lunes, 29 de mayo de 2023

 



 

 

                                GREMBO, Olivia Belli

 

                                



 

                    CLÁSICOS PARA LA VIDA, Nuccio Ordine


                



 

 

Con los años gusta uno de leer esos libros que abren ventanas insospechadas y que superan las expectativas iniciales y acaban también con algún que otro infundado prejuicio. Con el tiempo uno agradece esos juegos de intertextualidades subterráneas que se advierten en algunos textos y aportan nuevas asociaciones. Con cada nueva lectura –si ha sido provechosa– se agranda el bagaje lector y pueden extraerse además nuevas significaciones de un libro. Esta “potencialidad” del significado fue definida por A. Mendoza Fillola con el concepto de “intertexto lector”, es decir, ese haz de nuevas asociaciones y significaciones que un lector cultivado puede establecer durante el proceso de lectura. 

Inspira esta introducción el libro que acabo de leer, Clásicos para la vida (2017, Acantilado), del escritor italiano Nuccio Ordine (Diamante, 1958), distinguido recientemente con el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2023. Aparte del libro que comentamos, sobresalen también La utilidad de lo inútil (2013) y Los hombres no son islas (2022), y que abordan cuestiones similares.

Pero ¿qué aporta y cómo se estructura este libro? En la introducción conocemos el ideario vital y filosófico de Nuccio Ordine. Y con la selección de textos, seguidos de breves comentarios, queda de manifiesto que esos fragmentos han sido seleccionados como ejemplos para demostrar que los clásicos pueden ser útiles para el hombre de hoy. No quiere eso decir que los libros y autores elegidos carezcan de valores literarios intrínsecos (pues, de ese modo, no serían clásicos), sino que tanto el texto elegido como su exégesis sirven para demostrar la visión que Nuccio Ordine tiene sobre el concepto de utilidad de la literatura. Y ahí está la clave de su argumentario: hay que reivindicar la utilidad de todo lo que, con criterios económicos y mercantilistas, se considera inútil, pues todas las artes educan integralmente a los ciudadanos y son necesarias para construir un mundo mejor.

El corpus teórico de Nuccio Ordine está claramente expuesto en la introducción de este libro. Además, en el enlace que añado (https://www.youtube.com/watch?v=co_F_zYqnEQpuede escucharse la interesantísima conferencia que pronunció ante un numeroso grupo de alumnos de 1º y 2º de bachillerato, en la que sobresalen el rigor y la persuasión del discurso. En este sentido, sería provechoso escuchar la conferencia y leer la introducción del libro que nos ocupa, ya que abordan las mismas cuestiones. 

En esencia, Clásicos para la vida quiere rendir tributo a la idea de utilidad de la literatura; persuadir del valor inconmensurable de entregarse a los demás (“Sólo es digna de ser vivida la vida que se vive para los otros”, Albert Einstein); y reivindica el poder de la lectura para transformar la vida de los ciudadanos (“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; / a mí me enorgullecen las que he leído”, Jorge Luis Borges).

Ofrezco algunas de las reflexiones de N. Ordine: 

 

1. Las grandes obras literarias o filosóficas no deberían leerse para aprobar un examen, sino ante todo por el placer que producen en sí mismas y para tratar de entendernos y de entender el mundo que nos rodea.

 

2. Clásicos para la vida, de una manera más simple, no quiere ser otra cosa que un homenaje a los clásicos en un momento difícil para su existencia”.

 

3. El verdadero crítico no debería olvidar nunca como señala oportunamente George Steiner (recurriendo a una metáfora forjada por el gran poeta ruso Aleksander Serguéievich Pushkin)– que su papel debe ser el de un “cartero. Los carteros, en efecto, saben que existen porque hay alguien que escribe cartas; de igual manera, la crítica existe porque hay alguien que produce obras. Y, como el cartero, el crítico debería ponerse, de la manera más discreta, al servicio de las obras, escucharlas, protegerlas, dejarlas hablar, ayudar a que lleguen a sus destinatarios”.

