miércoles, 14 de agosto de 2019






LA EDAD DE LA INOCENCIA,  
Elmer Bernstein (BSO)



jueves, 8 de agosto de 2019





EL SUEÑO DE LOS VENCEJOS,  
Antonio Moreno





El hecho de que haya retrasado el momento de redactar esta reseña no obedece a que el libro que ahora recomiendo no la mereciera –se trata de una obra extraordinaria, lo digo ya–, sino a que por sus cualidades como libro ha conseguido exhumar algunas regiones de mi memoria que permanecían herméticamente clausuradas, olvidadas en lugares recónditos, durmiendo el sueño eterno. Por su parte, El sueño de los vencejos, una obra autobiográfica, no de esa autoficción tan en boga, ha cumplido con la misión que tienen los libros verdaderos: despertar la conciencia adormecida, explicar al escritor y al lector que se atrevan a acercarse al abrevadero de sus páginas, crear en cada página un espacio para la emoción y la comprensión…
       Este libro reconstruye la infancia y la preadolescencia de un hombre, el escritor, que necesita fijar por escritor su mundo en el Alicante, alrededor de 1975: las distantes relaciones con su padre y el frustrado acercamiento mutuo, que la muerte inesperada truncó; la madre vitalista que evoluciona desde los preceptos cristianos hasta cierta concepción vitalista de la existencia; el hermano sabio que nos sorprende con sus decisiones y sus firmes convicciones. En fin, un mundo que se mira desde un presente, que se busca con denuedo, que se apoya en fotografías que han permitido congelar un tiempo en la memoria del escritor, porque el autor necesita sumergirse en ese tiempo y espacio con el objetivo de extraer el alimento que necesita para comprender y reconocerse. Diría que este libro memorialístico se convierte casi en un manual de vida con sus sabias opiniones dispersas, sus ideas ponderadas y un tratamiento narrativo equidistante tanto de la efusión lírica en la reconstrucción de la infancia como de la locuacidad narrativa, pues todo está guiado por la contención.
       Mientras redacto estas líneas en la soledad de la playa, con escasos libros al alcance, la memoria me permite afirmar que he leído casi toda la obra de este escritor. Sin embargo, en mi modesto bagaje lector brillan con intensidad algunos libros esenciales de Antonio Moreno: en poesía, Solar antiguo, Visión del humo, Tierra alta –¡cuánto esplendor!–, Nombres del árbol, Caudal –¡cuánta vida vivida y compartida!; en prosa, recuerdo Mundo menor; y entre sus libros de viajes, ya reseñé de manera encomiástica en este blog un libro llamado a perdurar, Estar no estando. Y hago este somero recorrido porque quiero llegar a este último libro citado. Creo –y quizá esté equivocado– que la estructura itinerante de Estar no estando, con sus constantes regresos a la infancia, favorece un ameno diálogo del escritor caminante con su presente, confieren a esta obra un dinamismo ausente en El sueño de los vencejos. No podía ser de otro modo: en el libro que reseñamos es la mirada selectiva de su autor la que nos guía hacia un pasado clausurado. Y así llego al nudo de la cuestión sobre los motivos por los que este libro en mis manos se convirtió en un artefacto que me recordó momentos tristes de mi infancia, en un instrumento que me recordaba pasajes tan sombríos  y tristes, como los que en ocasiones revela su autor. Avanzaba en su lectura y encontraba en sus páginas muchos momentos en los que me veía retratado: el mundo que recreaba Antonio Moreno era el mundo que yo viví casi simultáneamente al escritor. Sus caminatas por la calle Quintana de Alicante, por la Diputación, por el barrio de Benalúa, por la Ciudad de Asís, por el puerto, por la playa de San Gabriel, son también algunos escenarios de mi infancia. Y en aquella época hubo también en mi vida algunos momentos que mi innata propensión al entusiasmo ha guardado para siempre en un baúl lleno de viento y olvido. No exagero si digo que no me gusta hablar del pasado, de mi pasado. Y este libro de Antonio Moreno se convirtió en una especie de ganzúa que volaba todos los cerrojos y me dejaba a la intemperie con algunos recuerdos dolorosos. También me dolía que el autor reconociera el desafecto puntual en sus relaciones padre e hijo, porque pensaba en la vida desperdiciada del mío, la de un hombre de infinita bondad y muerte prematura. El sueño de los vencejos es como el vuelo de los vencejos: un no estarse quieto en la reconstrucción de un pasado triste al tiempo que luminoso.
       No es que rehúya de un tiempo con nubosidad variable, no es eso; más bien aspiro a encontrar en los libros eso que suelo llamar el SAS (Sabiduría, Armonía, Serenidad). Y el vuelo reparador de los vencejos ha movido las patas de mi Serenidad hasta dejar mi vida desvencijada  en algún momento. Desde que hace años leí un pecio –pequeño texto ensayístico– de Rafael Sánchez Ferlosio, en el que se reafirmaba en su idea de no hablar de sí mismo, me reconforta la idea de que a veces no conviene compartir ciertos recuerdos, pero al momento pienso que escribir no es más que ir dándose poco a poco a los demás. Tal vez esté equivocado. Conviene, no obstante, conocer la noble y modesta intención que guía la escritura de esta obra. Antonio Moreno afirma: “La mía, mi historia –con minúscula, ciertamente–, no tiene nada de especial, ni siquiera sus sombras. No me quejo en absoluto de ellas. Y por supuesto no he pretendido hacer un pueril ajuste de cuentas con nadie. No he querido erigirme en juez de nada. Mi padre, mi madre, los suyos, sencillamente vinieron a este extraño mundo… Sus torpezas, sus carencias, no fueron mayores que las mías. Siempre tengo esto presente. Como el amor que en todo instante les profeso” (p. 14).
       Por otra parte, El sueño de los vencejos es un dechado de reflexiones ponderadas: el “ferviente agnosticismo” de su autor (“un modo de orar, mirar con afecto”, p. 53); la alusión a Il Tuffatore –el saltador– vendría a ser una metáfora de la plenitud de la vida, como si existir o saltar fueran un proceso de descendimiento que “muestran estilizadamente el carácter efímero de cada instante” (p. 44); la sutiles alusiones a los anhelos de libertad de una época en la que pobreza era muy evidente; la denuncia de algunos métodos educativos excesivamente vejatorios, así como el atribulado proceso de aprendizaje del autor (p. 76); el descubrimiento de la voluptuosidad a través del baile de la madre de su amigo que revela la existencia de una fuerza oculta e ingobernable (p. 123); la recreación de un mundo clasista y ridículo presente en muchas circunstancias sociales; la conciencia de la soledad (“qué solos estábamos”, p. 141) y la salvación necesaria a través del afecto que encuentra en su familia conforme la vida avanza; la reconciliación, la mutua comprensión, la defensa de la singularidad de cada ser humano… En fin, un libro temáticamente completo y valiente.

