jueves, 2 de julio de 2020








     EL ENGAÑO DE LOS DÍAS, Dionisia García





Contiene este libro algunos poemas que me han gustado mucho. ¿Qué hay en él? Un cuidado de la métrica exquisito y una serena aceptación de la fugacidad de la vida, de los lugares y personas queridas. Por eso, y por cuestiones que ahora explicaré, lo incluyo en esta bitácora en la que voy dando cuenta de mis lecturas, un pantalla en la que también se desliza lo escrito hacia la inevitable nube del olvido.
         Compuesto en el quicio de la madurez de una autora que empuja la última puerta de acceso a la niebla, muestra en la primera parte, “Frente al invierno”, poemas que cuentan la plenitud de vivir con recurrentes evocaciones del pasado.  
         En el poema “Huellas perdidas” el azar lleva a un sujeto poemático (digamos autora) por calles que antaño frecuentaba. La casa que habitó ya no existe y otra ocupa su lugar. Igual sucede en el emotivo “Heredad”, una tierra que con el transcurrir del tiempo fue “entregada a otras manos, que no saben / de susurros y voces en los pinos”. En “Presagios”, un espacio querido y frágil se ve amenazado por el deterioro que impone el paso del tiempo. Y en “Oscura noticia” se lee:

El día que supimos que era cierta la muerte,
nuestros cándidos ojos cambiaron de mirada.
Vivimos desde entonces con la verdad más triste,
resignados, al fin, a pasar como el agua.

Hay una constante reflexión sobre las secuelas de esta erosión inevitable que es haber vivido, tal y como puede leerse en los versos finales de “Paseo escondido”:

El sol sale y se oculta entre los árboles.
Vuelve el cuco y su eco persistente.
Todo será lo mismo en otros años.
Quien lo presencia ahora ya es olvido.

         Son muchos los poemas que anhelar captar un instante de plenitud (“Inmanencia  en el tiempo” o “Salvación por el instante”), si bien otros que participan de esta cualidad añaden además un sutil y poco habitual hilo narrativo, que, a mi juicio, proporciona al poema cierta cercanía y mayor emoción, tal y como puede apreciarse en “El cuadro” o “Feria junto al mar”.
En la segunda parte, “La cierta referencia”, se alude a la vida venturosa del presente, sin obviar, una vez más, “la insolencia del tiempo”.

RUEGO

ATRÁS, tiempo, no invadas aquello que hoy es mío
y al destino responde:
convivir todavía con las palabras claras.
Es pronto, no apresures la hora de mi ausencia.

Tiempo, tiempo…, parece que fue ayer
cuando alertabas de los sueños.
Con el amor más cierto
y más apasionado, luego.
No renuncio a este espacio que dice del presente
(ya eclipsaste al pasar el fulgor de la vida).
Que la sombra de ti no me acompañe,
sea el claro pasar única guía
hasta la luz postrera.

Otros poemas dan cuenta de la gratitud por la vida, por los amigos (“Bien mayor”), por esa realidad que salva porque es querida y cierta, como se advierte en el siguiente poema dedicado a Eloy Sánchez Rosillo:

DOMINGO

PASÓ tímidamente
con atuendo de fiesta.
Su caminar, esquivo,
incómodo quizá.
Menguada parecía su figura,
entre quienes poblaban el paseo.

Sin saber hacia dónde
(sus ojos lo decían),
atravesó la calle.

Vi cómo se alejaba,
amparado en la luz de sus poemas.

         Y sigue intacto el aliento por la vida y por el gozo del presente cuando se siente cumplida la existencia y próximo el fin:

TEMORES

ES el amor pausado, la ternura,
el duradero tacto
que aún encuentra sus bienes
en la piel que conoce.

Se funden las miradas
y en las claras pupilas
hay un verde cristal
que el tiempo dulcifica.

No se sabe hasta cuándo
esta fiesta secreta
de los canosos años.

