martes, 25 de abril de 2017




                                   


NO LEJOS, Antonio Moreno

He leído este libro saboreando cada palabra, sin prisas, mirando la realidad a través de los ojos de su autor, duchos en el arte de contemplar la sencilla belleza de los caminos del campo de Elche, ese mundo rural que él frecuenta con tanta alegría. En el capítulo titulado “Carlos de Haes” se plasma a partir de un comentario sobre el lienzo “Palmeras de Elche” (1861) una teoría de la visión pictórica y estilística. La escritura y la pintura exigen la misma concentración solitaria de vivir, una idéntica manera despojada de mirar la realidad. Dice así: “El que ahora escribe siente simpatía por este pintor: desde que era un muchacho, también él se considera un paisajista. Pero no porque describa paisajes en sus papeles, sino porque él, el que escribe, se parece bastante a lo que en el argot pictórico se denomina un plenairista, esto es, un observador de la naturaleza, amigo del aire libre” (pág. 23). El acercamiento de un pintor y un escritor a sus obras en ejecución responden a un mismo vitalismo, poseen en esencia un idéntico mecanismo de creación.
Son muchos los temas y asuntos que nos regala: la amistad celebrada en la plaza del Raval en compañía de sus amigos; la contemplación de la noche, con su correspondiente divagación filosófica; una ruta en bicicleta a un monasterio es suficiente para contemplar la belleza de un paisaje rural muy próximo a la ciudad, con una montaña al fondo que el sol perfila al ocaso, y que tal vez sea para el autor una de las más hermosas puestas de sol; una estación vacía le trae el recuerdo de su abuelo ferroviario. El narrador de este libro de viajes cercanos es un escritor sensitivo, consciente de que la vida no es más que este aquí y este ahora que cobran vida ante él: “El que esto escribe es, según se ha dicho, amante de los caminos y del aire libre, hasta tal punto que cuando acaba un día sin salir y andar por alguno de ellos lo juzga perdido, porque lo siente incompleto. No salir ni ver en torno supone una mengua para quien prefiere vivir en contacto con los seres y las cosas. Son, sí, agradables y necesarios el trato con las gentes, los saludos, las charlas, la lectura amena de unas páginas, pero para él resulta tanto o más importante la cercanía de los campos que frecuenta” (p. 39).
Acabado el libro el lector tiene la certeza de que a Antonio Moreno le gusta vivir caminando, mirando, escribiendo, viviendo al fin. Por este orden. Y No lejos es una buena manera de conocer el mundo del escritor, pues nos descubre también una parte de su arqueología biográfica. De Epicuro, elogia su modo de vivir:
“De todos los antiguos filósofos griegos, seguramente sea Epicuro –piensa el que ahora escribe– el que más disfrutaría de los paseos por el campo en bicicleta. Se imagina, de hecho, al de Samos subido en una, atento al transitorio paisaje, compenetrado con el sosiego de ese equilibrio sólo posible, sorprendentemente, a partir del movimiento. Porque quien ama pasear en bicicleta –divaga el ciclista– sin duda ama la vida, y Epicuro mostró como ningún otro una alegría de vivir cautivada por el prodigio de la existencia. Es el sabio afable que no sitúa la verdad en otro mundo, el que no entrega su voluntad ni a sus miedos ni a sus esperanzas, ni mucho menos a los dioses, pues el hombre que respira con plenitud, aquel que absorbe el aire con emancipada conciencia, es semejante a las divinidades, hermano de los dioses” (p. 51).
     Parece decirnos que los viajes son algo así como excursiones cercanas que nutren la vida interior, y para tal fin no es preciso viajar a lugares lejanos. Su propuesta de conocimiento está contenida en el título de los poéticos ensayos que componen este libro: no lejos está la felicidad, está en uno mismo y en su comunión con el paisaje. Si no fuera tautológico, diría que para el autor el camino es la vida, y la vida, el camino.