       Aunque para un lector no muy avezado el estilo del autor pudiera rezumar a primera vista un aroma retórico, la perfección de la prosa acaba convirtiéndose para el lector atento en un ejemplo de maestría verbal. Expresiones como “se oreaba en el albero del patio”, “la retrató en un dibujo a la sanguina”, “trabajaba de meritorio”, no pueden ser consideradas como expresiones en desuso, sino como estructuras necesarias dentro del anhelo de exactitud y precisión que guía la prosa de Antonio Moreno. En esta época líquida, cansada y superficial en la que nos movemos, el dominio léxico y la perfección en la construcción lingüística que demuestra el autor lo hacen merecedor de una afirmación en ningún punto exagerada: un maestro de la prosa que nos regala un amplio conocimiento de los vocablos que forman parte del campo semántico del mar y de la ictiología, entre otros. En ocasiones, me asombra el pincel de su prosa para crear la imagen de un mundo, de un tiempo: “En aquellos días destacaba el óxido. (…) Las fachadas acumulaban ambiguas capas de pintura, armonizadas por la incuria. Y en las puertas eran habituales los finos churretes del óxido de unos clavos” (p. 27).
       Recuerdo que hace unos días leí una reseña de Juan Marqués sobre el último libro de poemas de Vicente Gallego, en la que el crítico recordaba unas palabras que el poeta utilizó para definir el quehacer poético de Antonio Moreno. Decía V. Gallego del autor que nos ocupa: “huye del alarde retórico y de cualquier oscuridad innecesaria”. A semejante elogio habría que añadir el pulso narrativo con el que está escrito El sueño de los vencejos.
       Esta reseña que ahora lees, desocupado lector, es anterior a la que hace unos días publique sobre Ordesa. Aunque comparten una misma filiación temática de restituir la importancia de la figura paterna, en la obra de Antonio Moreno prevalece un anhelo de comprender las relaciones afectivas de una familia en una época concreta, el tardofranquismo. El estilo del autor de El sueño de los vencejos está embridado, sigue una cronología interna, aspira a comprender y a recomponer afectos; por el contrario, la obra de Manuel Vilas se regodea en un estilo unas veces efectista, otras digresivas, salpimentado con digresiones filosóficas, aunque en ocasiones se agradece sus contrapuntos humorísticos y ciertas asociaciones ingeniosas.  Dos obras autobiográficas que nos cuentan una verdad verdadera. ¡Cómo me gustaría que al común de los mortales una obra llevara a la otra y viceversa! Aunque tal vez, y una vez más, tendrá razón el refranero: “unos cardan la lana y otros se llevan la fama”.



