miércoles, 18 de octubre de 2017











POR EL LIBRO, VV.AA.
DIEZ MIRADAS, VV.AA.


Cada uno de nosotros, lectores discontinuos de ese género tan difícil y agradecido como es el cuento, tenemos en nuestro archivo de preferencias unos cuantos relatos que han marcado nuestra trayectoria lectora. No sé si les habrá ocurrido, pero hay pocas experiencias lectoras más satisfactorias que dejarse llevar por un buen relato, por las expectativas que genera, hacia un final más o menos previsible. Entonces, la lectora o el lector suspiran y afirman algo así como “qué cuento más extraordinario”. Eso me ha pasado con libros como Música para camaleones, de Truman Capote; Alguien te observa en secreto, de Ignacio Martínez de Pisón;  Tantos ángeles rotos, de Miguel Sánchez Robles, con algunos del olvidado Francisco García Pavón, de Sergi Pàmies, Javier Sáez de Ibarra, Pilar Adón y, sobre todo, con cuentos desperdigados en magníficas antologías de relatos.
      Hoy traigo a esta colmena de recomendaciones, solo dos celdillas, dos libros cuyo denominador común consiste en que se tratan de cuentos relacionados con el acto de leer, con la fascinación que la lectura ejerce. Por una lado, rescato un libro “antiguo”, editado por la desgraciadamente ya desaparecida editorial Everest, titulado Por el libro. En él, recuerdo que leí algunos cuentos magníficos, pero siguen flotando en mi recuerdo uno de Paco Abril, titulado “Lector anónimo”, en el que escritor asturiano da voz a un joven que declara sentirse lector, para lo cual tiene que asumir algún que otro riesgo en un ambiente familiar hostil. Y, por otro, lado, recomiendo dos magníficos cuentos incluidos en el libro Diez miradas: uno de César Mallorquí, titulado “El cerebro del profesor Vázquez”, extraordinario por su humanidad y sencillez, y que narra con suma perfección el sentimiento de orfandad afectiva de un profesor, quien al final de su vida recibe el agradecimiento del médico que le salva la vida y que resulta ser un antiguo alumno suyo; y otro, no menos intenso y poético, “El mar no tiene sueño”, de Fernando J. López, quien muestra el eterno debate entre la realidad y los deseos a partir de la insatisfacción de un joven que se busca porque no sabe hacia dónde ir ni qué hacer con su vida. La poesía, en este caso, le ayudará a encontrarse.
      En fin, dos libritos para amantes del relato y de la lectura.



miércoles, 11 de octubre de 2017











NADA DEL OTRO MUNDO, Antonio Muñoz Molina

No suelo releer los libros que por una u otra razón han dejado una huella indeleble en mi memoria de lector, pero sí me gusta referirme a ellos porque de este modo me reafirmo en un canon lector muy necesario para mí. Recuerdo que leí este conjunto de cuentos que les recomiendo cuando estaba atareado en la redacción del que sería mi primer libro de poemas. Frisaba yo los treinta años, y adquirí en 1993 la primera edición del libro de Antonio Muñoz Molina, un escritor que desde entonces tiene en mi altar de preferencias un lugar destacado. Más tarde, en 2011, en la nueva edición que preparó la editorial Seix Barral, se añadieron dos cuentos nuevos, “El miedo de los niños” (que mantiene no pocas concomitancias con el mundo de su novela Plenilunio) y el cuento “Apuntes para un informe sobre la brigada de la realidad”. En cualquier caso, catorce cuentos que son pocos para una trayectoria jalonada con magníficas novelas.

     Todos los rasgos estilísticos que han convertido a AMM en un escritor de referencia están ya esbozados en estos relatos: la ironía común a muchos de ellos, el confensionalismo que a modo de digresiones se enreda, por ejemplo, en el cuento “Nada del otro mundo”, el apego a la realidad, la sabia descripción con matices líricos, la plasticidad de su prosa, el fraseo de período largo, el predominio de lo narrativo sobre lo dialogado, en fin, cualidades que el autor fue explorando en estos cuentos mientras se dedicaba con ahínco a la redacción de sus obras mayores. Y, sin embargo, con qué alegría se leen estos relatos. 

