lunes, 6 de agosto de 2018













Lo Cruz (Elche, 1920-1936): un espacio vital para el poeta Pedro Salinas

Acaba de publicarse un amplio artículo mío sobre la presencia de Pedro Salinas en Lo Cruz, su casa veraniega de El Altet, un espacio vital donde el poeta asimiló con agrado la singularidad de lo mediterráneo y lo incorporó a su obra; disfrutó de la alegría familiar; y reflexionó sobre su aventura amorosa con Katherine Whitmore (1897-1982), circunstancia que influyó en la composición de su principal obra, La voz a ti debida (1933).
      Se trata de un trabajo de investigación en el reivindico la importancia que Elche tuvo en la personalidad creadora de Pedro Salinas (Madrid, 1891-Boston, 1951).
     En la página 60 de la revista comienza mi artículo:
http://www.tarsacom.com/Revista/mobile/index.html#p=207

sábado, 4 de agosto de 2018




DEPARTURE (OKURIBITO), Joe Hisaishi con la London Symphonic Orchestra Melodyphony




martes, 24 de julio de 2018














UNA MUJER MADURA, Juan José Millás
[10 de agosto de 2013, EL PAÍS]

Querido diario analógico, en Internet no llueve nunca, ni hace sol, ni está nublado, en Internet no hace frío ni calor. No hay clima, no te subes las solapas del abrigo en noviembre ni te quitas los pantis en julio, porque no hay ni noviembres ni julios y a lo mejor no hay abrigos. Tengo 13 años y soy muy sensible para mi edad, por eso echo en falta el clima. Una vida sin clima es como una película sin atmósfera. Todo esto no es mío, se le ocurre a un señor con el que chateo en Internet. Tiene 50 años y cree que yo tengo 42 cuando, ya digo, solo tengo 13. Para parecer que tengo 42 cojo cosas de aquí y de allá. Ayer saqué a relucir a Sócrates y a Platón, que son dos filósofos de la antigua Grecia que están por ahí, en la Red, al alcance de cualquiera. Si pones "amor platónico", sale enseguida este Platón, no sé por qué. Escribió todo lo que pensaba el otro, Sócrates, o al revés, no recuerdo quién copiaba a quién.
     El señor de 50 años con el que tengo relaciones cibernéticas dice, por estas y otras cosas, que soy muy madura, que nunca ha conocido a una mujer tan madura como yo. Sos muy madura, escribe, porque es argentino y los argentinos hablan así, no sé cómo.  Sos, vos, etcétera.
     Este señor se llama Roberto y dice que yo le gusto tanto, tanto, que daría cualquier cosa por verme el agujero del culo. ¿Por qué el agujero del culo?, le pregunto yo. Porque a través de él, seguro que se ve el universo, dice él.
     Entonces yo pienso que tengo en el estómago todo el sistema solar, con sus astros, con sus estrellas, con sus anillos de Saturno, con sus lunas. Y cuando estoy sentada, en clase, me acaricio el vientre como si Roberto me hubiera dejado embarazada de la Vía Láctea. Hace ya medio año que me ha venido la regla así que, como poder ser, podría ser.
     Mi padre, que es un loco de la discreción (lo dice él todo el rato, soy un loco de la discreción), me regaló este diario analógico con candado, para que escribiera y me olvidara de Facebook. Lo que escribes en el ordenador, dice, lo leen los espías de Obama. Mi padre es racista, un poco. Yo, de más pequeña, también, por influencia suya. Ahora no, ahora Obama me gusta. Adoro a los negros por su cosa animal. Están buenos.
     Otra cosa es que en el diario analógico, no me preguntes por qué, hay clima. Hoy, por ejemplo, ha llovido todo el día en cada una de sus páginas, aunque ahora, al abrirlo para escribir estas notas, han salido unos rayos blancos, como los de la Luna. Un día, Roberto me dijo que parecía (parecés, dice él) una señora mayor imitando a una niña de 13 años y que eso también le gustaba mucho de mi personalidad. Yo le dije:
–¿Y si fuera al revés, y si fuera una niña de 13 años imitando a una señora de 42?
    Y él se rió como se ríe la gente en los chats, jejeje. Le he dicho que mi ordenador no tiene cámara (dice que el suyo tampoco), aunque la verdad es que la quito para hablar con él. Y él dice que para Navidades me va a regalar una cámara, que será como regalarme uno de sus ojos porque, jejeje, cuesta un ojo de la cara, jejeje. Y yo me imagino que llega un paquetito con un ojo de verdad dentro y me da la risa boba, un ojo como el de los corderos, como el de los peces muertos. De qué te ríes, ¿no sabes que reírse sola es de locas?, me dice mamá, porque cuando me dio la risa boba estábamos cenando. De nada, digo yo, y entonces me toqué el vientre e imaginé que estaba embarazada no de la Via Láctea, sino de un ojo, de un ojo argentino que crecía dentro de mi vientre y que se asomaba por el ombligo para ver qué pasaba fuera. Desde entonces, llevo el ombligo al aire libre. Paranoias. Roberto es profesor y yo le he dicho que soy costurera y arreglo ropa usada.  Se me ocurrió porque le oí decir a mamá que ahora que se ha quedado en el paro y que la gente pasa tantas  necesidades, sería un buen momento para poner un negocio de estos. Tiene ya el nombre: MANGAS y DOBLADILLOS. Papá no lo ve.
    Roberto me hace los deberes, cree que estoy divorciada y que son los deberes de mi hija. Los hace en argentino y yo los traduzco al español y bien. Me pidió una foto y le envié una de mamá. Luego yo le pedí una suya y cuando la estaba mirando y mirando supe, como sé que ahora mismo es de noche, que la foto era de su papá y que él tiene 12 o 13 años. Otro crío de mierda ligando con señoras mayores.