En la tercera parte, “A pesar de las ruinas”, se ofrecen poemas donde es grata la espera. El poema que abre, “Como se huye del frío”, es una reivindicación de la vida y muestra algunos matices temáticos nuevos, con un afán de aferrase a “la dignidad del gesto” y al “haber sido”. También se alumbra una nostálgica evocación de un mundo rural ya extinguido pero vivo en la poeta, como sucede en los poemas “Exequias por un mundo” y “Huertos”. Y la conciencia de que vivir ha sido hermoso se plasma en este poema:

CANTO NECESARIO

LA vida, que es paciente y es la misma,
dejará el paraíso de las horas,
el misterioso origen y los sueños.

Ignorado y distinto será todo,
también la rosa roja con su aroma
como milagro abierto a los sentidos,
a su nombre mortal que nos invita.

Nos duele que la luz nos abandone
y pasemos a ser meros escombros,
olvido nada más de la existencia,
lentamente extinguidos en la niebla.

Sin embargo, compensa la aventura
de entregar a los otros el testigo.

Como síntesis, podemos decir que la engañosa sencillez de este poemario esconde un dominio absoluto de los recursos literarios: hay anáforas que vinculan sus versos con un ubi sunt contemporáneo (“¿Dónde están los vestidos…?”); una querencia clásica de verbos al final del verso; la adjetivación precisa y justa; un lenguaje sencillo, de palabras habituales, salpicado de vocablos propios del mundo rural (“aljuma, lavajo, revoleo, arcilla color de greda…”); sugerentes metáforas (“Pendientes amarillos aquí y allá sus hojas”); sutiles hipérbatos (“… aguardaban / del ansiado calor el roce leve”); y un predominio del alejandrino, el endecasílabo y el heptasílabo, rasgos todos ellos que hacen de El engaño de los días un libro logrado.

Resta, pues, compartir el último poema:

PRESENCIA

NO dejo las sandalias,
simplemente me aparto del camino
para ver quién transita.

Aquí cuento las horas
mirando la planicie y el viñedo,
los almendros en flor, el cielo rosa.
Mi corazón aún siente el dulce aroma
que al impulso acompaña.

Son los días en paz, tan apreciados,
el regalo que llega necesario,
antes que otro destino me arrebate,
y haga de mí noticia póstuma.



sábado, 27 de junio de 2020




T E J O Q U I    Y    C H A V A L I C U, 
Julián Montesinos



[Una agradable lectura de 1º ESO a 3º ESO]

Tejoqui, un joven cartero apasionado por la historia, se comporta como si fuera una reencarnación del famoso caballero don Quijote. Está enamorado de Palmira, reparte cartas con su amigo Chavalicu, y del mismo modo que el personaje de Cervantes transformaba la realidad por la influencia de los libros de caballerías, Tejoqui, en cuanto ve el nombre de una calle, siente la necesidad de dar saltos en el tiempo y contar anécdotas de los grandes personajes de la historia.
         Se trata de una novela itinerante en la que se recrean dos historias de amor: la relación entre Tejoqui y Palmira, y la atracción que surge entre Chavalicu y Marta, dos jóvenes que estudian 3º ESO. La lectura supone un paseo literario e histórico por Elche, Santa Pola y Madrid, en el que sobresalen hermosos valores como la amistad, el amor y la curiosidad por saber. En sus páginas se encuentran muchas coincidencias con El Quijote de Cervantes.