     En el vertiginoso mundo de ediciones por doquier, de títulos y autores en que vivimos y que tantas veces nos defraudan, leer los cuentos de AMM proporcionan un placer garantizado. Al mismo tiempo, vienen ahora a mi memoria esas palabras antiguas y verdaderas de Quevedo sobre la conveniencia de entretenerse “con pocos, pero doctos libros juntos”, la misma idea que también expresó Pedro Salinas en El Defensor: “Conformidad con esa realidad que se nos impone de no leer en ese trecho temporal más libros que los que en él se pueda leer honda, fecunda y delicadamente. ¿Qué no pueden ser muchos? Pues que sean buenos. De Séneca en adelante abundan los testimonios de varones ilustres que se pronuncian a favor de los pocos libros bien leídos, y en contra de los muchos leídos malamente”.

    Más que referirme a un u otro cuento, quisiera insistir en las recurrentes alusiones al ejercicio de escribir y leer: “Para que escribir deje de ser un sueño adolescente llega un momento en que uno debe convertir el sueño en un oficio, y en los oficios no hay gloria comparable a la terminación” (p.34); “Era verdad lo que me había dicho mi padre: escribiendo a máquina uno siempre se abre paso en el mundo” (p.36); “Como Franz Kafka, como Cavafis, como Fernando Pessoa, yo trabajaba modestamente en una oficina mientras mi obra maduraba con segura lentitud en la oscuridad” (p. 41); “No conozco ninguna novela que me apasione más que la lectura de un diccionario” (p.87).

     Leen este libro que aquí les sugiero, aunque quizá sea más fácil encontrar la edición actualizada de Seix Barral.

lunes, 11 de septiembre de 2017




 




QUIÉN LO DIRÍA, Eloy Sánchez Rosillo

Hay que prestar mucha atención a estos versos del poeta murciano Eloy Sánchez Rosillo, porque están pautados por el lento discurrir de los días y por una íntima contemplación de la realidad. Como la vida misma en la que está inmerso el poeta, su poesía, desde que publicara Maneras de estar solo (1977) hasta este último que traigo a esta bitácora de lecturas, es un ejemplo de transparencia, de clásico decir, de verdadera comunicación siempre atenta a los matices. Al mismo tiempo, y sin negar los nubarrones existenciales propios de quien se adentra en la madurez, en su poesía predomina cierto vitalismo hímnico.
      Combina, como siempre, poemas breves que captan un instante, con otros más narrativos que cuentan una experiencia. Es decir, sensorialidad y sentimiento, juntamente.  

ÁLAMOS

QUIEN plantó allí esos álamos que veo
desde la carretera en la mañana
no pudo imaginarse
que alguien, yo iba a mirarlos ya crecidos
–haciéndose entre todos tan buena compañía–
e iba a decir en un papel la gracia
con la que mueve el aire sus hojas en la luz.


NO HABRÁ OCASIÓN

NO habrá ocasión ninguna de morir.
Punto final no cabe en el comienzo.

   Luz muy viva del alba brotando de lo vivo,
la muerte es nacimiento.

   Una madre te mece en sus brazos y canta,
mientras te lloran quienes te quisieron.


      Sobran mis palabras. Hay poemas muy hermosos: “Un gran silencio”, “La rosa del instante”, “Insistencias”, “La libertad”, “Siempre por vez primera”, “Sin edad”, “Bajo el sol de la tarde”, Lean a este poeta.



