domingo, 18 de septiembre de 2022

 

 

 

 

                LA CARTUJA DE PARMA, Stendhal

 

 



 

 

DIARIO DE LECTURA / 439

 

No sé si el verano es el momento más adecuado para leer a los clásicos, pero lo cierto es que con los años vuelvo más a ellos con el fin de ir reduciendo la magnitud de la ignorancia que a todos nos acompaña durante nuestra vida lectora. También es mi manera de alejarme de esa tiranía mercantilista que nos obliga a leer los “demasiados libros” que contaminan los estantes de las librerías. El hecho es que he conseguido acabar La cartuja de Parma, de Stendhal, un escritor decimonónico francés, que por distintas razones nunca gozó de muchos lectores durante su cosmopolita vida.

         Contra mi inicial deseo, leí en primer lugar la introducción de Consuelo Berges, la reconocida defensora de Stendhal y una de las mejores traductoras de literatura francesa. En esas páginas se proporciona suficiente información para descubrir la importancia de esta novela. Concluye que el valor de Stendhal radica no solo en crear un fresco donde coinciden aspectos políticos y bélicos, sino sobre todo en considerar certeramente los sentimientos como motor de todas las acciones humanas. Berges afirma al respecto: “En toda su obra novelesca campea como primer protagonista el amor, tan explícitamente que sería tonto insistir en esto”. Y así es, porque basta seguir la relaciones entre los personajes principales para descubrir la transcendencia que tiene el amor en la vida de los protagonistas. Del joven y apuesto Fabricio se dice que “era uno de esos corazones de fabricación muy delicada que necesitan el afecto de quienes les rodean” (p. 84). Es tan sensible que se emociona ante todo lo que contenga belleza, ya la encuentre en la armonía de un paisaje, en una conmovedora melodía o en los ojos más hermosos.

Aunque se muestra una visión global de la época, sobresalen, como en todas las novelas realistas, unos personajes creíbles. Las pasiones de la corte sitúan a la duquesa Sansevieria, tía de Fabricio, en el centro en torno al que gira todo. Su espectacular belleza, no ajada a pesar de su reciente viudedad, sirve de reclamo para que el inteligente conde Mosca trame un ardid –casarla con un importante hombre de Parma– con el propósito inicial de que nadie sospeche de la relación entre ambos. Por su parte, los padres de Fabricio viven recluidos en los alrededores del lago de Como y llevan una existencia gris. Sansevieria siente una honda predilección por su sobrino, a quien llega a adorar. Así lo define Stendhal: “A su regreso de Francia, Fabricio le pareció  (…) como un extranjero muy guapo al que hubiera conocido mucho en otro tiempo. Si él hubiese hablado de amor, ella le habría amado” (p. 135). La posterior condición de religioso no impide a Fabricio verse inmerso en múltiples pasiones y situaciones escabrosas. El personaje se muestra indefenso ante la belleza, pero poco a poco va madurando y se preocupa por mantener limpia su conciencia. Sus atributos (la bondad, la alegría, la inteligencia) no solo provocan los celos del conde Mosca, sino la animadversión de otros personajes irrelevantes dispuestos a matarle. En esas circunstancia busca el consejo y el consuelo del viejo abate Blanès, un sacerdote a quien considera su mentor, una vez que su padre, el marqués del Dongo, y su primogénito, Ascanio del Dongo, llevaron a cabo la denuncia contra Fabricio por su ingenua defensa de Napoleón, hecho que condicionó toda su vida.