miércoles, 24 de julio de 2019






ORDESA,  
Manuel Vilas


Lo confieso: yo también he leído Ordesa. Y he leído muchas críticas favorables. Mi reseña esta vez será breve, brevísima: el libro me ha gustado, aunque no le habría sentado nada mal alguna dieta de adelgazamiento en sus páginas.
       Consta de 157 entradas numeradas y un epílogo de 11 poemas, cuya temática es afín al contenido de la novela (¿?), de la autoficción o de la biografía novela, pues todo cuando se dice –y así lo ha afirmado su autor en alguna ocasión– es verdad. Y esta verdad no le confiere ningún valor añadido a la novela, si no fuera por el tratamiento estilístico de lo contado. El libro es un homenaje a sus padres, a los que tanto quiso y con quienes siempre estará en deuda. Pero lo importante no es que estemos ante una elegía hímnica  –lo que no deja de ser un extraño oxímoron–, sino que hay que encontrar lo sobresaliente en el estilo, un artificio en el que el autor se regodea, sabedor de sus cualidades. Se trata de una novela acumulativa, que se lee con la misma velocidad vertiginosa con la que se olvida, a no ser que el lector tenga la paciencia de ir subrayando aquí y allá algunos párrafos esenciales. Simplificando mucho mi interpretación, sobresalen varios aspectos: me resulta sugerente la creación de esa Voz que le habla al propio narrador-personaje, algo así como su conciencia; me convence el acierto de referirse a los personajes con los nombres de los grandes músicos de la historia, así Wagner será su madre, Bach, su padre, etc.; me resulta original ese tránsito entre la materialidad de lo narrador (objetos, cosas) y la reflexión filosófica sobre aspectos que el autor elige (muerte, capitalismo, desamparo, educación, la vida…); y me parece acertado el estilo en general, un estilo entre poético y filosófico, que permite al escritor manejarse con absoluta creatividad. Creo, no obstante, que hay más poesía en la prosa –muchos capítulos acaban con alejandrinos y endecasílabos– que en los propios poemas del epílogo, excepto “El Crematorio” y “974310439”. Suele concluir muchos capítulos con versos logrados: “Mi padre fue un artista del silencio (p.60); “La música de mi corazón atolondrado”(p.221); “El Mediterráneo fue su única patria” (p.262); “Bailas conmigo una danza de amor” (p.357).
       Dejaremos al margen las consideraciones temáticas, pues estamos ante una vida fragmentada que nos muestra el itinerario biográfico del propio Manuel Vilas, alguien que después de vivir en los infiernos del alcohol es capaz de amar la luz de la vida, alguien que decidió vivir a beber, es decir, cambió las “bes” por las “uves”, como él mismo explica de manera ingeniosa. Y ahora me pregunto que cómo es posible que alguien que ama tanto la vida hable tanto de la muerte, de la presencia fantasmal de sus seres queridos, del dolor de las ausencias, de los afectos inexplicablemente rotos, de la extinción de todo, de eso que para el escritor es la extinción: la muerte.
       En ocasiones asoma la ironía e incluso el humor. Véase el capítulo 13, referido a esos jóvenes perdidos, al Coliflor, cuya trágica vida llega a conmovernos.


ADENDA

Como  el propio Manuel Vilas dijo en una charla en Elche que era un melómano compulsivo, me atrevo a proponer esta música que sugiere (¡qué simplificación!) el contenido del libro.  
       He aquí unos textos que deseo compartir:
-“Si no sabes alimentar a tus hijos, no tienes ninguna razón para existir en sociedad” (p.15).
-“Mi madre era una narradora caótica. Yo también lo soy. De mi madre heredé el caos narrativo. No lo heredé de ninguna tradición literaria, ni clásica ni vanguardista” (p.22).
-“Cuántas veces llegaba yo a mi casa, cuando tenía diecisiete años, y no me fijaba en la presencia de mi padre, no sabía si mi padre estaba en casa o no. Tenía muchas cosas que hacer, eso pensaba, cosas que no incluían la contemplación silenciosa de mi padre. Y ahora me arrepiento de no haber contemplado más la vida de mi padre. Mirar su vida, eso, simplemente.
       Mirarle la vida a mi padre, eso debería haber hecho todos los días, mucho rato” (p.73).
-“La verdad es lo más importante de la literatura. Decir todo cuanto nos ha pasado mientras hemos estado vivos. No contar la vida, sino la verdad” (p.77).
-“Es lo único que debe hacer un profesor: enseñar a sus alumnos a amar la vida y a entenderla, a entender la vida desde la inteligencia, desde una festiva inteligencia; debe enseñarle el significado de las palabras, pero no la historia de las palabras vacías, sino lo que significan” (p.112).
-“Mi memoria pone en pie una visión del mundo catastrófica, ya lo sé, pero es la que yo siento como verdad” (p.197).
-“Que te espere alguien en algún sitio es el único sentido de la vida, y el único éxito” (p. 236).



UNKNOWN (TO YOU)
Jacob Banks


 

lunes, 15 de julio de 2019





TÚ QUE VIENES A RONDARME,  
Maria Arnal i Marcel Bagés

(Un romance actual)




LAS ISLAS INVENTADAS,  
Manuel Jurado

DESPEDIDA

He venido hasta aquí con las cenizas
–ay mar de los contagios luminosos–
de una mujer dormida sobre el cielo.
Dentro de ella viví, fundé otras islas.

Son cosas que suceden con frecuencia,
pero nunca supe que un amor,
un cuerpo amado, aunque frágil, cupiera
en una copa de silencio.
                               He venido

con unas rosas frescas, amarillas,
de tallo largo y con espinas. Sangre
tengo en la yemas de los dedos. Beso
su nombre en el cristal. Pronto la espuma
la envolverá en su nácar, se hará mar:
y yo vendré otras tardes con rosas amarillas.



