sábado, 24 de enero de 2026

 










LA CHICA DEL LAGO, Mikel Santiago / 

EL RULETISTA, Mircea Cartarescu



Sigo con mi diario de lecturas variadas y en muchos casos antagónicas, y por eso me pregunto ¿qué tienen que ver La chica del lago, de Mikel Santiago, con El Ruletista, de Mircea Cartarescu? En realidad, nada. Comparten líneas en este blog únicamente porque el azar –conocedor de mi carencia de elitismo literario– ha vencido al desocupado lector que soy. Antaño programaba mis lecturas e iba tachando los libros leídos conforme los terminaba. ¡Qué poco tiempo queda ya para estos menesteres! Ahora los libros se cruzan sin orden y, si soy sincero, lo prefiero así. Por eso, después del gozoso empacho de tramas, giros inesperados y narrativa súper absorbente que propone Mikel Santiago, decidí abandonarme en una novela corta o cuento largo del escritor rumano Mircea Cartarescu. 


He vivido en dos mundos, guiado por dos maneras de narrar.  Leer a salto de mata es también una práctica intelectualmente saludable; diría que es la óptima para lectores sin prejuicios, de esos a los que les gusta mirar el mundo sin los prismáticos que eliminan todo lo que existe fuera del exiguo círculo del foco. No es fácil llegar a ser un lector heterogéneo, uno de esos lectores con el ánimo preparado para la sorpresa, dispuestos a leer con los ojos bien abiertos, dejándose llevar.


En las antípodas un texto del otro, los dos consiguen que el lector se abstraiga de su presente y se pierda en las sendas de la literatura. El thriller narrativo y de suspense que ofrece Mikel Santiago es un logrado ejemplo de esa literatura tan en boga que proporcionar al lector una especie de vida duplicada. La protagonista, Quintana Torres, es una intrépida escritora que se convierte, por cuestiones que no vienen al caso, en una eficiente investigadora. El acierto del autor para crear una especie de matrioska textual convierte la obra en una indagación acerca de si una muerte sucedida en una novela anterior se basó en un accidente o un asesinato. Por inesperadas asociaciones, Alba, el personaje central, nos recuerda a la bella joven Nola Kellergan, esa especie de Lolita que brilló en La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Jöel Dicker.


Por su parte, el personaje que da nombre a El Ruletista es un outsider, un personaje condenado al fracaso. Su breve desarrollo resulta creíble gracias al hondo análisis sobre el sinsentido de su vida. Cada párrafo es un ejemplo de precisión; y cada página, un ejemplo de alta literatura. 


El Ruletista es una narración sobre dos personajes a la deriva, que se reencuentran después de haber sido amigos de la infancia. Quien vive –y se juega la vida– poniendo balas en la ruleta de una pistola experimenta una insoportable angustia de vivir, exactamente igual que el escritor atormentado por su visión nihilista de la vida y su ilimitada pasión por la literatura, porque al final reconoce la intranscendencia de haber dedicado todo su tiempo al obsesivo quehacer de crear.


“Pero ¿qué puede hacer un hombre que ha dedicado toda su vida a escribir literatura? ¿Cómo puedes abandonar los arcanos del estilo? ¿Cómo, con qué instrumentos puedes exponer en una página un testimonio puro, libre de la cárcel de las convenciones artísticas? (…). He aquí todo mi razonamiento, eso que me hace llevar hasta el final (solo yo sé con cuánto esfuerzo) esta «historia»: he conocido al Ruletista. Eso no puedo ponerlo en duda. A pesar del hecho de que era imposible que él existiera, lo cierto es que ha existido. Pero hay un lugar en el mundo donde lo imposible es posible, se trata de la ficción, es decir, la literatura. Allí las leyes del cálculo de probabilidades pueden ser infringidas, allí puede aparecer un hombre más poderoso que el azar. El Ruletista no podía vivir en el mundo, lo cual es en cierto modo una forma de decir que el mundo en el que él vivía era ficticio, que era literatura, lo cierto es que ha existido. Pero hay un lugar en el mundo donde lo imposible es posible, se trata de la ficción, es decir, la literatura”.