jueves, 19 de julio de 2018








DESCONOCIDOS, David Lozano Garbala

David Lozano Garbala es un escritor prolijo (baste aludir a su trilogía gótica, La puerta oscura) y también prolífico (desde que en 2006 ganara el Premio Gran Angular de SM con Donde surgen las sombras, su obra no ha hecho más que crecer, distinguida siempre con los premios más importantes de literatura juvenil).
      El libro que nos ocupa, Desconocidos, se ha alzado con el Premio Edebé de Literatura Juvenil 2018 y es un ejemplo de la destreza de David Lozano para contar una historia y mantener el interés del lector hasta su resolución. Pero, ¿qué cuenta y qué propone esta novela? Sin entrar en muchos detalles, narra el acercamiento de dos personajes a través de Twitter. Lara Grávalos es una joven guapa, menuda, de pelo rubio, aficionada a la lectura,  que está acabando sus estudios en un instituto. Un día recibe invitación de Wilde, una identidad falsa tras la que se esconde Gerard, un joven estudiante de segundo de Derecho, muy tímido, quien acaba obsesionándose de Lara, hasta el punto de proponerle una cita. La persuasión y delicadeza de Wilde consiguen vencer la inicial resistencia de Lara, quien al final accede a encontrarse con él en un MacDonald’s. La novela cuenta más cosas: la relación de Wilde con su compañero de habitación en la residencia de estudiantes –un tal Fran–, la amistad de Lara con Berta, su mejor amiga; y las amenazas de Jordi Vila, el exnovio de Lara, de suicidarse si ella decide iniciar otra relación. Pero, ¿qué propone esta novela? Sobre todo, incita a reflexionar sobre los peligros de la red y plantea la fragilidad de muchos jóvenes que se creen invulnerables. Aunque los sentimientos de Wilde-Gerard sean buenos, el desenlace de la obra deja un asesinato y una vida salvada en el último instante: “¿Cuántas víctimas potenciales hay ahora, en este preciso momento, navegando a través de la red? La ingenuidad atrae a los depredadores como la sangre a un tiburón. Nadie debería prestarse a una proposición así” (p. 213). Diríase que muchos jóvenes buscan en la red otras vidas que quizá luego no existan en la realidad: “En Internet solo hay personajes, no personas” (p. 77).
      La maestría del autor en la dosificación de la trama se advierte también en la elección de unas coordenadas espacio-temporales muy concretas. Todo transcurre en menos de dos días y solo hay menciones a días anteriores porque son necesarias para conocer el proceso de acercamiento de Wilde a Lara. La acción avanza sin titubeos y se resuelve básicamente tres escenarios: primero, el Barranco de Sorts (donde hallan el cuerpo de un joven cuya identidad no se desvela hasta el final, un espacio donde el lector disfruta de los diálogos deductivos y enjundiosos entre el forense Carlos y la subinspectora Irene con el fin de descubrir al culpable); segundo, el restaurante MacDonald’s, donde se conocen físicamente Lara y Wilde (Gerard nunca desveló su físico en Twitter); y tercero, la residencia universitaria, en una de cuyas habitaciones Gerard hace partícipe a su amigo Fran de sus logros para conseguir la cita.
      La conversación entre el forense Carlos e Irene Castell pueden considerarse todo un recetario deductivo para apoyar cada sospecha (véanse los análisis a partir de la pulsera, el polvo del quitamiedos o los cristales rotos del móvil) y avanzar en el descubrimiento de la muerte del joven y de las razones del asesino psicópata, una identidad que se desvela al final, si bien durante la lectura de la novela el lector sospecha de varios posible asesinos, incluso de una asesina. El dominio de los conceptos técnicos y jurídicos evidencia una meritoria labor de investigación del autor de esta novela. Son también varios los quiebros argumentales que llevan a pensar sobre quién pudiera ser el asesino o asesina. Así sucede cuando el joven que cena con Lara afirma reiteradamente: “Jordi Vila no volverá a cruzarse contigo, te lo he dicho antes. Tienes mi palabra” (p. 81). En la cita que Lara comparte en el MacDonald’s con Wilde, ella siente una lógica inseguridad inicial, poco a poco gana confianza y siente deseos de besarlo, y finalmente temor cuando intuye su posible muerte.