         La personalidad de Fabricio va adquiriendo matices quijotescos. Posee un alma impetuosa, al tiempo que limpia de odios y rencores hacia los demás: “Era una de esas almas raras para quienes representa un remordimiento eterno una acción generosa que pudieron realizar y que no realizaron” (p. 199). Se muestra enamoradizo, y lo es hasta tal punto que peligra la vida de arzobispo que su familia había previsto para él. Se queja de no haber sentido ni gozado del amor, pero se sabe frágil y deslumbrado ante la belleza. Cree sentir un amor juvenil hacia Aniken, atracción ante la dulcísima Marietta, fascinación por la atractiva cantante Fausta, por la belleza extraordinaria de la delicada Clelia (un personaje que es determinante en el desenlace final de la novela), y sobre todo por su tía, la inconmensurable Sanseverina, una hermosa mujer enamorada de su sobrino y capaz de tramar el modo en que Fabricio ha de escapar de la prisión donde se consume. El magnetismo que existe entre tía y sobrino no reduce el dolor que en determinados momentos sufre Sanseverina ante la inviabilidad de ese sentimiento amoroso. Así lo expresa ella: “¡Si yo tuviera la alfombra mágica –se dijo– para sacar a Fabricio de la ciudadela y refugiarme con él en algún país afortunado donde no pudieran perseguirnos! Por ejemplo, París” (p. 341). Sin embargo es Clelia, quien en el tramo final de la novela adquiere mayor protagonismo. Presionada por su ambicioso padre, el general Fabio Conti, para que se case con el más rico del lugar, el marqués Creszenci, vive sometida a las contradicciones que le dictan su corazón: adora al inestable Fabricio y rechaza la propuesta de su padre. Hermosas son las páginas en las que los jóvenes “conversan” mientras Fabricio permanece preso en la torre de Farnesio. Aunque todos desean que Fabricio escape de la torre, él valora la cercanía de Clelia hasta el punto de querer estar siempre a su lado, aunque eso suponga seguir privado de libertad. Solo la perseverancia de la duquesa Sanseverina y de Clelia harán que Fabricio se proponga huir: “El amante piensa más a menudo en llegar a su amada que el marido en guardar a su mujer; el preso piensa más a menudo en escaparse que el carcelero en cerrarle las puertas; por consiguiente, por grandes que sean los obstáculos, el amante y el preso tienen que lograr su empeño” (p. 394). El alma enamoradiza de Fabricio despierta de su letargo cuando, al predicar en una iglesia, descubre el rostro bellísimo de la joven Anetta Marini (p. 569), personaje que sirve para precipitar el desenlace de una novela que en las últimas páginas se resuelve de manera brusca.

Tanto la descripción de la campiña italiana como francesa refleja esa atención que los realistas sentían para situar con veracidad las coordenadas espacio temporales de sus obras, pero, logrado este aspecto, en Stendhal se advierte una delicada selección de elementos descriptivos que dotan a su estilo de gran elegancia. Si obviamos algunos pasajes en los que se entretienen en exceso con las explicaciones de diversos asuntos políticos y de personajes relevantes de los ejércitos, la obra se torna interesante y se lee con fluidez. Y es así porque una de las ideas que preside el quehacer literario de Stendhal es la búsqueda incansable de la claridad. Así escribe el propio autor a su admirado Balzac, el mayor defensor de La cartuja de Parma: “No veo más que una regla: ser claro (…). El estilo no será nunca demasiado claro, demasiado sencillo…” (p. 22).

Acabada la novela, uno salva la prosa psicológica de Stendhal y la capacidad para adentrarse en los sentimientos del ser humano, tal y como se advierte en el amor puro que sienten Fabricio y Clelia (pp. 518-519). Al mismo tiempo, al lector coetáneo pueden resultarles farragosos los pormenores sobre cuestiones dinásticas y las referencias políticas, aunque algunos consejos servirían para explicar la realidad de muchos gobiernos actuales: “¿Cómo no robar en un país donde el reconocimiento de los más grandes servicios no dura ni siquiera un mes?” (p. 495). O esta otra información sobre la conveniencia de alejarse de la política: “El hombre que se acerca a la corte compromete su felicidad, suponiendo que sea feliz, y en todo caso hace depender su porvenir de las intrigas” (p. 515).

         Por otra parte, sorprende que Stendhal abandone su condición de narrador objetivo y reafirme su condición de autor que participa en primera persona (p. 202 y 474) e interpela al lector, como si fuera el cronista omnisciente de una época y de una ciudad.

         Antes de finalizar este comentario, comparto un recuerdo. El ínclito crítico Ricardo Senabre acostumbraba en sus reseñas de ABC Cultural a concluir sus palabras indicando algunas erratas y algunos errores de expresión. He estado tentado de hacer lo mismo. Tan solo sugiero una concienzuda revisión. Mi ejemplar se publicó en 1993 en el sello Alianza Editorial.

 

Alianza Editorial, cuarta reimpresión (1994).

