lunes, 11 de febrero de 2019



EN LAS ESTRELLAS, Iván Palomares







VIDAS CALLADAS, José Mateos

No sé si sabría vivir sin leer y sin escribir ni una línea. No sé si sabría llenar mi tiempo sin recurrir a la dulce cobertura de las palabras. No puedo soportar que mi estado de ánimo dependa de eso: de un buen libro por delante o de una buena frase en el ordenador. Lo que comenzó siendo una búsqueda se ha convertido en una obsesión y casi en una profesión. Y no sé si a estas alturas sería capaz de prescindir de esas actividades para ser lo que soy sin ellas, sin toda la polvareda que levantan alrededor. No sé. Pero a veces pienso que no estaría mal esa renuncia. Al menos durante unos años. ¿Qué haría? Nada. No haría nada. Absolutamente nada. No escribir en la página en blanco para poder leer en ella. Ver crecer el silencio. Mirar, durante horas, ese desconchón de la pared. Sin pensar. Sin sacar conclusiones. Hasta descubrir que es, como todo, un mapa en miniatura del paraíso.

miércoles, 6 de febrero de 2019




LA COSA, Juan José Millás

De pequeño tuve una caja de zapatos que llegó a ser mi juguete preferido, entre otras cosas porque no tenía otro. Pero envejeció más deprisa que los zapatos que había llevado dentro, de manera que a mi caja se le cayó un día la primera a y se quedó en una cja, que así, a primera vista, parece un juguete yugoslavo. Busqué entre las herramientas de mi padre una a de repuesto, pero no había ninguna y tuve que sustituirla por una o. De este modo, sin transición, tuve que olvidar la caja para hacerme cargo de una coja, lo que es tan duro como pasar directamente de la niñez a los  asuntos.
      Jugué mucho con aquella coja, todavía la recuerdo, pero se fue haciendo mayor también y un día se le cayó la jota. Hay quien piensa que las vocales se estropean antes que las consonantes, pero yo creo que vienen a durar más o menos lo mismo. El caso es que tampoco encontré entre los tornillos de mi padre una jota en buen uso, así que la sustituí por una pe que estaba prácticamente sin estrenar. La coloqué en el lugar de la jota y me salió una copa estupenda, con la que he bebido de todo hasta ayer mismo, que se me cayó al suelo y se rompió.
       A decir verdad, se rompió justamente por la pe, y como es muy antigua no he encontrado en ninguna ferretería una igual. Ayer fui a casa de mis padres, y después de mucho rebuscar en el trastero di con una ese que no desentona con el conjunto. O sea, que ahora tengo una cosa, pero no sé qué hacer con ella. La caja, la coja y la copa eran muy útiles para guardar secretos, jugar o emborracharse. Pero la cosa me da miedo; además, la escondí en el bolsillo interior de la chaqueta, de manera que desde ayer tengo una cosa aquí, en el pecho, que me llena de angustia. Lo peor de todo es que, como no sé qué es, tampoco sé cómo se rompe.
       Qué vida, ¿no?


