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viernes, 16 de septiembre de 2016


MATER, Juan Cobos Wilkins

Ya sé que no te acuerdas, Madre, no te acuerdas.

Bajo el cabello blanco, una goma de borrar –no como aquellas
de infancia que olían a vainilla– hecha de niebla
y humo que todo lo difumina, lo desvanece todo. Y sólo deja
tras de sí un hojaldre de escarcha, tan frágiles
esquirlas de cristal que la luz de mis ojos
las rompe si las toca.
Ya sé que no te acuerdas, madre,
pero yo soy tu hijo.
Tu hijo soy, y como tú a mí cuando era niño, ahora te digo yo: eso es azul,
se llama cielo.

Estoy aquí para ser tu memoria y la mano
que conduce tu índice por la línea del mapa que es un río o el rastro
que deja el hada Campanilla, estoy
para ser la linterna que sin miedo se adentra en saqueadas
galerías oscuras, y su haz no se agota porque es luz sin olvido,
porque es luz de luciérnagas. Estoy
para decirte, por ejemplo, Matar a un ruiseñor es tu película
favorita y habla de honestidad, de dignidad, de resistencia.
O vi también vi tus lágrimas cuando en Los puentes de Madison
la Streep roza temblando el pomo de la puerta
mas no la abre, no la abre y no baja del coche, no baja,
no se atreve a la felicidad.
       Y llueve
y el limpiaparabrisas y llueve en el semáforo.

Ya sé que no te acuerdas, pero las lilas
son tus flores, por eso cumples los años en abril, y ves
abejarucos en las multicolores pinzas que sujetan en el cordel
la ropa. Las enmeladas rosas son tu dulce, el rojo tu color, la Historia
tu carrera perdida, y reconócelo, madre, te pierde
un helado de chocolate fundido con naranja.

Esta es tu voz, escucha
cómo atrae a las olas y ahuyenta la tristeza. Cómo, a pesar de tanto,
aparta de mí la soledad.
Ya sé que no recuerdas
porque un maldito soplo aventa los vilanos y flotan
como pequeñas nubes con sus ángeles muertos dentro de la memoria,
pero sí, tú pronuncias palabras que los demás ignoran,
y tú conoces, sí, poemas de Rubén y de Bécquer,
de Machado, de Lorca…
Y me emocionas, madre, me derrumbas,
cuando de pronto,
como un relámpago de alas en la noche, recitas
lejanos versos míos, torpes, de adolescente confundido.
Versos que, tan cabrona la vida, hoy
misteriosamente cumplen el más alto destino:
                                                                       sirven
para escuchar tu risa,
para que un hijo ría junto a su madre.
Para sanar.
Para vivir.


viernes, 13 de mayo de 2016








UNA TARDE LEYENDO LA POESÍA DE
ELOY SÁNCHEZ ROSILLO

¡Cuántos años han pasado! Ordenando la estantería de mis libros de poesía, he llegado a la S y me he detenido en los libros de Eloy Sánchez Rosillo. Me he sentado en mi sillón rojo y he leído algunos de sus poemas. Afuera la tarde ha ido cayendo, y la lluvia suave me ha acompañado mientras leía algunos de los versos que subrayé hace ya muchos años. Me he dejado llevar, y las cosas previstas y engañosamente urgentes se han quedado sin resolver.
Que la vida la dicta el azar intuitivamente buscado es algo que cada vez tengo más claro. ¿Cómo llegué a la poesía de Eloy Sánchez Rosillo? Estudiaba el último curso de doctorado, cuando el profesor Ángel Luis Prieto de Paula se refería en reiteradas ocasiones, y siempre con mucha admiración y sabiduría, a los poemas de un joven profesor universitario de Murcia. Y tan grande fue el deslumbramiento que me produjo su poesía que decidí iniciar una tesina sobre la obra de Eloy Sánchez Rosillo, una investigación que más tarde abandoné por otros quehaceres. Recuerdo ahora cuando quedé con él en una cafetería próxima al Teatro Romea de Murcia. Pervive aún en mi recuerdo su afabilidad, su trato humano, una natural bonhomía que me hizo sentir muy bien durante todo el tiempo que estuvimos juntos. Guardo como un tesoro los tres libros que me regaló dedicados: Maneras de estar solo (1977), Autorretratos (1979) y Páginas de un diario (1981). En todos ellos figura su firma, junto a una fecha, que nunca olvidaré, 6 de julio de 1993: “Para Julián, de ahora en adelante”.
Acabo de escribir estas líneas y sigue lloviendo. En mi cuarto parece que el tiempo se haya detenido. Miro por la ventana y todo es hermoso: el cauce del río ligeramente desbordado, los árboles mojados, el brillo húmedo de las hojas de un cerezo ornamental que no para de crecer, esas muchachas tan poemáticas de Rosillo que a veces caminan por aquí con sugerente misterio…
Qué maravilla pasar una tarde leyendo su poesía, una poesía que cada vez me dice más.