       Y, sin embargo, ante la inconsciencia que supone lanzarse al abismo de la red para intimar con desconocidos, el autor nos muestra a dos personajes de nobles propósitos. Gerard y Lara son jóvenes amantes de la lectura (a ambos les apasiona Cartas a una desconocida, de Stefan Zweig y El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, además de otras novelas como La canción secreta del mundo, de José Antonio Cotrina); les gustan las canciones de Ed Sheeran, e incluso son seguidores de booktubers. Lara quiere borrar una relación anterior que considera tóxica, en la que Jordi Vila acabó acosándola, mientras Gerard cree que a través de Twitter podrá superar su acusada timidez. Es noble la intención de Gerard-Wilde (elige ese nick porque le gusta El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde): está enamorado de Lara, o mejor, obsesionado.
      Las referencias literarias son abundantes. La cita que precede a la novela es del poeta granadino Luis García Montero: “En mitad de la plaza hay alguien que se vuelve / y levanta los ojos / para buscar la luz en mi ventana, / el faro de la noche y sus fantasmas”. De la obra de este poeta se extrae también una idea para el lugar del primer encuentro: quedar en un “lugar intermedio”, que no levante sospechas, porque existen “Lugares intermedios, / madrugadas de junio a veces compartidas / en primera persona del plural”. Asimismo, la alusión a Cyrano de Bergerac conviene contextualizarla: del mismo modo que Vincent necesita de Cyrano para acercarse a la bella Roxane, de la que este último siempre estuvo enamorado, así también Gerard necesita la ayuda de su amigo Fran para ir trazando su estrategia de acercamiento a Lara, sin sospechar que esta ayuda acabará siendo letal. En esencia, tanto a Cyrano como Wilde los mueve el amor, la autenticidad de su amor: “Si Lara G continúa hablando con Wilde es porque le ha interesado su personalidad auténtica” (p. 109).
      Estamos ante una magnífica novela apta para jóvenes y también para lectores adultos (una vez más el término de Literatura Juvenil se me antoja restrictivo porque aleja a lectores de más edad de obras como la que aquí nos ocupa). No es una novela más que incida en la manida temática del poder maléfico y descontrolado de las redes sociales. Desconocidos es una novela lograda que aborda con verosimilitud y eficacia narrativa un tema muy actual: la indefensión de los jóvenes en la redes sociales debido al deseo abismático de vivir otras vidas.

viernes, 6 de julio de 2018


 





AUTORRETRATO SIN MÍ, Fernando Aramburu

He aquí la autobiografía temática, fragmentaria, de un escritor, de un hombre que ha convertido la escritura y la conciencia moral en vías sobre las que recorrer una existencia coherente. Estos retazos biográficos son las partes dispersas de un puzzle que nunca se acaba, porque la suya –como la de todos– es una vida en marcha; son textos bellamente escritos, pequeñas semblanzas en prosa casi siempre poética. Embridado el sentimentalismo, ofrece recuerdos, opiniones e instantes desde la perspectiva del yo y también con la voz del "hombre aludido” que le acompaña, es decir, del Escritor que vive en el propio Fernando Aramburu.
      En el primer capítulo (“Su vida y la mía”) hace un sucinto recorrido de su vida. Unas veces se fija en un hecho del presente, esto es, en una foto que el escritor toma desde su casa a un viejo que camina y que tiempo después morirá. Otras recuerda el encuentro con una antigua novia que vuelve a ver en una presentación, lo que le permite reflexionar sobre las vidas imposibles. La evocación del padre es reiterada, un padre que se describe como un ejemplo de bondad (“Vuelta a casa”). También evoca a su madre: “Tienes belleza, carácter, orgullo, eres lista y no te arredra el trabajo. Pero has nacido en una mala época de España, en un pueblo de labradores donde no crece una brizna de cultura, en una familia numerosa y pobre” (p. 95). Alude en ocasiones a un modo de vida en el que cree y que le proporciona la paz necesaria para vivir. Valga “Horas de serenidad” como ejemplo de lo que decimos, esas horas antes del anochecer donde el autor se dedicada a la lectura y se siente feliz.
      El autor de Patria no evita aludir a la locura del terrorismo ni renuncia a proclamar su fe en el hombre. Así en “Imágenes de documental” escribe:

“¿Por qué le han disparado? Es que no era exactamente un hombre. A ver si nos entendemos. Era un objetivo, una legaña molesta en el ojo de una utopía.
       Aparece en la pantalla un funcionario del ayuntamiento accionando una manguera. El chorro potente arrastra la mancha colorada hacia el sumidero. La sangre y el agua se confunden formando una espuma levemente rosada.
      Secuencias después, la acera presenta un aspecto limpio. Los baldosines, mojados, relucientes, parecen nuevos. Por el lugar donde horas antes un hombre murió a tiros, donde se vació de sangre y dejó de golpes huérfanos y viuda, van y vienen como todos los días los transeúntes”.

      Hay enfoques y propuestas temáticas muy originales. Por ejemplo, el autor se pone y se quita el alma según convenga a los acontecimientos vitales, según la vida vaya rodando en uno u otro sentido. De niño, el alma es la alegría permanente; con los años el alma le acompaña en contadas ocasiones: 

“En este armario guardo mi alma. Entre camisas y pantalones cuelga, limpia y lanchada, de su percha. Por tratarse de una prenda valiosa la llevo conmigo solamente e ocasiones especiales. U alma es para toda la vida. Un alma no se arregla. Si se rompe, no hay otra. (…)  De niño, en cambio, no iba sin mi alma a ningún lado. Ni para dormir me la quitaba. La echaba a volar junto a los ángeles que surcaban en bandada el cielo de mi infancia. Me complacía columpiarme con ella en las campanas. Y, al caer la noche, se la enseñaba a Dios, que de tanto conversar conmigo me parecía un miembro más de mi familia” (p. 119).

       Igual sucede cuando el autor se ve en las alas de un mirlo y ve el mundo a través de otros ojos (p. 171). El escritor es también un hombre contemplativo, amante de la soledad, alguien a quien también le produce felicidad observar el cielo: 

“Invitado por el calor suave de la tarde, me he tendido en la hierba. Las manos cruzadas bajo la nuca hacen de almohada. Un pequeño manzano proyecta s sombra sobre mí. Busco con la vista fragmentos de cielo entre las hojas. (…) No descubro en el espacio que abarca mi mirada señales de actualidad. Estoy, simplemente, bajo el cielo azul de una tarde veraniega, en un lugar con hierba y un manzano”.

Reivindica su amor profundo a la lengua castellana, quizá una de las pocas pasiones que siguen existiendo para él: “Y de tanto morir sigues viva en tu perfil oral y en tu melena escrita que ondea a uno y otro lado del océano, dando rumbo a la experiencia comunicativa, a la imaginación y el canto de tantos que te servimos torpemente sin por ello dejar de venerarte, maravillosa lengua castellana, compañera del alma, compañera” (p. 123).
      Lo dicho, autobiografía revelada en pequeñas dosis, escritura limpia, elegante, sin pretenciosas florituras estilísticas ni desahogos sentimentales, una prosa eficaz, bella, de hondo transfondo ético. Un ejemplo de escritura.