 

4. Un conocimiento de mera antología no basta; como tampoco basta el estudio de la didáctica, que, en las últimas décadas, ha asumido una centralidad desproporcionada: dicho sea con el permiso de las pedagogías hegemónicas, el conocimiento de la disciplina es lo primero y constituye la condición esencial. Si no se domina esa literatura específica, ningún manual que enseñe a enseñar ayudará a preparar una buena clase”.

 

5. No se puede entrar en clase sin una buena preparación. No se puede hablar al alumnado sin amar lo que se enseña. Una pedagogía rutinaria acaba por matar cualquier forma de interés. Por ello, tiene razón George Steiner cuando nos recuerda que «una enseñanza de mala calidad es, casi literalmente, un asesinato»”.

 

6. “Un verdadero maestro puede cambiar la vida”. Y para ello recuerda la carta de gratitud que Albert Camus escribió a su profesor Louis Germain, tras recibir el premio Nobel. 

 

7. La buena escuela no la hacen las «tablets» ni los programas digitales, sino los buenos profesores”.

 

8. Defiende la tesis de Albert Einstein: “La escuela debe siempre plantearse como objetivo que el joven salga de ella con una personalidad armónica y no como un especialista. En mi opinión, esto es aplicable, en cierto sentido, incluso a las escuelas técnicas, cuyos alumnos se dedicarán a una profesión totalmente definida. Lo primero debería ser, siempre, desarrollar la capacidad general para el pensamiento y el juicio independientes y no la adquisición de conocimientos especializados”.

 

9. Defiende el sentido del aprendizaje a partir del conocido poema de Costantino Kavafis: lo importante no es la meta (el retorno a Ítaca), sino el viaje que debemos llevar a cabo para alcanzarla, porque sacrificar a una meta el valor intrínseco de la experiencia misma de la aventura del conocimiento significa empobrecer nuestro trayecto”.

 

10. La deriva empresarial y utilitarista ha producido ya efectos negativos. La insensata multiplicación de reuniones e informes para ilustrar al detalle programaciones, objetivos, proyectos, itinerarios y talleres– ha acabado por absorber buena parte de las energías de los profesores, transformando la legítima exigencia organizativa en una nociva hipertrofia de controles administrativos. Cierto que se ha declarado la guerra a la burocracia, pero la tan ansiada simplificación no llega, por desgracia, a las escuelas y universidades. Suministrar documentación, en efecto, parece hoy más importante que preparar una clase. Se olvida que un buen docente es ante todo un estudiante infatigable”. 

 

11. De la misma manera, en las aulas de un instituto o de un centro universitario, un estudiante debería poder aprender que contrariamente a lo que predican los gurús de la velocidad y de la hegemonía del fast en cualquier ámbito de nuestra vida– el aprendizaje requiere lentitud, reflexión, silencio, recogimiento. Por este motivo, en tiempos tan difíciles, el elogio de la lentitud y de la filología tejido por Friedrich Nietzsche constituye un valioso bálsamo. En el prólogo, publicado en 1886, de la recopilación de aforismos titulada Aurora (1881), Nietzsche, en 575 fragmentos, nos hace reflexionar: (…) «enseña a leer bien, es decir, lenta, profunda, respetuosa, cuidadosamente, con cierta malicia y con las puertas siempre abiertas, con sensibilidad en la mirada y en el tacto»”.

 

12. A partir del libro Oráculo manual y arte de prudencia, de Baltasar Gracián, concluye que “sólo la cultura nos salvará del odio“.

 

Y podríamos seguir con esta retahíla de textos que sirven de pretexto para ahondar en asuntos tan esenciales de la actualidad como la incoherencia que supone elogiar a los donjuanes y criticar a las mujeres adúlteras, o la importancia de la solidaridad, entre otras cuestiones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario