lunes, 23 de agosto de 2021

 

 

                            JAQUE AL EMPERADOR, J. R. Barat

 

 


 

Sería prolijo y arduo sintetizar en este espacio algunos detalles del argumento sin desvelar aspectos esenciales. Me limitaré a señalar los rasgos más sobresalientes desde mi perspectiva de lector. Cuando empecé a leer esta novela no me importaron las dimensiones del volumen, pues considero a J. R. Barat un escritor tocado con la gracia de la amenidad, rasgo que poseen contados escritores y que, para quien esto escribe, es una de las mayores cualidades de Jaque al Emperador, pues me ha proporcionado dosis de felicidad lectora similares a las que experimenté leyendo de joven Los miserables (1862) de Víctor Hugo, cuyo personaje Jean Valjean, me fascinó precisamente por ser un dechado de humanidad. Del personaje central de la novela que nos atañe, José Romeu y Matas, hablaremos más adelante para explicar la pluralidad de rasgos que lo convierten en un héroe.

         Tampoco sería necesario acumular en esta reseña mucha información sobre el quehacer literario de J. R. Barat (Valencia, 1959), un escritor prolífico, que ha abordado todos los géneros siempre con altas cotas de calidad literaria y que ha sido reconocido con importantes premios; un narrador que ha recibido el fervor de los lectores por sus libros de literatura juvenil (Deja en paz a los muertos y Clara en la oscuridad, por poner solo dos ejemplos); un profundo y clásico poeta (Como todos ustedes, Breve discurso sobre la infelicidad, Si preguntan por mí, entre otros); un brillante novelista para adultos (Infierno de neón); y un admirado autor de textos teatrales, de poesía infantil y de varias novelas históricas (entre las que sobresale 1707).

Jaque al emperador se inserta en el subgénero de novela histórica, una de cuyas principales características es la reproducción de un fresco histórico verosímil. Para lograrlo, el autor ha debido de consultar una abundante bibliografía que pasa inadvertida en la realidad novelesca que ha creado. En este caso, la acción de la novela nos traslada a la Guerra de la Independencia (1808-1814), una época en la que los lectores serán abducidos por la maestría con la que el autor  combina aspectos literarios que paso a comentar.

Los datos históricos que sostienen las coordenadas espacio-temporales son reales y se apoyan en las fuentes que ha manejado el autor: la constitución de Bayona (1808) es una trampa de Napoleón para entronizar a su hermano José Bonaparte; la Constitución de Cádiz, La Pepa (1812), alienta la esperanza de los guerrilleros contra la ambición irracional de Napoleón, quien “sueña con levantar un nuevo imperio Carolingio” (p. 40). Aun siendo un fresco creíble, esta novela no homenajea la labor megalómana de los reyes y los emperadores, sino más bien el quehacer de los hombres y las mujeres que conforman la intrahistoria, con sus vidas verdaderas y humildes.

La selección de los elementos descriptivos contribuye a una perfecta ambientación, pues el autor se detiene en los objetos decorativos de las casas y las ciudades, así como en el paisaje rural, reproducido en muchas ocasiones como una paraíso natural de labriegos que viven en la huerta valenciana y disfrutan de todas las maravillas del Levante por el que deambula el personaje principal, José Romeu.

Las disputas políticas –habituales son las tertulias para analizar la situación de España tras la invasión napoleónica–, las posturas ideológicas –abundan las reflexiones sobre el sinsentido de la guerra y los postulados ilustrados que encarnan María Correa, la esposa de Romeu, y otros personajes– y la presencia del hecho religioso –destaca la generosidad y el desprendimiento del franciscano Juan Rico– son tres aspectos que coadyuvan a profundizar en el conocimiento de una época convulsa, en el que las ideas ilustradas que sostienen muchos personajes y la defensa de la “españolidad” que representaba Fernando VII chocaban con el ideario imperialista de Napoleón.