Título: La cartuja de Parma.

Autor: Stendhal.

 

 


jueves, 1 de septiembre de 2022

 

 

 

                    MENTIRA, Care Santos

 

 

 



 

 

DIARIO DE LECTURA / 438

 

 

A veces, hago caso a mis alumnas y alumnos y decido leer un libro que me recomiendan. Por eso he devorado Mentiras de Care Santos, una novela que recibió el Premio Edebé de Literatura Juvenil en 2015. Es la primera novela de una tetralogía compuesta, además, por Verdad (2017), Miedo (2019) y Ben (2021).

         En la nota final la autora declara que “emocionar” a los lectores es el objetivo que persigue con cada nuevo libro; es decir, transmitir a los jóvenes la misma intensidad emocional que ella sintió cuando leía en su adolescencia. Y doy fe de que al cerrar el libro, he sentido ese mismo escalofrío tan fácil de identificar con la emoción.  

Para escribir esta novela hay que tener ese don de la escritura necesario para atrapar a los lectores. Entre los muchos logros que demuestra Care Santos, sobresale su capacidad de hilvanar una historia con sencillez, y su habilidad para insertar la extensa “carta” de Éric sin que la novela pierda verosimilitud ni interés.

         El poder del amor que vence a las injusticias, el valor de los libros para educar integralmente a los jóvenes, y la crítica de un sistema social que genera desigualdades son algunos de los temas que se plantean en esta novela.

         Que Éric sea el hijo “abandonado” de un camionero y una prostituta que huye a Londres no le impide, a pesar de vivir en un mundo de perdedores, convertirse al final de la novela en un joven de nobles propósitos. Por su parte, la joven Xenia representa la esperanza en un mundo mejor, un ejemplo de compromiso con la verdad.

Una buena novela que hará reflexionar y disfrutar a quienes la lean.

 

 

 

Título: Mentira.

Autor: Care Santos.

Editorial: Edebé.

Año de publicación: 2015.

Páginas: 249.

Premio Edebé de Literatura Juvenil 2015.

 

 


viernes, 26 de agosto de 2022

 

 

          MALASANTA, Antonio Tocornal

 

 


DIARIO DE LECTURA / 437

 

 

¿Qué decir de este catálogo de vidas rotas que Antonio Tocornal ofrece con el sugerente título de Malasanta, una obra que ha recibido el XLI Premio de Novela Felipe Trigo? Miro mis notas de lecturas y compruebo que todas insisten en lo mismo: magnífico estilo literario, alto nivel de exigencia en la selección de cada palabra, en la rítmica construcción de cada párrafo, demostración de que este autor es una maestro en la creación de personajes antihéroes que reptan por las cloacas del sistema, pero toda esta maestría está al servicio de una novela con altas dosis de brutalidad, con una recreación detallista –¿tremendista?– quizá no apta para lectores con sensibilidades diferentes. ¿Cómo recomendar esta novela –y lo hago ahora con fervor– a familiares y amigos sin advertirles de la temática, sin decirles que se aborda con descarnada crudeza la humillación y el sometimiento de mujeres, de seres que viven desposeídos de cualquier derecho?

Intentaré explicarme. Creo que hay pocos autores capaces de crear una obra con la perfección que lo hace Antonio Tocornal, pero hay que avisar al lector para que sepa que va a navegar por el inframundo del dolor (Malsanta, siendo niña, juega con un feto), por el Hades de la prostitución (conocemos los caprichos del asesino de Candela), por ríos de sadomasoquismo, por una imagen cierta de una España de acaudalados sin escrúpulos, por una realidad miserable que también exige una novela como esta. Y habrá que invitar a esos lectores a que sigan adelante, porque los prejuicios temáticos podrían privarles de una festín literario.

