miércoles, 22 de marzo de 2017

                                            


LA PARTITURA, Mónica Rodríguez

Escribir para vencer al olvido, para impedir que la nieve cubra los recuerdos y los secretos de una vida. Este pudiera ser el motivo por el que Marta, la narradora omnisciente de esta novela, nos cuenta la vida de dos genios de la música, Daniel Faura (conocido como Gandalf) y la bella Sayá Sansar, a sabiendas de que saldrá zarandeada emocionalmente.
      Marta, una joven que trabaja como asistenta en una residencia de ancianos, conoce a Gandalf, un viejo estrafalario, de larga barba en forma de triángulo, quien un día, en mitad de la noche, interpreta la música más intensa y conmovedora que Marta haya escuchado jamás. Esa música, conocida más tarde como Sonata para Sayá, esconde el secreto de una vida, la vida que Gandalf y Sayá vivieron en la primera mitad del siglo pasado en Rusia, Mongolia, Viena, Mallorca y en otros lugares de Europa. Al mismo tiempo es una bella historia sobre el poder emocional de la música y su capacidad para unir almas que sientan cierta connivencia estética. Marta lo expresa así: “Y pienso que el tiempo es capaz de borrarlo todo, de pudrir la madera de un piano, pero que la música permanece” (p. 15). También se citan, entre otras, obras de Chopin (Estudio, op. 10, nº3) y de Schumann (Sonata nº 1).
      Por otra parte, la relación entre Daniel y Sayá es la historia de un amor y de cómo los anhelos de posesión destruyen precisamente ese amor. Al mismo tiempo que Marta construye la novela, vive también ciertos altibajos emocionales en su relación con Roberto, a quien formula algunas preguntas al final de la novela. Marta expresa su deseo de que alguien la quiera de verdad, pues siente que a su vida le falta equilibrio: “El desamor es algo terrible, te vence. Te aniquila. Aquellos días yo no tenía ganas de nada, me sentía como Gandalf  cuando sucumbía a la apatía. Nada merecía la pena si tú no estabas conmigo” (p. 33). Esta novela, en esencia, revela la carta, el diario y una sonata, obras que Daniel Faura dedicó a Sayá Sandar. Con gran maestría Marta maneja los tiempos narrativos, regresa al pasado a través de la lectura del diario de Gandalf, vuelve a la residencia y a su presente en la casa desde la que escribe la obra mientras ve caer la nieve, y hace partícipe a Roberto de todas sus decisiones. Para Sayá el amor de Daniel estaba viciado en su origen, pues tanto la quería y de manera tan posesiva que llegó a destruirla: “No basta el amor. No basta. Tal vez si la vida fuera una novela (…) bastaría con el amor, pero la vida es el día a día, son las pequeñas cosas que nos suceden a cada segundo (…). No sé si me amaba. Estaba obsesionado conmigo, sí, y por eso me destruía cada día” (p. 207). Al final de la novela, mientras Marta y Sayá toman un té verde en una cafetería, Marta descubre que son distintas las visiones que ellas tienen de Daniel: para Marta, Daniel refleja la entrega más absoluta a un ideal, mientras que para Sayá ese amor mal entendido es un ejemplo de dominio y destrucción. La vida, como los recuerdos, se alteran subjetivamente con el paso del tiempo.
      En cuanto al estilo, sobresale un contenido lirismo que no ahoga el fluido desarrollo de la acción, siempre guiado por un ritmo narrativo encomiable; destaca el detallismo descriptivo, una manera elegante y delicada de captar la realidad: “La luz del día rompía contra los altos tilos, ya sin hojas, (…). Recuerdo que pensé que parecían huesos, esqueletos de árboles, (…). Supongo que, si no hubiera mirado a los tilos tanto rato, mi vida no habría dado un vuelco. Pero la vida, ya sabes, es una sucesión de momentos, (…). Así pues, doblé la esquina y mi vida se vino al traste” (p. 32).
Esta novela se merece una buena guía de lectura, dedicarle más tiempo de análisis, pero lo que se merece principalmente es que sea leída. La partitura (XVI Premio Alandar de Narrativa Juvenil, 2016) excede los estrechos límites de lo que yo considero una novela juvenil. Es tan buena, plantea con tanta emoción y sabiduría los temas claves de la literatura (el amor y su contrario, la muerte, la soledad, la posesión, la aventura vital y viajera, la música…) que encaja más bien en el marchamo de una literatura “apta para jóvenes” y, por lo tanto, idónea para quienes quieran disfrutar de una de las mejores novelas que, desde mi punto de vista, se han publicado últimamente.

sábado, 18 de marzo de 2017




POEMAS, Amalia Bautista

AL CABO

Al cabo son muy pocas las palabras
que de verdad nos duelen, y muy pocas
las que consiguen alegrar el alma.