domingo, 20 de enero de 2019






BENEDETTA FOLLIA,  Michele Braga y Tommy Caputo




viernes, 11 de enero de 2019














EL CUARTO DEL SIROCO, Álvaro Valverde


¡Con cuánto agrado he leído el último libro de Álvaro Valverde! Sigo a este autor extremeño desde hace mucho tiempo. Leí sus libros anteriores con verdadero placer y ahora experimento idéntica sensación con la lectura de unos poemas más contenidos y acendrados estilísticamente. Se trata de un poemario extenso que contiene muy buenos poemas junto a otros que son resultado de la decidida expresión de un aliento menor. En su conjunto, son versos que recogen la biografía de su autor, pues no en vano están dispuestos en el orden cronológico en que fueron escritos, como si cada poema fuera la pieza textual que refleja el proceso de construcción de una vida.
         Hay sutiles referencias culturales que encajan con elegancia en el todo armónico del poemario (“leo, como otras veces, a Leopardi / y su voz se hace mía”; o los delicados y sugerentes dibujos de Laffón; el sentido racional de la arquitectura de Barba Corsini y la alusión a la película El manantial, de Vidor; la “naturaleza pensativa” de Stevens, y puntuales menciones a Alberto Manguel, Yannis Ritsos y Szymborska, entre otras). Expresa la naturaleza vivida en poemas delicados y hondos (“El mirlo”, Aquí y “Las Nogaledas”). Hay otros, por el contrario, en los que el sesgo narrativo confiere un ritmo perfecto al poema (“El cuarto del Siroco”); este que da título al libro contiene el elemento metafórico clave para explicar el sentido global del poemario: la literatura entendida como una casa donde existen cuartos-poemas en los que protegerse de las inclemencias del viento (el siroco) y de la vida. Aparecen recurrentes alusiones a la pertenencia de un lugar (Extremadura), pero no sólo física sino también, y sobre todo, cultural y estética (Évora, Lisboa), como sucede en “En otra parte”, “Aquí” y “Évora”, y en la mención de Ángel Campos Pámpano por su constante promoción de la cultura lusa. Explora otros mundos literarios en los que la vida encuentra su razón de ser, tal y como sucede en los hermosos poemas “El lector” (“La vida espera fuera, la que él lleva, / como cualquier lector, cuando no vive”) y “Meditación en Bohemia”. En varias ocasiones se intercalan poemas en prosa (“Una elegía”, “Mujeres”) y algún que otro poema de sereno sentimiento amoroso (“Canción de aniversario”). Por último, conviene aludir al hecho de que el poemario se abre con una declaración sobre su quehacer en “A modo de poética” y se cierra con “Aquél”, un excelente poema que viene a ser algo así como un perfecto manual de vida de alguien que se dedicó a encontrar en el mundo los signos de la belleza y la esencialidad poéticas. Un libro excelente.

EL CUARTO DEL SIROCO

Cuenta Leonardo Sciascia
que en las casas patricias
de la vieja Sicilia
había, desde el siglo XVIII,
un cuarto del Sirocco.
En él se refugiaban de ese viento
los días que soplaba con más fuerza.
Uno quisiera
que en las horas peores de la vida,
cuando todo se vuelve violento vendaval
y las cosas se ocultan tras un velo de polvo,
existiera una estancia semejante.
Un lugar recogido, a modo de refugio,
en el que cobijarse
del triste pensamiento de la muerte.
Aunque sea inevitable,
como el de Ramalmuto revelara,
que, antes de que se le note en el aire,
el siroco se nos clave en las sienes;
que antes de que se anuncie
ya se le sienta, sin remedio,
en las rodillas.


AQUÉL

Aquél que se levanta cada día
y piensa que la muerte se le acerca.
El que triste se afeita distraído
sin más motivación que la costumbre.
Aquél que va al trabajo y que camina
con su turbio pasado a las espaldas.
Quien mira en sus ojeras la razón
que toda sinrazón lleva consigo.
El que ignora que existe la alegría
y el porvenir como estación posible.
Para quien el amor sólo es quimera.
El hombre que a pesar de todo eso
se resigna o se obstina, mas no cede.
Quien resiste sereno a la intemperie.
Aquél que no consigue
ni darse por vencido.
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miércoles, 9 de enero de 2019





DEMI LUNE, René Aubry




domingo, 16 de diciembre de 2018







LA SEMILLA DEL ÓXIDO, José Luis García Herrera



Este poemario obtuvo el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana de 2017. 
Cedo la voz a otros que han analizado como mucho acierto la hondura de pensamiento y la belleza estilística de este libro intenso.


-“Nos encontramos ante una poesía testimonial, el autorretrato de unos precedentes que se arrastran. (…) La semilla del óxido es poesía intensa, rica en imágenes de una contundencia y una belleza muy logradas”. Javier Puig.


-“Hay una persistente indagación sobre la identidad y sobre la función que ejerce el lenguaje en la construcción de dicha identidad, y hablo de persistencia porque, a veces de manera explícita y otras de forma más solapada, ese conflicto está presente en todos los poemas del libro y, sin embargo, José Luis García Herrera (Esplugues de Llobregat, 1964) ha conseguido ofrecer una multiplicidad de puntos de vista que en ningún momento resultan monótonos, algo que no resulta fácil conseguir en un libro de la solidez de La semilla del óxido. Carlos Alcorta.