domingo, 1 de julio de 2018




LA IMPORTANCIA DE VIVIR, Lin Yutang

He aquí las cosas que me harían feliz. No deseo otras. Quiero un cuarto propio donde poder trabajar. Un cuarto ni particularmente limpio ni ordenado... sino confortable, íntimo y familiar. Con una atmósfera llena de humo y el olor de viejos volúmenes y de incontables olores... Quiero trajes decentes que haya usado por algún tiempo y un par de zapatos viejos. Quiero una ducha en verano y un buen fuego con leños en invierno. Quiero un hogar donde poder ser yo mismo. Quiero algunos buenos amigos que sean tan familiares como la vida misma; amigos con los que no haya necesidad de ser cortés y que me cuenten todas sus dificultades, las matrimoniales y las demás; amigos capaces de citar a Aristóteles y de contar cuentos subidos de color; amigos que sean espiritualmente ricos y que puedan hablar de obscenidades y de filosofía con el mismo candor; amigos que tengan aficiones y opiniones definidas sobre las cosas, que tengan sus creencias y respeten las mías. Quiero una buena cocinera que sepa hacer sopas deliciosas y un viejo sirviente que piense que yo soy un gran hombre, pero no sepa en qué reside mi grandeza. Quiero una buena biblioteca, buenos cigarros y una mujer que me comprenda y me deje libertad para hacer mi trabajo. Quiero libertad para ser yo mismo.
Fragmento extraído de www.epdlp.com


(Originalmente Lin Yü-T'ang; Changzhou, 1895 - Hong Kong, 1976) Escritor y filólogo chino. Cursó estudios universitarios en el St. John de Shanghai, adscrito a la Universidad de Harvard, donde aprendió lengua y literatura inglesas. Más tarde marchó al extranjero, para completar su educación occidental en la universidad alemana de Leipzig. A su regreso a China, ejerció la docencia en la Universidad de Pekín desde 1923 hasta 1926, donde impartió clases de Filología Inglesa. Para hacer realidad su proyecto de acercar las culturas china y occidental, desarrolló un sistema de indización del idioma chino, y colaboró activamente en un plan oficial que pretendía facilitar la romanización de la lengua china.
      A partir de 1928 se instaló en los Estados Unidos de América, donde se dedicó al cultivo de la creación literaria y a la divulgación de diversos aspectos de su país, su cultura y sus gentes, en obras como Mi país y mi pueblo (1935), a la que siguió otra obra de enorme interés, titulada La importancia de vivir (1937). Estos libros se convirtieron en best-sellers que rebasaron el ámbito norteamericano para dar a Lin Yutang una proyección internacional.

Información extraída de https://www.biografiasyvidas.com/biografia/l/lin_yutang.htm

martes, 19 de junio de 2018





 