miércoles, 19 de abril de 2017







EL PRÍNCIPE DE LOS ENREDOS,
Roberto Aliaga y Roger Olmos
EL BOSQUE ANIMADO,
Wenceslao Fernández Flórez


El magnífico álbum escrito por Roberto Aliaga e ilustrado por Roger Olmos concluye del siguiente modo:
“A la mañana siguiente, el cuervo apareció a gran altura, tras una nube. Traía una maleta. 
      El campo se derramaba como una balsa. Solo había campo y cielo…Y una encina seca entre ellos.
     El ciervo se posó en el suelo, junto al tronco. Colocó un buzón. Dibujó una puerta, y metió dentro su maleta.
     Después, orgulloso, se posó en una rama. Príncipe de los enredos. Rey de la nada”.
    Cuando acabé de leer este álbum ilustrado, pensé en mis alumnos, jóvenes adolescentes a quienes les cuesta en muchas ocasiones ser ellos mismos. Este libro plantea la necesidad de asumir con humildad que cada hombre tiene un cometido sobre la faz de la tierra, y que se dignifica al cumplir la misión que ha elegido. A veces es necesario convencerse de que cualquier trabajo (incluido el que uno mismo realiza, por supuesto) es digno si digna es la persona que lo ejerce. De ahí, la alta enseñanza de este libro de Roberto Aliaga: persuadir al lector (de cero a cien años, tanto da) de que la raíz de un árbol, sus hojas y el tronco desempeñan trabajos complementarios, pues la felicidad de cada una de las partes no es posible sin la felicidad de todos. Y por eso es un error ceder al enredo de un cuervo que alimenta con enredos otra posible vida, por eso es empobrecerse murmurar y permitir que otros murmuren, porque al final quien mal actúa siempre estará solo.
     Mas leído El príncipe de los enredos, y por extrañas asociaciones propias del intertexto lector (que según A. Mendoza Fillola es algo así como un  haz de posible asociaciones temáticas que se producen en procesos lectores avanzados), pensé de inmediato en un libro que me gustó mucho de un escritor casi olvidado, pues se le ha asimilado exclusivamente con el humor y el género periodístico (como si estos quehaceres fueran poca cosa). Bastaría con leer el capítulo “La fraga de Cecebre” (“estancia” lo nombra el propio autor) para advertir que en la espesura del bosque gallego todos los árboles tienen vida, que a través de la descripción del paisaje se ahonda en el conocimiento del alma de la fraga y en el pulso de la vida. Narrada con un lirismo elegante y con una delicadeza casi infantil, plantea el deseo de algunos árboles de asemejarse a un poste del tendido eléctrico. Y esta pretensión de ser otro provoca el sufrimiento y la muerte de algunos árboles.
     Frente al estilo directo y eficaz del libro de Roberto Aliaga, valoramos también los aspectos propios de la novela poemática en el libro de W. Fernández Flórez. Mutatis mutandis, comparten un mismo universo temático: el bosque es un hermoso ser vivo que reivindica el valor de la autenticidad.

sábado, 1 de abril de 2017






LEER
PARA
SEGUIR
CRECIENDO

Estimados alumnas, alumnos, profesoras y profesores:

Esta carta quiere defender el placer y el valor didáctico de la lectura en el ámbito educativo, y huir, tan solo un poco, de esas grandilocuentes palabras que se utilizan para decir que la lectura es una actividad maravillosa que proporciona infinitos beneficios a los alumnos, lo cual, por otra parte, no deja de ser cierto, porque este quehacer sirve para ampliar vuestra capacidad intelectual, para dominar mejor el léxico y escribir con mayor corrección, y para disfrutar, también y sobre todo, de un buen rato. Algunos de vosotros quizá sonriáis por lo que digo. En cualquier caso, sabed que hay en el mundo más libros que hombres y que no disfrutaréis de la lectura hasta que descubráis “vuestro libro”, ese texto con cuyo contenido os identificaréis gratamente, porque pensaréis que ha sido escrito para vosotros. La lectura es una experiencia personal de búsqueda y formación continua.
Esta carta, estimados docentes, quiere también convocar a todo el profesorado en torno a una idea insoslayable: la comunidad educativa debe liderar la reivindicación de la lectura en el aula en todos los niveles del sistema educativo, porque el aprendizaje de la lectura no acaba en Primaria, ni Secundaria, ni siquiera en el Bachillerato. La lectura no puede ser una actividad colateral, programada como un quehacer extraacadémico, escasamente temporalizada y evaluada. La lectura debe ser una actividad que vertebre todo el sistema educativo, pues su práctica coadyuva a la consecución de muchos contenidos curriculares.
En este libro encontraréis la fundamentación teórica y las razones didácticas sobre las que se apoya mi proyecto con la finalidad de realizar un asesoramiento personalizado de la lectura, es decir, alcanzar un Plan Individual de Lectura (PIL) para todo el alumnado de Secundaria. Ya sé que esta es una tarea ingente, pero existen grados de compromiso en la aplicación de este proyecto. En el libro que ahora publico en mi blog encontraréis planes lectores y enlaces para descargar algunas guías de lectura adecuadas a los distintos niveles de competencia lectora que poseen los alumnos que integran un aula. Contáis, asimismo, con listados de libros de Literatura Juvenil de contrastada calidad (es justo admitir que existe ya un corpus de clásicos de LJ reconocidos por las más prestigiosas instituciones e investigadores que promueven la lectura entre los jóvenes). Disponéis de recursos para la gestión de la lectura así como para el desarrollo de una programación de aula procedimental, imprescindible para llevar a cabo cualquier proyecto de fomento de la lectura. Aquí hallaréis blogs y webs para acceder a otras páginas, que os serán muy útiles.
Quisiera, antes de despedirme, compartir una idea que desde siempre he tenido claro: la lectura también sirve para crecer como personas. Debe asumirse que la promoción lectora no tiene edad. El descubrimiento de la lectura es azaroso, circunstancial, y depende de encontrar el libro adecuado en el momento justo. Por eso no hay que desfallecer. Nuestra labor será mostrarles variadas obras a los alumnos: la libertad de elección es el camino para atender a la rica diversidad lectora del alumnado. No habrá, por otra parte, que desilusionarse si los resultados no se corresponden con los objetivos perseguidos: el entusiasmo es el camino para el aprendizaje del hábito lector.
Quisiera haceros una última invitación: necesitamos profesores activos que contribuyan a promover la lectura en sus centros de trabajo, y que estén convencidos de que el alumnado no solo debe dominar la técnica de la lectura para acceder a las fuentes de información (la habitual lectura instrumental y pragmática), sino que hay que fortalecer el hábito lector (a través de una lectura literaria) hasta convertirlo en una actitud, en una fuente de enriquecimiento personal del alumnado.


ÍNDICE
I. ¿CÓMO CREAR UN PLAN LECTOR? | 7

1.   ¿Por qué es importante leer? Leer más para leer y comprender mejor. | 8
2. Ámbitos para la promoción de la lectura y análisis de las necesidades. | 10
2.1. Diagnóstico sobre la deficiente educación lectora en los IES. | 11
            2.2. Legislación sobre el valor de la lectura. | 13

3. Propuestas de intervención. | 16
           
3.1. Un Plan Global de Lecturas (PGL) para un IES. | 16
            3.2. Un Plan Individual de Lecturas (PIL). | 22
            3.3. La creación de un Biblioteca de Aula. | 25
            3.4. Ámbito familiar: “leer en clasa”. ¿Qué hacer para que nuestros hijos sean lectores? | 27


II. ¿QUÉ LEER? | 29

1. Qué leer en Primaria. | 32
2. Qué leer en Secundaria. Tres planes lectores. | 43
a. Plan lector basado en literatura juvenil. | 43
                        b. Plan lector basado en literatura clásica. | 44
                        c. La ruleta de la lectura. | 47

    3. Títulos. Definición de Literatura Juvenil. Guías de lectura. | 48

a. Definición de literatura juvenil. | 49
b. Guías de lectura y selección de títulos. | 52