jueves, 13 de julio de 2017






TU SANGRE EN MIS VENAS. Poemas al Padre,
Edición de Enrique García-Máiquez






BOLERO A LOS PADRES,

Vicente Amigo
 



 
Como bien indica el título de esta antología, se ofrece un conjunto de poemas cuyo tema central es el padre visto por poetas de principio del siglo XX hasta nuestros días. La libertad de enfoque y métrica enriquece un libro que a priori pudiera ser reiterativo. Desde que Telémaco se convirtiera en un ejemplo tras esperar a su padre  Ulises, y desde que Eneas se erigiera en el símbolo de un sincero amor filial hacia Anquises, la historia de la literatura ha ido recogiendo magníficos poemas que de una u otra manera tienen al padre como eje central. No hay que olvidar que las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, son sin duda el mejor ejemplo de este tipo de poesía laudatoria en castellano.
      Hay poemas de Gloria Fuertes que muestran el estilo coloquial y desenfadado de una autora ahora revisada en su aniversario: “Yo tengo una bronquitis que me acerca a tu lado, / hasta pronto te digo, adiós abuelo Pedro”. El tomellosero Eladio Cabañero recuerda las nobles palabras de su padre ante la inevitable despedida: “’Hay que ser generosos, / los demás están solos, necesitan / que alguien se ocupe de ellos / porque el amor más mínimo les falta; / amamos poco al hombre’, tú me dices”. Hay hermosos poemas como “Jardín”, de Carlos Sahagún;  “Cerca del cielo”, de Javier Salvago; “Care pater”, de Mario Míguez; “El soñador”, de Vicente Gallego; “10 de octubre de 2007”, de Antonio Moreno; o la extensa elegía (dechado de ritmo y perfección) del poeta Rafael Adolfo Téllez. Otros son poemas en prosa que nos sorprenden con un final inesperado, como el de José Luis Parra: “Singular criatura: no crece, sino mengua; es más hueso que fruto, más ceniza que fuego. Hoy, mi padre es ya mi hijo, bebé nonagenario al que crío y amamanto sólo para la muerte”. Encontramos versos desenfadados que requieren un subrayado, como algunos de Miguel D’Ors: “…inteligencia tiene / sólo la que hace falta para saber que la / inteligencia no es al cualidad más alta”. Copio para finalizar los últimos versos del poema “Escribir es sembrar”, de Pedro Sevilla:

Por eso ahora lo imito y sigo su alto ejemplo:
Ahora soy el padre
esparzo mis palabras
en el raro silencio de un cuaderno,
les pongo el corazón y espero que germinen,
con la misma paciencia que él gastaba
y también con su angustia,
que la escritura alcance madurez cereal
y que un día alguien pueda,
como un trozo de pan y de memoria,
hacer de este poema su alimento.