Y son también muy pocas las personas
que mueven nuestro corazón, y menos
aún las que lo mueven mucho tiempo.

Al cabo son poquísimas las cosas
que de verdad importan en la vida:
poder querer a alguien, que nos quieran
y no morir después que nuestros hijos.


CUÉNTAMELO OTRA VEZ

Cuéntamelo otra vez, es tan hermoso
que no me canso nunca de escucharlo.
Repíteme otra vez que la pareja
del cuento fue feliz hasta la muerte,
que ella no le fue infiel, que a él ni siquiera
se le ocurrió engañarla. Y no te olvides
de que, a pesar del tiempo y los problemas,
se seguían besando cada noche.
Cuéntamelo mil veces, por favor:
es la historia más bella que conozco.

lunes, 6 de marzo de 2017




                                            


MODORRA, Rafael Azuar

Hace tiempo leí esta novela e incluso redacté unas notas para el suplemento Artes y Letras de INFORMACIÓN. Tenía el recorte en una carpeta de cuyos textos voy desprendiéndome porque ahora tienen poco sentido para mí. Sin embargo, ha querido el azar que me fijara en esta hoja amarilla que miro con ilusión y distancia mientras tecleo. No puedo adivinar la fecha en que lo publiqué, pero decido copiar lo que entonces escribí. También ha querido el azar que después de mantener una conversación cariñosa con mi tía Marisa, me revelara que Rafael Azuar Carmen (Elche, 1921- Alicante, 2002) vivió justo encima de la casa de mis abuelos, en San Blas, un barrio de Alicante para mí muy querido. Reproduzco lo que entonces escribí después de leer una novelita de la que aún guardo un grato recuerdo. Es también mi sencillo homenaje a alguien que hizo mucho por la cultura alicantina.
Modorra (Premio Café Gijón 1967) es, sobre todo, la plasmación de pequeñas historias de personajes rurales, cuyas “existencias se extinguen llenas de monotonía” en un espacio con claras referencias azorinianas. La acción se sitúa en Salinas y sus alrededores, en un pueblecito donde al parecer su autor vivió y donde concluye su novela.
Pero, ¿por qué prestar atención a una novela que Aguaclara publicó en 1990 y que difícilmente puede encontrarse ahora en una librería? La razón no es otra que su pertenencia a mi ámbito cultural y geográfico, y, sobre todo, la calidad literaria que advierto en sus páginas, hecho este último que puede concretarse en dos aspectos: los matices temáticos en torno a la vida monótona de los personajes y los valores puramente estilísticos.
Desde el punto de vista temático, la acción se sitúa en “un tiempo continuo”, en el que los personajes albergan escasas esperanzas y se limitan a conversar sobre “los tiempos pasados”. Y cuando hay un asomo de futuro (las ambiciones profesionales del ciclista Faelo y el probable amor entre María y Pedro), todo es vencido por un destino trágico que impide cualquier huida de ese yerto ambiente rural. Así, la acción se construye en torno al bar, un microcosmos en el que se dan cita los personajes que entran y salen, lo que provoca un continuo movimiento de la cortinilla de plástico de la puerta. A su alrededor contemplamos el campo, siempre “adormecido” por una cegadora claridad “bajo el ardor implacable del sol”. También se percibe un vago  existencialismo en las palabras de Julio, el maestro, cuyo pasado permanece oculto para muchos: “¿Qué significa la existencia? ¿Qué sentido tiene?  Hasta el amor se rompe y acaba en un paréntesis del tiempo”. Y junto a un amor imposible, surge también el amor fatal, encarnado en Luisa, esa erotómana casquivana que ha llegado a unos extremos de degradación impropios del lugar donde trascurren los hechos: “Era como un trozo de playa, dorada y estéril; cualquier hombre podía sentir la tentación de tenderse sobre ella”.
Los viejos, esos personajes sufridos que tan bien han sido retratados en la novela rural del medio siglo pasado, conviven con una acuciante decrepitud. Así, Tonono, Camilo, Tomás, Eusebio son “viejos vencidos por el tiempo y los achaques”; en sus palabras hay “una especie de añoranza, algo como el sabor del buen vino, que jamás se olvida”.
Desde el punto estilístico, estamos ante una novela muy estimable, en la que hay un predominio de la descripción del paisaje hasta el punto de que pudiera decirse que este se convierte en el marco sensorial en el que se mueven los personajes. El tratamiento de la luz (casi siempre en la canícula) es recurren en un paisaje en el que “el aire olía a pino, a tomillo, a inmensidad”. El paisaje que nos muestra es seco y luminoso, muy alejado de la exuberancia panteísta de Miró: “Todo el valle, de manzanos y viñedos, verdea hasta la laguna gris y muerta, donde todo signo de vida se extingue en un enorme llano de ceniza”. Junto a esta sensorialidad hay también una vaga sensualidad que rezuma poesía: “Un hombre y una mujer no deben encontrarse solos en casa… Hay un silencio en el que sólo se percibe la respiración, el aliento. Se advierte también una extraña suavidad en todo. En una cama deshecha, en el rumor del agua, en un visillo que roza el aire junto a una ventana entreabierta…”.
Creo que los logros estilísticos que Azuar alcanza en esta novela son muy estimables: hay una adjetivación acertada (“el viejo gitano, menudo, cenceño, chupado de rostro, de ojos fríos y sin pestañas”); advertimos un léxico específicamente rural (vides, moyuelos, olmos, manzanos…) y, por último, el uso de la frase corta azoriniana es muy eficaz para enmarcar la acción de la novela en un espacio inconcreto y un tiempo continuo.