A su vez, el uso de algunos vocablos de la época contribuye a hacer más creíble la historia. Palabras como “faetón” (carruaje descubierto), “azuela” (herramienta de carpintero que sirve para desbastar), “abacería” (tienda donde se vende al por mayor aceite y legumbres), “aguaitar” (observar por un balcón), “majar” (golpear el trigo para separar el grano de la paja), “dogal” (cuerda para ahorcar a un reo) no pretenden dar una pátina arcaica al estilo, sino reproducir fehacientemente un tiempo histórico concreto. Que hoy sean palabras moribundas en el diccionario no impide reconocer su pertinencia en la novela.

Directamente vinculado con el uso del léxico, el autor sabe insertar bellas descripciones que no ralentizan la acción de los hechos, pues están dispuestas con sabiduría en los momentos adecuados: “Las huertas de Murviedro brillaban teñidas de rojo. Las hojas de los viñedos parecían haberse oxidado y ofrecían las mil tonalidades del otoño” (p. 39). El estilo de la novela es elegante y fluido, y se agradecen los detalles poéticos que iluminan de emoción contenida muchos momentos. Para participar el suicidio de Amalia tras el asesinato de su novio, el narrador escribe: “Las brumas de la tarde se cernieron sobre ella y poco a poco la envolvieron como un lienzo de ceniza, hasta que la opacidad la ciñó por completo” (p. 400).

Con el propósito de conseguir esa verosimilitud histórica, social e ideológica a la que ya me he referido, el autor no renuncia ni a la crudeza descriptiva de algunas acciones de guerra (la destrucción de pueblos y ciudades convertidos en un infierno, los cuerpos quemados, decapitados, traspasados con bayonetas, las ejecuciones arbitrarias, las violaciones de las mujeres por parte de los soldados franceses, la lenta y dolorosa agonía a la que sometieron los franceses a Bonmatí, entre otras vejaciones), ni tampoco rehúye de la explicitud sexual en algún encuentro lúbrico (como el que mantuvo Rita con Villaba y Denia).

Paralelamente, el autor es capaz de emocionarnos con los delicados momentos afectivos que comparten José Romeu y su esposa: “María reía nerviosa mientras él la besaba en la boca, en el cuello, en las orejas, en los senos. Acabó de desvestirse y se tendió en el lecho, completamente desnuda. Su cuerpo era blanco y sinuoso (…). Romeu la observó embelesado (…). Se tendió a su lado y la acarició con delicadeza (…).  Se amaron mientras el mundo parecía detener su gran reloj de arena y fuego y destrucción” (p. 258). Es especialmente emotivo el texto con el que se resume la vida de José Romeu poco antes del desenlace final (p. 498-499).

Aparte de los valores literarios referidos, quizá sea la creación de la figura del héroe uno de los mayores aciertos. Desde el principio conocemos la opinión de Romeu en una conversación con María, su esposa: “Un hombre sin dignidad no es nada. ¿De qué nos sirven los bienes materiales si nos roban el alma” (p. 112). Y pronto sabemos que el rey Carlos IV concedió a José Romeu y Matas “dignidad ciudadana de hidalgo”. Como un campeador decimonónico, Romeu va creciendo desde el momento en que, estando en Madrid para cobrar los suministros que desde Murviedro enviaba a la capital, se vio inmerso en la invasión de las tropas napoleónicas. Tras prestar su apoyo a un joven soldado herido de muerte, José Romeu huye a Chinchón y a Uclés, donde comprueba la cruel represión de los franceses. Con cada vejación que contempla, más se reafirma en la necesidad de defender la libertad del pueblo y reclamar justicia. Pero es consciente de que de su regreso de Madrid lo peor que trajo era “la desolación que traía impresa en el alma” (p. 177).