viernes, 30 de junio de 2017




PARTES DE UN TODO, Antonio Moreno

Nacen mis palabras tras la relectura de Partes de un todo, un libro de prosas poéticas llamado a perdurar. Tras leer “Derramador, 21” el lector escritor de esta reseña reconoce los espacios que ha recorrido últimamente en compañía del autor: el olmo viejo que sigue enfermo, la ermita encalada, el campo algo más urbanizado… Todo quieto y en su lugar. Copio el siguiente texto, porque contiene el sentido que el autor encuentra en el mundo:
       “Mientras va cayendo el sol es bueno aprender cada tarde a desprenderse, porque la vida perpetúa su propio orden y el cuerpo es materia viva, como cuanto él percibe. (…) Sobra con este saberse. Ahondando hasta descubrir que los sentidos y el pensamiento son el crepitar de las cosas dentro de un escondido y silencioso fuego. Esto es cuanto siempre quise. Tan solo esta conciencia en medio del mundo. El aire regenerador de noviembre, el calmoso círculo de las estaciones en los campos. Y poco más”.
      Como vemos, una mirada sensitiva ante el mundo y una posterior reflexión serena son los postulados de los que parte el autor para buscar un nuevo orden vital, pero reparemos en las recurrencias temáticas, en esa pretensión de cifrar la vida en los instantes y en los pormenores, a sabiendas de la derrota última.
       Hay que dejar claro que el poeta nos cuenta su vida, su verdad vivida; es un notario emocionado y contenido de los instantes de plenitud. Antonio Moreno ha ido depurando su dicción al tiempo que ha ido contándonos cómo sus días se alimentan de lecturas y caminos recorridos, es decir, de vida.
       Frente a la actitud más contemplativa de Alrededores, su primer libro de prosas poéticas, advierto en el actual mayor reflexión y  serenidad, y una idéntica precisión estilística. Veamos cómo esa variedad temática se vincula la tradición clásica.
       Unas veces el poeta, tras un paseo solitario por la playa (el autor goza de la soledad, del silencio y de la armonía que la naturaleza le proporciona), contempla los restos que tras un temporal van a parar al mar, y cuenta lo que ve, al tiempo que compara, en la tradición más nítidamente manriqueña, la vida con una colección de cosas que nos pertenecieron y de las que inevitablemente deberemos desprendernos. En la orilla, entre las conchas, están las partes de lo que un día fue todo. Este tema, aunque desde otra perspectiva, ya fue tratado en poemarios anteriores, y esta fidelidad a su mundo me lleva a pensar que el autor construye su obra también como una parte de un todo, como un conjunto homogéneo.
       Otras veces (“El don de la rosa”) insiste en la rosa como símbolo de la fugacidad de la vida, pero Antonio Moreno lo sitúa en su presente. Se trata de unas hojas secas caídas de un libro que ha escogido con la intención de releerlo. Es una rosa común, no distinta de otras de la pedanía de Maitino que le acaban de traer. El poeta no recuerda dónde ni cuándo introdujo esas hojas en el libro, y la memoria parece perderse en el tiempo.
       Hay un tema fundamental: la búsqueda, a través de una actitud serena, de un nuevo orden vital. A esta idea se consagran no pocos poemas. En “Antes de escribir”, asistimos a un planteamiento dual: por un lado, el poeta ha recorrido calles, ha visitado claustros, ve la catedral y decide sentarse en un banco al sol; por otro, reivindica una actitud más reflexiva que dé razón a la existencia, una selección de quehaceres que procuran sentido a la vida. Es decir, contemplación y reflexión unidas al servicio de un ideal: “Todo es cuestión de restaurar los sentidos… Y realizar, sentado en algunas de estas plazas, la amistosa sabiduría: el arte de dar en soledad un orden propio al mundo”.
En “Las horas eternas” (una posible recreación del tópico del “locus amoenus”), el poeta, el autor, el narrador (da lo mismo, porque no existe la ficción del yo, sino que es el autor quien cuenta su verdad) se adentra en la huerta de un amigo. En ese espacio, el paseante, asombrado ante la intensidad del presente, afirma: “La vida eterna consiste sólo en ésta que mira ahora”.
Pero todo ese afán del momento, del mediodía guilleniano, del elogio de la plenitud del instante que se percibe como milagro, está sintetizado en “Un orden de vivir”, texto que va encabezado con citas de Gil de Biedma y Antonio Machado. El poeta contempla una vez más, pasea, es un ser vivo y sensitivo en medio del paisaje: “Todo sigue su curso año en año, y el que mira se acepta fugitivo en medio de tanta belleza… Bien sabe que en el seto que ahora ve está lo que dura”.
       Hay, por tanto, más que una visión elegíaca de la vida, un descubrimiento de que la pérdida sirve para valorar serenamente los motivos que jalonan una existencia. A veces –diría que en la mayoría de los casos–, más que una actitud nostálgica y dolorida ante la pérdida, advertimos un sentimiento celebratorio de la vida. Así, en “La imagen del tiempo muerto”, afirma: “El recuerdo es el cedazo que criba el oro de la vida”. Y en otro momento insiste: “No se esconde la vida en los proyectos ni en la palabra futuro; su divino secreto no es más que la realidad presente”.
       En este sentido, en el texto “La brevedad de la vida”, la evocación, a través del sueño, del pasado es una proclamación de la vida, una manera de justificar nuestra pertenencia a un espacio y a unas gentes. Antonio Moreno selecciona motivos que nos recuerdan a Claudio Rodríguez y a Jorge Guillén: “el quiebro repentino del pájaro en la jaula, el sol pródigo sobre los tiestos y la ropa tendida, el azul de arriba, sobre las calles. Las mismas realidades que le enseñan qué es la vida, qué irreal, qué intensa”. En ocasiones, y con cierta recurrencia, nombra el sol en las tapias como muestra de la plenitud del día.
      Habría que insistir en esa sabiduría que la vida ha ido depositando en el autor de estas prosas poéticas, que le lleva a reconocerse en ese campo ilicitano que tan bien conoce y que tanto quiere el autor, quien muestra su preferencia por el viaje cercano, breve e intenso, por esa ilusión de caminar… (véase “El turista”).
      Varios son los textos en los que se alude al padre ausente: “Genealogía del autor” y “El cuaderno azul”, regalo del padre que le sirve para rememorar su infancia. En “Diciembre de 1986” contempla la casa que ya no le pertenece: “Los años han robado aquel fuego. Ya no camino entre los pinos, ni huelo la resina. Mi padre lleva años muerto y la casa ya no es nuestra. Pero todo está aquí, lo mismo que quien lo evoca, como dura el sol sobre aquellas cosas. Todo está aquí”. No es, pues, una evocación nostálgica, sino la serena asunción de las consecuencias del paso del tiempo. Algo descreído se muestra en el poema titulado “La fe”, en la que alude a la aceptación de la madurez, que no es otra cosa que acumular sabiduría y saber desprenderse, pues, según el autor, “cesan las ambiciones porque todo está aquí, vida y muerte enlazadas, sin creencias por ninguna de ellas”.
      Nombro, por último, otros motivos que justifican esa riqueza temática a la que me referí antes. En “Joven con violonchelo”, entiende la música como una arquitectura sonora capaz de acabar con el ruido y lo inarmónico, así como un ejercicio con el que afinar el espíritu. En “Alzando la vista de un libro”, el poeta proclama la primacía de la vida sobre el arte, al constatar que lee a intervalos mientras contempla la mañana; y lee, dice, “para mirar más despacio”. En “Lectura” se cuestiona, en una estampa de raigambre azoriniana, el destino último de sus palabras, y afirma: “Sé que no vencerán el tiempo y la muerte como otros creyeron de las suyas…”. Advierto en la “Estatuilla de terracota” un matiz nuevo en esa ya comentada creencia de que en el presente está la esencia de la vida. Ahora, al comprobar que una estatua puede romperse y reconstruirse –al contrario que la vida–, proclama el poeta “la renovada eternidad de todo lo que existe, su permanente principio”.
      No procede concluir esta reseña sin mencionar antes los aciertos estilísticos de este libro, con el que su autor demuestra una vez más que la contención, la elegancia y la precisión son virtudes que maneja decorosamente bien. La prosa de este libro fluye con un ritmo que hace agradable su lectura. Habría que reparar en la belleza de algunos títulos de los textos, en oraciones que son endecasílabos ensartados que en modo alguno demoran la prosa. A eso hay que añadir una adjetivación sutil y ajustada, que no abusa del cromatismo huero, sino que apunta más bien hacia lo sustantivo. El dominio que demuestra de las perspectivas narrativas (el “yo”, el “tú”, que no es más que un desdoblamiento del propio poeta, y la tercera persona que le sirve para lograr un sutil distanciamiento de la materia tratada)  requeriría un análisis más pormenorizado.
      Estas prosas poéticas y autobiográficas son, en esencia, el diario vital y literario de su autor. Enriquecen y ordenan su vida. Son su verdad.