Puede adquirirse en librerías de Elche y online en la siguiente dirección:  
https://www.imosver.com/es/busqueda/listaLibros.php?pagSel=2&cuantos=12&orden=venta+desc&titulo=sansy&soloConStock=N.


domingo, 21 de junio de 2020




LEER A CARLOS RUIZ ZAFÓN EN EL MERCADO





Siempre me ha sorprendido lo caprichosa que es la memoria, por qué elige determinados instantes de la vida y los conserva por tiempo limitado en un lugar preferente, de fácil acceso, diría yo, para gozo propio y tal vez ajeno. Por eso, ahora, tras la muerte de Carlos Ruiz Zafón, siento sorpresa, dolor, al tiempo que recuerdo el gozo de leer algunas de sus obras.
Pensar en Ruiz Zafón es para mí sinónimo de felicidad lectora, pues nada resume mejor esa experiencia que el siguiente recuerdo: el lector que ahora escribe se ve con La sombra del viento en sus manos y es feliz porque no puede dejar de leer; ese hombre mete el libro en el carrito de la compra y se va al mercado con el fin de arañar, durante la espera en los puestos, algo de tiempo para leer; ese hombre prescinde de otros quehaceres y se va al mercado porque sabe que dispondrá de algunos minutos para el disfrute íntimo de la lectura. Ese lector embebecido, siempre atento al precio de las frutas y verduras, casi no levanta sus ojos de La sombra del viento; ese lector es parco en palabras y solo pide “patatas”, “manzanas”, “sandía”, sin apenas hablar con el vendedor ni darle ninguna indicación sobre qué pieza debe de escoger, no vaya a ser que se pierda una línea de la novela; ese lector es capaz de sentir como sentía Julián Carax y tantos otros personajes; ese lector quijotesco en el mercado, que arrastra un carrito y tiene un libro como adarga protectora, apura el tiempo de lectura; a ese lector poco le importa que, por una vez, la belleza de la realidad en forma de cebollas y melones sea superior al arte cifrado en un libro, porque está atento a los textos que va subrayando para luego compartirlos con sus alumnos o consigo mismo. Acabada la compra, ese lector aceptó a su regreso a casa la pequeña regañina de su esposa cuando ella comprobó que gran parte de la mercancía era de un valor cuestionable. La lectura, una vez más, le había proporcionado otro alimento.
         Valga este recuerdo para reivindicar el poder hipnótico que tienen algunos libros mal llamados superventas, porque responden, como es el caso de la obra de C. Ruiz Zafón, a una alta exigencia literaria. Desde siempre he ignorado la minusvaloración de quienes sostienen un arcaico elitismo lector. Me he paseado por la Ilíada y he puesto mis ojos, en general, en los libros más excelsos de la literatura universal, con preferencia innata por aquellos que han engrandecido la maravillosa literatura castellana, y me atrevo a afirmar que las palabras que escribiera Pedro Salinas en su inolvidable, muy citado y mal leído, El defensor siguen siendo válidas (algo que ya advirtió Víctor García de la Concha hace tiempo): no hay mejor fomento de la lectura que el acercar “los buenos libros” a las nuevas generaciones. Tras dedicar gran parte de mi vida a reflexionar sobre cuáles son los buenos libros y cómo ofrecerlos a los lectores adolescente, llegué a la conclusión de que cada ser humano tiene un modo de leer distinto en sus diferentes etapas formativas, y que nada hay más eficaz que el asesoramiento personalizado de la lectura. Teorías aparte, los libros de Ruiz Zafón han hecho por la adquisición del hábito lector mucho más que cualquier campaña ministerial centrada en vender el chupachup de la lectura.
         Que mis alumnos me pidan libros como Marina y Las luces de septiembre; que mi tía Marisa, en su saludable madurez, disfrute varias horas antes de acostarse con La sombra del viento y el resto de títulos de la tetralogía, son razones suficiente para admitir que la literatura de Carlos Ruiz Zafón sigue viva:

“Cada libro, cada tomo que ves tiene un alma. El alma de quien lo escribió y el alma de quienes lo leyeron, vivieron y soñaron. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza su mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace más fuerte (…). Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los que se han perdido en el tiempo, viven para siempre” (La sombra del viento).