Título: La chica del lago

Autor: Mikel Santiago

Editorial: Ediciones B

Páginas: 688

Año: 2025


Título: El Ruletista

Autor: Mircea Cartarescu

Editorial: Impedimenta

Páginas: 62

Año: 2010




lunes, 5 de enero de 2026

 





BELLO ES EL RIESGO, Marcela Duque



Este poemario, que obtuvo el prestigioso Premio Adonáis de 2018, es, sobre todo, un canto sereno a la belleza del mundo, una reflexión sobre el amor, el poder de las palabras y la aceptación del paso del tiempo. Con elementos del mundo clásico (un sutil homenaje a Sócrates y a su gozo de estar vivo) y con una mirada que se regodea en la contemplación de la naturaleza, la poesía de Marcela Duque (Medellín, 1990) ofrece versos de una altísima calidad, resueltos con una expresión rítmica y clara.


EL ETERNO RETORNO DE LOS DÍAS 


QUISIERA describir la explosión

primaveral en el jardín de nuestra casa,

que se cubrió de margaritas de repente,

o narrar mis aventuras veraniegas,

la feliz llegada de las ferias

y la ilusión de cenar en la terraza,

o contarte la caminata del domingo

a recibir el don ocre de los arces

        o de un gingko en el otoño.

O recordar contigo la nevada de este invierno

que nos retuvo en el hostal de una montaña

donde el fuego nos volvió meditabundos.

Pero en estas latitudes—qué remedio—

vivimos ajenos a ese ritmo milenario,

que va tiñendo los meses de colores,

ropas, planes, metáforas, promesas.

Despojados del compás cíclico del año,

cada día retorna eternamente

inyectando el veneno letal de la costumbre. 

Es el tiempo atrapado en los relojes

(un corazón muerto, aunque parezca palpitante)

el que marca el transcurrir de nuestras vidas.


La serenidad de su mirada (especialmente en la contemplación de los árboles y, por extensión, de la naturaleza) nos reconforta: “Pasa siempre con una belleza tan gratuita: / nos devuelve a la piedad de nuestra infancia”. Y es en esa actitud atenta a cuanto ve donde la poeta encuentra lo esencial de la vida, para lo que se sirve de un ritmo que facilita el autoconocimiento y el sosiego. El siguiente poema abunda en esa hibridación de la naturaleza y de la emoción:


VARIACIÓN A UN TEMA DE BILLY COLLINS Y SARAH KAY (A DESTIEMPO)


SIEMPRE estamos llegando a destiempo a todas partes,

a ver las grullas canadienses en Nebraska en el momento

                exacto en que se han ido,

o el otoñal follaje de Vermont 

que no alcanza su pico todavía.

No hace falta, ni siquiera, ir muy lejos.

Llegamos siempre tarde a ese instante

milagroso en que eclosionan de repente

los capullos, las crisálidas, los huevos,

aunque antes fuéramos a verlos con frecuencia,

cuando aún eran tiempos prematuros.

No hay que salir siquiera de uno mismo.

También llegamos tarde a esta vida

para conocer con hondura a los abuelos,

y se nos pasan muy rápido los años

para saborear la infancia sabiamente

o alcanzar la madurez que se precisa 

para aprovechar el tiempo siendo jóvenes.

Vivimos a destiempo. Así es la vida. 

No te extrañe, si sientes que no estás

allí donde deberías, que un portento 

te está esperando en un lugar lejano,

mientras estás aquí ocupado en tonterías.

Solo puedes estar en un instante, 

el que has de bendecir con sus afanes

pues cargan con la imprenta de tu espíritu.

Estás en el lugar preciso si agradeces.

Será lo único que no hagas a destiempo.



Bello es el riesgo se organiza en tres partes, “Tierra adentro”, “Aire adentro” y “Mar adentro”, que sintetizan también los elementos que, a mi juicio, predominan en la obra: la naturaleza contemplada como expresión de la belleza del mundo (aparecen tulipanes, cerezos, el follaje otoñal de los árboles en Vermont…); la reflexión sobre el gozo de existir en un presente limitado donde el amor va y vine (“No recordaba ya cuánto te amaba”); y la emoción (“siempre podrás vivir siendo un poema”), que se modula con un estilo claro, rítmico, logrado. Pudiera servir el siguiente poema para comprender ese acertado tono conversacional al que me refiero:


CHERRY BLOSSOMS


OH, tienes que ver los cerezos, me decían.