         Ya me sorprendió gratamente este autor cuando leí Pájaros en un cielo de estaño, y resalté su excelencia en este mismo blog. Aparte de las  alusiones al espacio de Las Almazaras y al nombre de Pájaros con que menciona a algún protagonista de la novela que nos ocupa, Malasanta coincide con aquella obra en la maestría que demuestra una vez más para crear personajes singulares: Baltasara del Santo Seculpro “se asperjaba a diario el bajo vientre con agua bendita” (P. 24); Malasanta descubre el sexo con Niño Truncado, un joven sin extremidades; Candela (con un DNI que lo delata como Ramón) vive atemorizada porque intuye su triste final; la extraña relación de Malasanta con Cándido Fogoso y Próspero el Polilla; y la breve y respetuosa convivencia que la protagonista mantiene con Modesto Baldío, un vendedor jubilado de prendas de mercería, que en su decrepitud aún conserva la delicadeza, tal y como se advierte cuando conoció a Malasanta una noche de lluvia: “Ella se agachó delante del asiento. Baldío no le hico preguntas; no necesitaron hablar. La mirada de terror de la mujer en fuga ya llevaba implícitas todas las respuestas, y el hombre las supo leer en la oscuridad” (p. 110).

         En esta novela itinerante subyace el anhelo de libertad de unos personajes que, a pesar de sus intentos, no consiguen ser otros. Diríase que el determinismo condiciona el devenir de sus tristes vidas lastradas por carencias de afectos y valores. Tan pobres son los personajes que solo poseen algunos objetos que se convierten en símbolos presentes en toda la novela y que coadyuvan a dotarla de coherencia y unidad: el ojo de vidrio que Dámasa la Tuerta heredó tras la cogida mortal del banderillero Pincho (adviértase el detallismo y maestría con que se describe la cogida, p. 21); la recurrente presencia de la pecera (p. 78 y 110) y del pez anaranjado que simbolizan la falta de libertad de unos seres cautivos; la compañía silente del conejo, la foto de la palaroid, y otros elementos que cierran el círculo perfecto de una obra extraordinaria, que demuestra que la calidad literaria es la razón de ser de la Literatura, más allá de los temas abordados: “En los azulejos de las paredes, como en una Altamira del horror, se alternaban los grafitis de palabras soeces y cruces gamadas, con algunos pentagramas verticales pintados con los dedos en algún momento de escasez de papel de periódico” (p. 190).

Malasanta es el mejor broche posible con el que pongo punto final a un conjunto de magníficas novelas que tratan el tema de la prostitución, tales como la trepidante Infierno de neón, de J. R. Barat (premiada con el XVIII Premio de Novela Ciudad de Salamanca) y la poética novela de Miguel Sánchez Robles, Te llámate Tristeza (XXIV Premio Tiflos de Novela).

 

Título: Malasanta.

Autor: Antonio Tocornal.

Editorial: Fundación José Manuel Lara.

Año de publicación: 2022.

Páginas: 199.

Premio XLI Premio de Novela Felipe Trigo.

 

 

 


lunes, 25 de julio de 2022

 

 

 

           FOR YOU (Cantabile n°2 per tromba e órgano), 

           Enrico Pasini

 

 


ALMA,  

Julián Montesinos Ruiz                                                    

 

 

Imagina el alma, hijo mío,

como una casa con las ventanas abiertas

al borde mismo de un acantilado.

Los pájaros atraviesan los cuartos,

crecen las flores en los jarrones,

la hiedra avanza sin rumbo por las paredes,

las sillas siempre libres

para quienes deseen sentarse y escuchar

las eternas preguntas.

Imagina que en esa casa no existen puertas

y los cuadros proyectan

hasta el infinito los rostros y paisajes

que son la memoria de nuestra vida.

Imagina que a ese lugar llegan los hombres

con sed de encuentros y dolor de ausencias,

y se oyen también

las palabras aún vivas de quienes se marcharon,

una letanía que se funde con el viento.

No temas, hijo mío.

Para encontrar la paz

bastaría con vivir para siempre

en esa casa abierta

al borde mismo de un acantilado,

entre cielo y vértigo,

y ser pájaro, flor, paisaje, luz.

 

 

 

Título: “Alma”, La vida en ámbar.

Autor: Julián Montesinos.

Editorial: PRE-TEXTOS.

Año de publicación: 2019.