MURO DE LAS LAMENTACIONES, Rubén Castillo

De Rubén Castillo podrían decirse muchas cosas y todas ellas buenas. Quienes hemos tenido la suerte de leer sus artículos de prensa, sus novelas y las abundantes y atinadas reseñas publicadas en su blog (http://rubencastillo.blogspot.com/), agradecemos poder leer reunidos un puñado de sus cuentos en Muro de las lamentaciones. Leídos de un tirón, cuando cerramos el libro, permanece el regusto de ese café que tanto adora su autor, es decir, nos queda la sensación de que hemos leído a un buen escritor y también a un buen lector, por las abundantes digresiones y guiños literarios que disemina en sus relatos.
     Buscando un sentido al título, concluyo que en cada cuento hay un conflicto, como si los personajes se encontraran desubicados en el mundo, seres que se reprochan y recriminan no haber luchado para que sus vidas pudieran haber sido otras. Y, sin embargo, no es insatisfacción ni un cúmulo de lamentaciones, sino la evidencia de que la realidad es un tren que arrolla todo y contra el que es muy difícil luchar. Algo así sucede en El hombre de los zapatos color corinto. Su protagonista se extiende en una conversación telefónica en un vagón con la pretensión de epatar a otro viajero, que parece sorprenderse de los comentarios que el rico viajero mantiene con japoneses y otros responsables de centros financieros. La impostura se desvela cuando, acabado el viaje, el protagonista permanece sentado en un banco de la estación, con un móvil sin saldo, reflexionando sobre su futuro en el paro.
       Los matrimonios se desmoronan, son leños que arden un tiempo pero que a veces se convierten en pavesas, en ceniza. El extraordinario cuento División Keeler es un ajuste de cuentas con el pasado de un personaje reflexivo. Y sé que he utilizado un adjetivo calificativo elogioso y no voy a cambiarlo, ni matizarlo. El narrador en primera persona es un profesor separado, con hijas y con una nueva pareja, Clara, un enfermera mucho más joven, que le ha devuelto la alegría de vivir. Ajustado en unas precisas coordenadas espacio-temporales, descubrimos con el protagonista –quien también obtiene ingresos económicos siendo jurado de premios literarios– un cuento que se intuye como una venganza de su ex mujer. Así, la vida y la literatura transpiran por un relato reflexivo y lírico a la vez, en el que son abundantes las referencias literarias y la mención de Antonio Muñoz Molina, Julio Cortázar y otros escritores. A través de Ernesto conocemos cómo afecta el sentimiento de pérdida a quienes están inmersos en un proceso de separación, de pérdida: “Él no eligió que la paleta de su matrimonio se llenara de colores grises, él no eligió que cada año tuviera doce febreros, él no eligió que un gorgojo triste se convirtiera en habitante perpetuo de su corazón. Tampoco eligió que apareciese en su vida una enfermera llamada Clara, que atendía la convalecencia del padre de Ernesto en el hospital y que lo fue convenciendo de que la infidelidad, si la dicta realmente el corazón, establece lentos calendarios de seda, que en nada difieren de los vividos durante la primera juventud (p. 40)”. Y más adelante, el protagonista reflexiona sobre el paso del tiempo, sobre la conciencia de que las pérdidas son inevitables: “Llegados a una cierta edad, todos los martes son idénticos, y los jueves son parecidos como gotas de agua, y todos los agostos duran treinta y un días. Cabe decir: toda la vida está vivida, y es absurdo y doloroso esperar de ella muchas novedades. Es verdad que uno de esos días tenemos suerte y nos elige una muchacha de veintinueve años, o que otro día ocupamos toda una tarde en leer un libro delicioso y el mundo parece ponerse en orden. Pero esas jornadas anómalas son treguas y espejismos (p.48)”.
       En otros cuentos (Blas) hace gala de un sutil manejo de personajes aludidos (pues no dialogan) como contrapunto a una narración en la que se insertan atinados comentarios líricos.
      Atención aparte y hermenéutica prolija requeriría el divertimento cervantino que titula El último caballero andante. Con una prosa de estirpe clásica y un léxico en ocasiones arcaizante el autor se adentra en el universo de Miguel de Cervantes. Leamos unas pocas de sus palabras: “Martín llamábase mi padre, y era altiricón, de buen conformar y propenso a las magras (del crecimiento constante de las cuales su cuello y su rostro eran fiel indicio, y su andorga cumplida demostración); Felisa era mi madre, áspera de trato y flaca como el espíritu de la golosina, amén de proclive al ánimo taciturno” (pp. 91-92). Con la estructura propia de una novela de aprendizaje, el narrador cuenta en primera persona su vida ante la inminencia de su muerte. Quien refiere su itinerario vital no es otro que el bachiller Sansón Carrasco, El Caballero de la Blanca Luna, que diera muerte literaria y real a don Quijote.
      En la cinta transportadora ofrece un registro más coloquial y un perfecto manejo del monólogo. La voz narradora de una madre que cuenta desde el desengaño cómo ha sido su vida, el pautado ritmo de la prosa, el léxico acorde con la realidad sociocultural de los personajes (un padre embrutecido por el trabajo, escasamente afectuoso y alejado de su mujer, de su hija contestataria y su hijo gótico), las frases de período largo con diálogos incorporados en la narración, hacen de este cuento uno de mis preferidos. La narradora, que siente que ha malgastado su vida, afirma descreída: “El sexo, entiendo yo, es como la vida: cuando menos esperes de él, mejor. Porque, al final, lo único que consigues es frustrarte” (p. 119). Y tal vez la cinta transportadora sea una metáfora de la vida, del injusto proceso de selección de los mejores, de las arbitrariedades inexplicables, del azar inestable: “No sé si es justo, porque ignoto qué criterios utiliza Dios para elegir el destino de las frutas. No sé por qué a unas les depara la felicidad, mientras que a otras nos deja como apartadas, y permite que las uñas se nos llenen de mugre, y que nuestra hijas sean tan rebeldes, y que nuestros maridos no sepan hacernos felices, y que nos duela tanto y tanto la espalda” (p. 120).
      Hay, además una recurrencia que convierte determinados motivos literarios en el eje argumental de varios cuentos. Así, las vidas de Luis Cernuda y Hölderlin son recreadas, respectivamente, en Guillermina y Las lágrimas de Gontard. Idéntico enfoque subyace en el cuento Si me mirara, en el que una mujer se enamora de un hombre silencioso que resulta ser Bernardo Soares, el heterónimo que Fernando Pessoa usó para escribir el Libro del desasosiego, obra de la que Rubén Castillo ha prodigado palabras de elogio en varias ocasiones.
      Los amantes del cuento harían bien en recordar este libro e incluir en sus marcadores favoritos el blog del autor. Él mejor que yo recomendará esos buenos libros de los que hablaba Pedro Salinas, títulos imprescindibles para formar lectores con gusto.