Su concepción cristiana le lleva a enterrar a los vencidos de uno y otro bando, acción que muchos de sus subordinados no entienden en una guerra tan cruenta. Él los arenga y los convencen y al cabo todos creen en la heroicidad y magnanimidad de un hombre que solo quiso vivir en paz en sus viñedos de Murviedro, un hombre que solo imaginó una vida feliz junto a María y sus tres hijos, un hombre que nunca quiso ser un héroe, pero que lo fue porque no tuvo otra opción que ser consecuente con sus íntimas y nobles convicciones. No se arredra ante el mariscal Jacomet (p. 376); defiende siempre a sus soldados, por quienes se desvive a la hora de encontrar una solución digna (p. 471); tampoco acepta los ultimátum del mariscal Suchet, a quien consigue irritar: “Lo que ustedes me proponen no lo puede firmar José Romeu, porque sería traicionar a mi familia, a mi mujer y a mis hijos, a todos los españoles, a los que han caído a mi lado. Sería traicionar a mi rey, a mi patria. A mí mismo. Prefiero morir antes que seguir viviendo como una rata” (p. 482). Pero es en el turno de palabra del que gozó José Romeu durante el juicio sumarísimo al que fue sometido al final de su vida cuando admiramos sus nobles convicciones (pp. 488-489).

Los personajes secundarios cumplen con la misión de sostener el armazón argumental de la novela. Merece especial atención María Correa, la esposa de José Romeu, quien así la describe: “Sus ojos son azules, como dos pedazos de cielo en primavera, y el cabello rubio y largo, igual que un haz de trigo maduro. Le gusta leer y tocar el piano. Si usted la conociera, padre (…). Es la mujer más maravillosa que pueda existir (…). Tiene un corazón noble y bondadoso, y eso es lo que más adoro en ella. Cuando la conocí éramos dos adolescentes” (p. 495). María acostumbra a contarles cuentos a sus hijos; y su afición por la música y las canciones populares instala en la casa de Murviedro una renovada felicidad. Al mismo tiempo, encarna el ideal de mujer ilustrada: “Era aficionada a la lectura, aunque en la biblioteca familiar escaseaban los libros. Sus escritores favoritos eran Feijoo y Cadalso. Los autores franceses como Voltaire y Rousseau, tan de moda en Europa, le habían sido vetados por su tío” (p. 35). La formación de María le permite escribir a su marido una carta conmovedora en la que le insta a que regrese para conocer a su nueva hija (p. 216).

 Los personajes secundarios desempeñan un papel fundamental: unos pertenecen a la corte y otros al mundo rural y al de la soldadesca, ambientes en los que José Romeu sabía desenvolverse con absoluta naturalidad, sencillamente porque consideraba a sus semejantes seres humanos respetables. Tenemos que referirnos a la integridad del Tudesco; a la fidelidad de sus soldados cercanos –Villalba y Denia, entre otros–; al enigma y a la belleza de Rosario;  a la bondad del reflexivo Lino –un joven que odiaba el absurdo de la guerra–; a Társila, la abnegada cuidadora de la familia, que es un dechado de entrega y bondad; a la generosidad de los hombres y mujeres que formaban parte del servicio doméstico, en especial a Blas, ese joven que conocía como nadie los sentimientos de los caballos; al afable tío de María, Gumersindo Palmero, que es comandante de intendencia en el puerto de Algeciras; a su cuñado, el arquitecto Francisco Civera; al abogado Luis de Peñaranda; al cruel y codicioso Porfirio Lesmes, quien se atreve a denunciar al novio de su hija Amalia; y a tantos personajes que harían farragoso este escrito.

Jaque al Emperador tiene todos los ingredientes para cautivar a los lectores: con las varias acciones que se desarrollan en cada capítulo se garantiza la amenidad argumental; se ve la evolución de José Romeu hasta convertirse en un inconmensurable héroe; la delicada humanidad de María Correa fascina al lector; se despliega un convincente trasfondo histórico, político y social; y el tratamiento estilístico es encomiable, con una escritura al servicio de una historia cautivadora. En fin, Jaque al Emperador es la conmovedora historia de un héroe que puso en jaque al mismísimo Emperador; una novela que emocionará no solo a los habituales lectores de novela histórica, sino a todos los que disfruten de las aventuras de esta novela total, que reflexiona sobre la crueldad del pasado para iluminar el presente.

Quienes se asomen a sus páginas no podrán evitar un escalofrío de emoción y gratitud.

 

 

 

 

Editorial: Algaida

Título: Jaque al Emperador

Autor: J. R. Barat

Primera edición: 2021

 


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