Páginas: 72

 

 

 

 

lunes, 18 de julio de 2022

 

                 LAS COSAS DE LA VIDA, Andrés Amorós

 

 

DIARIO DE LECTURA / 436


 

 



 

Hace tiempo escuché una conferencia de Carlos Fuentes en la que se refería a la paradoja existente en la relación entre el crítico y el autor, esto es, entre la crítica y la obra que la provoca. Aludía al hecho de que la Literatura es el único arte que utiliza en ambos casos la palabra como instrumento para el análisis. Según el escritor mexicano, esa relación estaba viciada desde su origen, aunque ambos quehaceres eran necesarios. Decía exactamente que se trataba de una “incestuosa relación entre palabra creadora y palabra crítica”. Traigo a colación esta idea ante la dificultad que uno siente de decir unas palabras certeras sobre Las cosas de la vida, un libro misceláneo, en el que Andrés Amorós aborda en treinta y seis micro ensayos asuntos esenciales de la relación entre la vida y la Literatura.

La estructura de cada uno de ellos se repite. Tras plantear un asunto que juzga relevante, va argumentando su discurso con abundantes citas. Estos textos, que apoyan o sugieren sus propias palabras, son argumentos de autoridad que Andrés Amorós utiliza para reafirmar su punto de vista. Con este proceder, el escritor comparte su saber interiorizado tras años de lecturas. Reconoce que desde siempre ha tenido la costumbre de apuntar citas esenciales que sintetizan porciones de saber. Asume así la opinión de Marcel Proust: “uno nunca debe perder la oportunidad de citar cosas de otros, que son siempre más interesantes que las que piensa uno mismo” (p. 7).

Aunque deja claro que su finalidad es divulgadora, es difícil sustraerse al peso que la erudición tiene en este libro. Son abundantes las frases y aforismos de Séneca, Marco Aurelio, Cervantes y Shakespeare, Montaigne, Voltaire, La Bruyère, Joseph Joubert, Oscar Wilde, Jorge Luis Borges, y de otros muchos autores.

Pertrechado con este bagaje cultural, aborda cuestiones como el deterioro de la educación, la desaparición del valor del esfuerzo y la meritocracia, del necesario silencio, de la importancia de la memoria, de la experiencia, de la felicidad que proporciona el saber, de la dignificación que confiere el trabajo, del sentido del humor, del inacabable mundo de los libros, de la claridad expositiva, de la sencillez, del sempiterno desprecio de España, del saber escuchar, de la esperanza, de las connivencias estéticas y vitales (relaciona el “sinfronismo” de Ortega con “las afinidades electivas” de Goethe), de la imposibilidad de no amar la vida… Y aborda estas cuestiones guiado por las proverbiales palabras de Antonio Machado: mostrar, si es posible, “unas pocas palabras verdaderas”.

Andrés Amorós se convierte en un Epícteto contemporáneo, un escritor que interpreta, para gozo de sus lectores, asuntos importantes de la vida. Convencido de los beneficios que proporciona el saber, el escritor es un humanista que aclara su postura: “Vivir es, sin duda alguna, muchísimo más importante que leer. Pero leer forma parte de nuestra vida, una parte decisiva: nos ayuda a conducirla mejor o peor, a sobrellevarla, a disfrutarla, a entenderla, a aceptarla. En cada instante, somos lo que hemos vivido y lo que queremos vivir; también, lo que hemos leído de verdad. Este librito va de eso” (p. 6).  Además, el autor lo cuenta con un estilo ameno y claro.




 
 



Título: Las cosas de la vida.

Autor: Andrés Amorós.

Editorial: Fórcola.

Año de publicación: 2022.

Páginas: 292

 


lunes, 27 de junio de 2022

 

 

                    OKURIBITO “Departure”, Joe Hisaishi

 

 



 


martes, 21 de junio de 2022

 

 

 

 



                  TE LLAMARÉ TRISTEZA,  

                  Miguel Sánchez Robles

 

 

DIARIO DE LECTURAS /435

 