sábado, 13 de junio de 2020




               POEMAS ESCOGIDOS, Juan Ramón Jiménez




Con esta nueva lectura de la poesía de Juan Ramón Jiménez (Moguer, 23 de diciembre de 1881-San Juan de Puerto Rico, 29 de mayo de 1958), reivindico la necesidad de leer o releer a nuestros clásicos. Y surgen dudas sobre la idoneidad de los actuales programas educativos, que reducen la enseñanza de la Literatura en aras de una excesiva atención a la sintaxis y a la morfología. Y así vamos.  Por eso, hablar de nuevo de JRJ supone reconocer que han existido escasos poetas que tuvieran la Poesía en un altar tan puro.
         Pocos como este escritor han hecho del cultivo de la Poesía una razón de ser. Asumida la herencia becqueriana, inicia la construcción de un mundo poético autónomo, pautado por una alta exigencia de su misión como escritor. De la melancolía y el ensueño románticos evoluciona al simbolismo, esa estética francesa que asumieron, entre otros, los hermanos Machado. Su conocimiento de las ideas de la Institución Libre de Enseñanza y un fugaz compromiso le llevaron al frente de la revista Helios (1903), lo que provocó uno de sus frecuentes altibajos anímicos que le obligaron a regresar a Moguer. Durante ese tiempo de reposo –hubo otros en Burdeos y Madrid–, Juan Ramón amplió su formación con la lectura de los clásicos españoles y la obra de los escritores europeos del momento. El debate entre la acción cultural y la reflexión poética –una constante en su vida– le anima a trasladarse de nuevo a Madrid, donde ingresa en 1912 en la recién estrenada Residencia de Estudiantes, un foro de difusión cultural por el que pasaron los creadores y científicos más relevantes de entonces. Es este un momento clave en su formación y en su vida, porque asume los preceptos ideológicos de la Institución Libre de Enseñanza, que luego cuajarán de alguna manera en Platero y yo (1917), y porque allí conoció a la que será su esposa y verdadero amor, Zenobia Camprubí (Malgrat de Mar, 31 de agosto de 1887-San Juan de Puerto Rico, 28 de octubre de 1956), con quien se casará en 1916.  De nuevo, la realidad social y la realidad personal pugnan en JRJ hasta el punto de decantarse cada más por la escritura de una poesía “pura” guiada por la búsqueda de la “palabra exacta”. Dan muestra de ello sus obras esenciales: Diario de un poeta recién casada (1917), La estación total (1943) y Animal de fondo (1949), entre otras. Como a Pedro Salinas, con quien compartió una profunda amistad, la Guerra Civil lo convirtió en un transterrado, un español de allende los mares, si bien tras su muerte sus restos mortales regresaron a su Moguer natal.
Valga este somero comentario que entrelaza su vida y su obra para comprender por qué en 1956 se hizo justicia con la concesión del premio Nobel a este escritor que ejerció un profundo magisterio en la poesía del siglo XX y para quien la poesía fue siempre su única razón de ser: “Todo para la obra propia, lenta y perfecta. Crearse en la obra. Morir con la confianza de nuestra eternidad en la obra” (1920).
         Requiere mención aparte aludir siquiera a la riqueza métrica y retórica de la poesía juanramoniana. Excede ese cometido el comentario breve que de inmediato concluyo, si bien diré que hay gran variedad de metros y estrofas (romances, cuartetos, sonetos en endecasílabos y en hexadecasílabos, prosa poética y hasta aforismos).
Conviene aludir a la experiencia lectora que ha supuesto esta antología. Leída y releída la poesía de JRJ desde hace ya tiempo, las nuevas aproximaciones tienen para el lector el valor añadido de comprobar cómo se perciben los textos de siempre. Sin duda hay nuevas asociaciones y significaciones, que antaño pasaron inadvertidos. Así sucede con los “poemas” de Diario de un poeta recién casado, que se yerguen con inusitada fuerza.
         Acabada la lectura de esta selección que propone el especialista Richard A. Cardwell, un sentimiento de gratitud experimenta quien ha leído y manoseado el volumen tan bien editado por Viven Vives, una editorial dirigida por el ilicitano Francisco Antón, quien con cada libro realiza una propuesta cultural que debiera transcender el reducido ámbito educativo.