TODAVÍA

Ha llegado el verano, y como siempre
que da comienzo y que la plenitud
de cuanto me rodea va cumpliéndose,
surge en mi corazón la expectativa
de una vida mejor, de un cambio súbito
que arrase mis monótonas costumbres
y me lleve a fundirme en ese todo
que hoy unánime canta, vibra y arde
en una inmensa hoguera.
                                        Sé muy bien
que mis anhelos, lamentablemente,
no se realizarán: a estas alturas
del vivir no es probable que el verano
quiera contar conmigo y me conceda
el saber desprenderme del que soy,
olvidar mis asuntos y sumarme
–rotos los lazos, libre de mí mismo–
a la gran muchedumbre jubilosa
que forma su cortejo.
                                   Sí, lo sé:
no ocurrirá el milagro; pesa ya
mucho en mi espalda el tiempo que he vivido.
Pero, aun sabiendo lo que sé, no logro
desechar la esperanza de que ocurra
lo que no ha de ocurrir.
                                      Miro este día,
su luz hermosa y tan interminable,
el cielo que entrecruzan los vencejos
con frenesí dichoso, las muchachas
que llevan en sus ojos la certeza
de ser dueñas del mundo.
                                          Y nada puede
impedir que fulguren en el aire
de mi presente viejas ilusiones,
ni evitar que despierto sueñe el sueño
de que todo es posible todavía.



OTRO TREN, OTRA LLUVIA

Para mi corazón, para mis ojos,
no muchas cosas hay que de verdad más valgan
que ir en el tren y que coincida el viaje
con un día de lluvia.
Desde mi asiento miro
cómo se empapa el campo con el agua del cielo,
y el cielo que no cesa en su trajín de nubes,
que amontona relámpagos y que arrastra los truenos
de un lado para otro.
Puede ocurrir al cabo
que una mancha de sol, allá, muy lejos,
de súbito se abra e ilumine
un alcor, un cortijo, una arboleda.
Es igual que un milagro, es la luz del milagro.
Tú, aquí, con tus miserias,
con tus congojas en tu pecho oscuro.
Y aquella luz de oro, tan pura, tan intensa,
brillando en un confín que te redime.


La certeza, Tusquets, 2005

jueves, 31 de marzo de 2016








LA SENTENCIA, Santiago Castelo


De repente, a la vuelta de un viaje, te encuentras con un libro encima de la mesa, La sentencia, de Santiago Castelo (Visor, 2015), distinguido con el XXV Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma.  Empiezas a leerlo y continúas porque es tan transparente su mensaje que ves con mucha claridad lo que el poeta quiere decir y evocar. No te detienes, porque intuyes que se trata del testamento poético de alguien que se expresa con mucha verdad. Sabes que ese poemario no es otra cosa que una despedida del mundo. Aunque sopesas la idea de dejarlo, pues su tono no se aviene ahora con tu espíritu ilusionado, vas descubriendo que esos versos de doliente belleza están expresados con una “serenísima tristeza” carente de amargura.
Conoces al autor –hace tiempo leíste artículos suyos en ABC–, y te abandonas para disfrutar de poemas tan hermosos como “La parcela”, “Carta a Pilar Molinos en la ceguera de agosto”, “Nanín”, y estos que aquí ofrezco:


LA SENTENCIA

A Carmina González Enguita, pilar de mi quebranto


Sonó la palabra. Seca y rotunda lo mismo que un disparo.
Y todo se volvió blanco. Las paredes, los muebles, el silencio.
Fueron unos segundos que se hicieron eternos.
Mis rodillas sin nervios, mis manos desmayadas
y en la memoria toda la vida en un instante:
la niñez en el pueblo; el viaje a Madrid;
los primeros amores.
¡Qué exacta la película! ¡La memoria qué clara!
Los años de estudiante, los viajes, los besos,
la oratoria florida y el periodismo insomne.
En sólo unos segundos los libros y los versos.
Ignoro lo que dije. Se cerró la memoria
y cayó la sentencia como una guillotina
que lo arrasase todo. El mundo era distinto.


CALENDARIO

Lo malo de esta situación
­­–o lo bueno, según se mire, que todo es relativo–
es que hay que vivir al día.
Se acabaron las citas, las agendas. De pronto
nada sirve de un día para otro.
Ni tú mismo mandas. Es tu propio organismo
tu luz y tu ceguera. Nada importa que el sol
salga radiante hoy y se vista de domingo.
Hay otro calendario y otro dedo en las nubes
y has de acostumbrarte a saber que eres sombra
tú que siempre creíste en la luz del verano.


LA OTRA ORILLA

Cuando ya estás cansado
de tanta medicina,
de tanta prueba clínica,
de tan modernas técnicas
y el dolor sigue ahí
bailando entre goteras
de lo que fue tu cuerpo,
piensas si no sería
mucho mejor que bueno
dejar todo tirado,
marcharte suavemente
y desde la otra orilla
contemplar este mundo
que dejó de ser tuyo.
sin dolor ni nostalgia.




lunes, 7 de marzo de 2016




    A VUELTAS CON EL ALMA

   



I.          ALMA, Mariza







II.         MUERTE DE UN APICULTOR, 
               Lars  Gustafsson


Pienso que el alma tiene forma de esfera (si es que tiene alguna forma), una esfera con una luz débil que penetra un poco hasta situarse bajo el relucir de la superficie, semejante a un arcoiris, donde las percepciones y los actos conscientes, como burbujas de jabón, se agitan en remolinos y cambian ininterrumpidamente de color, pero solamente un poco.
Más abajo solo hay huellas débiles de luz, como en las grandes profundidades marinas, y luego ya nada más que obscuridad. Obscuridad, obscuridad. Pero no es una obscuridad amenazadora. Es una obscuridad maternal.

miércoles, 20 de enero de 2016





LA LLAMA,  Antonio Colinas

Hoy comienzo a escribir como quien llora.
No de rabia, o dolor, o pasión.
Comienzo a escribir como quien llora
de plenitud saciado,
como quien lleva un mar dentro del pecho,
como si el ojo contuviera toda
esa inmensa colmena que es el firmamento
en su breve pupila.

Me enciendo por pasadas plenitudes
y por estas presentes enmudezco.
Lloro por tener cerca una mujer,
por el agua de un monte
que suena entre cipreses en un lugar de Grecia;
lloro porque en los ojos de mi perro
hallo la humanidad, por la arrebatadora
música que quizá no merecemos,
por dormir tantas noches en sosiego profundo
bajo el icono y en su  luz de oro,
y por la mansedumbre de la vela,
que solo es eso, llama.

Comienzo a escribir, y también la escritura
llora, porque respira y quema, porque pasa.
Qué gran gozo sentirme
yo mismo esa palabra que va ardiendo.
(Porque yo también ardo y también paso.)

Contemplo una llama muy quieta en la penumbra
de suaves jardines,
a la orilla de un mar calmo y antiguo,
y me voy encendiendo con la dicha
de saber que no existe otra verdad
que no sea esa llama, es decir,
la del amor que es don y que es condena.

Son llamas las palabras y son llamas los ojos,
que lloran sin llorar por el ser que yo fui
(aquel fuego cansado que temblaba
junto a otros jardines de otro mar)
y por el ser que ahora está mirando
fijamente una llama,
y que es, en soledad, la llama más gozosa.