Este escrito no es ni quiere ser una reseña. Te llamaré Tristeza es una novela extraordinaria, dura, triste, poética, luminosa y con una original estructura. Así elogio un tipo de escritura que entronca con los ejemplos mayores de lo que la tradición filológica considera “novela lírica”, un marchamo que hace ya muchos años acuñó el ínclito Ricardo Gullón (La novela lírica, 1984) para hablar de las cualidades estilísticas de Azorín, Miró, Pérez de Ayala y Jarnés (aunque en esta nómina habría que incluir a Francisco Umbral, un autor a quien Miguel Sánchez Robles cita en reiteradas ocasiones por considerarlo también un creador de novelas impactantes, bellas y conmovedoras). Con esta referencia quiero destacar que el acierto mayor de Te llamaré Tristeza radica en la peculiar escritura de MSR, un escritor minoritario y de culto, que con cada premio está publicando su singular obra. La que nos ocupa ha recibido el XXIV Premio Tiflos de Novela, una distinción que le concedieron personalidades tan relevantes como Luis Mateo Díez, Manuel Longares, Ángel Basanta y Pilar Adón, entre otros. Con anterioridad, los miembros de prestigiosos certámenes también premiaron Nunca la vida es nuestra (Premio a la Creación Literaria de la Junta de Castilla y León, 2014), Donde empieza la nada (VI Premio de Novela Corta Diputación de Córdoba, 2007) y Algo pasa en el mundo (XXXI Premio Torrente Ballester 2019).

Por lo dicho, mi comentario se asemeja bastante a un panegírico con el que rindo homenaje a un autor que escribe como pocos lo hacen; un escritor que se sitúa en las antípodas de otros muchos que repiten fórmulas narrativas para entretener a los lectores con palabras, planteamientos, nudos y desenlaces. La obra de MSR (sus cuentos y poemas, mayormente) es el resultado de entender la literatura como un instrumento necesario para entender la vida (la suya y la de sus personajes), como un artilugio terapéutico que salva de no vivir en vano.

Leo Te llamaré Tristeza y siento el ansia de la joven protagonista (Tristeza) que busca sentido a una vida de arrabales y desamparo. Leo esta obra, organizada como una serie de textos intercambiables, y compruebo una vez más que es un ejemplo de novela construida con hermosas taraceas novelescas, tronquitos textuales en los que Tristeza habla de sí misma, de Nemo (su único amor, su esposo prematuramente muerto), de su querida abuela, de su padre (un funcionario heroinómano que destroza muchas vidas, incluida la propia), de su madre (esa mujer abnegada que es consciente del riesgo en que vive su hija), de Terko (un compañero de clase a quien todo le importa nada) y de un sinfín de desalmados que abusan y maltratan a Tristeza en el prostíbulo donde acaba y del que consigue salir. Hasta tal punto duele la sordidez y la dureza de esa experiencia vital de Tristeza que quizá no sea apta esta lectura para todo tipo de lectores: “Una prostituta es una flor pisada que lucha por sobrevivir” (p. 208). Pero en esa verdad reside la verosimilitud de la novela, es decir, en nombrar con crudeza una parte de un todo extraordinario.

Está claro que lo reflexivo predomina en una novela que desarrolla una trama nimia: Tristeza es una joven que vive en los suburbios físicos y vitales, su padre muere por sobredosis, convive con una madre que idolatra la “normalidad”, se siente perdida y acaba en un prostíbulo, donde conoce a Nemo, un joven profesor universitario que la salva y la abandona al morir muy joven. Y aunque el tono ensayístico y poético coincidan, no se trata de una obra de ideas, sino de imágenes y reflexiones recogidas en un discurso lúcido y poético con el que Tristeza interpreta las cosas sencillas de la vida una vez que las escribe en su cuaderno azul: “Me gustan esas personas que no van solo a su vida y se detienen un poco en la tuya y te regalan momentos. Hay un anciano con el pelo muy gris que se sienta en una silla plegable en la entrada del parque y te regala momentos” (p. 67).

Tristeza escribe su desdichado presente y ofrece imágenes de las personas que integran su mundo. De su madre dice: “Ella no quiere que yo lea. Quiere que busque un novio o me divierta jugando al baloncesto” (p. 32); “Mamá es dulce y asustadiza. Viene cargada de bolsas de supermercado. Está como muy delgada, como yo, y le han comenzado a salir en el rostro muchísimas arrugas de sufrir, de esas que surcan la cara a las esposas de los drogadictos. Mamá se esfuerza por hacer las mismas cosas que hace todo el mundo” (p. 28). Tristeza también se define a sí misma: “Esta muchacha pálida y callada que se mira al espejo y le escupe diciendo que a los locos nos gusta ser carcoma” (p. 46); “¡Actúen, envíen cartas por correo, escriban a una persona inventada, rompan cabinas telefónicas, tengan nitroglicevida, por favor! (p. 241). De Nemo alaba su cultura, su belleza, su saber estar, y llora su prematura ausencia que la condena de nuevo al desamor que siempre tuvo: “Tengo veinticinco años, ya estoy viuda y no tengo a nadie a quien poder abrazarme a su cuello llorando… Salgo a la calle y el cielo tiene un azul gastado” (p. 204); “Ahora estamos en su casa. Pone música preciosa que no he escuchado nunca. A veces hablamos y las palabras son como una luz que atraviesa a la misma vez nuestros dos cerebros. Dice que me besaría el pensamiento. Jura que ama ‘cada átomo de mi existencia’. Me da pudor y me pongo muy roja. No sabía que alguien pudiera ser así” (p. 202).