viernes, 24 de febrero de 2017




                                            

EL JINETE POLACO, Antonio Muñoz Molina

A pocos autores contemporáneos he seguido con tanto interés como a Antonio Muñoz Molina; acaso a Miguel Delibes, al poeta Eloy Sánchez Rosillo, y a unos pocos más que han sido objeto de mi admiración incondicional, pues en todos ellos he visto siempre una acertada plasmación del alto honor que supone ser escritor. He ido comprando sus libros, he recortado y guardado algunas de sus colaboraciones periodísticas, he tenido en cuenta sus opiniones sobre diversos asuntos de la actualidad, he respetado la incontestable conciencia moral que regían sus quehaceres literarios, etc. AMM ocupa por méritos propios un lugar entre mis escritores predilectos, aunque no tenga de todos sus libros la misma opinión. Sé que antes de entrar en materia, convendría explicar en breves palabras la evolución que el autor ha experimentado, pero no es este el momento ni el lugar, ni quizá sea yo la persona más documentada para hacerlo. Sí, he vuelto a releer y a hojear esta obra que tanto me gustó.
      El jinete polaco es una novela estructurada en tres partes: “El reino de las voces”, “Jinete en la tormenta” y “El jinete polaco”. El manido artificio de la contemplación de unas fotografías en un baúl es el recurso que utiliza el narrador para volver una y otra vez al espacio mágico de Mágina, pues, no en vano, los ejercicios sobre la utilización de la memoria que ya utilizara Antonio Muñoz Molina en  Beatus ille alcanzan su pleno desarrollo en El jinete polaco, verdadero despliegue prodigioso de la capacidad de AMM para recuperar todo su complejísimo mundo que forma, en definitiva, la base del nuestro.
      La novela refleja el poder de la memoria, es el deseo de regresar a un tiempo y a un espacio concretos. Por otra parte, y en clave de humor, se nos presenta lo dramático que le resulta al comisario Florencio Pérez su escasa memoria, cuando ya jubilado se le acaba en unos pocos días el recuerdo de más de 70 años, pues pretende escribir sus memorias. Por eso continúa contando “sus recuerdos del día siguiente”, ya que es “más real lo imaginado que lo vivido”. Lo realmente interesante es que el protagonista-narrador, en un caótico monólogo que le permite recuperar toda su infancia, tome conciencia de que es él mismo el destinatario de su voz, un ajuste de cuentas con su propio pasado, que Nadia ha permitido. Partimos del poder evocador de unas fotografías para rememorar el tiempo de la infancia, un tiempo ya vivido, lejano y archivado en la memoria. Por eso, esta primera parte se titula “El reino de las voces”, porque también aflora en el discurso el estado de plenitud y de exaltación amorosa del protagonista, cuya voz en no pocos momentos se confunde con la del propio autor.
      Si las fotos han provocado una memoria relativamente voluntaria en la primera parte, “Jinete en la tormenta” nos llama la atención por la importancia de la “memoria involuntaria”, como sucede en Proust, pues a los recuerdos hay que concederles un valor relativo al no ser siempre fieles a la realidad. Y así se utiliza la memoria del comandante Galaz, ya muerto, porque éste se la transmitió a su hija. Y en ese complejo entramado de recuerdos y olvidos se plantea “cuántas vidas puede vivir un hombre”.
     Al final aparece ese emblemático “jinete polaco” que ha obsesionado al narrador-protagonista desde que lo contemplara en un museo de Nueva York. El vacío de la memoria del protagonista, que no logra recordar un episodio clave de su vida, lo lleva a la idea de que “es mentira la certidumbre del recuerdo reciente”. En la tercera parte, “El jinete polaco”, se atan diversos cabos argumentales, y el cuadro de Rembrandt se convierte en un auténtico instrumento para recordar.
     Esta novela, releída con los años, demuestra que envejece con la dignidad literaria de los clásicos. Su ritmo narrativo modelado con  oraciones de período largo y un elegante fraseo siguen siendo señas de identidad de la obra de AMM, quien con los años ha ido despojándose de palabras y metáforas, y ha dirigido su catalejo temático a la descripción, cada vez más despojada, de la realidad.