DECLARACIÓN

En este asunto –un tanto delicado–
habrá que ir por partes. Bien, de acuerdo:
no soy el que esperabas. Tengo arritmia
–no mido bien los versos–, luzco ojeras
profundas en el alma, dessoneto,
no plancho mis camisas y no marco
las pausas, se me ha agudizado el asma,
herencia del tiempo de la humedad
de tus labios, de tu melena limpia.
Cuando leo el periódico, no escucho
cómo cae la lluvia, tan solemne
y amarilla, en los pétalos jacintos.
Te irritas cuando fumo y se derrama
la ceniza en el suelo y pasa el gato
que, cínico, la esparce por la sala.
Me molestan los trajes y corbatas
que me impones por pura preceptiva.
Nunca he sido elegante. Soy de barrio
y mi caligrafía es de suburbio.
Siempre llevo islas en los bolsillos,
las islas inventadas, luminosas,.
No suelo colocar correctamente
un adjetivo en una frase. Sufro
fuertes pérdidas de tiempo escribiendo
tu nombre una y mil veces, por castigo
y galardón. Si he de serte sincero:
yo te esperaba impura y enigmática.

jueves, 11 de julio de 2019





SAPERE AUDE, LEGERE AUDE
Julián Montesinos

El profesor salió del departamento cargado con treinta libros, recorrió con dificultad los pasillos del instituto, entró en clase y dejó el rimero de títulos sobre la mesa. Pensaba en Wilt, ese extravagante profesor de la famosa novela de Tom Sharpe, quien repartía obras a sus alumnos con la intención de acallar lo que a su juicio era una jauría humana difícilmente controlable. No existe comparación posible; su ámbito de trabajo es afortunadamente agradable. El profesor cree que García Márquez está en lo cierto, que “un curso de literatura no debería ser mucho más que una buena guía de lecturas”. Ahora está en clase, se siente satisfecho de creer en su quehacer docente y en una metodología reflexionada durante varios lustros, y cuyo fin último es el fomento de la lectura a través del asesoramiento individual de cada alumno.
         Pero, al mismo tiempo, está insatisfecho con los ínfimos niveles lectores que exhiben sus alumnos y con los datos que reflejan las aleatorias encuestas (la más reciente informa de que un 47,8% de los valencianos no lee nunca). Descree también de las paupérrimas políticas de promoción lectora promovidas por el Ministerio (el Plan de Lectura va a concluir sin haberse notado su presencia en los IES), pues no inciden más que en campañas de concienciación del valor de leer a través de mensajes publicitarios de dudoso gusto, y se olvidan de la necesaria formación del profesorado y de la rehabilitación de las bibliotecas escolares, los dos pilares básicos para mitigar la actual anorexia lectora de tantos jóvenes.
         Una vez repuesto, el profesor enseñó los treinta libros a sus alumnos, los fue comentando uno a uno, destacó de ellos los aspectos más interesantes, transmitió el entusiasmo sereno que él sentía por los títulos, y fue entregando a cada alumno un libro. El profesor sabe que nunca es tarde para descubrir la lectura; es consciente de que los alumnos necesitan un asesoramiento individual del acto de leer, que cada joven requiere un libro concreto, porque cada individuo posee un determinado nivel de competencia lectora (NCL) y un gusto temático propio. El profesor es feliz con el método de trabajo que ha elaborado, porque, tras muchos años de leer libros pensando en el hipotético placer de sus alumnos, ha atesorado un corpus de lecturas tan amplio como adecuado para ellos. Cada año renueva la lista, e incorpora nuevos títulos y prescinde de otros. Y así crece su base de datos, en la que se alojan cientos de guías de lectura, guías que son la memoria viva de cada libro y que permiten al profesor conocer con detalle el contenido de los libros leídos, y le garantizan, de paso, una rentabilidad didáctica de cada lectura realizada. El deseo de este profesor no es otro que conocer personalmente a sus alumnos para desarrollar a cada uno de ellos un Plan Individual de Lectura (un PIL), de modo que se pueda construir la Biografía Lectora de un determinado alumno desde 1º a 4º de la ESO. Ardua es esta tarea, mas el profesor sabe que ésa es una de sus mayores responsabilidades como docente: mostrar al alumno el mundo de la lectura, no solo el de la lectura instrumental entendida como una herramienta para acceder a los conocimientos de los diversos currículos, sino, sobre todo, fomentar el gusto por la lectura literaria, placentera, estética, esa otra lectura entendida como fuente de enriquecimiento personal, tal y como se recoge en los contenidos generales de la etapa de Secundaria.
         El profesor cree humildemente en su plan, en su modelo de programación favorecedor de la lectura. Pero hasta concebirlo en su totalidad, el camino ha estado sembrado de dificultades: ha tenido que demostrar, a no pocos colegas instalados en un trasnochado elitismo lector, los valores intrínsecamente literarios de muchos de los libros en los que se apoya su plan de lectura; ha tenido que reivindicar el valor de la literatura juvenil como un modo peculiar de leer de los jóvenes, peldaño previo y necesario para acceder a la literatura clásica; ha explicado que los hombres nacen ágrafos e iletrados y que es lento el proceso de formación de lectora, mas no existe otro camino para aprender el hábito lector que la práctica y la frecuentación de la lectura en el aula, por medio de planes lectores en cada curso de la Secundaria; ha debido organizar su disciplina de tal modo que no exista la tradicional hegemonía de los contenidos conceptuales, con el fin de que la lectura no sea una actividad extracurricular, sino una práctica temporalizada y convenientemente valorada; ha debido de convencer a algunos padres y profesores de que leer no es una pérdida de tiempo, y de que no hay mejor manera de enseñar literatura que plantear una buena relación de títulos; ha reivindicado, en esencia, la lectura como experiencia personal más que como una práctica para acceder a la historia de la literatura...
         Tras muchos años, este profesor cada vez habla menos en clase, pues sabe que el proceso de aprendizaje lo deben desarrollar de modo pragmático sus alumnos, por medio de la lectura y de las propuestas de escritura pertinentes en cada libro. Este profesor ha reunido también una buena retahíla de textos de ínclitos estudiosos y escritores con los que fundamentar su proyecto de lectura, pero sabe que esa artillería erudita está disponible para quienes quieran conocer los entresijos de su proyecto y también para cuantos pretendan minusvalorar su labor, pues abundan por doquier quienes practican (atrapados por las exigencias del “programa”) cierto inmovilismo lector y cierta obsolescencia metodológica. Por eso, lo mejor es dejarle que desarrolle su trabajo: él se ha aventurado a atravesar la oscura senda del desencanto que a veces paraliza a tantos docentes, y cree en su plan de lecturas, una metodología que en estos instantes está acabando de explicar a sus alumnos con la intención de que lean, con permiso de Forges, algo más que un mísero código de barras.