(De Libro de la mansedumbre, 1997)

lunes, 8 de junio de 2015





APARIENCIA DE VIDA, Ramón Bascuñana

No he dejado pasar la oportunidad de asistir a la presentación del último libro de poemas de Ramón Bascuñana (Apariencia de vida, II Premio de Poesía Fernando de Herrera). Le conocí a finales del siglo pasado (¡cómo pasa el tiempo!) en el transcurso de unas lecturas poéticas en la Vega Baja, y ya entonces advertí que había en sus versos una ausencia de impostura, es decir, la plasmación de una verdad literaria y vital.
Estamos ante un libro que reflexiona fundamentalmente sobre los estragos que causa el paso del tiempo (diría que uno de los temas predilectos del autor) , sobre el valor de la palabra y la nostalgia de la infancia. Y también se trata de un libro metaliterario en la medida en que el poeta pone en tela de juicio si todo lo que durante un tiempo creyó (el valor de la literatura) ha supuesto un alejamiento de la vida (la necesidad de vivir). El poeta ofrece unos poemas meditativos y narrativos, en sintonía con el Cernuda más inglés, sin llegar a una conclusión clara, sencillamente porque sabe que la literatura alimenta su vida y viceversa. Es decir, el oficio de escribir y el oficio de vivir se necesitan mutuamente.
En un principio, el poeta ama la literatura (cree en su poder salvífico), valora el “alto don” que supone poder escribir un poema que fije su experiencia vital:

Alto don

Alto don
escribir el poema que ha de ser escrito,
renunciar a la vida para pensar la vida
desde la perspectiva cruel de las palabras.
¿Alto don o condena? ¿Quién sabría decirlo?
Paradójicamente los contrarios engendran
lazos, correspondencias, sutiles simetrías
que como laberintos protegen el misterio
más allá del misterio de lo que no está escrito.
Lo inefable se explica al leer entre líneas.
El poema y la vida son amantes secretos.
Con el último verso comienza otro poema
que debe ser escrito para pensar la vida
desde la perspectiva cruel de las palabras.

En ocasiones hay que huir de la vida y buscar refugio en la palabras y en la poesía:

Qué importa no ser más que palabras.
Palabras y cenizas,
éstas que testimonian
que nadie sale indemne de la vida.

Desde la serenidad conviene leer este libro reflexivo que reivindica la vida y la literatura (¡qué más da que sea una apariencia de vida o una vida aparente! si nadie saldrá vivo de esta vida). Poesía y vida, esta es la eterna dualidad, entendida de manera copulativa no disyuntiva. No pueden existir la una sin la otra, porque se retroalimentan. 
Nosotros agradecemos que el poeta maneje con tanta sabiduría el alto don que se le ha concedido para escribir versos emotivos de manera tan elegante y clásica. Un don que los lectores compartimos cuando disfrutamos de poemas como este:

La muerte y el olvido

Pensamos que nos queda la vida por delante,
que tiempo habrá más tarde de consumar los sueños,
que no puede un mal día durar eternamente
y que una mala noche la padece cualquiera,
que a pesar de los cambios, la esencia permanece,
que todos los esfuerzos tienen su recompensa,
que un éxito nos salva de todos los fracasos
y un fracaso no empaña los éxitos logrados,
que estamos protegidos de cualquier maleficio
por un dios invisible que habita en todas partes,
que la suma final de cualquier existencia
dejará en nuestro haber un saldo positivo.
Quizás alguien lo crea, mas no nos engañemos:
al final sólo quedan la muerte y el olvido.

sábado, 18 de abril de 2015



ANUNCIO POR PALABRAS, Pedro Casariego

Necesito chica que sepa planchar
mis labios con los suyos y tende
r su ropa eternamente junto a la
mía y quitar las manchas de mi c
orazón con su mirada yo pondré
la mesa y la caricia en su mano
de lunas y trataré de andar muy
                                                despacio
                                                             cuando
                                                                        ella
                                                                              no
                                                                                  tenga

                                                                                           prisa.