III. CUADERNO PARA PROGRAMAR LA LECTURA | 63

1.     Biografía lectora. | 66
2.     Diario de lecturas. | 68
3.     Trabajar el vocabulario. | 80
4.     De la lectura a la escritura. |85
5.     Valoración del proyecto Lecturas al Pil Pil. | 96
6.     Pruebas de nivel y seguimiento. | 99
7.     Programar la lectura y la escritura. | 113
8.     Control de lectura por grupos. | 117
9.     Modelos de guías de lectura. | 120
10.  Textos para reflexionar. | 131


IV. FUENTES DE INFORMACIÓN | 134

V.  REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS | 141


martes, 28 de marzo de 2017






“SE VENDE TODO”, Pedro Mañas

“Lo vendo todo, lo vendo”,
grita un hombre en el mercado.
“Vendo tuercas y tornillos,
cerraduras y candados,
bombón helado y barquillos,
alcohol, tiritas y yodo,
camisas y calzoncillos!
!De todo, vendo de todo!”


Se le acerca una clienta:
“Quiero un bote de silencio,
medio litro de tormenta,
cuatro cajas de buen tiempo
y un kilo de isla desierta.
Quiero espuma de la playa,
dos botellas de laguna,
un racimo de palabras
y una rodaja de luna”.

El hombre del puesto se enfada:
“!No vendo nada de eso!”.
Y ella se marcha diciendo:
“Entonces no vende nada…”.


Del libro Ciudad laberinto, Premio de Poesía para Niños Ciudad de Orihuela 2009

miércoles, 22 de marzo de 2017

                                            


LA PARTITURA, Mónica Rodríguez

Escribir para vencer al olvido, para impedir que la nieve cubra los recuerdos y los secretos de una vida. Este pudiera ser el motivo por el que Marta, la narradora omnisciente de esta novela, nos cuenta la vida de dos genios de la música, Daniel Faura (conocido como Gandalf) y la bella Sayá Sansar, a sabiendas de que saldrá zarandeada emocionalmente.
      Marta, una joven que trabaja como asistenta en una residencia de ancianos, conoce a Gandalf, un viejo estrafalario, de larga barba en forma de triángulo, quien un día, en mitad de la noche, interpreta la música más intensa y conmovedora que Marta haya escuchado jamás. Esa música, conocida más tarde como Sonata para Sayá, esconde el secreto de una vida, la vida que Gandalf y Sayá vivieron en la primera mitad del siglo pasado en Rusia, Mongolia, Viena, Mallorca y en otros lugares de Europa. Al mismo tiempo es una bella historia sobre el poder emocional de la música y su capacidad para unir almas que sientan cierta connivencia estética. Marta lo expresa así: “Y pienso que el tiempo es capaz de borrarlo todo, de pudrir la madera de un piano, pero que la música permanece” (p. 15). También se citan, entre otras, obras de Chopin (Estudio, op. 10, nº3) y de Schumann (Sonata nº 1).
      Por otra parte, la relación entre Daniel y Sayá es la historia de un amor y de cómo los anhelos de posesión destruyen precisamente ese amor. Al mismo tiempo que Marta construye la novela, vive también ciertos altibajos emocionales en su relación con Roberto, a quien formula algunas preguntas al final de la novela. Marta expresa su deseo de que alguien la quiera de verdad, pues siente que a su vida le falta equilibrio: “El desamor es algo terrible, te vence. Te aniquila. Aquellos días yo no tenía ganas de nada, me sentía como Gandalf  cuando sucumbía a la apatía. Nada merecía la pena si tú no estabas conmigo” (p. 33). Esta novela, en esencia, revela la carta, el diario y una sonata, obras que Daniel Faura dedicó a Sayá Sandar. Con gran maestría Marta maneja los tiempos narrativos, regresa al pasado a través de la lectura del diario de Gandalf, vuelve a la residencia y a su presente en la casa desde la que escribe la obra mientras ve caer la nieve, y hace partícipe a Roberto de todas sus decisiones. Para Sayá el amor de Daniel estaba viciado en su origen, pues tanto la quería y de manera tan posesiva que llegó a destruirla: “No basta el amor. No basta. Tal vez si la vida fuera una novela (…) bastaría con el amor, pero la vida es el día a día, son las pequeñas cosas que nos suceden a cada segundo (…). No sé si me amaba. Estaba obsesionado conmigo, sí, y por eso me destruía cada día” (p. 207). Al final de la novela, mientras Marta y Sayá toman un té verde en una cafetería, Marta descubre que son distintas las visiones que ellas tienen de Daniel: para Marta, Daniel refleja la entrega más absoluta a un ideal, mientras que para Sayá ese amor mal entendido es un ejemplo de dominio y destrucción. La vida, como los recuerdos, se alteran subjetivamente con el paso del tiempo.
      En cuanto al estilo, sobresale un contenido lirismo que no ahoga el fluido desarrollo de la acción, siempre guiado por un ritmo narrativo encomiable; destaca el detallismo descriptivo, una manera elegante y delicada de captar la realidad: “La luz del día rompía contra los altos tilos, ya sin hojas, (…). Recuerdo que pensé que parecían huesos, esqueletos de árboles, (…). Supongo que, si no hubiera mirado a los tilos tanto rato, mi vida no habría dado un vuelco. Pero la vida, ya sabes, es una sucesión de momentos, (…). Así pues, doblé la esquina y mi vida se vino al traste” (p. 32).
Esta novela se merece una buena guía de lectura, dedicarle más tiempo de análisis, pero lo que se merece principalmente es que sea leída. La partitura (XVI Premio Alandar de Narrativa Juvenil, 2016) excede los estrechos límites de lo que yo considero una novela juvenil. Es tan buena, plantea con tanta emoción y sabiduría los temas claves de la literatura (el amor y su contrario, la muerte, la soledad, la posesión, la aventura vital y viajera, la música…) que encaja más bien en el marchamo de una literatura “apta para jóvenes” y, por lo tanto, idónea para quienes quieran disfrutar de una de las mejores novelas que, desde mi punto de vista, se han publicado últimamente.

sábado, 18 de marzo de 2017




POEMAS, Amalia Bautista

AL CABO

Al cabo son muy pocas las palabras
que de verdad nos duelen, y muy pocas
las que consiguen alegrar el alma.

Y son también muy pocas las personas
que mueven nuestro corazón, y menos
aún las que lo mueven mucho tiempo.

Al cabo son poquísimas las cosas
que de verdad importan en la vida:
poder querer a alguien, que nos quieran
y no morir después que nuestros hijos.


CUÉNTAMELO OTRA VEZ

Cuéntamelo otra vez, es tan hermoso
que no me canso nunca de escucharlo.
Repíteme otra vez que la pareja
del cuento fue feliz hasta la muerte,
que ella no le fue infiel, que a él ni siquiera
se le ocurrió engañarla. Y no te olvides
de que, a pesar del tiempo y los problemas,
se seguían besando cada noche.
Cuéntamelo mil veces, por favor:
es la historia más bella que conozco.

lunes, 6 de marzo de 2017




                                            


MODORRA, Rafael Azuar

Hace tiempo leí esta novela e incluso redacté unas notas para el suplemento Artes y Letras de INFORMACIÓN. Tenía el recorte en una carpeta de cuyos textos voy desprendiéndome porque ahora tienen poco sentido para mí. Sin embargo, ha querido el azar que me fijara en esta hoja amarilla que miro con ilusión y distancia mientras tecleo. No puedo adivinar la fecha en que lo publiqué, pero decido copiar lo que entonces escribí. También ha querido el azar que después de mantener una conversación cariñosa con mi tía Marisa, me revelara que Rafael Azuar Carmen (Elche, 1921- Alicante, 2002) vivió justo encima de la casa de mis abuelos, en San Blas, un barrio de Alicante para mí muy querido. Reproduzco lo que entonces escribí después de leer una novelita de la que aún guardo un grato recuerdo. Es también mi sencillo homenaje a alguien que hizo mucho por la cultura alicantina.
Modorra (Premio Café Gijón 1967) es, sobre todo, la plasmación de pequeñas historias de personajes rurales, cuyas “existencias se extinguen llenas de monotonía” en un espacio con claras referencias azorinianas. La acción se sitúa en Salinas y sus alrededores, en un pueblecito donde al parecer su autor vivió y donde concluye su novela.
Pero, ¿por qué prestar atención a una novela que Aguaclara publicó en 1990 y que difícilmente puede encontrarse ahora en una librería? La razón no es otra que su pertenencia a mi ámbito cultural y geográfico, y, sobre todo, la calidad literaria que advierto en sus páginas, hecho este último que puede concretarse en dos aspectos: los matices temáticos en torno a la vida monótona de los personajes y los valores puramente estilísticos.
Desde el punto de vista temático, la acción se sitúa en “un tiempo continuo”, en el que los personajes albergan escasas esperanzas y se limitan a conversar sobre “los tiempos pasados”. Y cuando hay un asomo de futuro (las ambiciones profesionales del ciclista Faelo y el probable amor entre María y Pedro), todo es vencido por un destino trágico que impide cualquier huida de ese yerto ambiente rural. Así, la acción se construye en torno al bar, un microcosmos en el que se dan cita los personajes que entran y salen, lo que provoca un continuo movimiento de la cortinilla de plástico de la puerta. A su alrededor contemplamos el campo, siempre “adormecido” por una cegadora claridad “bajo el ardor implacable del sol”. También se percibe un vago  existencialismo en las palabras de Julio, el maestro, cuyo pasado permanece oculto para muchos: “¿Qué significa la existencia? ¿Qué sentido tiene?  Hasta el amor se rompe y acaba en un paréntesis del tiempo”. Y junto a un amor imposible, surge también el amor fatal, encarnado en Luisa, esa erotómana casquivana que ha llegado a unos extremos de degradación impropios del lugar donde trascurren los hechos: “Era como un trozo de playa, dorada y estéril; cualquier hombre podía sentir la tentación de tenderse sobre ella”.
Los viejos, esos personajes sufridos que tan bien han sido retratados en la novela rural del medio siglo pasado, conviven con una acuciante decrepitud. Así, Tonono, Camilo, Tomás, Eusebio son “viejos vencidos por el tiempo y los achaques”; en sus palabras hay “una especie de añoranza, algo como el sabor del buen vino, que jamás se olvida”.
Desde el punto estilístico, estamos ante una novela muy estimable, en la que hay un predominio de la descripción del paisaje hasta el punto de que pudiera decirse que este se convierte en el marco sensorial en el que se mueven los personajes. El tratamiento de la luz (casi siempre en la canícula) es recurren en un paisaje en el que “el aire olía a pino, a tomillo, a inmensidad”. El paisaje que nos muestra es seco y luminoso, muy alejado de la exuberancia panteísta de Miró: “Todo el valle, de manzanos y viñedos, verdea hasta la laguna gris y muerta, donde todo signo de vida se extingue en un enorme llano de ceniza”. Junto a esta sensorialidad hay también una vaga sensualidad que rezuma poesía: “Un hombre y una mujer no deben encontrarse solos en casa… Hay un silencio en el que sólo se percibe la respiración, el aliento. Se advierte también una extraña suavidad en todo. En una cama deshecha, en el rumor del agua, en un visillo que roza el aire junto a una ventana entreabierta…”.
Creo que los logros estilísticos que Azuar alcanza en esta novela son muy estimables: hay una adjetivación acertada (“el viejo gitano, menudo, cenceño, chupado de rostro, de ojos fríos y sin pestañas”); advertimos un léxico específicamente rural (vides, moyuelos, olmos, manzanos…) y, por último, el uso de la frase corta azoriniana es muy eficaz para enmarcar la acción de la novela en un espacio inconcreto y un tiempo continuo.