(Este artículo apareció en El País el miércoles el 7 de enero de 2004).


LA RULETA DE LA LECTURA,
un Proyecto Individual de Lectura para la ESO,
Julián Montesinos


Partimos de la base de que la oferta de libros ha de ser amplia, lo que obliga al profesor a seleccionar los libros más idóneos con el fin de orientar individualmente a cada alumno en función de sus cualidades psicológicas, de su Nivel de Competencia Lectora (NCL) y de sus gustos temáticos personales. El lema de “a cada uno según sus necesidades y de cada uno según sus posibilidades” tiene sentido en lo que a la tarea de leer se refiere, pues la libertad de elegir se delega en el alumno, quien dispone de un buen número de lecturas que previamente el profesor ha explicado. Es imprescindible la creación de una Biblioteca de Aula, un espacio que anualmente se irá enriqueciendo con las aportaciones, entre otras, de los alumnos.
    Frente a la habitual inclusión en el programa de cada curso de la ESO de un bloque de lecturas “obligatorias” con el que se pretende fomentar el gusto por la lectura, resulta interesante reflexionar sobre una experiencia que he llamado La Ruleta de la Lectura, y que, a mi juicio, tiene algunos beneficios:
1. Cada alumno compra solamente un libro, que presta durante todo el curso escolar a la  Biblioteca de Aula.
2. El alumno propietario de ese libro ha de justificar por qué es bueno o malo su libro, razonar por qué se lo recomendaría a un amigo, etc. Se favorece así la expresión oral.
3. Los alumnos disponen de treinta títulos y deben leer como mínimo dos; se deja tiempo de clase para leer. Por leer más libros se les recompensará con cualquier sistema de mejora de la nota, pues todo esfuerzo ha de ser valorado. Se consigue así que la lectura no sea una actividad extraacadémica, sino insertada en la tarea diaria.
4. Por último, facilita la disponibilidad inmediata de cada ejemplar, sin depender de los habituales retrasos en la distribución de libros.
    No se puede olvidar que la obligación de leer un determinado libro produce un rechazo (en ocasiones a todo tipo de libro) por parte del alumno. No es aconsejable la obligatoriedad de trabajos documentados sobre lo leído, ni comentarios de textos, ni consiguientemente una evaluación exhaustiva del libro leído; bastará con una charla profesor-alumno o con una sucinta redacción. Una evaluación más completa podría hacerse con la redacción de un Diario de Lecturas que recoja pequeños resúmenes que el alumnado escribe tras cada sesión de lectura.

martes, 2 de julio de 2019





BLUEBIRD, Alexis Ffrench





NOTICIAS FELICES EN AVIONES DE PAPEL,  
Juan Marsé





Hacía años que no leía una novela de Juan Marsé. Congelado en mi memoria, permanecía intacto el recuerdo de gratitud tras la lectura de Últimas tardes con Teresa y El embrujo de Sanghai. Luego, la vida, como la lectura de los libros, es muy difícil de prever y lo mejor es dejarse llevar por lo que acontece. Así las cosas, me tropecé con este libro en el mostrador de una biblioteca pública. Lo conocía, había leído alguna reseña en esos suplementos culturales que se venden en los periódicos que casi nadie compra (¡qué pena!, ¿qué está pasando?, ¿por qué mienten tanto aquellos que aseguran que los leen en internet cuando la mayoría de las veces no es verdad?). Estaba en la biblioteca, decía, y el título del libro me llamó. ¡Qué alejandrino más hermoso para un poema emotivo!: “noticias felices en aviones de papel”. Y esto es lo que esta breve novela es: una obra conmovedora.
         Una vez más la lucha entre la realidad y el deseo, entre la verdad y lo soñado, entre el dolor y la imposible alegría. Hanna Pauwlikowska, una joven bailarina que huye del gueto de Varsovia, acaba en Barcelona tras un itinerario vital pleno de exilios. Ella es ahora Pauli, una anciana que vive en la calle Congost, justo encima de Ruth, una mujer separada de un hombre atrapado todavía en el infantilismo hippy. El señor Raciocinio –¡menuda ironía!– es el padre de Bruno, un joven que trabaja en una panadería y que acaba siendo el personaje que más tiempo comparte con Pauli.
         Pauli comienza a echar aviones de papel a la calle con mensajes positivos subrayados en rojo. La situación se se agrava cuando la anciana comienza a tirar madgalenas y comida para los niños harapientos del gueto de Varsovia. Su recuerdo suplanta la realidad y la protagonista se adentra en la locura y en el dolor.
         La imagen final de la novela es conmovedora: Bruno tiene que obedecer la absurda decisión de Pauli, seguirle el juego para que viva en esa mentira que la hace feliz. Por eso Bruno debe cumplir con el último deseo de la anciana: bajar un paraguas para proteger a unos niños inexistentes, mientras ella lanza desde el balcón un chal mojado por la lluvia para protegerlos.
         Da gusto dejarse llevar por la lectura de esta novelita y advertir, si es posible, su sabiduría compositiva.