La novela comienza así:

“Sin que se dieran cuenta se les hizo de noche en la habitación de donde no habían salido en muchas horas, donde habían estado abrazándose y conversando en una voz cada vez más baja, como si la penumbra y luego la oscuridad que no notaban hubieran ido apaciguando el tono de sus voces pero no la avidez mutua de palabras, igual que se había apaciguado el modo al principio perentorio en que satisfacían y simultáneamente alimentaban su deseo, cuando regresaban caminando bajo la nieve y el frío de la taberna irlandesa donde habían almorzado, el pie descalzo de ella buscándolo con desvergüenza y sigilo bajo el amparo insuficiente del mantel, la casi persecución en el ascensor, ante la puerta, en el pasillo, en el cuarto de baño, la ropa arrancada con una delicada furia de impaciencia y las bocas mordiéndose mientras su doble respiración crecía en el calor de la habitación a media tarde, en la luz listada de las persianas que dejaban entrever  al otro lado de la calle una hilera de árboles con las ramas peladas cuyo nombre ella no supo decirle y una fila de casas de ladrillo rojo con dinteles de piedra, con llamadores dorados y puertas pintadas de un negro brillante que a él le daban la tranquilizadora sensación de estar en Londres o en cualquier otra ciudad anglosajona y silenciosa, a pesar del ruido del tráfico que llegada desde las avenidas, de las sirenas de los coches de la policía y de los camiones de bomberos, un pesado rumor que envolvía el núcleo de silencio en que los dos respiraban igual que la ciudad ilimitada y temible envolvía el espacio breve del apartamento, la cámara segura como un submarino en la que si se paraban a pensarlo era casi imposible que se hubieran encontrado, entre tantos millones de hombres y mujeres, de caras, de nombres, de gritos, de idiomas, de conversaciones telefónicas…”.




martes, 14 de febrero de 2017





                                            
PLATERO Y YO, Juan Ramón Jiménez

Pasé una tarde reciente leyendo textos de Platero y yo y sentí de nuevo la emoción sencilla que se esconde en la hermosa prosa poética de sus páginas. Hacía tiempo que no volvía a Juan Ramón. Lo pasé bien, recordé las clases de la Universidad, y también llamaron mi atención algunos subrayados que me recordaron momentos de preparación de clases. Esta última lectura ha sido más placentera, sin la necesidad de buscar nada y sin esperar nada, por el simple hecho de leer.
Dice Michael P. Predmore en su edición en Cátedra (1984):
“Esta obra maestra de la primera época de Juan Ramón es producto de una rica confluencia de lecturas e influencias: la herencia de Martí y de Darío, del modernismo teológico y del literario, del krausismo español y del simbolismo francés, de la poesía clásica y de la moderna, de la poesía popular y de la culta. […] El carácter literario de Platero es un excelente ejemplo de lo que significaba para su autor el modernismo. […] También cumple plenamente con la función del arte que exige Francisco Giner: ser una síntesis de ‘la realidad sensible y su concepción ideal en la fantasía’. […] El krausismo español de la época es fundamental para entender el pensamiento y la ideología del poeta. De ahí derivan su aguda sensibilidad social, su fe y confianza en un mundo mejor, su creencia en el progreso y la perfectibilidad humana, y, sobre todo, su constante y creciente amor por el pueblo y por los niños que van a ser, ambos, los protagonistas del porvenir. […] El poeta sabe, como Francisco Giner, que los niños son la primera esperanza del futuro en tiempos de paz, y las primeras víctimas en tiempos de guerra. Por eso, no está nunca ausente de su obra la preocupación por la paz y por la justicia, intensificada después de su salida definitiva de España. En Platero y yo, Diario de un poeta recién casado, Españoles de tres mundos, El trabajo gustoso –Moguer, Nueva York, Madrid, España, las Américas– está el poeta todo entero, arraigado en su pueblo y tierra, iluminando con su arte el contraste entre lo real y lo ideal, y soñando siempre con la aurora de un más claro porvenir”.
Copio el siguiente capítulo de Platero y yo:

ÁNGELUS

MIRA, Platero, qué de rosas caen por todas partes: rosas azules, rosas, blancas, sin color… Diríase que el cielo se deshace en rosas. Mira cómo se me llenan de rosas la frente, los hombros, las manos… ¿Qué haré yo con tantas rosas?
¿Sabes tú, quizás, de dónde es esta blanda flora, que yo no sé de dónde es, que enternece, cada día, el paisaje y lo deja dulcemente rosado, blanco y celeste –más rosas, más rosas–, como un cuadro de Fra Angelico, el que pintaba la gloria de rodillas?
De las siete galerías del Paraíso se creyeran que tiran rosas a la tierra. Cual en una nevada tibia y vagamente colorida, se quedan las rosas en la torre, en el tejado, en los árboles. Mira: todo lo fuerte se hace, con su adorno, delicado. Más rosas, más rosas, más rosas…
Parece, Platero, mientras suena el Ángelus, que esta vida nuestra pierde su fuerza cotidiana, y que otra fuerza de adentro, más altiva, más constante y más pura, hace que todo, como en surtidores de gracia, suba a las estrellas, que se encienden ya entre las rosas… Más rosas… Tus ojos, que tú no ves, Platero, y que alzas mansamente al cielo, son dos bellas rosas”.

sábado, 4 de febrero de 2017





UNA CAÑA DE PESCAR PARA EL ABUELO,
Xingjian Gao

El premio nobel Xingjian Gao no es solo un escritor de obras prolijas (La Montaña del Alma, El libro de un hombre solo), sino también un prolífico escritor que se adentra con acierto en la práctica del relato. Sin embargo, son pocos los cuentos de este libro que nos entusiasman. Si acaso dos. En el primero (“El accidente”) se transmite la desolación que puede sentirse ante la muerte de un hombre que va con su hijo pequeño, quien resulta ileso del percance. La indiferencia de la gente ante la muerte en un mundo dominado por las prisas y el caos circulatorio; y la indolencia de los hombres ante el dolor ajeno son dos aspectos que el autor pone emotivamente de relieve. Pervive en el lector la imagen de un hombre que limpia con agua a presión la arena que cubre una mancha de sangre, una señal que se diluye en la trepidante vida que se sucede.
Pero centrémonos en el cuento que da título al libro. Se trata de un excelente relato. Por lo general un cuento no puede salvar un libro como el que traigo hoy a este Espacio, pero la profundidad, la delicada poesía de su estilo, el modo de evocar un mundo desaparecido, la singular estructura de planos narrativos que el autor ofrece, son aspectos que justifican estas breves palabras.
El nieto –narrador omnisciente– que regresa a su ciudad es un atento observador de una realidad que ha cambiado radicalmente: “Te he comprado una caña de pescar con carrete, le digo, él carraspea desde lo más profundo de su garganta sin mostrar el menor entusiasmo".
El abuelo es un hombre fiel a sí mismo; cuida sus cosas porque también es un modo de ser fiel a su mundo; elabora sus cigarrillos de tabaco; sigue utilizando su vieja caña de pescar, recosiendo sus redes, haciéndose cada vez más enjuto y silencioso, como si fuera una avecilla a punto de desaparecer.
El regreso del joven a su casa permite un recorrido por la memoria para descubrir cómo todo ha sido transformado, aunque no siempre como hubiera sido conveniente. El autor censura, a través de un anciano desubicado, una idea del futuro que no respeta el paisaje ni las costumbres. Así sucede cuando busca la casa de su abuelo y el nieto solo encuentra "edificios y edificios, edificios y edificios...”.