jueves, 22 de junio de 2017







SEÑORA DE ROJO SOBRE FONDO GRIS,  
Miguel Delibes

No sé por qué cogí este libro al azar de mi estantería. Aunque lo leí hace mucho tiempo, todavía guardo en mi recuerdo una bruma de encanto y tristeza, una sensación que he vuelto a sentir al leerlo. Esta novela intimista relata los últimos días de la esposa de Miguel Delibes. El autor vallisoletano escribe una larga carta que constituye al cabo una brevísima y emotiva novela, cuyo tema sigue estando vigente. ¿Quién no ha sentido el dolor de una pérdida prematura? Miguel Delibes escribe un homenaje a su esposa, una mujer –nos dice– cuya sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir (p. 9), una mujer de concordia que sabía compartir con los demás; una mujer que comulgaba con un sencillo sentimiento religioso alejado de todo boato y ostentación (“era la suya una fe simple, ceñida a lo humano”, p. 12); una mujer que disfrutaba con la decoración y la autenticidad de las cosas; una mujer alegre de quien aprendió mucho.
      La novela es, como casi todas las de Delibes, una novela corta que se lee en un soplo. Pero esta obra es mucho más que una carta que Miguel Delibes le escribe a su hija, que se encuentra en la cárcel por desavenencias políticas los años previos a la muerte de Franco. Esta carta emocionada es un ajuste del autor con la vida (“habíamos soñado con envejecer juntos”, p. 111), donde brilla como siempre el estilo preciso, elegante y rítmico del mejor Delibes. No rezuma aquí el sabor añejo de esa lengua castellana rural que aparece en tantas de sus novelas. En esta sobresale, como siempre, la dimensión moral de un hombre bueno que fue coherente consigo mismo: sin hacer gala de su ideología, ni de sus creencias religiosas, ni de sus convicciones ecologistas (Un mundo que agoniza), esta novela constituye, en esencia, una elegía serena dedicada a su mujer.
      Cuando pienso en la obra de Miguel Delibes recuerdo sus obras leídas, incluso los lugares (sobre todo León) donde las leí, la precisión de su prosa, y permanecen aún sus personajes emblemáticos, sus hermosas y creíbles criaturas en las que el propio autor se vació. Estos personajes viven en los lectores y en el propio autor, tal y como expresó en el discurso de recepción del Premio Cervantes en 1993: “Yo no he sido tanto yo como los personajes que representé en este carnaval literario. Ellos son, pues, en buena parte mi biografía”. Hay que volver a Delibes, los jóvenes debieran leer, entre otras, El camino, Mi idolatrado hijo Sisí, La hoja roja, El hereje… En fin, Miguel Delibes es una parte esencial de nuestras señas de identidad.