sábado, 8 de junio de 2019







DISCURSO DE DESPEDIDA DEL ALUMNADO DEL
IES MISTERI D’ELX
Curso 2018-19

Julián Montesinos Ruiz

Elche, a 8 de junio de 2019

Buenas tardes, con este discurso que he titulado
CINCO PALABRAS PARA UN HASTA SIEMPRE,
quiero agradeceros, en nombre de
las profesoras y profesores de este instituto, el tiempo y las experiencias compartidas durante estos años.




Estimadas alumnas, alumnos, madres, padres, compañeras, compañeros, familiares, bienvenidos. Es un honor para mí dirigir estas palabras a todos vosotros. Pero antes quiero también agradecer a los compañeros, que no continuarán con nosotros, todo lo que durante tanto tiempo nos habéis dado: Sole, Vicente, Julián, Águeda, Paco, María…, muchas gracias.
         He reflexionado estos días atrás acerca del enfoque que debía dar a mis palabras. Y fui descartando algunas opciones que me gustaban, porque quizá no fueran las más adecuadas para este acto. He desechado leeros poemas, contaros algunas bromas y alguna mentira verdadera y viceversa; también he renunciado a lo que tanto me gusta, la improvisación, a hacer puenting textual y ver qué pasa, con la esperanza de que mi voz arribe a vuestra orilla de algún modo. Creo, sinceramente, que la ocasión requiere un comentario algo más formal, lo que no quiere decir solemne ni aburrido, al menos eso espero.
         He elegido cinco palabras, para qué más, que resumen los valores que para mí han sido importantes como docente. Y os aseguro que tengo los bolsillos llenos, por si alguna no os gusta.

La primera palabra es precisamente PALABRA.

Hace unos años coincidí con Juli, un profesor de valenciano. Recuerdo que bajando las escaleras, me dijo: “Acabo de salir de 3º ESO y un alumno me ha asegurado que te sabes todas las palabras del diccionario”. ¡Qué exageración!, le dije yo. Con los años he sabido que los alumnos sois esponjas, y que enseguida advertís las peculiaridades, virtudes y defectos de vuestros profesores. Así es que para ciertos alumnos yo sigo siendo alguien parecido a un elefante que en vez de agua lanza al aire viciado del aula palabras difíciles. Pero al margen de este recuerdo, quiero deciros una vez más que debéis cuidar vuestro léxico y ser conscientes de que vuestra forma de hablar siempre os definirá.
Las palabras embellecen o afean el mundo, por eso hay que tener cuidado al escogerlas. Las palabras acarician o dañan. Las palabras iluminan u oscurecen nuestra vida, y por eso hay que saber usarlas. Las palabras son células que tienen vida y orígenes diversos. La mayoría actualmente, según los sabios de la RAE, son anglicismos, vocablos que designan objetos y conceptos que inicialmente son nombrados en inglés y que acaban también siendo nuestros.
La vida de algunas palabras –como la nuestra– será azarosa, y su existencia estará marcada por muchos factores que las pondrán en circulación o las recluirán en las celdas del olvido, quietas para siempre en la UCI del diccionario, medio moribundas. Algunas tendrán una nueva oportunidad, otras simplemente morirán. Incluso las hay tan afortunadas como selfi, que llegan al mundo con un pan bajo el brazo.
Las palabras también se ponen de moda. Huid también de las modas. Que otros digan “esta canción tiene mucho felling” o “te espero en el hall”. Hay soluciones más correctas que todos sabéis. Habrá también quien se enamore de una palabra por algún motivo. Todos tenemos nuestra palabra favorita. Pensad en ello. Hace unos días una alumna que está aquí entre nosotros me enseñó un tatuaje que tenía en su brazo. Grabada para su eternidad, pude leer: “Resiliencia”. Asegura que se la enseñé en 3º ESO, sí, es cierto, pero también lo es que no le dije que se la tatuara.
Bromas aparte, los seres humanos vivimos con y de las palabras. Incluso a veces sospecho que tengo pensamientos porque tengo palabras. ¿O será al revés como dijo el filósofo? Tenéis que saber que para ser competentes en la carrera que vayáis a elegir, deberéis conocer su vocabulario específico. Y en la vida, si aumentáis vuestro caudal léxico podréis ahondar en el conocimiento y nombrar también con precisión la realidad exterior y el mundo interior, esto es, los conceptos, los objetos y los sentimientos. De lo contrario, seréis pobres, y usaréis recurrentemente la palabra “cosa”, diréis que “la tengo en la punta de la lengua” o simplemente señalaréis con el dedo, qué sé yo.  Aprender palabras debería ser una prioridad del sistema educativo, precisamente ahora que se dan por sabidas tantas cosas y que se sabe tan mal lo esencial. A veces, pienso cosas extrañas y escribo que las palabras y la lengua son algo así como la masa madre que facilita el dulce conocimiento en las restantes áreas del saber.
En fin, tampoco quiero decir que debáis utilizar palabras raras y oscuras. No es eso. Sed siempre humildes y usad palabras sencillas, pero conoced cuantas más mejor. No digáis “eres un zorrocloco”, sino “un bobo peculiar”;  no afirmes que “sientes alipori”, sino “vergüenza ajena”; no escribas, como diría Antonio Machado irónicamente, “eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”, sino “lo que pasa en la calle”.