         Ofrezco a continuación algunos textos seleccionados no solo de la presente antología.

I.              REMEMBRANZAS

Para Manuel Reina

Recuerdo que cuando niño
me parecía mi pueblo
una blanca maravilla,
un mundo mágico, inmenso;
las casas eran palacios
y catedrales los templos;
y por las verdes campiñas
iba yo siempre contento,
inundado de ventura
al mirar el limpio cielo,
celeste como mi alma,
como mi alma sereno,
creyendo que el horizonte
era de la tierra el término.
No veía en su ignorancia
mi inocente pensamiento,
otro mundo más hermoso
que aquel mundo de mi pueblo;
¡qué blanco, qué blanco todo!,
¡todo qué grande, qué bello!

Recuerdo también que un día
en que regresé a mi pueblo
después de largos viajes,
me pareció un cementerio;
en su mezquina presencia
se agigantaba mi cuerpo;
las casas no eran palacios
ni catedrales los templos,
y en todas partes reinaban
la soledad y el silencio.
Extraña impresión sentía
buscando en mi pensamiento
la memoria melancólica
de aquellos felices tiempos
en que no soñaba un mundo
como el mundo de mi pueblo.

¡Cuántas veces, entre lágrimas
con mis blancos días sueño,
y reconstruyo en mi mente
la visión de aquellos tiempos!

¡Ay!, ¡quién de nuevo pudiera
encerrar el pensamiento
en su cárcel de ignorancia!,
¡quién pudiera ver de nuevo
el mundo más sonriente
en el mundo de mi pueblo!

(De Alma de violeta).


II.

El cielo rosa muy pálido
es fondo dulce a los árboles
cobrizos que, allá a lo lejos,
bajo la paz de la tarde,

se van velando en la bruma
que sueña el dormido valle
del lado del río muerto
sin barcas y sin cantares.

Los árboles son de cobre,
el cielo de rosa mate,
y es tan dulce esta armonía
en la quietud de la tarde,

que el paisaje se refleja
en el remanso del valle
del corazón, como un sueño
de bosques primaverales.

Entre el misterio lejano
de los troncos de los árboles,
el humo de alguna choza
sube en la paz de la tarde.

(De Arias tristes).

III.        EL VIAJE DEFINITIVO

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostáljico.

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.

(De Poemas agrestes).

IV.

No me tienta la gloria. ¡Sólo una vida en paz,
rica de los tesoros del amor y la lira,
en una estancia dulce, solitaria, serena,
llena de libros bellos, con flores, encendida!

Estancia adonde, a veces, la amistad se llegara,
a llamar a la puerta con mano noble y limpia,
retiro adonde, a veces, se asomara el amor
con la mirada extraviada y conmovida…

Que el lujo el rumor se queden para otros…
¡A mí me basta con mi fe en las armonías,
en una estancia plácida, alejada, callada,
llena de libros bellos, con flores, encendida!

(De Melancolía).

V.          HORA INMENSA

Sólo turban la paz una campana, un pájaro…
Parece que los dos hablan con el ocaso.

Es de oro el silencio. La tarde es de cristales.
Mece los frescos árboles una pureza errante.
Y, más allá de todo, se sueña un río límpido
que atropellando perlas, huye hacia lo infinito…

¡Soledad! ¡Soledad! Todo es claro y callado…
Sólo turban la paz una campana, un pájaro…

El amor vive lejos… Sereno, indiferente,
el corazón es libre. Ni está triste, ni alegre.
Lo distraen colores, brisas, cantos, perfumes…
Nada como en un lago de sentimiento inmune…

Sólo turban la paz una campana, un pájaro…
¡Parece que lo eterno se coje con la mano!