Tristeza comparte su desencanto de vivir con un tono poético que no ralentiza el ritmo narrativo: “Un pájaro es un milagro hecho con un pequeño trocito de carne y felicidad… Los veo volar como algo que arde y existe por sí mismo y me asombro de que estén ahí cada día. Los veo volar y siento como si Dios hubiese echado un puñado de colonia francesa al aire”(p. 31). También evoca a su amado marido: “Querido Nemo, si estuvieras aquí, si vivieras de nuevo, si te viera en otra vida, te llamaría Paul Eluard” (p. 257). Y como contrapunto, en contadas ocasiones inserta textos de un humor sarcástico que el lector agradece: “Me parece un rollo todo eso de ‘Eucalipto’ y Melibea. Lo he puesto así en un examen, ‘Eucalipto’ y Melibea. Lo he puesto por eso mismo, porque me parece un rollo brutal, inane y aburrido (…). Lo he puesto así y el profesor en clase lo lee en voz alta para que se partan todos de risa conmigo (…). Cree que me he equivocado y que todos se van a reír de mí. Pero nadie se parte de risa como él esperaba. El único que se parte de risa es él. Él solico, con una risa falsa muy cutre, muy tontita. Él, que ni siquiera ha sabido comprender que lo he puesto así porque me importa una mierda”  (p. 38).

Esta novela fragmentaria acaba convirtiéndose en un ejercicio terapéutico para radiografiar la vacía condición humana que ya analizara Cioran, un filósofo a quien Tristeza lee con devoción: “Casi nadie, en una ciudad entera, en países enteros, tiene la más remota idea de quién es Emile Cioran y eso me fascina. Cioran es como si no existiera para la multitud. Es solo para espíritus melancólicos” (p. 60). No menos importantes son las continuas referencias literarias, que contribuyen a perfilar la personalidad nihilista de la joven, así como su anhelo de encontrar palabras verdaderas en un mundo dominado por las apariencias y la inautenticidad. Tristeza, que reproduce mutatis mutandis el universo cultural del autor, cita a Bolaño, Sylvia Plath, Cortázar, Umbral, Kafka, Anna Harendt, Houellebecq… Es un personaje vive al límite, siente el poder de la palabra y reconoce el valor que esconden los libros: “Los libros consiguen que mi alma esté más tranquila y más llena, y las palabras que subrayo en ellos son las miguitas de pan que sirven para no perderme en el mundo” (p. 72). Especial relevancia adquieren al final las dos cartas que Tristeza se intercambia con un “Querido ángel secreto de mi vida” (p. 235), pues contribuyen a comprender su peculiar personalidad.

Este escrito, como dije al inicio, no pretende ser una reseña al uso, sino una invitación para aquellos que, hartos de leer libros siameses, se atrevan con una novela que araña el corazón y lo sana al mismo tiempo; y es, sobre todo, una reivindicación de un autor y de su peculiarísima escritura que salva tanto a quien la escribe como a quien la lee. Ojalá Te llamaré Tristeza tenga los lectores exigentes que merece.

 

 

 

 


martes, 31 de mayo de 2022

 

 

 

 

                     EL VERANO QUE VIVIMOS [Viña Adela],

                     Federico Jusid

 

 

 



jueves, 26 de mayo de 2022

 

 

                    WAKEFIELD, Nathaniel Hawthorne

 

         



 

No sé por qué, pero últimamente estoy leyendo libros y cuentos que me llegan de manera inesperada, los hojeo y sin darme cuenta me dejo llevar hasta concluirlos. Con los anteriormente comentados en este blog, Wakefield comparte su breve extensión, pero lo que verdaderamente sorprende de este curioso y extraño relato es que en sus escasas páginas se aborde el abismo de un hombre que adopta una decisión absurda: abandonar a su mujer sin ninguna causa aparentemente justificada.