La segunda palabra es… EDUCACIÓN

Siempre me ha gustado dar clase. Aunque hay días…, ¿verdad? Para mí enseñar es compartir, es algo parecido a estar con un amigo. Me parece que la enseñanza tiene mucho que ver con lo que expresaba tan bien Ignacio Bosque, un importante gramático: “La educación –decía él–, más que saber llenar el vaso de conocimientos, consiste en el arte de encender la cerilla de la curiosidad y del deseo de saber”.
Asumidas como propias estas palabras, creo que es muy importante que la educación una exigencia y afecto, saberes y valores. Por eso, me gustaría que en vuestro futuro inmediato, aprendáis con gozo y que, allá donde estéis, sepáis corregir siempre con educación, porque de lo contrario, irritaréis y de nada servirá. Me estoy refiriendo a la cortesía, esa práctica que es gratis y abre tantas puertas, como afirmaba don Quijote.
A vuestra edad las influencias también son determinantes. Una palabra de aliento y un sabio consejo enderezan a un joven por la senda de su futura y probable felicidad. Por el contrario, un desaire y una corrección sin tacto pueden conducir a un adolescente a caminos de arenas movedizas, sin que halle tierra firme sobre la que enriquecer su personalidad. Por eso, los docentes también debemos ser un ejemplo no solo de saberes, sino de conducta. Es cierto, me gusta el contacto con la juventud, con vosotros, porque creo que el ejemplo de un profesor puede ser –y debe ser—una influencia positiva, y porque solo dando lo mejor de nosotros, recibiremos también lo mejor de vosotros. Reconozcamos con orgullo el mérito de un expediente académico, pero elogiemos también el valor de la bonhomía.
         Creo, por tanto, que la influencia de un docente es  fundamental. A vosotros os quedará la imagen de una profesora o profesor, como a nosotros vuestro recuerdo. Estoy convencido de que toda transmisión cultural o científica mejora con el papel humanizador del docente. 

La tercera palabra es… JUVENTUD

No voy a recitar esos conocidos versos de Rubén Darío, “Juventud, divino tesoro / que te vas para no volver”. Además, quiero creer a mi edad que son mentira. Para mí la adolescencia ejerce un irreductible interés, sobre todo porque me siento afortunado de ser testigo de vuestros proyectos y alegrías. Una joven o un joven son seres humanos en construcción que necesitan ejemplos. Y así como un lector adolescente se busca en los libros que lee porque anhela modelos y todavía no sabe verbalizar muy bien sus experiencias, los jóvenes buscáis ejemplos de conducta que os sirvan, y además tenéis una intuición especial para suplir vuestra inexperiencia de la vida con la perseverancia y el entusiasmo que dedicáis a aquello que os gusta. Me vienen a la memoria muchas imágenes de gratitud por vuestra parte. Un profesor se siente satisfecho cuando alguno de vosotros entiende algo que al principio se le resistía o cuando lográis el objetivo de aprobar después de un gran esfuerzo. No sé si sois conscientes de la importancia de los valores que durante estos años hemos compartido. Por eso, los profesores hemos de agradecer la alegría contagiosa, el esfuerzo y el valor de la amistad que apreciamos en vosotros. En mi caso, después de tantos años dando clase, no tengo la impresión de que mi trabajo haya sido una carga onerosa, sino más bien una tarea gratificante.