(De El silencio de oro).

VI.
Madrid,
17 de enero de 1916

¡Qué cerca ya del alma
lo que está tan inmensamente lejos
de las manos aún!
                                Como una luz de estrella,
como una voz sin nombre
traída por el sueño, como el paso
de algún corcel remoto
que oímos, anhelantes,
el oído en la tierra;
como el mar en teléfono...

Y se hace la vida
por dentro, con la luz inestinguible
de un día deleitoso
que brilla en otra parte.

¡Oh, qué dulce, qué dulce
verdad sin realidad aún, qué dulce!


VII.

[Tomado del sánscrito, “Saludo del alba” desconcertó, por inesperado y sorpresivo, a los lectores de Juan Ramón Jiménez, porque suponía un acentuado cambio en su trayectoria poética, además de ser una síntesis de una nueva “poética de la realidad”, que, en palabras del estudioso Javier Blasco, significará “la ruptura definitiva con el pasado y la inauguración de un tiempo nuevo para su escritura y -lo que es más significativo- para la totalidad de la lírica posterior en lengua española”].

SALUDO DEL ALBA

“¡Cuida bien de este día! Este día es la vida, la esencia misma de la vida. En su leve transcurso se encierran todas las realidades y todas las variedades de tu existencia: el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura.
El día de ayer no es sino sueño y el de mañana es sólo una visión. Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. ¡Cuida bien, pues, este día!”.

(Del Sánscrito, Diario de un poeta recién casado)


VIII. AMOR

El olor de una flor nos hace dueños,
por un instante, del destino;
el sol del cielo azul que, por la tarde,
la puerta que se entreabre deja entrar;
el presentir una alegría justa;
un pájaro que viene a la ventana;
un momento del algo inesperado…

No hay en la soledad y en el silencio
más que nosotros tres
–visita, hombre, misterio–.
                                    El tiempo y los recuerdos
no son nudos de atajos.,
sino de luz y aire. Andamos sonriendo
sobre el tranquilo mar. La casa es dulce,
bellas sus vistas…
                           Y, un instante,
reinamos, ¡pobres!, sobre nuestra vida.

(De Belleza)

martes, 9 de junio de 2020



               ONCE UPON A TIME IN AMERICA,  
               Ennio Morricone



miércoles, 3 de junio de 2020




    MANERAS DISTINTAS DE AMAR (O DES-AMAR), 

     Carlos Javier Cebrián






Hace unos años, con motivo de la publicación de Estragos (2012), escribí en el prólogo del mencionado libro: “La inmensa mayoría de sus versos desazonan, conmueven por su tristeza asumida, cautivan por el desaliento superado solo por la fe en el amor, y, sobre todo, sobrecogen por la belleza literaria que rezuman. Tras leer a Javier Cebrián nadie sale indemne ni indiferente, porque con este poemario, nuestro autor parece abrir una nueva fase, se reinventa poéticamente con un discurso menos áspero, más auténtico y muy ceñido a su biografía”. Ahora,  con Maneras distintas de amar (o des-amar), Cebrián se cimbrea de nuevo como un funambulista sin importarle el vértigo, sin reserva alguna, y muestra su yo más íntimo. Unas pocas veces, de una manera entusiasta y agradecido con la existencia; y, casi siempre, descreído ante las maneras de la vida.
En ocasiones, el yo omnipresente del autor se decanta por el tono cáustico e irónico (Necrológica), y en otras apela a un sentimiento radical del amor (Contiendas): “Ama sin piedad, / como si te fuera la vida / en el envite, / como si te fuera la muerte / en ello”. También son frecuentes las alusiones a motivos musicales –como hiciera en su libro Estragos–, en los que el amor se erige como el único sentimiento que ordena la existencia, y así alude a Danza invisible y a Mark Knopler, en un poema (Tunnel of love), que, en el fondo, es una reflexión sobre las secuelas que deja el paso del tiempo. La segunda persona dota al poema de un ritmo perfecto.