Llegué a Wakefield después de escuchar el encomiástico comentario que Rosa Montero le dedicó en una breve entrevista. En el transcurso de la misma, la autora madrileña resaltó –aparte de elogiar Lolita de V. Nabokov y Los desposeídos de Úrsula K. Le Guin–  el singular tratamiento que del tema de la huida y de la soledad desarrolla Nathaniel Hawthorne (Salem, 1804-Plymouth, 1864), un novelista casi desconocido pero muy apreciado por formar parte de la narrativa norteamericana decimonónica, junto a Edgar Allan Poe y Herman Melville.

Este relato cuenta el momento en que un esposo decide abandonar a su mujer para instalarse en un edificio de la misma calle. Durante veinte años vivirá solo, sin contacto con nadie, consciente de que con esta decisión destruye la vida de su esposa y convierte la suya en una existencia anodina, monótona y en exceso reflexiva. Durante ese tiempo, coincide por azar con su esposa, aunque ella no lo reconoce. Él se siente otro hombre y considera que “cualquier movimiento regresivo hacia su vida anterior resultaría casi tan difícil de realizar como el paso que lo llevó a esta inusitada situación”.

         Este original y bien escrito cuento ha tenido un desarrollo escaso. Admitido su original tema, se echa en falta un tratamiento más ambicioso que nos haga olvidar que estamos ante una obra menor. Quizá por eso consuele pensar que esta historia absurda de un hombre solitario se habría convertido, en las manos de un escritor como Ítalo Calvino, en una magnífica novela equiparable a las que integran Nuestros antepasados.

Escrito en primera persona, el autor acompaña al lector, se inmiscuye en ocasiones en la historia, sabedor de que es un narrador omnisciente que domina todo. Sin embargo, al final, casi de manera abrupta e imprevista, decide abandonar al personaje en la puerta de la casa familiar. Nos dice el autor que Wakefield añora el calor de la chimenea encendida, y suponemos que entra en casa como quien vuelve a Ítaca, de regreso de una absurda guerra personal.

Así comienza la obra.

 

“Recuerdo haber leído en algún viejo periódico o en alguna revista antigua una crónica que, relatada como si fuera real, contaba la historia de un hombre, de nombre Wakefield, que decidió marcharse a vivir lejos de su mujer una temporada larga. Contado de manera tan abstracta, este acontecimiento no resulta muy raro; y tampoco debe ser tildado de pícaro o disparatado, sin la adecuada aclaración de las circunstancias. Sin embargo, aunque lejos de ser el más grave, quizá represente el ejemplo de fechoría marital más insólito que se conozca. Y, por otra parte, nos hallamos ante una monstruosidad tan digna de mención como cualquiera de las que aparecen en el catálogo de rarezas humanas. Este matrimonio residía en Londres. Fingiendo marcharse de viaje, el marido se fue a vivir justo a la calle contigua a su propio domicilio y permaneció allí más de veinte años, sin que ni su mujer ni sus amigos supiesen nada de él, y sin que pueda hallarse asomo de razón a su decisión de autodesterrarse. Durante todo aquel tiempo pudo contemplar su casa un día tras otro y vio con frecuencia a la afligida Sra. Wakefield. Finalmente, tras este paréntesis tan largo en su felicidad conyugal –cuando su muerte se daba ya por segura, con su herencia repartida, su nombre totalmente olvidado, y cuando su esposa se había resignado hacía mucho, mucho tiempo a su madura viudedad–, entró una noche por la puerta tan tranquilo, como si solo se hubiera ausentado el día anterior, recuperando de nuevo su papel de amante esposo hasta la muerte.”

 

Título: Wakefield.

Autor: Nathaniel Hawthorne.

Traductora: María José Chuliá.

Ilustradora: Ana Juan.

Editorial: Nórdica.

Edición. 2011, 3ª edición.

Año de publicación: 1837.

Nº de páginas: 80