Los cerezos, ya los verás;

vienen de todas partes para verlos;

no has visto cosa igual, los cerezos.

Y los cerezos llegaron por sorpresa,

un día, de la noche a la mañana,

y no rosados—más asombro—sino blancos,

(los del campus, al menos, me refiero)

blanco-canon, blanco deslumbrador,

que nunca había visto, no, jamás,

porque ya no hay bataneros en la tierra

ni quien pueda blanquear nada de ese modo.

Es un blanco, lo sabe quien lo ha visto,

que solo puede haber nacido de una mano.

Ah, el cerezo, esto no me lo advirtieron, 

el árbol de la luz transfigurada.



Y vinculado con los temas clásicos, reflexiona sobre el paso del tiempo: “Hoy no son los años lo que celebro, / es el tiempo. No el mío, el que no tengo, / sino el de este instante, con ustedes”. O la original alusión al instante fugitivo: “Mirar el paisaje / Mirar llover / Mirar el lluvioso paisaje / Miras las gotas de lluvia en la ventana”.


En la segunda parte del libro, hay una zozobra por el sinsentido de las cosas, por la debilidad de una fe que conduce al pesimismo existencial, tal y como se plasma en el poema “Tenebrae, Sábado Santo”: “Hoy es el día de la soledad suprema, / de la tristeza, la vorágine, la nada. / (…) Hoy es el día de las preguntas sin respuesta, / del dios indolente ante las súplicas, / (…) Hoy es el día de asomarse al abismo…”. Y también admite una personal fe que se apoya en lo espiritual: “Vale la pena el riesgo de creer, / que nos tomen por tontos e ignorantes / por creer en el alma y sus moradas; / es bello el riesgo de creernos inmortales, / de vivir en tensión hacia lo excelso, /aunque nos falten pruebas y acudamos / a la fe y a los cantos de los niños”.


En otros poemas, alude al proceso de escritura:


DON Y OFICIO


ES bueno que se te resistan las palabras,

que no sean acuarela sino mármol,

obra de cantería. 

Que tengas que percutirlas con escodas,

esperar a escuchar el ritmo en tus oídos

y volver, con más empeño, a dar el golpe.

Que sientas el rigor de trabajar 

en las entrañas recónditas

del universo,

donde yace la pieza que deseas.

Tu trabajo es, entonces, desbastar, pulir, lijar

hasta que el roce con la piedra 

te abra heridas.

Cuando tengas que empezar el acabado,

la finura de los últimos detalles,

recordarás que también con un buril

se grabaron las primeras formas de escritura.

Es bueno que te canses,

que se te oponga tozuda la materia

y a veces sufras

la monotonía de labrar en vano.

Así cuando el poema, ligero, emprenda el vuelo

y lo veas palpitar, sabrás que en él

está presente un soplo que no vino

de la sola pericia de tus manos.


Y el amor es presencia poderosa:


QUÉDATE


QUÉDATE. Ya se hace tarde. Anochece.

El crepúsculo viene sin estrellas.

La penumbra va a ser impenetrable.

En el camino abundan los ladrones.

Se te nota en los ojos el cansancio.

Estás lejos de casa y hace frío.

Prendamos una hoguera complaciente.

Hay leños abundantes en el sótano.

Nuestra conversación no ha terminado.

Ya se estaba poniendo interesante.

Tenemos un buen vino en la bodega.

Aún tienes que probar el pan que he hecho.

¿No ves lo que ha supuesto tu llegada?

Arde mi corazón al escucharte.

Te quiero para siempre aquí en mi casa.

Ya no sabré qué hacer cuando te marches.

Quédate, por favor, que es noche oscura.

Necesito la luz de tu mirada.



Título: Bello es el riesgo

Autor: Marcela Duque

Editorial: Ediciones Rialp

Páginas: 66

Año: 2019