sábado, 27 de mayo de 2017








EL CONDE DE MONTECRISTO, Alejandro Dumas

Hace años, siendo un chaval, cuando visitábamos la modesta biblioteca del colegio Franciscanos de Alicante, me entretenía con los tebeos de Tintín y con unos libros ilustrados que me permitieron conocer algunas de las novelas más interesantes de la literatura decimonónica europea. Luego, en varias ocasiones he intentado leer El conde Montecristo en su versión completa, pero siempre por un roto o un descosido lo he ido aplazando para otro momento. La edición que hoy comento se lee de un tirón. Más que una adaptación que sigue fielmente la novela original, se trata de una versión para jóvenes lectores. Sinceramente, no creo que exista otro modo de mostrar a los clásicos en el ámbito educativo si no es a través de adaptaciones o versiones. La de Anaya se lee con gran fluidez, y el mérito hay que atribuírselo a Francisca Íñiguez Barrena.
       En mi defensa constante de que la lectura y la escritura deben ser los ejes en torno a los que se vertebre todo el proceso de enseñanza-aprendizaje en la ESO (es decir, una concepción de la asignatura de Lengua y Literatura como taller de lectura y escritura), estoy convencido de que el corpus lector que debe leer un adolescente ha de basarse en libros que conviertan la lectura en una experiencia personal. Y para ello el docente deberá ser un lector atento y curioso que ofrezca a sus alumnos libros de diversa procedencia: literatura juvenil en primer lugar, clásicos adaptados, algunos textos contemporáneos inteligibles, y ciertos álbumes ilustrados.
       Esta novela se publicó por entregas entre agosto de 1844 y enero de 1846 en el Journal des Débats. A la sazón, Alejandro Dumas (1802-1870) era un renombrado escritor, aquejado por importantes deudas que le obligaban a escribir numerosas obras, algunas de ellas muy prolijas.
El nudo argumental de El Conde de Montecristo se basa en una idea moralmente aceptada: el mal cometido con arbitrariedad debe ser vengado y así reparado el honor. Como expresan muy bien Pollux Hernández y José M. G. Holguera en su magnífica edición para la editorial Anaya (1990), la estructura de la obra se corresponde con cada uno de los escenarios en los que se sitúa la acción: “Marsella: un inocente, Dantés, es encerrado de por vida en una mazmorra, de la que consigue evadirse al cabo de catorce años con el secreto de un tesoro escondido en la isla de Montecristo. Roma: Dantés se transforma en conde de Montecristo, verdadero príncipe que puede conseguirlo todo con sus riquezas. Conoce a un parisino, hijo de uno de los tres responsables de su condena. París: Montecristo se venga metódica y fríamente de estos tres hombres, destruyéndolos de una u otra manera a ellos y a sus familias”.
Edmundo Dantés, el personaje de humilde origen que acaba siendo el rico conde de Montecristo, consigue salir de la cárcel isla en la que fue encerrado por el procurador Villefort, quien dio crédito a las acusaciones del envidioso Danglars, quien a su vez contó con la colaboración del celoso Fernando para acabar con la libertad de Dantés. Se sucederán aventuras (véase la huida del castillo de If) y escenas costumbristas certeras para conocer el modo de vida de la época. La profusión de datos históricos, la ambientación romántica y las sabias peripecias de los personajes son méritos que no solo hay que atribuir a Alejandro Dumas, sino a su más estrecho colaborador, Augusto Maquet, quien ha sido considerado por la crítica como el coautor de estas y otras novelas, que siempre fueron firmadas por Alejandro Dumas.
       Una delicia leer esta versión de 160 páginas (frente a las 1000 de la edición original), con el fin de reivindicar entre los jóvenes el placer de leer un buen clásico.