La cuarta palabra es… LECTURA

Hoy día todo se mide con criterios pragmáticos. Escribir, razonar, poseer hábitos saludables, dominar la expresión oral de las lenguas son habilidades, entre otras, que el alumnado debe poseer. Pero a mí me gustaría insistir en los beneficios que reporta la lectura para la formación de los jóvenes. Está demostrado que los alumnos que leen bien, comprenden mejor y aprenden más. No lo digo yo, que soy un convencido misionero de la lectura, lo demuestran rigurosas investigaciones del campo de la neurología. Por eso, en este centro estamos empeñados en ofrecer una educación lectora de calidad. Y espero que cuando lleguéis a ese mundo competitivo de la universidad, continuéis gozando del íntimo placer de leer, esa habilidad que, según Pedro Salinas, educa integralmente a todos los hombres. Por tanto, leer no es una actividad menor o prescindible, como algunos casquivanos quieren hacernos entender. Escuchad las palabras de Gabriel García Márquez: “Tengo un gran respeto, y sobre todo un gran cariño, por el oficio de profesor (…). Una de las personas inolvidables en mi vida es la profesora que me enseñó a leer, a los cinco años. Era una moza bonita y sabia, que no pretendía saber más de lo que podía, y era tan joven que con el tiempo acabó siendo más joven que yo. Era ella la que nos leía, en clase, los primeros poemas. Recuerdo con la misma gratitud al profesor de literatura del colegio, un hombre modesto y prudente que nos conducía por el laberinto de los buenos libros sin interpretaciones rebuscadas. Este método posibilitaba a sus alumnos una participación más personal y libre en el milagro de la poesía. En síntesis, un curso de literatura no debería ser más que una buena guía de lecturas. Cualquier otra pretensión no sirve más que para asustar a los niños. Pienso yo, aquí entre nosotros”. Qué palabras tan reveladoras de por dónde hay que ir, y que además enlazan con la última palabra de este discurso,

que  es  AFICIÓN.

Hay unanimidad acerca de los beneficios que reporta tener una afición. La mía es la literatura, ese reino habitable donde se encuentra el archivo emocional y sapiencial de la humanidad, es decir, todos los sentimientos y pensamientos que viven en los personajes de ficción. Si he de elegir un género, me quedo con la poesía, la palabra esencial. Cada uno tiene su afición. Y sé que muchos de vosotros tenéis  inquietudes artísticas, musicales, deportivas, tecnológicas, teatrales…, y no puedo hacer otra cosa sino animaros a que, al margen de vuestro trabajo, dediquéis también un tiempo a esas aficiones que tanto os reconfortan.
No sé dónde leí (los baches de la memoria comienzan a ser casi socavones) que un ser humano necesita varios pilares para construir su vida: el trabajo, la familia y una afición. Cultivad vuestra afición y sed felices con su práctica, pero permitidme una breve digresión acerca de la mía.  Considero que la poesía está más allá del poema, no solo vive en la jaula de los versos, sino que es un pájaro alegre que vuela por el mundo y se aproxima a cada uno de nosotros con el deseo de hacer un nido en el corazón. La poesía está en otras artes, en la secuencia de una película, en una banda sonora, en los ojos del chico o de la chica que os gusta, en la sonrisa niña de tu abuela, incluso en un sutil razonamiento matemático, en fin, la poesía está en lo que tiene belleza, emoción y verdad. Y para verla y sentirla hay que saber mirar y estar atentos, porque solo así seréis capaces de valorar la belleza exterior y esa otra belleza interior que a muchas personas pasa inadvertida.
Y  ahora un pequeño apunte biográfico para explicaros cuándo descubrí mi afición. Muchos sabéis que viví en León de los 14 a los 18 años. Allí conocí a Ángel García Aller (el AGA), un magnífico profesor que tenía tres debilidades: le gustaba el pimpón, era del Real Madrid y le encantaba leer en voz alta en clase. De él aprendí tres cosas: a ganar a mis amigos al pimpón, a memorizar poemas y a leer en voz alta (aunque no tan bien como él). Estoy convencido de que vosotros encontraréis a vuestros mentores en el camino hacia el conocimiento. Y es verdad que habéis aprendido romances y muchos poemas que no vamos a repetir ahora. En este punto, quiero referirme a esa hermosa tradición ilicitana de las Cançonetes de fil i cotó, un importante legado cultural que se mantiene vivo y que demuestra el valor que sigue teniendo la poesía tradicional en nuestra ciudad. Recuerdo que en varias ocasiones hemos cantado alguna en clase, con el consiguiente jolgorio.
         Bueno, siento que me he excedido un poco y que debo poner punto final. Os invito a que busquéis vuestras cinco palabras  (seguro que serán vuestros valores) y las guardéis en un lugar secreto para que os ayuden a superar las dificultades que sin duda encontraréis.
Estimadas alumnas y estimados alumnos:
Os hablo ahora a cada uno de vosotros.
Conviene que te pares a pensar y no vivas con tanta rapidez, que descubras lo que es importante para ti, que intentes ser auténtico y no dejes que la vida de arrolle sin tomar decisiones. Sé que no es fácil. Da igual que quieras ser científico, jardinero o profesor, tu trabajo bien hecho te hará feliz.
Esto no es una despedida, sino, como he dicho antes, un hasta siempre. No olvides que el futuro te pertenece, porque serás lo que quieras ser. Me alegrará que recuerdes algunas de las ideas que durante estos años te he dicho. Para mí eran y son importantes y por eso las he repetido una y otra vez: “sé bueno y estudia siempre, en clase y en casa, esto es, en clasa; y no desprecies, ni permitas que te minusvaloren, porque tú vales mucho”.  
Para acabar, quiero leeros unos versos del poeta norteamericano Walt Whitman, de quien este año se celebra el ducentésimo aniversario de su nacimiento. Tengo la sensación de que han sido escritos para vosotras y vosotros. Pero antes, en nombre de los profesores y profesoras que os hemos acompañado en esta etapa escolar que hoy se acaba, quiero desearos lo mejor.
El poema se titula:

No te detengas

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
(…)
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas.


Muchas gracias.