-“El poemario se debate entre varias vetas temáticas, empezando por la experiencia vital. El programa de vida del poeta, aparentemente sencillo pero ambicioso en realidad (“amar, ser amado y escribir”), se enuncia desde el primer momento en “Acta de fe”. La vida es una búsqueda permanente y siempre insatisfecha (“En la cruz del silencio”), marcada a veces por la desazón y el desengaño (“Tiempo de óxido”), a veces por las incertidumbres (“Funámbulo de la noche”) y a veces por los dolores de la existencia (“Existencia”) y la herida del vacío (“Fui”), que puede explicar la necesidad de la reivindicación identitaria (“D.N.I.”). El poeta comparte con el lector una poesía sentida, empática, conmovida y no solo conmovedora, que late entre otros poemas en “Accidente” y en la sección “Huellas sobre el agua”, de especial intensidad y hondura”.
Santiago López Navia.


ACTA DE FE

No pretendo ir más allá de donde he venido.
Que sean otros quienes jueguen su fortuna
en saltos de acrobacia y búsquedas sin norte
en el amplio claustro de las huellas lejanas.
Sólo sé que anhelo conocerme a mí mismo
desde los roquedales de la soledad y desde el mar
que tiñe de azul la sal de mis palabras.
Quede la eternidad en el mármol rojo de la ira
y en la placa oxidada de la envidia. No deseo
beberme la pócima secreta de la inmortalidad
ni dejar en mis versos el perfume agreste
que despliegan las hierbas en el camposanto.
Al fin, soy nada más que alma en pena
con tiempo hipotecado, deudor
de un amor de mujer que no merezco,
afortunado aprendiz de poeta
que halló felicidad haciendo lo que más quería:
amar, ser amado y escribir.


VOZ EN LA TIERRA

Al final del camino, con los tejados de las casas
tiñendo de rojo el horizonte,
me arrodillo y recojo un terrón de tierra.
Es tierra tan sólo. Y a la vez, lo es todo.
Es ley de vida y de muerte,
de ayer y de futuro, de este ruin presente
que se escapa de las manos como un pez de oro.
Amo esta tierra. Seré parte de ella un día.
También mis desvelados poemas,
mis cicatrices y el vigor de mis huellas
serán testamento mudo bajo la tierra.
En ella se funde el sudor y la sangre,
de quienes recogieron el fruto del esfuerzo
y la perseverancia por extraer de la nada
la esencia de lo eterno.
Y al final nada somos.
Sólo firme voluntad férrea
por reafirmar en tinta la memoria de nuestro paso,
por derrocar a las huestes del tiempo
y seguir viviendo en el corazón
de quienes llegarán, tiempo después,
a pisar este terrón de tierra que sostengo en mi mano.
Cae la noche, alguien nos espera y el camino es largo.



domingo, 11 de noviembre de 2018



 
UN LUGAR PARA TODOS,
Julián Montesinos

[Premiado en el Certamen de Relato Corto Géminis 2013, Aspe, Alicante]




 

LA LA LAND, Lola & Hauser  


  
Un niño
inútilmente cuenta las estrellas
en el balcón vecino.
 
Dámaso Alonso
  

Una vez, siendo niño, le pregunté a mi padre
a dónde van los hombres cuando mueren.
Juan R. Barat



