienes me entregaron la dicha de vivir.

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