domingo, 5 de abril de 2026

 




“Madera viva”, de LA VIDA EN ÁMBAR, Julián Montesinos



Vuelvo a un antiguo libro de poemas con la intención de “retocar”  algunos versos. El resultado es el que muestro a continuación. Cada vez me parece más legítimo la posibilidad de modificar, aceptar o renegar de lo escrito. Coincido con Juan Ramón Jiménez en su idea de que el escritor tiene la potestad de hacer lo que considere con su pequeña obra, aunque también es cierto que hay un momento en que conviene no tocar ya más, “que así es la rosa”.




Hace tiempo que puse 

un cartel en la casa de mis padres:

“Se vende en barrio obrero hermosa casa

con luminosas vistas a un futuro soñado”.

Más tarde la vendí a un hombre que solía

contemplar los gorriones 

en los cables combados de la luz.

Me prometió cuidar los viejos muebles

y colgar algún cuadro de motivos florales.


Ayer volví a esa casa y me detuve

ante una puerta vieja

que ya no me conoce,

que ignora el entusiasmo de aquel niño que fui.

Entonces mi recuerdo atravesó

esa puerta cerrada:

escuché a mis amigos corriendo por las calles,

contemplé aquel mundo jubiloso,

vi de nuevo los árboles que trepé tantas veces,

y en el aire sentí la misma libertad 

del niño que jugaba en la calle sin pensar

en los tiempos verbales del futuro.


Frente a una cerradura oxidada, 

todo cobró sentido.

Bastó con ese gesto para desmadejar

lo vivido y cruzar con la mágica llave

esa madera viva que me lleva al pasado

y me trae recuerdos

de trigo verde y luz de primavera.


Me cuesta describir la imagen de mi infancia

cuando el recuerdo arde.

Es cierto que esa casa ya no es mía,

porque hace tiempo puse un cartel

para poder venderla:

vivienda con dos plantas grandes y luminosas 

y un pequeño jardín con vistas al futuro.

Aún recuerdo el cartel 

con esas siete letras de “Se vende”.

Levemente inclinado,

soportaba en silencio el peso de mi vida.


Ahora esa casa ya no me pertenece,

pero nada me impide que me acerque

y toque su madera, que acaricie la llave

que guardo en el bolsillo

para abrir lentamente con mi imaginación

esa puerta dormida y recordar 

a quienes me entregaron la dicha de vivir.


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