Allá donde estés, estas palabras llegarán a tu universo, navegarán por las constelaciones hasta depositarse suavemente en tu corazón. Estas palabras recorrerán miles de kilómetros y tú sabrás acogerlas cuando lleguen a tu regazo algo cansadas, cuando retumben como un sonido alegre en tus manos abiertas.
  Dice nuestro hijo que debemos comprar una estrella para que tú descanses y sea con el tiempo un lugar para todos. Me urge a comprarla, porque sostiene que, de no hacerlo, seguirás viajando por el espacio sin encontrar la paz. Tanto ha reflexionado sobre esta cuestión que Martín considera que sería incluso mejor crear una web para comprar y vender estrellas. Asegura que hay muchas en el cielo y que existen enamorados que están dispuestos a pagar cualquier precio por un certificado que asegure que Casiopea o Caballito son observadas con admiración desde la Tierra. Le escucho con atención porque sabe que me gusta mirar el cielo, y porque muchas veces le he dicho que las buenas personas deambulan por el universo como si fueran trocitos luminosos de un dios dormido en el espacio. Sin embargo, él se siente contrariado porque no comprende que todos los hombres sin excepción acaben siendo estrellas correteando por el universo.
  Mientras comemos hago esfuerzos para que no note mi tristeza. Lloro tu ausencia y asumo que la vida es algo así como gozar del alegre sucederse de los días ante la previsible amenaza de que todo de repente pueda quebrarse. Nuestro hijo sugiere que si comprásemos una estrella podríamos vivir en paz sabiendo que allí descansan todos nuestros seres queridos. Él propone comprar una que responde al nombre de Mesa, pues sería la adecuada para reunir a todos los que se han ido y vagan sin descanso por la oscuridad del infinito. Y estas palabras suyas me producen tanta aflicción que despiertan en mí un inusitado interés por su propuesta.
  Desde la cocina veo que ha empezado a nevar. Me acerco a la ventana y contemplo la belleza de la imagen. Salgo a dar un paseo con la intención de encontrar un lugar donde esparcir tus cenizas. Mi padre siempre me decía que los muertos viven en las estrellas que danzan perdidas por el universo. Con el tiempo he aprendido que también mueren y esta certeza, no sé por qué, me produce una inconsolable zozobra.
  Me dirijo hacia el río y fijo la mirada en los árboles pelados. Camino sin prisas y me paro junto a un semáforo. Observo al muñeco verde en movimiento y a la gente que se agrupa en torno al paso de cebra, cada uno pensando en sus cosas, mientras yo regreso a tu vida. Al fondo, entre los árboles, veo un puente sobre el río. Me quedo quieto y dejo que otros pies avancen, se integren en ese imparable movimiento de existir. Me acerco al puente, contento por haber encontrado el lugar idóneo para dar al aire tus cenizas.
  Ha parado de nevar, pero el viento frío de diciembre golpea mi frente. He estado demasiado tiempo fuera de casa y decido regresar lentamente. Nuestro hijo me espera para comprar una estrella. La urna continúa en la mesa del comedor. La miro y pienso en ti. Sé que las cenizas deben salir de mi casa, pero no de mi vida, deben volar a un espacio donde vivan eternamente.
  Te quiero tanto que no me sorprende este desbordado deseo de lanzarte al aire como si fueras una caracola que multiplica su nombre en un espacio sin límites. Y ahora pienso adónde iremos todos nosotros, por qué regresan la tristeza y la alegría juntamente, con qué permiso profanan esta casa abierta. Martín me espera en su habitación, quiere contarme los requisitos para comprar la estrella Mesa. Descartamos Casiopea porque se ilumina intermitentemente, es muy cara y demasiado grande. Oigo que me llama, necesita los números de la tarjeta de crédito para comprarla.
  Recuerdo las noches en que yo permanecía sentado en tu cama y te leía fragmentos de Señora de rojo sobre fondo gris, empeñado siempre en llegar al final del capítulo aunque supiera que tú estabas dormida, mientras yo seguía leyendo, modulando la entonación, con la esperanza de que desde algún lugar de tu sueño estuvieras escuchándome y agradecieras mi voz.  
  Acaricio la urna como si acariciara tu alma de piel, y admito que estamos en la intemperie de la vida, en esta hermosa y breve travesía. No queda otro remedio que comprar la estrella Mesa. Nos da igual que todo sea un fraude y que puedan venderla de nuevo a otras personas necesitadas de esperanza. No nos importa compartir la propiedad de un bien al que irás y no volverás.
  Antes de acostarnos, colocamos la urna dentro de una bolsa de papel y caminamos hacia el puente. Desde allí, esparcimos tus cenizas. Luego, nos apoyamos en la barandilla y descubrimos en el cielo oscuro unas chispas de luz. Permanezco quieto recordándote, mirando el agua del río, consciente de que siempre se vuelve al principio de todo, al amor más dulce que existir pueda.