TUNNEL OF LOVE

Ya posees en tu memoria viejas canciones
y nuevas lágrimas.
Te has sorprendido llorando
mientras escuchabas esa canción.
te empieza ya a pesar sobre los hombros,
sobre tus lágrimas,
el paso del tiempo.
Te creías o más bien te suponías
inmune al devenir rastrero
y furioso del tiempo.
Así tan crédulo y estúpido
ofrecías tu pecho descubierto
al filo cruel del sable
que blande la figura retórica
de cada día que se va.
Los días y las noches se aúnan
y pasan como una suma descabalada y fatal.
Ya posees en tu memoria viejas canciones
y nuevas lágrimas.
Cada canción es otra imagen perdida,
cada nota otro rostro difícil de recordar.
Te has sorprendido llorando
mientras escuchabas esa canción,
y esa emoción te ha parecido
extraña y placentera.
A veces no hay pérdida en el recuerdo,
es más, a menudo el recuerdo
es únicamente intención,
la alegría de mencionarlo,
soltar lastre por encima de la baranda.
Llorar, a veces, es una bendición.

A lo largo del poemario va leyendo el lector alusiones al desamor y la tristeza: “amor donde solo resta odio”, “pero el amor no conoce la compasión”, “otra vez la frontera del desastre”, “soy un hombre muerto / que respira...”.  Hay poca luz y  epifanía en este poemario –excepción hecha de un poema casi salmódico, “Sobrevivir”–, en el que, sin embargo, prevalece un inclemente ajuste de cuentas del poeta consigo mismo. De este modo, los poemas no son canto, sino constatación realista de la lucha por la vida. Y esta reincidencia en la derrota va marcando el poemario de zozobra. Intuyo que el poeta es consciente de este confesionalismo radical e impúdico (“sé que soy un pobre diablo / acepto tu diagnóstico) y de que desde la desolación afectiva, amorosa y sexual (“en pleno orgasmo silenciado / creo que he llorado”) aspira a construir su universo poético, tal y como sucede en “Asepsia”, “Séptica” y “No busques en mí”.

NO BUSQUES EN MÍ
No busques en mí
a aquel niño inquieto
y descuidado que fui
o al adolescente que intentaba ser feliz
o al adulto doméstico que sufría por amor.
Nada de ellos queda en mí
sino residuos.
Cómo magulla la propia vida,
cómo hiere, cómo erosiona.
Nada queda de mí,
apenas un tipo sombrío que llora
con solo rozarle un recuerdo nimio
o el impacto inmediato de la emoción.
No soy siquiera cicatriz.
Soy heridas abiertas,
sangre y pus,
infección de lo que un día fui.
Un hombre que sobrevive sin sentir
el saludable temor a la muerte,
que de bien, al ser humano
siempre acompaña.
No soy alma,
solo soy humana mecánica
porque, de manera efectiva,
muerto ya estoy.
Soy un hombre muerto
que respira.

         Desde el punto de vista estilístico, la poesía de Cebrián, que nunca ha estado atenazada por la retórica, se ofrece desinhibida y clara. Y en esta línea transparente pero de sentimientos encontrados (no antitéticos) se inserta el decir directo y desnudo de Cebrián, un tono que, por otra parte, se aviene bien con el verso libre en que están dispuestos los poemas. Así, el ritmo brota al devenir del sentimiento, es decir, del valor semántico de los poemas más que del incómodo corsé de metros y rimas.
         Libro a libro, Cebrián va construyendo su personal poética de la zozobra, es decir, la expresión de una manera poética de vivir o des-vivir. Su arriesgado poemario está lleno de logros y diabluras, que a nadie deja indiferente:

Y que les den
a la poesía, a la elegancia en el decir,
a la contención poética,
al pensamiento
y al amor que debo a los seres humanos.